Twisted Games

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Capítulo 18

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18

Bridget

Pasamos cuatro días increíbles y perfectos en Costa Rica.

Me levantaba tarde y me pasaba el día comiendo, tomando el sol y leyendo una novela romántica que había comprado en el aeropuerto. Número dos de la lista de deseos.

El tercer día, Rhys me llevó en coche a Monteverde para lanzarme en tirolina. Dijo que era la mejor empresa de la zona y que él mismo lo había hecho con ellos varias veces.

Aun así, estaba en absoluta tensión mientras me preparaba para bajar por la tirolina más larga. Hasta ese momento solo nos habíamos tirado por los cables más cortos, y era divertido, pero yo ya estaba lista para más.

La tirolina por la que estaba a punto de tirarme se extendía por encima del bosque neblinoso, tan larga que no se veía el otro extremo. En el estómago se me acumuló una mezcla de emoción y nervios.

—Revísala de nuevo —dijo Rhys después de que el guía me diera el visto bueno.

Nadie se molestó en discutir. Rhys obligó al guía a comprobar tres veces mi arnés antes de tirarme por cada cable, y era inútil quejarse.

—Si te quedas atascada, no te asustes —dijo Rhys después de que el guía me diera la salida (otra vez)—. Vamos a buscarte.

—Con ese «vamos» se refiere a «voy» —se rio el guía—. Pero sí, vamos a buscarla. No se preocupe, señorita.

—No se me había ocurrido hasta ahora que me podía quedar atascada, así que muchas gracias —dije con sorna.

Rhys no movió ni un músculo, pero se le pasó el mal humor cuando me coloqué en posición. El guía me empujó y por fin me precipité por el cable. El viento me azotaba el pelo y no pude contener una enorme sonrisa.

Tirarse en tirolina daba un poco de miedo desde el suelo, pero una vez en el aire era una delicia.

Cerré los ojos y saboreé el viento y la sensación de estar lejos de todo. Sin preocupaciones, sin responsabilidades, tan solo la naturaleza y yo.

Al llegar al siguiente árbol, no pude resistirme a esperar a Rhys para burlarme de él cuando llegó poco después.

—¿Ves? Estoy bien —dije—. No tienes que recoger mis trocitos del suelo.

Número tres de la lista de deseos, hecho.

Para ser tan sobreprotector, Rhys estaba mucho más relajado allí. No totalmente relajado, pero había cambiado sus pantalones negros por pantalones cortos y camisetas blancas, y accedía a la mayoría de las actividades que yo quería hacer con la mínima queja, incluido el parasailing y una excursión en quad.

Sin embargo, lo único a lo que se negó fue a meterse en la piscina conmigo, y en nuestra última noche hice un último esfuerzo para hacerle cambiar de opinión.

—Nunca he oído hablar de un militar de la Marina que no se meta en el agua. —Subí a la azotea, donde Rhys estaba dibujando en su cuaderno. Todavía no me había enseñado ninguno de sus bocetos, y yo tampoco se lo había pedido. El arte era muy personal, y no quería obligarle a mostrarme nada que no quisiera—. Venga. Es el último día, y no has aprovechado esto ni una sola vez. —Señalé la reluciente piscina.

—Es una piscina, princesa. —Rhys no levantó la vista de su libro—. He estado en piscinas otras veces.

—Demuéstralo.

No contestó.

—Vale. Pues supongo que me bañaré sola. Otra vez. —Me encogí de hombros y dejé que la tela blanca cayera al suelo antes de pasar junto a Rhys hacia el agua.

Puede que caminara más despacio de lo normal y que moviera las caderas un poco más de lo habitual.

También puede que me hubiera puesto mi bikini más pequeño y escandaloso. Al fin y al cabo, todavía quedaba un punto por tachar de la lista de deseos.

Estaba borracha cuando le hablé a Rhys de la lista, pero ahora estaba sobria, y todavía quería que me ayudara a cumplir el punto número cuatro.

Me sentía atraída por él; él se sentía atraído por mí. Eso era obvio tras lo que había pasado en mi cuarto después del Borgia. No iba a ser mi guardaespaldas mucho más tiempo, y nadie se enteraría si no lo contábamos.

Un revolcón salvaje y apasionado con mi guardaespaldas sexi antes de asumir el deber de toda una vida. ¿Era mucho pedir?

Me metí en la piscina y contuve una sonrisa al sentir el calor de la mirada de Rhys en mi piel, pero no me di la vuelta hasta que llegué al borde del agua. Cuando le miré, Rhys tenía la cabeza inclinada sobre su cuaderno de dibujo, pero sus hombros mostraban una tensión que no tenía antes.

—¿Estás seguro de que no quieres venir? —Le intenté engatusar—. El agua está buenísima.

—Estoy bien —dijo en tono cortante.

Suspiré y lo dejé estar… de momento.

Mientras él dibujaba, yo hice largos en la piscina, disfrutando del agua fresca en la piel y los rayos del sol sobre la espalda.

Cuando por fin me tomé un descanso, ya casi estaba atardeciendo, y el calor del crepúsculo le daba un resplandor brumoso y onírico a todo el entorno.

—Última oportunidad, señor Larsen. —Me eché el pelo hacia atrás y parpadeé para quitarme el agua de los ojos—. Báñate ahora o calla para siempre.

Fue cursi, pero hizo que una sonrisa se asomara a los labios de Rhys antes de volver a ponerse serio.

—¿Vas a dejar de incordiarme si te digo que no?

Sonreí.

—No creo.

Me dio un vuelco el corazón cuando cerró el libro, lo dejó en la mesa y se levantó.

No esperaba que cediera.

Caminó hasta la piscina, se quitó la camiseta y yo me quedé sin aliento.

Hombros anchos, unos músculos perfectamente esculpidos, unos abdominales en los que se podría rallar queso. La absoluta perfección masculina.

Se me aceleró el corazón mientras le devoraba con la mirada. Los tatuajes se arremolinaban en su pecho, en ambos bíceps y en un costado, y una profunda forma de V marcaba el camino hacia lo que parecía (según lo que había sentido cuando me había tumbado en la cómoda) un paquete impresionante.

Rhys se metió en el agua y nadó hacia mí, y su cuerpo grande y poderoso atravesó el líquido azul con la agilidad de un delfín.

—Ya está. Me he bañado. —Se acercó a mi lado, con un mechón de pelo oscuro húmedo sobre los ojos, y resistí el impulso de apartárselo de la cara—. ¿Contenta?

—Sí. Deberías ir sin camiseta más a menudo.

Rhys levantó las cejas, a mí se me encendieron las mejillas y enseguida lo intenté arreglar:

—Pareces más relajado así. Menos intimidante.

—Princesa, es mi trabajo ser intimidante.

Ojalá no volviera a escuchar nunca más la frase «es mi trabajo».

—Ya sabes a qué me refiero —refunfuñé—. Siempre estás muy inquieto en la ciudad.

Se encogió de hombros.

—Es lo que pasa cuando tienes TEPT-C.

Trastorno de estrés postraumático complejo. Lo busqué cuando me dijo que lo tenía. Los síntomas incluían la hipervigilancia, es decir, estar constantemente en guardia por cualquier amenaza. A diferencia del TEPT normal, provocado por un acontecimiento traumático singular, el TEPT complejo era el resultado de un trauma duradero que se prolongaba durante meses o incluso años.

Se me encogió el corazón al imaginar en todo lo que debía de haber pasado para que le hubieran diagnosticado esa condición.

—¿Y el arte te ayuda?

—Más o menos. —Rhys mantenía una expresión insondable—. Pero llevo meses sin poder dibujar nada. —Señaló la mesa con la barbilla—. Solo estaba haciendo tonterías. Ver si se me ocurría algo.

—Cuando se te ocurra, quiero verlo. Me encantan los bocetos de alarmas de seguridad —bromeé antes de acordarme de que solo nos quedaba una semana juntos.

Se me esfumó la sonrisa.

Rhys me miró fijamente.

—Si eso es lo que quieres.

Quería muchas cosas, pero ninguna tenía que ver con el arte.

—¿Te puedo decir una cosa, señor Larsen?

Asintió con la cabeza.

—Te voy a echar de menos.

Se quedó inmóvil, tan inmóvil que pensé que no me había oído. Después, con la voz dolorosamente suave, dijo:

—Yo también te voy a echar de menos, princesa.

Pues no te vayas. Tenía que haber alguna forma de que se quedara. No era miembro de la Guardia Real, pero llevaba dos años conmigo. No entendía por qué tenía que cambiar de guardaespaldas solo por mudarme a Eldorra.

Salvo por el hecho, claro, de que Rhys se tendría que mudar conmigo allí. Aunque hubiera vivido conmigo todo ese tiempo, había una gran diferencia entre vivir bajo protección en Estados Unidos y mudarse a un país extranjero durante un tiempo indeterminado. Además, él había renunciado.

Incluso aunque convenciera a la Casa Real de prorrogar su contrato, ¿estaría dispuesto a aceptar la oferta?

No me atrevía a preguntárselo por si decía que no, pero el tiempo se estaba agotando.

Se oyó un fuerte estallido en la distancia antes de que pudiera sacar el tema, y Rhys se dio la vuelta para ver unos fuegos artificiales en el cielo.

Se relajó. Pero yo no, porque por fin comprendí por qué nunca se había quitado la camisa delante de mí.

Tenía la espalda (una espalda fuerte y preciosa) llena de cicatrices. Se entrecruzaban en su piel en forma de cortes furiosos casi blancos, salpicados de algunas marcas redondas que estaba segura de que eran marcas de quemaduras de cigarrillos.

A juzgar por la forma en la que Rhys tensó los hombros, debió de darse cuenta de su error, pero no volvió a ocultarlas. No tenía sentido. Ya las había visto, y ambos lo sabíamos.

—¿Qué pasó? —susurré.

Se hizo un largo silencio antes de responder:

—A mi madre le gustaba el cinturón —dijo por toda respuesta.

Ahogué un grito y se me revolvieron las tripas. ¿Su propia madre le había hecho eso?

—¿Y nadie hizo ni dijo nada? ¿Algún profesor o algún vecino? —No me podía imaginar que un abuso de ese nivel hubiera pasado desapercibido.

Rhys se encogió de hombros.

—Había muchos chavales en situaciones familiares complicadas. Algunos estaban peor que yo. Que se «castigara» a un niño no era motivo de alarma.

Me entraron ganas de llorar al imaginar al pequeño Rhys tan solo que no era más que una estadística para aquellos que tendrían que haberle protegido.

No odiaba a mucha gente, pero de pronto odié a todos los que supieron o sospecharon lo que le ocurría y no movieron un dedo para evitarlo.

—¿Por qué lo hacía? —Le pasé los dedos por la espalda, de manera tan leve que apenas llegó a ser una caricia. Se le tensaron los músculos con mi contacto, pero no se apartó.

—Deja que te cuente una historia —dijo—. Trata de una chica guapísima que vivía en un pequeño pueblo de mierda del que siempre soñó con escapar. Un día conoció a un hombre que se había mudado unos meses al pueblo por trabajo. Era muy guapo. Carismático. Le prometió que se la llevaría con él cuando se fuera del pueblo, y ella le creyó. Se enamoraron y vivieron un romance apasionado. Pero ella se quedó embarazada. Y cuando se lo contó a este hombre que decía que la amaba, él se puso furioso y la acusó de querer cazarle para siempre. Al día siguiente, se había marchado. Sin más. No dio ni una pista de adónde fue, y resultó que incluso su nombre era falso. Estaba sola, embarazada y sin dinero. Sin amigos ni padres que la ayudaran. Se quedó con el bebé, quizás por la esperanza de que el hombre volviera a por ellos algún día, pero nunca lo hizo. Ahogó la tristeza en las drogas y el alcohol y se convirtió en una persona diferente. Más mezquina. Más dura. Culpó al niño de haber arruinado su única oportunidad de ser feliz, y descargó su ira y frustración con él. Normalmente con el cinturón.

Mientras hablaba, con la voz tan baja que apenas podía oírle, las piezas fueron encajando una por una. Por qué Rhys se negaba a beber, por qué rara vez hablaba de su familia y de su infancia, el TEPT… Tal vez fuera fruto de su infancia tanto como del servicio militar.

Una pequeña parte de mí empatizaba con su madre y con el dolor que debió de haber sufrido, pero ningún dolor justificaba que le hiciera pagar a un niño inocente.

—No fue culpa del niño —dije. Una lágrima me resbaló por la mejilla antes de que pudiera detenerla—. Espero que lo sepa.

—Lo sabe —dijo Rhys. Me secó la lágrima con el pulgar—. No llores por él, princesa. Él está bien.

Por alguna razón, eso me hizo llorar más fuerte. Era la primera vez que lloraba delante de alguien desde que murió mi padre, y me habría muerto de vergüenza si no hubiera estado tan desconsolada.

—Sssh. —Me secó otra lágrima, con el ceño fruncido—. No debería habértelo dicho. No es la mejor manera de acabar unas vacaciones.

—No. Me alegro de que lo hayas hecho. —Me acerqué y le puse la mano sobre la suya antes de que pudiera apartarse—. Gracias por compartirlo conmigo. Significa mucho.

Era lo máximo que Rhys se había abierto a mí desde que nos conocíamos, y lo valoraba mucho.

—Es solo una historia. —Pero tenía los ojos llenos de emoción.

—No existe nada que solo sea una historia. Todas las historias son importantes. Incluida la tuya. Especialmente la tuya.

Le solté la mano y nadé alrededor de su espalda, donde volví a rozarle la piel con los dedos antes de besarle una de las cicatrices de una forma suave y ligerísima.

—¿Puedo? —susurré.

Se le tensaron aún más los músculos, hasta el punto de que empezó a temblar bajo mi contacto, pero respondió con un rígido movimiento de cabeza.

Le besé otra cicatriz. Y luego otra.

Todo estaba en silencio, excepto por la respiración entrecortada de Rhys y el débil rugido del océano en la distancia.

Había dejado de llorar, pero mi corazón seguía sufriendo por él. Por nosotros. Por todo lo que nunca podríamos tener por culpa de la vida que nos había tocado vivir.

Pero ahora mismo el resto del mundo no existía, y el mañana aún no había llegado.

Última oportunidad.

—Bésame —dije con suavidad.

Él se estremeció.

—Princesa… —Le salió la voz baja y áspera. Llena de dolor—. No podemos. Eres mi clienta.

—Aquí no. —Le rodeé con los brazos y le puse la mano en el pecho, donde su corazón bombeaba con fuerza a toda velocidad—. Aquí, yo solo soy yo, y tú solo eres tú. Número cuatro de la lista de deseos, señor Larsen. ¿Te acuerdas?

—No sabes lo que me estás pidiendo.

—Sí, lo sé. No estoy borracha como la noche del Borgia. Sé perfectamente lo que hago. —Contuve el aliento—. La pregunta es: ¿y tú?

No le veía la cara, pero podía adivinar que dentro de él se estaba librando una guerra.

Me deseaba. Lo sabía. Pero no sabía si eso sería suficiente.

El agua formaba pequeñas ondas a nuestro alrededor. A lo lejos estallaron más fuegos artificiales. Y Rhys seguía sin responder.

Justo cuando pensaba que me iba a rechazar y se iba a marchar, dejó escapar una maldición en voz baja, se dio la vuelta y me agarró, y solo me dio tiempo a coger un instante de aliento antes de que me agarrara del pelo y fundiera su boca con la mía.

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