Twisted Games

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Capítulo 20

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Bridget

A la mañana siguiente me levanté dolorida pero sonriente. Llevaba siglos sin levantarme de tan buen humor, y tardé un minuto en recordar por qué.

Me vinieron a la mente fragmentos de la noche anterior, al principio despacio, después todos a la vez, y me sonrojé al recordar las obscenidades que había dicho y hecho en ese mismo cuarto.

Pero no podía dejar de sonreír.

Necesito hacer listas de deseos más a menudo.

Me quedé un rato más en la cama, reacia a romper la neblina de sueño que me envolvía, pero ese mismo día nos volvíamos a Nueva York y tenía que levantarme.

Cuando lo hice, encontré la ropa de viaje preparada en el armario, y me di cuenta de que el resto de la habitación estaba impoluta. No había zapatos revueltos en el suelo, ni bikinis colgando de la silla, ni maquillaje esparcido por el tocador.

Rhys debía de haber terminado de hacerme la maleta. Estaba tan frita que ni siquiera me había enterado.

Confirmé mis sospechas cuando bajé al salón y le vi esperándome al lado de las maletas. Atrás quedaron las camisetas informales y los pantalones cortos que había llevado los últimos días; ya había vuelto a su conjunto negro habitual.

Sentí una punzada en el pecho. Ya echaba de menos al Rhys de vacaciones.

—Buenos días, alteza —dijo sin levantar la vista del teléfono—. Su desayuno está listo en la cocina. El vuelo sale a mediodía, así que deberíamos salir en tres cuartos de hora.

Se me borró la sonrisa. Alteza. Ni siquiera princesa.

Habíamos acordado que la noche anterior se quedaría en la noche anterior, pero no esperaba un cambio tan drástico así de rápido. Rhys estaba casi más frío ahora que cuando nos acabábamos de conocer.

—Gracias. —Me pilló con la guardia tan baja que no se me ocurrió nada más que decir—. Por hacer las maletas y el desayuno.

—De nada.

Mi buen humor se desvaneció, pero disimulé la decepción mientras me tomaba el desayuno y Rhys se aseguraba de dejar la casa lista antes de irnos.

Dejó la cocina para el final, tal vez porque estaba yo.

—Señor Larsen. —No me parecía bien llamarle Rhys, teniendo en cuenta la frialdad que había entre nosotros.

—¿Sí? —Abrió el frigorífico ya vacío y le echó un vistazo antes de cerrarlo.

—Tengo una proposición.

Se tensó, y no pude contener una sonrisa.

—No ese tipo de proposición —dije—. Y antes de que lo digas, quiero que sepas que no tiene nada que ver con… los sucesos recientes. —Esperaba no estar haciendo el ridículo, pero si lo estaba haciendo, me daba igual. Cuando quería algo, necesitaba decirlo. Si no, no podría culpar a nadie, salvo a mí misma, cuando llegara el momento de arrepentirme imaginando lo que habría pasado—. Eres un buen guardaespaldas, y yo ya he pasado por bastantes cambios con la abdicación de Nikolai. Quiero a alguien de confianza a mi lado para hacer la transición.

Rhys estaba quieto como una estatua.

—Si lo solicito oficialmente, creo que la Casa Real estará dispuesta a extenderte el contrato hasta que me sienta más cómoda en el nuevo cargo. —Respiré hondo—. Te tendrías que mudar a Eldorra temporalmente, y si te parece demasiado, lo entiendo. Pero te quería dar la opción. En el caso de que quieras quedarte.

No mentía cuando decía que no tenía nada que ver con la noche anterior. Llevaba semanas dándole vueltas a la idea y posponiéndola sin parar. Pero estábamos llegando al final, y si no lo decía ahora, nunca pasaría.

Rhys parpadeó por fin.

—¿Cuándo necesita que le responda?

Me invadió otra oleada de decepción. Claro que tenía que pensárselo. Era un compromiso muy grande. Pero aun así, creía…

—Esta semana, antes de que termine oficialmente tu contrato.

Asintió con expresión neutra.

—Le daré una respuesta antes de que termine la semana. Gracias por la oportunidad. —Rhys salió de la cocina, y me quedé mirando el punto donde estaba.

Ya está.

No sonrió, no mostró ningún indicio de si estaba contento, sorprendido o incómodo. Solo: «Le daré una respuesta antes de que termine la semana», como si nuestra relación fuera estrictamente profesional.

Intenté darle otro bocado a la tostada, pero me rendí y enterré la cara entre las manos.

Bridget von Ascheberg, ¿qué has hecho?

Rhys y yo no hablamos durante el largo viaje en coche hasta el aeropuerto, ni en el propio vuelo. Había tanta tensión entre nosotros que casi deseé que la noche anterior no hubiera sucedido, pero no podía obligarme a arrepentirme.

Las consecuencias no me gustaban, pero la noche había sido increíble.

Número cuatro de la lista de deseos.

Era mucho más que una lista de deseos, pero eso era un secreto que tendría que guardarme.

—No tienes por qué, pero… ¿puedes venir conmigo mañana? —le pregunté a Rhys mientras dejaba mi maleta en la suite. Habíamos aterrizado en Nueva York unas horas antes, y nos quedaríamos en el Plaza hasta volar a Eldorra en un par de días. Nikolai anunciaría la abdicación al día siguiente, y yo tenía una rueda de prensa después. De solo pensarlo se me revolvía el estómago—. Para el discurso.

Por primera vez en todo el día, Rhys relajó la expresión.

—Claro, princesa.

Era curioso lo mucho que odiaba ese apelativo al principio, y cómo ahora se me encogía el corazón al escucharlo.

Esa noche intenté dormir, pero mi mente no paraba de darle vueltas a miles de pensamientos y preocupaciones. Costa Rica, Rhys, si seguiría siendo mi guardaespaldas, la reacción pública a la abdicación de Nikolai y su compromiso con Sabrina, la salud de mi abuelo, mi debut como princesa heredera al trono, mi mudanza a Eldorra…

Me froté los ojos. Respira. Tú respira.

Al final me quedé dormida en un sueño inquieto, lleno de pesadillas en las que me aplastaba una corona gigante mientras todo el mundo me señalaba y se reía.

A la mañana siguiente, me desperté más temprano de lo previsto para prepararme para la rueda de prensa y taparme las ojeras con maquillaje. Me salté el desayuno, ya que no confiaba mucho en que no fuera a vomitarlo, pero cuando Rhys apareció a las siete en punto de la mañana, como había prometido, insistió en pedir unos huevos y un zumo al servicio de habitaciones. Café no. Dijo que me ayudaría con la ansiedad, y para mi sorpresa, me ayudó.

El discurso de Nikolai empezó a las ocho, y lo vimos en silencio mientras mi hermano (vestido con su uniforme militar, con expresión seria pero decidida) pronunciaba las palabras que cambiarían para siempre la historia de Eldorra.

—… y, por la presente, anuncio que abdico de mi título de príncipe heredero al trono de Eldorra y me retiro de la línea de sucesión. Esta decisión no ha sido fácil…

Los gritos ahogados del público se podían oír incluso a través de la pantalla, pero Nikolai siguió.

La decisión más importante de mi vida…

Mi amor por este país…

Sucedido por mi hermana, la princesa Bridget…

Me pasé todo el discurso petrificada. Sabía que la abdicación iba a suceder, pero era surrealista ver y escuchar a Nikolai anunciándola por televisión.

Al terminar el discurso, apareció el presentador de las noticias, visiblemente impactado, pero Rhys apagó la televisión antes de que oyera lo que iba a decir.

—¿Necesita un momento? —Irradiaba una confianza y una autoridad tan naturales que por poco me calma los nervios.

Por poco.

A mí me tocaba dar mi propia rueda de prensa pronto, pero tenía ganas de vomitar.

Sí. Preferiblemente un millón de momentos.

—No. —Carraspeé y repetí con la voz firme—: No. Vámonos.

Me retoqué el pelo y la ropa una última vez antes de salir de la suite. Todo lo que un miembro de la realeza decía o se ponía en público tenía un simbolismo oculto, y yo me había vestido para la batalla con un elegante traje de Chanel, tacones y un sutil broche de oro, rubíes y diamantes que representaba los colores de la bandera de Eldorra.

La imagen: todo bajo control y lista para la sucesión.

La realidad: un completo desastre.

Mientras Rhys y yo bajábamos al vestíbulo en ascensor, se apoderó de mí una especie de entumecimiento que hizo que todo me empezara a dar vueltas.

Décimo… Noveno… Octavo…

El estómago se me encogía un poco más a cada piso que bajábamos.

Cuando llegamos al vestíbulo, las puertas del ascensor se abrieron y vi a una horda de periodistas agolpados en la entrada del hotel, retenidos por guardias de seguridad. Sus gritos se multiplicaron al verme, y todo el mundo se dio la vuelta para mirar quién estaba provocando tal revuelo.

Yo.

Ya había tenido que lidiar con la prensa varias veces en el pasado, pero este era mi primer encuentro con ellos como princesa heredera. No tendría por qué ser diferente, pero lo era.

Todo era diferente.

Se me entrecortó la respiración. Sentí unas punzadas de oscuridad que bailaban en los bordes de mi campo de visión, y me empezaron a flaquear las piernas.

—Respira, princesa —dijo Rhys con calma. No sé cómo, siempre lo adivinaba—. Eres la futura reina. No dejes que te intimiden.

Inhala. Exhala.

Tenía razón. No podía afrontar mi primer día en mi nuevo rol con miedo y cobardía. Incluso aunque tuviera ganas de salir corriendo a mi suite y no volver a salir nunca más, tenía una responsabilidad que cumplir.

Puedo hacerlo.

Era la futura reina de Eldorra. Ya era hora de actuar como tal.

Tomé aire, me puse firme y levanté la barbilla, ignorando las miradas del resto de los huéspedes del hotel mientras caminaba hacia la salida, que era el principio de mi nueva vida.

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