Twisted Games
Capítulo 14
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Rhys
Tres semanas después
Algunas personas tienen días de mierda o semanas de mierda. Yo había tenido un mes de mierda.
Mi relación con Bridget había sido muy fría desde que me dijo que iba a volver a Eldorra, y odiaba que fuéramos a pasar así nuestros últimos días juntos.
Nuestros últimos días juntos.
Se me formó un nudo en la garganta de solo pensarlo, pero me obligué a ignorarlo y concentrarme en la tarea que tenía entre manos. Todavía estaba de servicio. Nos quedaba una semana en Nueva York. Después, la acompañaría a Athenberg, donde me quedaría otra semana hasta pasarle el testigo a su nuevo guardaespaldas.
No sabíamos quién iba a ser el nuevo, pero ya le odiaba. Aunque no tanto como al tío con el que Bridget estaba bailando en ese momento.
Estábamos en la sala vip del Borgia, una discoteca muy exclusiva del centro de Manhattan, y Bridget estaba abrazada a un guapito imbécil que llevaba toda la noche detrás de ella. Le reconocí: Vincent Hauz, un heredero de un imperio de la electrónica y un famoso mujeriego que se pasaba la mayor parte de su vida bebiendo, saliendo de fiesta y haciendo ricos a todos los camellos de la ciudad. Él y Bridget habían coincidido ya en algún evento.
Pero nunca le había querido arrancar los brazos hasta ahora.
Solo había que mirarle a la cara para adivinar qué tipo de pensamientos se le estaban pasando por la cabeza, y no tenían nada que ver con bailar. Al menos, no verticalmente.
Me hirvió la sangre cuando Bridget se rio de algo que dijo Vincent. Estaba convencido de que no era capaz de decir nada ingenioso ni aunque le amenazaran con quitarle la herencia, pero Bridget también estaba borracha. Ya se había metido entre pecho y espalda dos cócteles y cinco chupitos (los había contado) y podía ver el rubor de sus mejillas debido al alcohol desde la otra punta de la sala.
Llevaba un vestido brillante plateado que apenas le tapaba el culo, y un par de tacones de aspecto letal que la transformaban en una auténtica amazona. Tenía la melena dorada algo despeinada, las piernas largas y la piel brillante por el sudor; estaba increíble. Pero no era ella misma.
Normalmente, Bridget no se habría puesto un vestido así (no porque no pudiera, sino porque no era su estilo), pero llevaba comportándose de una forma muy rara desde la noche de la azotea. Más salvaje, más desinhibida y más propensa a tomar decisiones cuestionables.
Como en este caso: Vincent Hauz. No le gustaba. Ella misma lo había dicho una vez, y sin embargo ahí estaba, restregándose contra él.
Él se acercó más y le deslizó la mano por la espalda hasta llegar a su culo.
Antes de saber lo que estaba haciendo, me abrí paso a través de la pista de baile y agarré a Vincent del hombro con tanta fuerza que se apartó y se dio la vuelta.
—¿Puedo ayudarte? —Su tono rezumaba desdén mientras me miraba de arriba abajo, con cara de asco por mi falta de ropa de diseño o accesorios de lujo.
A joderse. A lo mejor le gustaba más mi puño en su cara.
—Sí. —Le mostré los dientes en una sonrisa—. Quítale las manos de encima antes de que lo haga yo por ti.
—¿Y quién coño eres tú para decirme lo que tengo que hacer? —dijo Vincent con desprecio.
El que está a punto de partirte la cara en veinte trozos.
Antes de que pudiera responder, Bridget se puso en medio.
—Nadie. —Me fulminó con la mirada—. Estoy bien. Vuelve a tu sitio.
Y una mierda.
Si Bridget no hubiera sido mi clienta, la habría arrastrado al baño, la habría tumbado en el lavabo y le habría dado unos azotes por su tono insolente.
En lugar de eso, le devolví la mirada, esforzándome por mantener mi temperamento bajo control.
¿Quería salir de fiesta? Vale. ¿Quería hacerme el vacío? Vale. Pero por encima de mi cadáver iba a enrollarse con el gilipollas de Vincent Hauz. Ese tío era un pozo de ETS.
Los ojos de Vincent pasaron de uno a otro hasta que se dio cuenta.
—¡Tú eres el guardaespaldas! —Chasqueó los dedos—. Tío, haberlo dicho antes. Tranquilo. —Le pasó el brazo por la cintura a Bridget y se arrimó más a ella con una sonrisa lasciva—. La cuidaré bien.
Ya no quería darle una hostia. Ahora prefería arrancarle todos los dientes.
Por desgracia, eso significaba montar una escena, y la regla número uno de los guardaespaldas era no montar una escena. Así que hice lo siguiente que podía hacer. Le apreté más fuerte del hombro hasta que escuché un pequeño crac por encima de la música.
Vincent gritó y soltó a Bridget con un gesto de dolor.
—Pero ¿qué cojones haces?
—¿Qué te he dicho sobre quitarle las manos de encima? —pregunté con calma.
—Estás zumbado —espetó—. Bridget, ¿quién es este tío? ¡Despídele!
Le ignoré y me volví hacia Bridget.
—Es hora de irnos, alteza. —Estábamos acaparando la atención, que era lo último que quería. Pero no pensaba dejar que ese ser asqueroso se aprovechara de ella—. Mañana tienes que madrugar.
No era verdad. Le estaba ofreciendo una salida, pero no la aceptó.
—Buena idea. —Bridget evitó mi mirada de advertencia y le puso la mano en el pecho a Vincent. El corazón me latía con furia—. Ya me iré con Vincent. Puedes tomarte el resto de la noche libre.
—Ya la has oído. —Vincent se zafó de mi brazo y se colocó detrás de Bridget. Cobarde—. Fuera de aquí. La llevaré a casa por la mañana. —Le dio un repaso con la mirada babosa.
El tío no tenía ni una sola neurona dentro de la cabeza. Si la hubiera tenido, en ese momento habría echado a correr.
—Error. Esto es lo que vamos a hacer. —Mantuve un tono de voz jovial. Coloquial. Pero bajo el barniz de cortesía había una afilada hoja de acero—. Te vas a dar media vuelta, te vas a ir y no vas a volver a hablar con ella, ni a tocarla, ni siquiera a mirarla, nunca más. Tómatelo como la primera y la última advertencia que voy a hacerte, señor Hauz.
Sabía su nombre. Él sabía que yo sabía su nombre. Y si era tan imbécil como para ignorar mi advertencia, iría a por él, le arrancaría las pelotas y se las daría de desayuno.
La cara de Vincent se tiñó de un tono púrpura.
—¿Me estás amenazando?
Me incliné sobre él, saboreando el miedo que se reflejaba en sus ojos.
—Sí.
—No le escuches —dijo Bridget con los dientes apretados—. No sabe lo que está diciendo.
Vincent dio otro paso más, rezumando odio, pero en su mirada aún había miedo.
—Pues vale. Yo paso de esto. —Se alejó, furioso, hasta desaparecer entre la multitud de borrachos.
Bridget se volvió hacia mí.
—¿Qué problema tienes?
—Mi problema es que te estás comportando como una niñata mimada y borracha —solté—. Vas tan pedo que no tienes ni idea de lo que haces.
—Sé perfectamente lo que hago. —Me clavó la mirada, llena de fuego y desafío, y me invadió un extraño calor. No sabía por qué su furia me ponía tanto. Tal vez porque era una de las pocas veces que la veía a ella, y no la máscara que se ponía para el mundo—. Me lo estoy pasando bien, y pienso salir de aquí con un chico. Y no me lo vas a impedir.
Sonreí con frialdad.
—Tienes razón. Te vas a ir con un chico. Conmigo.
—No, contigo no. —Bridget se cruzó de brazos.
—Tienes dos opciones. —Me incliné lo suficiente como para oler su perfume—. Puedes salir de aquí por tu propio pie como una adulta o te puedo llevar a cuestas en el hombro como a una niña pequeña. ¿Qué prefieres, princesa?
No era la única que estaba cabreada esa noche.
A mí me cabreaba que se hubiera pasado la última media hora dejando que un pedazo de cretino le metiera mano. Me cabreaba que estuviéramos discutiendo cuando solo nos quedaban dos semanas juntos. Y, sobre todo, me cabreaba desearla tanto y no poder tenerla.
Si había algo que su regreso a Eldorra dejaba claro, era que nuestra relación era temporal. Siempre lo había sido, pero no me había dado cuenta hasta ahora.
Al fin y al cabo, ella era una princesa, y yo el tío al que habían contratado hasta que ya no me necesitaban.
Bridget se ruborizó.
—No te atreverás.
—Ponme a prueba.
—Se te olvida que aquí no eres el jefe, señor Larsen.
La temperatura de mi sonrisa subió otros diez grados.
—¿Quieres probar esa teoría?
Hizo una mueca. Durante un segundo, creí que se quedaría solo para fastidiarme. Después, sin mediar palabra y sin mirarme, me empujó y se dirigió a la salida, con paso firme. La seguí, con el ceño tan fruncido que todos los de la discoteca se apartaron a mi paso como canicas.
Cogimos el primer taxi que vimos para volver a casa de Bridget y, al llegar, apenas el vehículo había detenido la marcha cuando ella saltó fuera y se dirigió a toda velocidad a la puerta principal. Pagué al conductor y la alcancé en cuatro zancadas.
Entramos en casa, con nuestras pisadas resonando en el parqué. Cuando llegamos al piso de arriba, Bridget abrió la puerta de su habitación y trató de cerrármela en la cara, pero metí el brazo por el hueco antes de que pudiera hacerlo.
—Tenemos que hablar —dije.
—No quiero hablar. Ya me has arruinado la noche. Ahora déjame en paz.
—No hasta que me digas qué narices está pasando. —Clavé la mirada en la suya, buscando un indicio de lo que estaba pasando en esa cabeza—. Llevas semanas comportándote de forma extraña. Pasa algo.
—No pasa nada. —Bridget renunció a intentar impedirme la entrada a su habitación y soltó la puerta. La empujé para abrirla del todo, pero me quedé en el umbral, observando. Esperando—. Tengo veintitrés años, señor. Larsen. Y las chicas de veintitrés años salen de fiesta y beben y se acuestan con chicos.
En la mandíbula se me tensó un músculo.
—Pero no como tú lo has hecho desde que volvimos a Nueva York.
No la parte de acostarse con chicos, gracias a Dios, sino la de salir y beber.
—A lo mejor estoy cansada de vivir la vida como debo y quiero vivir la vida como puedo. —Bridget se quitó las joyas y las colocó en su tocador—. Mi abuelo estuvo a punto de morir. Estaba de pie y a continuación se desplomó en el suelo. ¿Por qué no me iba a pasar a mí lo mismo?
Sus palabras tenían algo de verdad, pero no la verdad absoluta. Conocía cada inflexión de su voz, cada significado detrás de cada movimiento. Había algo que no me estaba diciendo.
—¿Así que has decidido que quieres pasar los que podrían ser tus últimos momentos con el puto Vincent Hauz? —me burlé.
—Ni siquiera le conoces.
—Le conozco lo suficiente.
—Por favor. —Bridget se volvió hacia mí, con furia y algo más triste brillando en sus ojos—. Cada vez que sonrío a un hombre, te abres paso entre nosotros como un oso defendiendo su territorio. ¿Por qué, señor Larsen? Sobre todo teniendo en cuenta que me dijiste al conocernos que nunca te involucras en la vida personal de tus clientes.
No respondí, pero mi mandíbula siguió latiendo al ritmo de mi pulso. Tic. Tic. Tic. Era una bomba a punto de hacer estallar por los aires nuestras vidas tal y como las conocíamos.
—Puede que… —La expresión de Bridget se volvió contemplativa mientras daba un paso hacia mí. Error número uno—… quieras estar en el lugar de ellos. —Sonrió, pero mantuvo la mirada atormentada—. ¿Me deseas, señor Larsen? La princesa y el guardaespaldas. Sería una historia muy bonita para contar a tus amigos.
Error número dos.
—Es mejor que dejes de hablar, alteza —dije con suavidad—. Y ten mucho, pero que mucho cuidado con lo que haces a continuación.
—¿Por qué? —Bridget dio otro paso hacia mí, luego otro, hasta que estuvo a pocos centímetros de distancia—. No te tengo miedo. Todos los demás sí lo tienen, pero yo no. —Me puso la mano en el pecho.
Error número tres.
No le dio tiempo ni a gritar antes de que le diera la vuelta y la inclinara sobre la cómoda cercana, agarrándole de la barbilla con una mano y tirándole de la cabeza hacia atrás mientras le agarraba del cuello con la otra. Mi polla se clavó contra su culo, dura y furiosa.
Llevaba toda la noche al límite. Joder, llevaba dos años al límite. Desde el momento en que Bridget von Ascheberg entró en mi vida, había entrado en una cuenta atrás hacia la destrucción, y quizás esta noche iba a ser la noche en que todo se fuera a la mierda.
—Pues deberías, princesa. ¿Quieres saber por qué? —gruñí—. Porque tienes razón. Te deseo. Pero no quiero besarte ni hacerte el amor. Quiero follarte. Quiero castigarte por ir de chula y por dejar que otro hombre te ponga las manos encima. Quiero arrancarte ese puto vestidito y embestirte tan fuerte que no puedas caminar en varios días. Quiero todo eso, aunque no pueda tenerlo. Pero como no dejes de mirarme así… —Le apreté más la barbilla y la garganta. Me miró fijamente en el espejo, con los labios entreabiertos y los ojos oscuros del calor—. Puede que lo haga de cualquier forma.
Eran palabras duras y amargas, impregnadas de lujuria e ira a partes iguales. Las dije para asustarla, pero Bridget parecía cualquier cosa menos asustada. Parecía excitada.
—Pues hazlo —dijo. Me quedé quieto, con la mano agarrada a su garganta mientras mi polla amenazaba con hacerme un agujero en los pantalones—. Fóllame como acabas de prometer.