Twisted Games

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Capítulo 19

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19

Rhys

Bridget von Ascheberg iba a acabar conmigo. Lo sabía desde el primer momento en que la vi, y mis predicciones se cumplieron a tiempo real mientras la devoraba.

Acabaría con mi autocontrol, con mi profesionalidad y con cualquier atisbo de supervivencia. Pero nada de eso me importó cuando me di cuenta de lo dulce que sabía, o de la perfección con la que sus curvas encajaban en mis manos, como si estuviera hecha a medida para mí.

Dos años de miradas, esperas y deseos. Al final habían desembocado en esto, y era incluso mejor de lo que había imaginado.

Bridget me rodeó el cuello con los brazos, y su cuerpo se volvió maleable bajo el mío. Sabía a menta y a azúcar, y en ese momento se convirtió en mi sabor favorito del mundo entero.

La empujé contra la pared de la piscina y la agarré con fuerza, sin despegar la boca de ella en ningún momento.

No era un beso dulce. Era duro, exigente y posesivo, fruto de años de frustración y tensión acumulada, pero Bridget me correspondió con una entrega absoluta. A cambio, ella me tiraba del pelo, jugaba con la lengua y emitía unos gemidos suaves que llegaban directos a mi polla.

—¿Es esto lo que quieres? —Le pellizqué el pezón por encima del bikini. Ese puto bikini. Por poco se me salen los ojos cuando pasó por delante de mí un rato antes, y me alegraba de que nunca se lo hubiera puesto para ir a la playa. Si lo hubiera hecho, habría tenido que matar a cualquier cretino que se hubiera atrevido a mirarla, y no era lo que más me apetecía hacer mientras estaba de vacaciones… Prefería dedicar el tiempo a explorar cada centímetro de su delicioso cuerpo—. ¿Eh?

—Sí. —Bridget arqueó la espalda cuando la toqué—. Pero más. Por favor.

Gruñí.

Sin duda, va a acabar conmigo.

La volví a besar con violencia antes de que le enganchara las piernas alrededor de mi cintura, la sacara de la piscina y la llevara hasta su habitación. Para lo que quería hacer, necesitaba algo más que el borde de la piscina.

La coloqué en la cama, maravillado con su belleza. Tenía el pelo mojado, la piel reluciente, la cara roja por la excitación.

Lo único que deseaba era enterrarme en ella con tanta fuerza que no se olvidara nunca de mí, pero, incluso en la nebulosa de lujuria, sabía que eso no era posible.

Si cruzábamos ese puente, nunca podría dejarla marchar, y acabaría con los dos. Aunque en mi caso no me importaba. Yo ya estaba acabado.

Pero ¿Bridget? Se merecía algo mejor que yo.

Se merecía el mundo.

—Número cuatro de la lista de deseos. Dos reglas —dije con la voz áspera—. Una, lo que hagamos aquí, se queda aquí. En este cuarto, en esta noche. Y no volveremos a hablar de ello nunca. ¿Entendido?

Era duro, pero había que decirlo, por el bien de los dos. De otro modo, podría perderme en la fantasía de lo que podría ser, y eso era más peligroso que cualquier depredador o enemigo.

Bridget asintió.

—Dos, no vamos a follar.

Puso cara de confusión.

—Pero has dicho que…

—Hay otras formas de provocar que alguien se corra, princesa. —Le toqué el pecho y le pasé el pulgar por el pezón antes de dar un paso atrás—. Ahora sé buena y quítate el bikini para mí.

Vi cómo un escalofrío le recorría todo el cuerpo, pero se arrodilló en la cama e hizo lo que le pedí: se desató la parte de arriba del bikini y después la de abajo con una lentitud agonizante.

Dios santo. No era religioso, pero si había algún momento para creer en Dios, era este.

Ya que no podía tocarla con las manos (todavía no), la acaricié con la mirada. La devoré con los ojos de una forma descarada y sucia, desde sus pechos grandes y firmes hasta su coño, que brillaba de humedad.

—Tócate —ordené—. Déjame ver lo que llevas haciendo todas estas noches sola en tu cuarto.

En su cuerpo floreció un profundo rubor, que le puso la piel marfil de un tono rosado, y deseé recorrer ese camino con la lengua. Marcarla con los dientes y las manos. Gritarle al mundo quién era su dueño, quién debía serlo.

Yo.

Apreté los puños.

A pesar del rubor, Bridget no me quitó los ojos de encima mientras se acariciaba los pechos, apretándose y pellizcándose los pezones antes de deslizar la mano entre sus piernas.

Al momento ya estaba gimiendo de placer, con la boca abierta y la respiración entrecortada mientras se frotaba el clítoris y se metía los dedos en el coño.

Mientras tanto, yo la devoraba con los ojos como un león desgarraría a una gacela. Feroz. Voraz. Destructivo.

Tenía la polla tan dura que me dolía, pero no la toqué. Todavía no.

—¿Estás pensando en mí, princesa? —pregunté con suavidad—. ¿Eh? ¿Estás pensando en las ganas que tienes de que te empuje contra la cama y te folle con la lengua hasta que te corras en mi cara?

Bridget gimió mientras se tocaba cada vez más rápido al escuchar mis palabras obscenas. Seguía de rodillas, con los muslos temblando de deseo.

—Pu… puede.

—Es una pregunta de sí o no. Responde —gruñí—. ¿En quién piensas cuando te metes los dedos en el coñito?

Bridget se estremeció mientras echaba la cabeza hacia atrás y cerraba los ojos.

—En ti.

—¿Qué te estoy haciendo?

Gimió.

Me acerqué a la cama y le agarré de la barbilla con una mano, obligándola a mirarme.

—¿Qué-te-estoy-haciendo?

—Me estás follando —jadeó. Estaba tan cerca que olía su excitación y escuchaba el chapoteo de sus dedos resbalando por su coño—. Estoy tumbada en la cómoda, y te veo detrás de mí en el espejo. Agarrándome del pelo. Follándome desde atrás. Llenándome con tu polla.

Joder. No me había corrido en los pantalones desde que empecé el instituto, pero ahora estaba a punto de descargar.

—A ver si te lavas esa boca, princesa. —La agarré de la muñeca con la otra mano, obligándola a parar. Bridget gimió en señal de protesta, pero no la solté.

Me di cuenta de que estaba a punto de correrse, pero esta noche sus orgasmos me pertenecían.

La empujé a la cama, la agarré de las muñecas por encima de la cabeza y se las até con la parte de arriba del bikini.

—¿Qué haces? —La cara de Bridget se llenó de una mezcla de inquietud y expectación.

—Asegurarme de que puedo tomarme mi tiempo contigo, princesa. Túmbate y deja que cumpla el último punto de tu lista de deseos.

Le di otro beso en la boca antes de bajar al cuello. Las clavículas. Los hombros. Cuando llegué a los pechos, le lamí los pezones hasta que empezó a gemir y quiso zafarse de las improvisadas ataduras, pero el nudo era demasiado fuerte.

¿Una de las cosas más útiles que aprendí en la Marina? Cómo hacer un buen nudo.

Le tiré con suavidad del pezón con los dientes mientras le metía un dedo dentro, y luego dos, abriéndome camino dentro de ella.

Se me escapó un gruñido.

—Estás empapada.

—Por favor. —Le ardía la piel—. Necesito… Necesito…

—¿Qué necesitas? —Le di un beso en el vientre y fui bajando hasta llegar a su coño. Le metí los dedos más profundamente, los arrastré fuera y volví a metérselos. Suficiente para ponerla al límite, pero no para que se corriera.

—Necesito correrme —gimió—. Rhys, por favor.

Me quedé inmóvil.

—¿Cómo me has llamado? —Levanté la cabeza y me miró con lujuria y algo más que le brillaba en los ojos azules.

—Rhys —repitió en un susurro.

El sonido de mi nombre en sus labios era lo más bonito que había escuchado nunca.

Tomé aire antes de reanudar mi tarea.

—Te vas a correr, princesa. Pero no hasta que yo te lo diga.

Volví a bajar la cabeza y le rocé el clítoris con los dientes antes de chuparlo. Entre eso y el dedo que le estaba haciendo, estaba chorreando hasta los muslos, y yo lamí cada gota como si llevara un día sin comer.

Qué puta delicia. Nunca había sido adicto a nada, pero ahora era adicto al sabor y a la textura de su coño.

Bridget me agarraba la cabeza, con movimientos frenéticos y desesperados, y sus gemidos de súplica iban creciendo a medida que la devoraba.

Por fin tuve piedad de ella e hice presión con el pulgar sobre su clítoris y moví los dedos hasta tocar el punto exacto para hacerla estallar.

—Córrete —ordené.

Apenas había acabado de pronunciar la palabra antes de que Bridget se arqueara en la cama con un grito agudo. Se corrió con tanta fuerza y durante tanto tiempo que tardó unos cinco minutos en dejar de temblar, y contemplar su orgasmo por poco provoca que yo mismo rompiera la regla que me había impuesto.

No follar.

La desaté y le acaricié las débiles marcas rojas que le habían hecho las cuerdas en la piel.

Bridget yacía en la cama, absolutamente extenuada, pero cuando me moví para levantarme de la cama, me detuvo.

—Se te está olvidando algo. —Clavó la vista en el bulto de mis pantalones.

—Créeme, no se me olvida nada. —Era difícil de olvidar teniendo en cuenta que la tenía a punto de reventar.

—Entonces deja que me ocupe de esto.

Se me entrecortó el aliento cuando me rozó con los dedos.

—Ese no era el trato.

—El trato ha cambiado. —Bridget me bajó los pantalones y se quedó boquiabierta al ver mi tamaño.

—Bridget… —Mi protesta se convirtió en un gemido cuando me la agarró con las dos manos.

—Has dicho mi nombre. —Me pasó la lengua por la punta y lamió las primeras gotas antes de metérsela en la boca.

No respondí. No podía.

Todo dejó de existir a excepción de su calor en mi polla, y de pronto tuve la certeza de que ni siquiera el cielo podía ser mejor que aquello.

La sangre me corría por las venas como fuego líquido, y el corazón me bombeaba con una mezcla de lujuria y algo más que prefería no nombrar, mientras enredaba los dedos en el pelo de Bridget.

Qué preciosidad.

Intentó metérsela entera en la boca, pero era demasiado grande, o bien el ángulo no lo permitía. Dejó escapar un débil gemido ahogado de frustración, y yo solté una carcajada antes de apartarme y recolocarme para que se tumbara de espaldas.

—Dime si es demasiado. —Deslicé la punta de mi polla entre sus labios antes de introducirla en su boca. A cada pocos centímetros hacía una pausa, para dejar que se acostumbrara al tamaño hasta que por fin se la metí hasta el fondo de la garganta.

Joder. No solía necesitar recurrir al viejo truco de enumerar mentalmente jugadores de béisbol, pero en ese momento pensar en los Washington Nationals era lo único que podía contenerme para no terminar ahí mismo la noche.

Bridget se atragantó y empezó a toser, con los ojos llenos de lágrimas, y la saqué hasta que solo quedó la punta.

—¿Demasiado?

Negó con la cabeza, con los ojos oscuros, llenos de ansia, y yo volví a empujar con un gemido.

Fuimos cogiendo ritmo, al principio más despacio, y luego más rápido a medida que se acomodaba. Bridget dejó de atragantarse, y en cambio empezó a gemir, y sus jadeos enviaban pequeñas vibraciones a mi polla, y bajó la mano para masturbarse mientras yo jugueteaba con sus pezones.

—Eso es —gruñí—. Métela entera hasta la garganta como una buena chica.

Tenía la piel llena de gotas de sudor mientras entraba y salía de su boca hasta que ya no pude más. La suave calidez de su boca, la imagen de cómo se tocaba mientras le enterraba la polla hasta la garganta…

El orgasmo me estalló por todo el cuerpo como fuegos artificiales. La saqué en el último instante y descargué, cubriéndole el pecho de gruesos hilos de semen. Me corrí con tanta intensidad que por poco me desplomo en el suelo a continuación, y eso nunca me había pasado. Jamás.

Cuando terminé, Bridget se había corrido otra vez, y el sonido de nuestra respiración entrecortada se mezclaba con un intenso olor a sexo en el aire.

—Guau. —Parpadeó, con aspecto de estar bastante conmocionada.

Yo me reí, con la cabeza (y lo que no era la cabeza) todavía dándome vueltas por las sacudidas.

—Eso debería decir yo. —Le di un beso rápido antes de levantarla de la cama y llevarla al cuarto de baño—. Vamos a limpiarte, princesa.

Después de la ducha, donde no pude resistirme a volver a masturbarla hasta que tuvo otro orgasmo, cambié las sábanas y la metí en la cama. En su cara se reflejaban el cansancio y la satisfacción y, por una vez, me dejó que la cuidara sin quejarse mientras la arropaba bajo las sábanas y le apartaba el pelo de la cara.

—Número cuatro de la lista de deseos. Para que digas que no te doy nada —bromeé.

Bridget hizo un amago de bostezo mientras se reía al mismo tiempo.

—Número cuatro de la lista de deseos —murmuró somnolienta—. Ha sido perfecto. —Parpadeó, con los ojos azules algo tristes—. Desearía que pudiéramos quedarnos aquí para siempre.

Se me encogió el corazón.

—Yo también, princesa. —Le di otro beso, el más suave de toda la noche, e intenté retener su sabor y su tacto en mi memoria.

Cuando se quedó dormida, me senté y la contemplé durante un rato, sintiéndome como un completo pirado, pero incapaz de retirar la mirada. Su pecho subía y bajaba con respiraciones pausadas, y mantenía una leve sonrisa en la cara. Parecía más contenta de lo que había estado en varias semanas, y deseé tener el poder de hacer que ese momento durara para siempre, como ella quería.

«Lo que hagamos aquí, se queda aquí. En este cuarto, en esta noche. Y no volveremos a hablar de ello nunca».

Era mi regla. Y tenía que cumplirla porque Bridget no solo era mi clienta. Era la futura reina de Eldorra, y eso conllevaba un montón de complicaciones y mierdas que odiaba, pero contra las que no podía hacer nada.

La miré por última vez, fijándome en todos sus detalles, antes de endurecer la expresión y marcharme.

Número cuatro de la lista de deseos.

Daba igual lo que dijera o quisiera mi corazón, lo de esa noche había ocurrido solo para cumplir su deseo.

Eso era todo.

Solo podía ser así.

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