Twisted Games
Capítulo 13
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Bridget
Las siguientes semanas fueron un calvario, no solo porque estuviera convaleciente por las heridas, sino porque la pausa en mi calendario de eventos me dio mucho tiempo libre para darle vueltas a la abdicación de Nikolai.
Iba a ser reina. Tal vez no al día siguiente ni dentro de un mes, pero sí algún día, y eso ya me parecía demasiado pronto.
Me llevé la copa de vino a los labios y me quedé mirando el cielo estrellado. Habían pasado tres semanas desde mi conversación con Nikolai.
Ya me había recuperado de la conmoción cerebral y del resfriado. Seguía teniendo cuidado con la muñeca, pero por lo demás estaba bien, lo que significaba que tenía que volver a las reuniones sobre cómo y cuándo anunciar la abdicación, cómo gestionar las consecuencias, los planes para mi traslado permanente a Eldorra y un millón de cosas más que hacían que me diera vueltas la cabeza.
Esa mañana, mi familia, Markus y yo, habíamos acordado hacer el comunicado oficial en el plazo de un mes. O mejor dicho, ellos lo habían acordado y yo lo había aceptado porque no me quedaba otra.
Un mes. Un mes más de libertad, y se acabó.
Estaba a punto de dar otro sorbo cuando la puerta de la azotea se abrió con un crujido. Me puse rígida y me quedé con la boca abierta al ver a Rhys. A juzgar por la forma en la que levantó las cejas, estaba tan sorprendido de verme como yo de verle a él.
—¿Qué haces aquí? —preguntamos a la vez.
Solté una pequeña carcajada.
—Señor Larsen, esta es mi casa. Debería ser yo la única que preguntara eso.
—Creía que nadie subía aquí. —Se sentó en la silla que había a mi lado, e intenté no fijarme mucho en lo bien que olía, como a jabón y a algo más que era inconfundiblemente suyo. Limpio, sencillo, masculino.
Estábamos en la azotea de una de las torres del ala norte del palacio, adonde solo se podía acceder desde el pasillo de servicio junto a la cocina. No era nada comparada con la azotea ajardinada oficial del palacio, y apenas cabían las sillas que uno de los empleados me había ayudado a subir después de sobornarle. Pero por eso me gustaba. Era mi refugio secreto, el lugar adonde me escapaba cuando necesitaba pensar y huir de miradas indiscretas.
Apuré el vino y fui a coger la botella que tenía a los pies, cuando me di cuenta de que ya estaba vacía. No solía beber tanto, pero necesitaba algo para aliviar la ansiedad que me perseguía últimamente como una nube negra.
—Solo vengo yo. La mayoría no conoce este sitio —dije—. ¿Cómo lo has encontrado tú?
—Encuentro todo. —Rhys sonrió cuando arrugué la nariz ante su arrogancia—. Tengo los planos del palacio, princesa. Conozco todos los recovecos de este lugar. Es mi…
—Trabajo —terminé—. No tienes que recordármelo todo el rato.
Había dicho lo mismo en la enfermería de la doctora Hausen. No estaba segura de por qué me molestaba tanto. Quizás porque, por un segundo, habría jurado que su preocupación por mí iba más allá de sus obligaciones profesionales. Y quizás, por un segundo, habría jurado que deseaba eso. Deseaba que se preocupara por mí, no por su clienta.
Rhys hizo una mueca antes de posar la mirada en mi frente.
—¿Qué tal el moratón?
—Desapareciendo, gracias a Dios. —Ya estaba de un verde amarillento pálido. Todavía era desagradable, pero mejor que el púrpura brillante del principio—. Y ya no me duele tanto.
—Bien. —Pasó los dedos con delicadeza por encima del moratón, y se me entrecortó la respiración. Rhys nunca me tocaba, a menos que fuera necesario, pero en ese momento no lo era. Lo que significaba que simplemente quería tocarme—. Tienes que tener más cuidado, princesa.
—Ya me lo has dicho.
—Y te lo seguiré diciendo hasta que se te meta en la cabeza.
—Créeme. Ya lo tengo en la cabeza. ¿Cómo no acordarme, si no dejas de darme la matraca?
A pesar de mis quejas, encontré un gran consuelo en su insistencia. En un mundo en el que todo lo demás cambiaba, Rhys seguía siendo él de una forma maravillosa e implacable, y no quería que eso cambiara nunca.
Dejó la mano en mi frente un instante más antes de bajarla y retirarla, y recuperé el oxígeno.
—Y bien. —Rhys se reclinó, con los dedos entrelazados detrás de la cabeza. Me preguntó sin mirarme—: ¿A quién te sueles traer aquí arriba?
—¿Qué? —Ladeé la cabeza, confusa—. Nunca he traído a nadie aquí.
—Hay dos sillas. —Señaló con la cabeza la mía y luego la que ocupaba él—. ¿Para quién es la segunda? —Su tono era distendido, pero escondía algo de tensión.
—Para nadie. Hay dos sillas porque… —vacilé—. No lo sé. Supongo que porque esperaba encontrar a alguien a quien traer aquí arriba algún día. —Tenía la idea tonta y romántica de subir con algún chico misterioso allí para besarnos y reírnos y hablar toda la noche, pero cada día había menos posibilidades de que eso pasara.
—Mmm. —Rhys se quedó en silencio un minuto antes de decir—: ¿Quieres que me vaya?
—¿Qué? —Sonaba como un disco rayado.
Tal vez el golpe en la cabeza me había trastornado el cerebro, porque nunca me había costado tanto hablar con coherencia.
—Parece que este es tu lugar secreto. No me había dado cuenta de que me estaba entrometiendo cuando he subido —dijo secamente.
Sentí un cálido torbellino en el estómago.
—No te estás entrometiendo —le dije—. Quédate. Por favor. Me viene bien la compañía.
Y ya está.
No pude contener una sonrisa. Y no creía que fuera a ser capaz de compartir aquel espacio con nadie más, pero me gustaba que Rhys estuviera conmigo. No tenía la urgencia de llenar el silencio con charlas tontas, y su presencia me reconfortaba, a pesar de irritarme también a veces. Cuando él estaba cerca, me sentía segura.
Estiré las piernas y sin querer le di una patada a la botella vacía, que rodó por el suelo hasta Rhys. Me agaché para recogerla al mismo tiempo que él, y nuestros dedos se tocaron un segundo.
No, ni siquiera un segundo. Una décima de segundo. Pero fue suficiente para que la electricidad me subiera por el brazo y me bajara por la columna vertebral.
Retiré la mano, con la piel ardiendo, mientras él cogía la botella y la colocaba al otro lado de su silla, lejos de nuestras piernas.
Nuestro breve contacto parecía indecente, como si estuviéramos haciendo algo que no debíamos hacer. Lo cual era ridículo. Ni siquiera lo había planeado. Fue un accidente.
Le estás dando demasiadas vueltas.
Las nubes se desplazaron, dejando ver parte de la luna, y la luz se derramó por toda la torre, iluminando la cara de Rhys. Parecía más serio que hacía un momento.
Incluso así, estaba guapísimo. No como una escultura griega perfecta, sino de una manera auténtica y masculina. La barba oscura, la pequeña cicatriz que le atravesaba la frente, los ojos metálicos…
Se me revolvió un poco el estómago mientras intentaba no pensar en lo solos que estábamos ahí arriba. Podríamos hacer cualquier cosa y nadie se enteraría.
Nadie, salvo nosotros.
—He oído que nos vamos la semana que viene —dijo Rhys. Puede que me lo imaginara, pero percibí la tensión en su voz, como si él también intentara luchar contra algo que apenas podía controlar.
—Sí. —Esperaba que no me hubiera salido la voz tan temblorosa como me pareció—. Mi abuelo ya está estable, y tengo cosas que hacer en Nueva York antes de mudarme aquí.
Me di cuenta de mi error mientras lo decía.
Todavía no le había hablado a Rhys de la abdicación de Nikolai, lo que significaba que no estaba al corriente de mi plan de mudarme a Athenberg. Para siempre.
Rhys se quedó inmóvil.
—¿Cómo? —Sonaba calmado, pero en sus ojos se empezó a formar una tormenta que era de todo menos eso—. ¿Mudarte aquí?
Tragué saliva.
—Sí.
—No lo habías mencionado, princesa. —Seguía calmado, pero amenazador, como el ojo de un huracán—. Creo que es algo importante que debería saber.
—No es seguro, pero ese es el plan. Quiero… estar más cerca de mi abuelo. —Era una verdad a medias. Se había recuperado bien de su ingreso hospitalario, y un equipo le controlaba las veinticuatro horas del día, pero seguía preocupada por él y quería estar más cerca, por si pasaba cualquier cosa. Sin embargo, como princesa heredera también era necesario que volviera a Athenberg para formarme para ser reina. Llevaba décadas de retraso.
Rhys respiró por la nariz.
—¿Cuándo pensabas decírmelo?
—Pronto —susurré.
La Casa Real mantenía en absoluto secreto la abdicación de Nikolai, y yo no podía decir ni una palabra hasta el comunicado oficial. Le podría haber dicho antes a Rhys que me iba a mudar a Eldorra con la misma excusa que acababa de usar, pero quería fingir que todo era normal un poco más de tiempo.
Era estúpido, pero en los últimos tiempos había estado muy desorientada y no entendía lo que hacía.
Algo brilló en los ojos de Rhys. Si no lo conociera, habría pensado que estaba herido.
—Bueno, por fin te puedes librar de mí —dijo con ligereza, pero su cara era un poema—. Hablaré con mi jefe el lunes y haremos todo el papeleo para la transición.
La transición.
Mi aliento, mi corazón. Todo se detuvo.
—¿Vas a renunciar?
—No me necesitas. Tienes a la Guardia Real. Si no renuncio, van a terminar mi contrato. Da lo mismo.
No se me había ocurrido, pero tenía sentido. La Casa Real había contratado a Rhys porque no querían prescindir de ningún miembro de la Guardia Real mientras yo vivía en Estados Unidos. Pero, ahora que iba a volver, no necesitaban contratar a un externo.
—Pero sí que… —Te necesito.
Tal vez Rhys y yo no nos habíamos llevado bien al principio, pero ahora no podía imaginar cómo sería no tenerle a mi lado.
El secuestro. La graduación. El ingreso de mi abuelo. Docenas de viajes, cientos de actos, miles de momentos, como cuando me pidió sopa de pollo cuando estaba enferma o cuando me dejó su chaqueta porque se me olvidó la mía en casa.
Había pasado mucho conmigo.
—Pues nada. —Parpadeé para alejar el dolor—. Nos queda un mes y luego… te irás.
A Rhys se le oscureció la mirada y se le tensó la mandíbula.
—No te preocupes, princesa. A lo mejor consigues que Booth vuelva a ser tu guardaespaldas. Será como en los viejos tiempos.
De pronto me entró una furia irracional. Hacia él, hacia aquel tono despectivo, hacia toda la situación.
—Puede que sí —espeté—. Ojalá. Es el mejor guardaespaldas que he tenido nunca.
Fue un golpe bajo y, a juzgar por la forma en la que se tensó Rhys, di en el blanco.
—Bien. Pues así ganamos todos —dijo con un tono frío y controlado. Se levantó y se fue por la puerta sin mirar atrás.
Sonó un portazo detrás de él y di un bote.
Detrás de los ojos volví a sentir la punzada de dolor y por la mejilla me resbaló una lágrima. Me la limpié con rabia.
No tenía motivos para llorar. Había cambiado muchas veces de guardaespaldas, y estaba acostumbrada a las despedidas. Rhys ni siquiera llevaba tanto tiempo conmigo. Booth había estado cuatro años y no lloré cuando se fue.
Me cayó otra lágrima. También la limpié.
«Las princesas no lloran». La voz reprobatoria de Elin resonó en mi cabeza.
Tenía razón.
Me negaba a pasar el último mes agonizando, y menos aún por Rhys Larsen. Volveríamos a Nueva York, pondría en orden mis asuntos y exprimiría cada minuto del tiempo que me quedaba como princesa, no como heredera al trono.
Adiós al decoro y al protocolo. Si había un momento en que debía vivir la vida que realmente deseaba, era ahora.
¿Y si a Rhys no le parecía bien? Me daba igual.