Twisted Games
Capítulo 15
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Rhys
Escuchar la palabra fóllame en boca de Bridget, con esa voz tan educada y elegante…
Me armé de todo el autocontrol que pude para no hacer lo que había dicho que haría. Lo que me había pedido que hiciera.
Pero aunque lo único que quería era mandar a la mierda la sensatez y darle justo lo que los dos ansiábamos, no lo hice. Bridget seguía borracha. Tal vez no tan borracha como estaba media hora antes, pero lo suficientemente intoxicada como para tener los sentidos alterados.
No tenía ni idea de si la que hablaba era ella o el alcohol. Joder, había estado a punto de irse con Vincent Hauz a casa, y le odiaba.
—Eso no era una promesa, princesa. —Le apreté la piel con los dedos.
—A mí me lo ha parecido.
Dios. La tentación estaba tan cerca que casi la podía saborear. Solo tenía que estirar la mano y…
¿En qué coño estás pensando, Larsen?, gruñó mi conciencia interna. Es tu clienta, por no mencionar que también es una princesa, joder. Aléjate de ella de una puta vez antes de hacer algo de lo que te arrepientas aún más.
Daba igual que solo le quedaran dos semanas como mi clienta. Lo seguía siendo, y esa noche ya habíamos sobrepasado casi todos los límites profesionales.
—A esto me refiero —dije, sin tener claro si estaba más enfadado con ella o conmigo mismo—. Te estás comportando como si fueras otra persona. La Bridget que yo conozco no le pediría a su guardaespaldas que la follara. ¿Qué coño te pasa?
Su expresión se endureció.
—No necesito una charla íntima, señor Larsen. O me follas, o ya encontraré a alguien que lo haga.
Se le escapó un pequeño grito cuando la volví a empujar sobre la cómoda, de tal modo que su cuerpo quedó en un ángulo de noventa grados y su mejilla apoyada contra la madera.
Me incliné hasta quedarme tan cerca que pude oír cada respiración entrecortada.
—Vuelve a decir eso —le dije— y serás responsable de la muerte lenta y dolorosa de un hombre. ¿Eso es lo que quieres, princesa?
Bridget apretó los puños.
—No me vas a tocar, pero tampoco dejas que nadie me toque. Pues, entonces dime, ¿qué coño quieres, señor Larsen?
A ti.
Toda mi frustración, toda mi vida, estaba llegando al punto de ebullición.
—¡Quiero saber por qué te has estado comportando como una adolescente irresponsable en lugar de como una adulta!
Bridget era la persona más sensata que conocía. Al menos, lo había sido antes del trasplante de personalidad.
—¡Porque esta es la última oportunidad que tengo! —gritó. Nunca, ni una sola vez en los dos años que había trabajado con ella, la había oído levantar la voz, y me sorprendió lo suficiente como para soltarla y dar un paso atrás. Bridget se zafó de mí y me miró de frente, con el pecho agitado por la emoción—. Me queda una semana. Una semana hasta…
Un repentino y gélido terror se apoderó de mí.
—¿Hasta qué? —pregunté, a punto de sentir la bilis en la garganta—. ¿Estás enferma?
—No. —Bridget apartó la mirada—. No estoy enferma. Solo voy a ser lo que la mayoría de la gente sueña.
La confusión ahuyentó mi breve destello de alivio.
—El título de princesa heredera —aclaró. Se desplomó contra la cómoda, con el rostro cansado—. Antes de que lo digas, ya lo sé. Problemas del primer mundo, bla, bla, bla. Hay gente que se muere de hambre y yo me quejo por haber heredado un trono.
Mi confusión se multiplicó.
—Pero el Príncipe Nikolai…
—… va a abdicar. Por amor. —Bridget esbozó una sonrisa sin humor—. Tuvo el descaro de enamorarse de una plebeya, y por eso tiene que renunciar a su derecho de nacimiento. Porque la ley prohíbe al monarca de Eldorra casarse con alguien que no sea de sangre noble.
Por el amor de Dios. ¿Qué era eso, el siglo XVII?
—Pero eso es una gilipollez.
—Sí, pero una gilipollez que tenemos que acatar. Incluida yo, ahora que soy la siguiente en la línea de sucesión al trono.
Hice una pequeña mueca ante la idea de que se casara con otro hombre. Era irracional, pero ninguna de mis reacciones era racional cuando se trataba de ella. Bridget era capaz de borrar todo mi sentido de la lógica y la corrección.
Prosiguió, ajena a mi agitación:
—La Casa Real hará el comunicado oficial la semana que viene. No podía contárselo a nadie hasta entonces, y por eso no he dicho nada. —Tragó saliva—. Después del comunicado, seré oficialmente la heredera al trono, y mi vida ya no será mía. Todo lo que haga y diga tendrá que ver con la corona, y no puedo defraudar a mi familia ni a mi país. —Suspiró profundamente—. Por eso me he vuelto un poco… loca últimamente. Quiero saborear la normalidad por última vez. Relativamente hablando.
Guardé silencio mientras digería la bomba.
Bridget, futura reina de Eldorra. Hostia puta.
Tenía razón en lo de que la mayoría de las mujeres matarían por estar en su lugar. Pero Bridget era una chica que una vez salió corriendo en mitad de una tormenta para bailar bajo la lluvia. Que pasaba su tiempo libre trabajando como voluntaria en un refugio de animales y que prefería quedarse en casa viendo la televisión y comiendo helado que asistir a una fiesta elegante.
Para ella, ser reina no era un sueño; era su peor pesadilla.
—No debía ser yo. Yo era la sustituta. —Bridget parpadeó, con los ojos brillantes por las lágrimas no derramadas. Se me formó un nudo en la garganta al mirarla—. Nunca debí ser yo —repitió.
Le agarré la barbilla y se la giré hasta que me miró.
—Eres muchas cosas, princesa. Cabezota, exasperante, una mosca cojonera la mitad del tiempo. Pero te prometo que no eres sustituta de nadie.
Se le escapó una carcajada débil.
—Creo que eso es lo más agradable que me has dicho nunca.
—No te acostumbres.
Otra pequeña risa se desvaneció tan rápido como había llegado.
—¿Qué voy a hacer? —susurró Bridget—. No estoy preparada. No creo que esté preparada nunca.
—Eres Bridget von Ascheberg —dije—. Estarás preparada.
Bridget sobresalía en todo lo que hacía, y ser reina no sería una excepción.
—Mientras tanto… —Esperaba no arrepentirme de lo que iba a decir—. Vas a vivir tu vida como quieras. Siempre y cuando no incluya al imbécil de Vincent Hauz.
Como volviera a cruzarme con ese cabrón, le rompería todos los huesos del cuerpo solo por tocarla y ocupar espacio en sus pensamientos. No se merecía ni un centímetro de ella.
Bridget se animó un poco.
—¿Significa eso que me vas a follar?
Vale, sigue borracha.
Gruñí, muy consciente de la erección que no había disminuido en absoluto en todo ese rato.
—No, princesa. No es una buena idea.
Ella frunció el ceño.
—Pero está en mi lista de deseos.
Oh, Dios. Me daba miedo preguntarlo, pero…
—¿Tienes una lista de deseos?
Bridget asintió.
—Para antes de volver a Eldorra. —Enumeró con los dedos los puntos de la lista—. Uno, ir a algún lugar donde nadie sepa quién soy ni le importe. Dos, comer, leer y tomar el sol todo el día sin tener que preocuparme por ningún evento o por tener que madrugar al día siguiente. Tres, hacer una actividad que genere adrenalina y por la que mi abuelo montara en cólera si se enterara, como el puenting. Y cuatro, tener un orgasmo que no me haya dado yo misma. —Se encogió de hombros—. Llevo mucho tiempo.
Joder. Ahora la imagen de Bridget provocándose un orgasmo quedaría grabada para siempre en mi mente.
Me pasé una mano por la cara.
¿Cómo coño me he metido en esta situación?
La noche había descarrilado hasta tal punto que ya no era capaz de ver las vías.
—El uno está descartado ya —dijo Bridget—. Pero puedes ayudarme con el cuatro.
Iba a lograr algo que ni mi madre ni el ejército habían logrado. Iba a matarme.
—Vete a la cama —dije con voz tensa—. Tú sola. Estás borracha y es tarde.
Bridget me miró fijamente la entrepierna, donde se me notaba una evidente excitación bajo los pantalones.
—Pero…
—No. —Necesitaba salir de allí. Inmediatamente—. No hay peros. Ya me lo agradecerás por la mañana.
Antes de que pudiera protestar más, salí y fui directo a mi baño, donde me di la ducha más larga y fría del mundo. No logró calmarme el calor de la excitación. Tampoco surtió efecto que me sacudiera la polla hasta llegar a un orgasmo muy poco satisfactorio.
Solo había una cosa que pudiera acabar con mi frustración, y la había rechazado como un idiota.
Cerré el grifo y me sequé, resignado a una noche de insomnio.
Mientras tanto, no podía quitarme de la cabeza la terrible idea que se había estado gestando en mi mente desde que Bridget me habló de su lista de deseos. Al contrario, cada vez me parecía una idea mejor.
Era una locura y probablemente un riesgo. No tenía tiempo para prepararme, e iba en contra de todo mi entrenamiento y de mi instinto de protección.
Pero no podía quitarme de la cabeza los ojos tristes de Bridget, ni sus palabras.
«Quiero saborear la normalidad por última vez».
—Me voy a arrepentir de esto —murmuré mientras salía del baño y abría el portátil.
No importaba.
Porque por mucho que quisiera que Bridget estuviera a salvo, era más importante que fuera feliz.