Twisted Games

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Rhys

Seis meses después

—¿Jura solemnemente gobernar el reino de Eldorra acorde a sus respectivas leyes y costumbres?

—Lo juro solemnemente. —Bridget se sentó en el trono de la coronación, con el rostro pálido, pero la mano firme sobre el Libro del Rey, mientras prestaba juramento oficial. Su abuelo estaba a su lado, con un semblante solemne pero orgulloso, y en la catedral había tanto silencio que podía sentir en la piel el peso de la ceremonia.

Después de meses de planificación, por fin había llegado el gran día. En unos minutos, Bridget sería coronada reina de Eldorra, y yo, como su prometido, sería el futuro príncipe consorte.

No era algo con lo que hubiera soñado o que hubiera deseado tener, pero estaba dispuesto a seguir a Bridget a donde fuera, desde el pueblo más pequeño y mísero hasta la iglesia más grande. Mientras estuviera con ella, era feliz.

Yo estaba con Nikolai, Sabrina, Andreas y el resto de los Von Ascheberg en la primera fila, la más cercana a la coronación. La ceremonia se celebraba en la enorme catedral de Athenberg, repleta de miles de invitados de alto nivel. Jefes de Estado, miembros de la realeza de otros países, famosos, multimillonarios, todos estaban allí.

Apreté las manos, deseando que el arzobispo espabilara. No había hablado con Bridget en todo el día, y me moría de ganas de que llegara el baile de coronación para poder estar a solas.

—¿Hará con su poder que se ejecuten la ley y la justicia, en la misericordia, en todos sus juicios? —preguntó el arzobispo.

—Sí, lo haré.

El orgullo se apoderó de mí al escuchar la voz fuerte y clara de Bridget.

Completó el juramento, y el silencio inundó toda la catedral cuando el arzobispo levantó la corona de la cabeza de Edvard y la colocó sobre la suya.

—Su majestad la reina Bridget de Eldorra —declaró el arzobispo—. ¡Larga vida a su reinado!

—¡Larga vida a su reinado! —repetí las palabras junto con el resto de los invitados, con un nudo en la garganta. A mi lado, Nikolai agachaba la cabeza, con el rostro iluminado por la emoción; junto a Bridget, Edvard se mantenía erguido, con los ojos sospechosamente brillantes.

El arzobispo leyó unos versos del Libro del Rey y por fin dio por concluida la ceremonia.

Eldorra tenía un nuevo monarca, y era una mujer por primera vez en más de un siglo.

Empezó a sentirse un rumor bajo y eléctrico que reemplazó al silencio. Se elevó por el aire del salón y se me posó en la piel cuando Bridget se dirigió a la procesión de salida; a juzgar por la forma en la que el resto de los invitados empezaron a moverse y murmurar, no fui el único que lo sintió.

Era la sensación de ser testigo de cómo se hacía historia.

Llamé la atención de Bridget durante la procesión y le lancé una sonrisa fugaz y un guiño. Ella esbozó otra sonrisa que disimuló enseguida, y yo contuve la risa ante su expresión excesivamente seria mientras salía de la iglesia.

—Ha sido la ceremonia más larga de la historia. —Andreas bostezó—. Me alegro de no haber sido yo quien ha tenido que sentarse ahí arriba.

—Pues entonces menos mal que nunca vas a sentarte ahí arriba. —Mi relación con Andreas se había convertido en algo parecido a una auténtica amistad con el paso de los meses, pero su personalidad aún dejaba mucho que desear.

Se encogió de hombros.

C’est la vie. Prefiero que Bridget cargue con el peso de la nación mientras yo vivo como un príncipe sin ninguna de las responsabilidades.

Nikolai y yo intercambiamos miradas y negamos con la cabeza. Así como Andreas y yo nunca perdíamos la oportunidad de lanzar una pulla al otro, con Nikolai la relación era mucho más fácil. Era otro hermano, aunque no de sangre, sino por matrimonio, y al menos la mitad de las veces no quería asesinarle.

Tras la procesión formal de salida, condujeron a los invitados al exterior de la catedral, y yo enseguida llegué al salón de baile del palacio, donde esperé con impaciencia la llegada de Bridget.

Solo unas cien personas habían sido invitadas al baile de la coronación, en comparación con los miles que habían asistido a la ceremonia, pero me seguían pareciendo demasiadas. Todo el mundo quería estrecharme la mano y saludarme, y yo los complacía con pocas ganas mientras no le quitaba ojo a la puerta. Al menos las lecciones con Andreas me resultaron útiles: me acordé de los títulos de todos y los saludé en consecuencia.

Se me aceleró el pulso cuando el anuncio del sargento de armas resonó finalmente en el salón de baile.

—Su majestad la reina Bridget de Eldorra.

Empezó a sonar una música triunfal, las puertas se abrieron y Bridget entró. Llevaba un vestido más ligero que el ornamentado que se había puesto para la ceremonia, y había sustituido su corona por una tiara más sencilla.

Saludó a la multitud con su sonrisa protocolaria, pero cuando nuestras miradas se cruzaron, atisbé una pizca de picardía.

Me excusé de la conversación con el primer ministro de Suecia y me abrí paso entre la muchedumbre. Por primera vez, no fue necesaria mi altura ni mi complexión: todo el mundo se apartó al verme pasar.

Las ventajas de ser el futuro príncipe consorte, supuse.

Cuando llegué hasta Bridget, tenía a media docena de personas luchando por su atención.

—Majestad. —Extendí la mano, cortando a una mujer que hablaba sin parar, entusiasmada con su vestido. La multitud se quedó en silencio—. ¿Me concede este baile?

Una sonrisa asomó en las comisuras de la boca de Bridget.

—Por supuesto. Señoras, señores, si me disculpan.

Me cogió la mano y nos alejamos con seis pares de ojos clavados en nosotros.

Bridget esperó a que estuviéramos fuera del alcance de sus oídos antes de decir:

—Gracias a Dios. Como tenga que oír un solo halago más de lady Featherton sobre mi vestido, me hago el harakiri con los pinchos de la tiara.

—Mejor no, ¿vale? Me gustas mucho viva. —Le apoyé la mano en la parte baja de la espalda mientras la guiaba a través del salón de baile—. Así que, eres oficialmente reina. ¿Qué se siente?

—Surrealista, pero también… bien. —Sacudió la cabeza—. No sé cómo explicarlo.

—Lo entiendo.

Era verdad. Yo sentía algo muy similar. No era a mí a quien habían coronado, por supuesto, pero habíamos esperado y planeado aquello durante tanto tiempo que era extraño que ya hubiera pasado la ceremonia. También habíamos tenido tiempo de acostumbrarnos a la idea de que Bridget fuera la reina y, ahora que lo era, nos parecía bien.

Siempre acabamos donde nos lleva el destino.

—Sé que lo entiendes. —A Bridget le brillaron los ojos de emoción antes de que hiciera una mueca—. Aunque no veo el momento de quitarme este vestido. No es tan horrible como el de la coronación, pero te juro que pesa varios kilos.

—No te preocupes. Te lo arrancaré más tarde. —Bajé la cabeza y susurré—: Nunca me he follado a una reina.

Se me escapó una pequeña carcajada ante el profundo rubor que se extendió por la cara y el cuello de Bridget.

—¿Tengo que dejar de llamarte princesa ahora? —pregunté—. Reina no suena tan bien.

Ella entornó los ojos.

—Ni se te ocurra. Por decreto real no puedes dejar nunca de llamarme princesa.

—Pensé que lo odiabas.

La hice girar y esperó a estar de nuevo en mis brazos antes de decir:

—Igual que tú odias que te llame señor Larsen.

Antes lo odiaba. Ya no.

—Era una broma. —Le rocé la frente con los labios—. Siempre serás mi princesa.

A Bridget le brillaron aún más los ojos.

—Señor Larsen, como me haga llorar en mi propio baile de coronación nunca se lo perdonaré.

Sonreí ampliamente y la besé, sin importarme si la demostración pública de afecto iba en contra del protocolo.

—Entonces es bueno que tenga el resto de nuestra vida para compensarte.

Bridget

Tres meses después de mi coronación, Rhys y yo volvimos a la catedral de Athenberg para celebrar nuestra boda.

Fue tan grandiosa y lujosa como cabría esperar de una boda real, pero trabajé con Freja, la nueva secretaria de Comunicaciones, para que la recepción fuera lo más íntima posible. Como reina, no podía celebrar una fiesta solo para amigos y familiares por razones diplomáticas, pero redujimos la lista de invitados de dos mil a doscientos. Lo consideré una gran victoria.

—Qué envidia —dijo Nikolai—. Solo tienes que saludar a doscientas personas. A mí casi se me caen las manos en mi recepción.

Me reí.

—Pero sobreviviste.

Nos quedamos cerca de la mesa de postres mientras el resto de los invitados comían, bebían y bailaban. La ceremonia de la boda en sí había transcurrido sin problemas y, por mucho que me gustara ver a mis amigas y a mi familia desatarse, estaba contando los minutos que faltaban para quedarme a solas con Rhys, que en ese momento estaba hablando con Christian y algunos de sus amigos de la Marina.

No esperaba que vinieran sus compañeros del ejército, ya que llevaba mucho tiempo sin hablar con ellos, pero no había faltado ni uno.

Todas las preocupaciones que tenía por el reencuentro parecían haberse esfumado. Rhys no paraba de sonreír como si estuviera completamente en paz.

—No sé yo —bromeó Nikolai antes de que se le desvaneciera la sonrisa—. Me alegro de que las cosas os hayan salido bien a Rhys y a ti —añadió suavemente—. Os lo merecéis. Cuando abdiqué, no pensé… Nunca quise echarte encima ese tipo de presión. Y cuando me di cuenta de lo que significaba… A lo que tendrías que renunciar…

—Tranquilo. —Le apreté la mano—. Hiciste lo que tenías que hacer. Fue un disgusto cuando me lo dijiste, pero todo se ha solucionado, y disfruto de ser reina… la mayor parte del tiempo. Especialmente ahora que Erhall ya no es el presidente.

Erhall había perdido su escaño por medio punto. Mentiría si dijera que la noticia no me había producido un inmenso placer.

Sin embargo, me preocupaba que Nikolai estuviera molesto o celoso por la derogación. ¿Le angustiaría que me quedara con Rhys y además conservara la corona? Pero no había hecho más que apoyarme, y había admitido que disfrutaba de su nueva vida más de lo que esperaba. Creo que una parte de él sentía auténtico alivio.

Nikolai había crecido pensando que quería el trono porque no le quedaba otra opción y, ahora que se había liberado de esas expectativas, estaba cada vez mejor. Mientras tanto, yo había asumido el trono y me había crecido en el cargo.

Qué irónico era el curso de los acontecimientos.

—Sí, era un poco sapo, ¿no? —Nikolai sonrió y miró detrás de mí—. Ah, parece que se me ha acabado el tiempo. Luego hablamos. Tengo que rescatar a Sabrina antes de que el abuelo la obligue a llamar al bebé Sigmund en honor a su tío abuelo segundo. —Hizo una pausa dubitativa—. ¿Eres feliz, Bridget?

Volví a apretarle la mano, con un nudo en la garganta donde se me atascaron todas las emociones.

—Sí.

¿Sentía a veces que llevaba el peso del mundo sobre los hombros? Sí. ¿Me enfadaba, me frustraba y me estresaba? Sí. Pero le ocurría lo mismo a mucha gente. Lo importante era que ya no me sentía atrapada. Había aprendido a dominar las circunstancias, en lugar de dejar que me dominaran, y tenía a Rhys a mi lado. Daba igual lo horrible que fuera el día, podía volver a casa con alguien a quien amaba y que me correspondía, y esa era la clave que marcaba la diferencia.

Nikolai debió de notar la sinceridad de mi voz, porque relajó la expresión.

—Bien. Eso era lo único que quería saber. —Me dio un beso en la mejilla antes de dirigirse a Sabrina, embarazada de cinco meses. Estaba sentada con nuestro abuelo, que ya dedicaba su etapa de rey emérito a preocuparse por su futuro bisnieto, mientras trataba de encontrar alguna afición para ocupar el tiempo.

Edvard había obligado a Rhys a enseñarle a dibujar durante unas semanas, antes de que quedara claro que sus talentos no residían en el ámbito artístico. Desde entonces se había pasado al tiro con arco, y habíamos tenido que añadir un salario extra de peligrosidad para los empleados que le acompañaban.

Me giré para ver qué había hecho que Nikolai se marchara, y sonreí cuando vi que Rhys se acercaba.

—Cuánto tiempo —bromeé. Solo habíamos bailado una vez antes de que nos entretuvieran amigos y familiares.

—No me lo recuerdes. Mi propia boda, y apenas veo a mi mujer —refunfuñó, pero relajó la expresión cuando me atrajo hacia sus brazos—. Deberíamos habernos fugado.

—Puede que la Casa Real hubiera dicho algo al respecto.

—Que le follen a la Casa Real.

Solté una carcajada.

—Rhys, no puedes decir eso. Ahora eres el príncipe consorte. —El título de rey consorte no existía en Eldorra, así que aunque yo fuera la reina, él era el príncipe consorte.

—Lo que significa que tengo aún más derecho a decirlo que antes. —Rhys me acarició la mandíbula con los labios, y se me erizó la piel de los brazos—. Hablando de príncipe consorte…, ¿qué beneficios conlleva el cargo?

—Eh… —Intenté pensar entre la neblina de mi cabeza mientras él me acariciaba la nuca—. Una corona, una habitación muy bonita en el palacio, beneficios médicos…

—Coñazo. Coñazo. Aún más coñazo.

Me reí.

—¿Qué quieres, entonces?

Rhys levantó la cabeza, con los ojos brillantes.

—Quiero ponerte a…

—Hola, chicos, siento mucho interrumpir. —Ava se acercó a nosotros. Estaba preciosa con su vestido de dama de honor verde menta, pero traía cara de preocupación—. ¿Habéis visto a Jules y Josh? No los veo por ninguna parte.

—Tiene miedo de que se hayan asesinado —añadió Alex, acercándose a ella.

Ava puso los ojos en blanco.

—Estás exagerando.

—No te creas. Antes he visto a Jules con un cuchillo.

—Espero que no. Mala prensa si hay un asesinato en mi boda —bromeé—. Pero no, no los he visto. Lo siento.

Aun así, recorrí el salón con la mirada por si acaso.

Booth, a quien había insistido para que asistiera como invitado en lugar de como escolta, estaba sumido en una profunda conversación con su esposa y Emma, que había llegado hacía unos días para ponerse al día antes de la boda. Al parecer, se había encariñado más de lo esperado de Flor y de la mala leche de Cuero, y había adoptado a ambos del refugio. Yo estaba encantada, sobre todo cuando Emma prometió enviarme fotos y vídeos de ellos a menudo.

Steffan estaba bailando con Malin. Le había llamado después de mi rueda de prensa para disculparme por no haberle avisado, pero no le había molestado en absoluto. Dijo que le había dado valor para enfrentarse a su padre y, teniendo en cuenta que iba a asistir con Malin al evento más importante del año, esperaba que saliera bien.

Christian estaba entre las sombras, charlando con Andreas, pero sus ojos se desviaron hacia algo, o más bien alguien, en la pista de baile. Seguí su mirada y me estremecí al ver a Stella.

Esto no es bueno. O puede que estuviera sacando conclusiones precipitadas de la situación.

Incluso Mikaela estaba presente, pasando el rato con algunos de nuestros viejos amigos del colegio. La había invitado como ofrenda de paz, aunque aún tardaría en volver a confiar en ella.

Casi todas las personas importantes de mi vida estaban allí…, excepto Jules y Josh.

—Yo tampoco los he visto —dijo Rhys.

Ava suspiró.

—Gracias. Solo quería comprobarlo. Perdón por molestaros, y ¡felicidades de nuevo! —Arrastró a Alex, probablemente para buscar a su hermano y a Jules, aunque parecía que Alex habría preferido cortarse un brazo.

—Pues nada, nos han cortado el rollo —dijo Rhys—. Ni siquiera podemos mantener una conversación sin que nos interrumpan.

—Tal vez deberíamos esperar hasta después de la recepción, porque eso va a seguir ocurriendo. Ya veo a Freja viniendo hacia aquí. A menos que… —bajé la voz, mientras se me encendía por dentro una chispa de picardía— nos escondamos.

Nos miramos fijamente durante un momento antes de que se le dibujara en la cara una sonrisa lenta.

—Me gusta cómo piensas, princesa.

Rhys se marchó primero, escabulléndose con el pretexto de ir al baño, y yo le seguí poco después. No podíamos desaparecer durante mucho tiempo, pero podíamos intentar robar unos minutos para nosotros.

—¡Majestad! —me llamó Freja cuando pasé por delante de ella—. ¿Adónde va? Tenemos que hablar de…

—Al baño. Ahora vuelvo. —Aceleré el paso y contuve la risa hasta llegar al pequeño salón donde Rhys me esperaba.

—Es como si volviéramos a vernos a escondidas. —Cerré la puerta tras de mí, con el corazón acelerado por la doble emoción de estar por fin a solas con él y de hacer algo que no debíamos hacer.

—Como en los viejos tiempos —dijo. Las luces estaban apagadas, pero la luz de la luna se filtraba a través de las cortinas, lo suficiente para que pudiera vislumbrar las curvas talladas de su rostro y el tierno calor de sus ojos.

—Entonces, cuéntame. —Le rodeé el cuello con los brazos—. ¿Era aquí donde esperabas acabar de pequeño? ¿Escondido en un salón real con tu mujer la noche de tu boda?

—No exactamente. —Rhys me pasó el pulgar por el labio inferior—. Pero alguien me dijo una vez que siempre acabamos donde nos lleva el destino, y es aquí donde estoy destinado a estar. Contigo.

Ya no había mariposas. Una bandada entera de pájaros alzó el vuelo en mi estómago, salieron disparados hacia las nubes y me llevaron con ellos.

—Señor Larsen, creo que al final sí que vas a ser un romántico secreto.

—No se lo digas a nadie. —Me cogió el culo y lo apretó—. O tendré que darte otro azote.

Ahogué una carcajada justo antes de que hundiera la boca en la mía, y todo lo demás (Freja, la recepción, los cientos de personas reunidas en el salón de baile unos cuantos metros más abajo) dejó de existir.

El secuestro, el chantaje, las traiciones… El camino que habíamos hecho hasta donde estábamos en ese momento era de todo menos convencional. Yo no era una princesa de cuento, ni Rhys el príncipe encantador.

Tampoco quería que lo fuéramos.

Porque aunque lo que teníamos no fuera un cuento de hadas clásico, ni de lejos, era nuestro. Y era para siempre.

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