Twisted Games
Capítulo 12
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Rhys
Noté que algo no iba bien antes incluso de entrar en el vestíbulo del palacio, donde escuché al príncipe Nikolai hablando en susurros. Se me erizó el pelo de la nuca y aunque no pude entender lo que decía el hermano de Bridget, el tono de su voz hizo que me saltaran todas las alarmas.
Mis botas chirriaron en el suelo de mármol pulido del vestíbulo, y Nikolai se calló de pronto. Estaba en medio del espacio diáfano de dos pisos junto a Elin y Viggo, el jefe adjunto de seguridad de la Casa Real. Había memorizado la cara y el nombre de todos los miembros del personal por si acaso algún intruso se intentaba colar en el palacio vestido de empleado.
Incliné la cabeza.
—Alteza.
—Señor Larsen. —Nikolai respondió con otra breve inclinación de cabeza—. Confío en que esté disfrutando de su día libre.
Como había tanta seguridad en el palacio, yo no estaba de servicio cuando Bridget estaba allí, que era la mayor parte de los días desde el ingreso de su abuelo. Era extraño. Estaba tan acostumbrado a estar con ella las veinticuatro horas del día, que…
No la echas de menos. Descarté la ridícula idea antes de que se convirtiera en un pensamiento real.
—Ha estado bien. —Había intentado volver a dibujar, pero no había hecho mucho más que unos pocos trazos en un papel. Hacía meses que se me había agotado la creatividad, la inspiración, o como quiera que se diga, y ese era el primer día que había cogido el cuaderno de dibujo.
Necesitaba ocupar las manos y la mente con algo.
Algo que no fuera un metro setenta y cinco, con cara de ángel y unas curvas que se ajustaban perfectamente a las palmas de mis manos.
Oh, por el amor de Dios.
Apreté la mandíbula, decidido a no fantasear con mi clienta delante de su hermano. Ni en ninguna parte, joder.
—¿Dónde está la princesa Bridget? —Según su horario, tenía que estar montando a caballo con Nikolai. Pero parecía que estaba a punto de diluviar, así que di por hecho que habían acabado antes.
Nikolai intercambió una mirada con Elin y Viggo, y la aguja de mi radar de problemas se acercó a la zona de alerta roja.
—Seguro que su alteza está en alguna parte del palacio —dijo Viggo. Era un hombre bajo y fornido, con expresión rubicunda y un aire a Danny DeVito, pero en escandinavo—. Estamos buscándola en estos momentos.
La aguja pasó de la zona de alerta roja a la zona blanca de emergencia.
—¿Cómo que la están buscando? —Mantuve la calma en la voz, pero en el estómago me bullían la inquietud y la furia—. Creía que estaba con usted, alteza.
Elin intercambió una mirada con Viggo. No hizo falta que hablara para que la oyera gritar: «¡Viggo, idiota!».
Ocurriera lo que ocurriera, yo no estaba autorizado para saberlo.
Nikolai se revolvió, con expresión de inquietud.
—Lo estaba, pero hemos discutido y…, eh…, se ha ido en el caballo.
—¿Hace cuánto tiempo? —Me importaba un bledo si había sonado irrespetuoso. Era una cuestión de seguridad personal, y yo era el guardaespaldas de Bridget. Tenía derecho a saber lo que había pasado.
La incomodidad de Nikolai aumentó notablemente.
—Hace una hora.
La furia estalló, superando a la inquietud por un pelo.
—¿Hace una hora? ¿Y nadie ha pensado en llamarme?
—Vigile ese tono, señor Larsen —advirtió Elin—. Está hablando con el príncipe heredero.
—Soy consciente. —Elin podía coger sus miraditas y metérselas por el culo con el palo que tenía permanentemente metido dentro—. ¿Nadie ha visto a la princesa desde entonces?
—Un guardabosques ha encontrado su caballo —dijo Viggo—. Lo hemos llevado de vuelta a…
—Ha encontrado su caballo. —Me latió una vena en la sien—. Es decir, ella no iba encima y tampoco lo ha devuelto a los establos. —Daba igual lo enfadada que estuviera, Bridget nunca dejaría a un animal a su suerte. Le había pasado algo. Me invadió el pánico—. Vamos a ver, ¿han buscado por los terrenos del palacio o solo dentro?
—Su alteza no va a estar fuera —replicó Viggo—. ¡Está diluviando! Estará dentro…
—A menos que se haya caído del caballo y esté inconsciente en alguna parte. —Dios, ¿cómo coño había llegado ese personaje a jefe adjunto de Seguridad? Había hámsteres con más cerebro que él.
—Bridget es una jinete excelente, y ya hay algunas personas que la están buscando fuera. Puede que se haya metido en alguno de sus escondites. Cuando era pequeña lo hacía. —Nikolai miró a Viggo—. Pero el señor Larsen tiene razón. No está de más ser exhaustivos. ¿Enviamos a más personas para que peinen los terrenos?
—Como desee, alteza. Puedo trazar unos cuadrantes…
Alucino.
Estaba a punto de salir por la puerta cuando Viggo terminó aquella frase estúpida. Una lástima que el jefe de Seguridad, que sí era competente, estuviera de vacaciones, porque su segundo era un idiota redomado. Para cuando terminara de trazar los cuadrantes, Bridget podría estar herida de gravedad.
—¿Adónde va? —me llamó Elin.
—A hacer mi trabajo.
Aceleré el paso, maldiciendo el enorme tamaño del palacio, mientras corría hacia la salida más cercana. Cuando salí fuera, mi pánico se convirtió en terror absoluto. Un trueno retumbó con tanta fuerza que la puerta se cerró tras de mí con un golpe, y llovía tanto que los jardines y las fuentes se veían borrosos.
La finca era demasiado grande como para ponerme a buscar yo solo, así que tenía que idear una estrategia. Lo mejor que podía hacer era empezar por el sendero ecuestre oficial de la esquina sudeste, y buscar desde ahí, aunque probablemente la lluvia ya debía de haber borrado las huellas.
Por suerte, el palacio contaba con varios carritos motorizados para desplazar a los visitantes por la finca, por lo que llegué al sendero ecuestre en diez minutos, en lugar de la media hora que me habría llevado a pie.
—Vamos, princesa, ¿dónde estás? —murmuré, con los ojos incapaces de ver más allá de la tromba de agua que invadía el aire.
Por la cabeza se me pasaban todo tipo de imágenes de Bridget tirada en el suelo, con el cuerpo retorcido y fracturado. Se me heló la piel, y las manos se me resbalaron en el volante por el sudor.
Si algo le pasara, asesinaría a Viggo. Lentamente.
Recorrí los senderos, pero veinte minutos después seguía sin aparecer y empecé a desesperarme. Tal vez estaba dentro, pero tenía la intuición de que no, y mi intuición nunca fallaba.
Quizás estaba en una zona donde no llegaba el carrito. No estaba de más revisarlo.
Apagué el motor y salí de un salto, ignorando las gotas de lluvia que se me clavaban en la piel como agujas.
—¡Bridget! —La lluvia se tragó su nombre, y solté una maldición en voz baja—. ¡Bridget! —volví a gritar, con las botas hundidas en el suelo embarrado mientras buscaba por la zona cercana al sendero principal. La lluvia me pegaba la camisa y los pantalones a la piel, dificultando mis movimientos, pero en el ejército había soportado cosas peores que una tormenta.
No me iba a rendir hasta encontrarla.
Estaba a punto de moverme hacia otra zona cuando me pareció ver algo rubio por el rabillo del ojo. Me dio un vuelco el corazón y me quedé inmóvil una fracción de segundo antes de salir corriendo hacia ella.
Por favor, que sea ella.
Era ella.
Me dejé caer de rodillas a su lado, con el corazón en un puño al ver lo pálida que estaba y el enorme moratón púrpura en su cabeza. Un fino hilo de sangre le corría por la sien, y al mezclarse con la lluvia se disolvía en un color rosado. Estaba inconsciente y completamente empapada.
Un gruñido de bestia protectora me brotó del pecho con tal ferocidad que me asustó.
Iba a matar a Viggo. Si no hubiera dado largas, si alguien me hubiera llamado y me hubiera dicho que Bridget había desaparecido…
Me obligué a dejar de lado la ira por el momento. Tenía cosas más importantes en las que concentrarme.
Le tomé el pulso, era débil pero constante. Gracias a Dios. Enseguida le examiné el resto del cuerpo en busca de alguna otra lesión.
La respiración era normal, no tenía nada roto y no había sangre, excepto en el golpe de la frente. Tenía el casco torcido y la ropa y las mejillas manchadas de barro.
La bestia en mi interior volvió a gruñir, lista para hacer pedazos no solo a Viggo, sino también a Nikolai por no haberla protegido, o al menos por no haber estado a su lado.
Probablemente él no habría podido hacer nada para evitar que Bridget se cayera del caballo (supuse que había ocurrido eso, a juzgar por el casco y la posición en el suelo), pero a la bestia le daba igual eso. Lo único que sabía era que estaba herida, y alguien tenía que pagar.
Luego.
Primero tenía que llevarla a la enfermería.
Solté otra maldición cuando me di cuenta de que no tenía cobertura. La tormenta debía de haber dejado la red fuera de servicio.
Siempre decían que no había que trasladar a una persona herida sin un profesional presente, pero no me quedaba opción.
Cogí a Bridget en brazos y la llevé hasta el carrito, sosteniéndole el cuello con una mano. Llevábamos la mitad del camino cuando oí un gemido débil.
El corazón me dio otro vuelco.
—Princesa, ¿estás despierta? —pregunté en voz baja, para no asustarla.
Bridget dejó escapar otro gemido y entreabrió los ojos.
—¿Señor Larsen? ¿Qué haces? ¿Qué ha pasado? —Intentó girar la cabeza para mirar alrededor, pero la detuve apretándole el muslo.
—Estás herida. No te muevas a menos que sea estrictamente necesario.
Llegamos al carrito, la senté con cuidado en el asiento del copiloto y acto seguido me puse al volante y encendí el motor. Me invadió tanto alivio que casi me atraganto.
Estaba bien. Quizás tenía una conmoción cerebral, a juzgar por el golpe, pero estaba consciente y podía hablar y estaba viva.
—¿Te acuerdas de lo que ha pasado? —Quería acelerar para llegar rápido al palacio, donde había un médico disponible las veinticuatro horas, pero me obligué a conducir despacio para minimizar los golpes y los movimientos bruscos.
Bridget se tocó la frente con un gesto de dolor.
—Estaba cabalgando y de pronto… apareció una rama. No la vi hasta que ya fue demasiado tarde. —Cerró los ojos—. Me duele la cabeza y veo todo borroso.
Maldita sea. Una conmoción cerebral, seguro.
Apreté el volante con fuerza mientras imaginaba que era el cuello de Viggo.
—Enseguida llegamos al palacio. De momento tú relájate, no te obligues a hablar.
Por supuesto, no me hizo caso.
—¿Cómo me has encontrado? —Bridget hablaba más despacio que de costumbre, y el leve tono de dolor en su voz hizo que se me revolviera el estómago.
—Te he estado buscando. —Aparqué el carrito junto a la puerta trasera—. Tenéis que despedir al jefe adjunto de Seguridad. Es un imbécil. Si no te hubiera encontrado, él seguiría buscándote dentro del palacio como… ¿Qué?
—¿Cuánto tiempo has estado buscándome? —Bridget me miró con una expresión rara, que hizo que se me retorciera el corazón.
—No me acuerdo —gruñí—. Vamos adentro. Estás empapada.
—Tú también. —No se movió del asiento—. ¿Me has ido a buscar en mitad de la tormenta tú solo?
—Como te decía, Viggo es imbécil. Adentro, princesa. Tienen que mirarte el corte y el moratón. Es probable que tengas una conmoción cerebral.
—Estoy bien. —Pero Bridget no se resistió cuando la cogí por la cintura y le coloqué el brazo alrededor de mi cuello, dejando que me utilizara como muleta mientras entrábamos.
Por suerte, la enfermería no estaba muy lejos de la entrada, y cuando la doctora vio el estado en el que llegaba Bridget, se puso en acción.
Mientras le ponía un parche en la frente y la examinaba exhaustivamente en busca de alguna lesión más, yo me fui a secar al baño y esperé en el pasillo. No sabía si podría resistir la cólera al ver el corte de Bridget.
Se oyeron unas pisadas rápidas en el vestíbulo y gruñí cuando vi a Nikolai correr hacia mí, seguido de Viggo y Elin. Algún empleado debía de haberles alertado de que había llegado con Bridget.
Perfecto. Me apetecía desahogarme.
—¿Bridget está bien? —preguntó el príncipe con expresión preocupada.
—Más o menos. La está revisando la doctora ahora mismo. —Esperé hasta que Nikolai entrara en la enfermería para volverme hacia Viggo.
—Tú. —Agarré a Viggo por el cuello de la camisa y lo levanté hasta que sus pies colgaron en el aire—. Te dije que estaba fuera. Cualquier persona con dos dedos de frente sabría que estaba fuera, y aun así has perdido una hora entera buscándola dentro mientras Bridget estaba inconsciente bajo la lluvia.
—¡Señor Larsen! —Elin sonó escandalizada—. Esto es el palacio real, no un bar de mala muerte donde pelearse con los demás clientes. Baje a Viggo.
La ignoré y bajé la voz hasta que solo Viggo pudo oírme.
—Más te vale rezar para que la princesa no tenga nada grave.
—¿Me estás amenazando? —preguntó.
—Sí.
—Podría despedirte.
Le mostré los dientes en una falsa sonrisa.
—Inténtalo.
Mi contrato estaba en manos del jefe de seguridad de la Casa Real, pero Viggo no tendría la más mínima opción de librarse de una buena ni en sueños, y mucho menos de despedirme sin la aprobación de su jefe.
Le solté del cuello y le dejé caer al suelo cuando se abrió la puerta de la enfermería.
—Señor Larsen, Viggo, Elin. —Si la doctora se había dado cuenta de que había una pelea en la puerta, no lo demostró—. Ya la he examinado. Pueden pasar.
Mi furia hacia Viggo pasó a un segundo plano frente a mi preocupación por Bridget, mientras nos agolpábamos en la diminuta enfermería, donde Bridget estaba sentada en la cama. No pareció alegrarse por ver a Nikolai, que estaba a su lado con expresión tensa.
La doctora nos informó de que Bridget, en efecto, tenía una conmoción cerebral, pero que se recuperaría en diez o doce días. También tenía un esguince de muñeca leve y estaba incubando un resfriado. Nada demasiado grave, pero la esperaban unas semanas incómodas.
Fulminé con la mirada a Viggo, que se escondía detrás de Nikolai como un cobarde.
Me quedé hasta que se marcharon todos, y la doctora me miró de reojo antes de murmurar una excusa y salir por la puerta, dejándome solo con Bridget.
—Estoy bien —dijo Bridget antes de que pudiera abrir la boca—. Unas semanas de descanso y estaré como nueva.
Me crucé de brazos, no muy convencido.
—¿Qué coño ha pasado? Nikolai me ha dicho que saliste corriendo después de que discutierais.
Se le ensombreció la expresión.
—Una pelea entre hermanos. No fue nada.
—Y una mierda. Tú nunca huyes cuando te enfadas.
Por no mencionar que Bridget no le había dirigido la palabra ni una vez cuando estaba en la sala, lo cual significaba algo. Nunca ignoraría a su hermano a menos que la hubiera cabreado de verdad.
—Hay una primera vez para todo —dijo.
—Joder, princesa, tienes que tener más cuidado. Si te pasara algo… —Me callé de golpe, tragándome el resto de la frase. «No sé lo que haría».
La expresión de Bridget se suavizó.
—Estoy bien —repitió—. No te preocupes por mí.
—Demasiado tarde, joder.
Vaciló, con intención de decir algo, y finalmente dijo:
—Es tu trabajo.
La frase quedó flotando en el aire, cargada de significado.
Se me tensó la mandíbula.
—Sí —contesté por fin, mientras el corazón me daba otro vuelco—. Es mi trabajo.