Twisted Games

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Capítulo 17

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17

Bridget

Dos días después, aterrizamos en Costa Rica como Rhys había prometido, e hicimos un viaje de dos horas en coche desde el aeropuerto hasta un pequeño pueblo en la costa del Pacífico.

Miré desde la ventana el exuberante paisaje, con la cabeza dándome vueltas por lo rápido que había pasado todo. No podía creer que Rhys, el mismísimo señor Seguridad y Protección, fuera quien hubiera sugerido ese viaje de última hora, pero no pensaba quejarme. No había estado nunca en Costa Rica, así que la idea de pasar cuatro días en un paraíso tropical me parecía, bueno, el paraíso.

Terminamos de empaquetar las cosas para la mudanza, y esa misma mañana devolví las llaves. El resto de las cosas pendientes las podía hacer online. Era, a todos los efectos, libre hasta que volviéramos a Nueva York.

—Ya está. —Rhys se detuvo frente a una enorme casa de campo de dos pisos—. Número uno de la lista de deseos.

«Ir a algún lugar donde nadie sepa quién soy ni le importe».

Sin duda, había dado en el clavo. La casa se encontraba en lo alto de una colina y era la única en varios kilómetros a la redonda. ¿Cómo habría encontrado Rhys ese lugar?

Se me formó un nudo de emoción en la garganta mientras sacábamos las maletas del coche de alquiler y nos dirigíamos a la entrada.

—¿Cómo lo has organizado todo tan rápido?

Rhys nunca me dejaría ir a ningún lado sin haber hecho un reconocimiento previo, pero solo habían pasado cuarenta y ocho horas desde que le dije lo de mi lista. Tenía que investigar el pueblo, reservar el vuelo y la casa y gestionar los miles de detalles que conlleva un viaje real, todo en tan poco tiempo…

—He hecho un poco de trampa —admitió mientras abría la puerta—. Un antiguo compañero de la Marina se mudó aquí hace un par de años y es el dueño de esta casa. Ahora mismo está de vacaciones y me la ha dejado unos días. Vengo todos los años, así que conozco el pueblo y a la gente. Es seguro. Muy tranquilo. Está todo controlado.

—Justo lo que necesito —murmuré. El nudo en la garganta se hizo más fuerte.

Rhys me enseñó la casa. Las paredes acristaladas ofrecían unas vistas impresionantes de trescientos sesenta grados del océano Pacífico. Todo era un gran espacio abierto y ventilado, hecho de piedra y madera natural, y el diseño de la casa hacía que se integrara con el entorno, en lugar de dominarlo. Pero lo mejor era la piscina infinita en la azotea de la segunda planta. Desde un ángulo concreto daba la impresión de que se fundía con el propio océano.

Rhys, cómo no, también me mostró el sistema de seguridad. Cristales tintados a prueba de balas, sensores de movimiento de última generación, una habitación del pánico subterránea con suministros de comida para un año. Eso fue todo lo que escuché antes de desconectar.

Agradecía las medidas de seguridad, pero no necesitaba un desglose detallado de la marca y el modelo de las cámaras. Lo único que quería era comer y bañarme.

—Recuérdame que le dé las gracias a tu amigo —dije—. Este sitio es increíble.

—Le encanta enseñarlo, por eso siempre invita a la gente a venir —dijo brevemente Rhys—. Pero se lo diré.

Ya eran cerca de las dos, así que lo primero que hicimos al terminar de ver la casa fue cambiarnos e ir al pueblo para comer. El pueblo estaba a veinte minutos en coche de la villa y, según Rhys, tenía menos de mil habitantes. Ni uno solo de ellos parecía saber o importarle quién era yo.

Número uno de la lista de deseos.

Comimos en un pequeño restaurante familiar a cuya dueña, una mujer mayor de cara redonda llamada Luciana, se le iluminó la cara al ver a Rhys. Le ahogó a besos antes de abrazarme a mí también.

—¡Ay, qué bonita! —exclamó mirándome—. Rhys, ¿es tu novia?

—No —dijimos Rhys y yo al mismo tiempo. Nos miramos antes de aclarar—: Solo somos amigos.

—Oh. —Luciana pareció decepcionada—. Un día traerás a una novia —añadió—. Quizás seas tú. —Me guiñó un ojo antes de llevarnos a una mesa.

Culpé al calor de mi sonrojo repentino.

En lugar de pedir del menú, Rhys me dijo que confiara en el criterio de Luciana, y me alegré de haberlo hecho cuando la comida salió veinte minutos después. Olla de carne, arroz con pollo, plátanos maduros… Todo estaba tan delicioso que le habría rogado a Luciana que me diera las recetas si mis habilidades culinarias fueran más allá de batir huevos y hacer café.

—Esto está increíble —dije después de comerme un bocado de pollo con arroz.

—Luci hace la mejor comida del pueblo.

—Sí, pero no me refiero a eso. Me refiero a esto. —Señalé alrededor—. El viaje. Todo. No tenías por qué.

Especialmente porque Rhys lo pagaba todo de su bolsillo. Suponía que su amigo le dejaba la villa gratis, pero el vuelo, el alquiler del coche… Todo costaba un dineral. Me había ofrecido a pagárselo, pero había lanzado una mirada tan letal que no había vuelto a sacar el tema.

—Tómatelo como un regalo de despedida —dijo Rhys sin levantar la vista de su plato—. Dos años. Me parecía que valía la pena hacer un viaje.

El pollo, que me parecía tan delicioso un segundo antes, se convirtió en ceniza en mi boca.

Claro. Casi se me había olvidado. A Rhys solo le quedaban dos semanas como mi guardaespaldas.

Clavé el tenedor en la comida, sin apetito.

—¿Ya tienes nuevo cliente? —pregunté, como quien no quiere la cosa.

Fuera quien fuera, ya le odiaba por haber conseguido un principio con Rhys en lugar de un final.

Rhys se frotó la nuca con la mano.

—Me voy a tomar un pequeño descanso. A lo mejor vuelvo a Costa Rica, o me voy a Sudáfrica un tiempo.

—Oh. —Volví a pinchar el pollo con más fuerza—. Suena bien.

Genial. Él estaría jugando al trotamundos mientras yo daba clases de cómo ser reina en el palacio. Puede que conociera a alguna chica guapa costarricense o sudafricana con la que pasar los días surfeando y foll…

Ya está bien.

—¿Y tú? —preguntó Rhys, con un tono también aparentemente despreocupado—. ¿Ya sabes quién es tu nuevo guardaespaldas?

Sacudí la cabeza.

—Pedí que fuera Booth, pero ya tiene asignada a otra persona.

—Qué curioso. Pensé que se portarían mejor, teniendo en cuenta que eres la princesa heredera. —Rhys cortó el pollo con un poco más de fuerza de la necesaria.

—Todavía no soy la princesa heredera. Pero, bueno, vamos a hablar de otra cosa. —La conversación me estaba deprimiendo—. ¿Qué planes divertidos se pueden hacer aquí?

No muchos. Después de comer, Rhys y yo paseamos por el pueblo, donde compré algunos recuerdos para mis amigas. Visitamos una galería de arte de artistas locales, hicimos un descanso en una cafetería donde me tomé el mejor café que había probado nunca, y compramos comida en el mercado.

Fue un día normal y corriente, lleno de actividades mundanas y nada especialmente emocionante.

Fue perfecto.

Cuando estábamos volviendo a la casa, estaba lista para caer rendida, pero Rhys me paró antes de dormirme.

—Si puedes aguantar despierta un rato más, hay algo que merece la pena ver.

La curiosidad venció al cansancio.

—Más vale que esté bien. —Le seguí hasta la azotea y me senté en una de las butacas de mimbre junto a la piscina, donde ahogué un bostezo—. Me pongo de mal humor cuando duermo poco.

—Créeme, lo sé —se burló Rhys—. Pero me alegro de que lo admitas.

Miré cómo apagaba todas las luces, incluidas las exteriores.

—¿Qué haces? —Nunca apagaba todas las luces hasta justo antes de irse a la cama.

Se sentó a mi lado, y le brillaron los dientes en la oscuridad antes de levantar la barbilla.

—Mira arriba, princesa.

Lo hice. Y me quedé boquiabierta.

Miles y miles de estrellas salpicaban el cielo sobre nosotros, tan numerosas y densas que parecían un cuadro más que la vida real.

La Vía Láctea, allí mismo, en todo su esplendor.

No había pensado que allí se pudiera ver con tanta claridad, pero tenía sentido. Estábamos en lo alto de una colina, a muchos kilómetros de la ciudad más cercana. No había nada ni nadie a excepción de nosotros, el cielo y la noche.

—Pensé que te gustaría —dijo Rhys—. Esto no se suele ver en Nueva York ni en Athenberg.

—No, claro que no se ve. —Me invadió la emoción—. Y tenías razón. Me encanta. Merece la pena acostarme más tarde y ponerme de mal humor.

Soltó una pequeña carcajada que se me instaló en el estómago y me calentó por dentro.

Nos quedamos fuera otra hora más, mirando al cielo, embriagados por la belleza.

Me gustaba pensar que allí arriba estaban mis padres, mirándome.

Me pregunté si habría cumplido sus expectativas, si estarían orgullosos de mí. Me pregunté qué dirían sobre la abdicación de Nikolai, y si mi madre sabía que era yo quien debía haber muerto ese día en el hospital, no ella.

Ella tendría que ser la reina, no yo.

Al menos mi padre y ella estaban juntos. Fueron una de las parejas con suerte que empezaron en un matrimonio concertado y acabaron enamorándose. Mi padre nunca volvió a ser el mismo después de la muerte de mi madre, o eso me decía todo el mundo. Yo era demasiado joven para notar la diferencia.

A veces me preguntaba si perdió el control del coche a propósito para poder reunirse antes con ella.

Volví la cabeza para mirar a Rhys. Mis ojos se habían adaptado a la oscuridad lo suficiente como para poder distinguir la pequeña protuberancia de su nariz y la curva de sus labios.

—¿Has estado enamorado alguna vez? —pregunté, en parte porque quería saberlo, y en parte porque quería sacar mis pensamientos del camino macabro que habían tomado.

—No.

—¿En serio? ¿Nunca?

—No —volvió a decir Rhys. Levantó una ceja—. ¿Te sorprende?

—Un poco. Eres mayor. Deberías haberte enamorado tres veces como mínimo. —Tenía diez años más que yo, así que no era mayor en absoluto, pero me gustaba hacerle rabiar a veces.

El aire se llenó de un sonido profundo y jovial, y me quedé de piedra al ver que se estaba riendo. La risa más profunda y auténtica que le había escuchado nunca.

Era preciosa.

—Un amor por década —dijo Rhys cuando dejó de reírse—. Según ese cálculo, tú ya deberías haberte enamorado dos veces. —La intensidad de su mirada me atravesó en la oscuridad—. Así que dime, princesa, ¿has estado enamorada alguna vez?

—No. —Volví la atención a las estrellas—. Pero espero estarlo algún día.

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