Twisted Games

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Capítulo 21

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Bridget

Seis semanas después

—Su majestad está listo para recibirla. —Markus salió del despacho de mi abuelo, con la cara tan desencajada que parecía que se hubiera tragado un limón.

—Gracias, Markus. —Sonreí. No me devolvió la sonrisa. Apenas hizo un pequeño gesto de cortesía con la cabeza antes de darse la vuelta y alejarse por el pasillo.

Suspiré. Estaba muy equivocada si creía que ser la princesa heredera al trono iba a mejorar mi relación con la mano derecha de Edvard. Markus parecía más disgustado que nunca, quizás porque la cobertura de prensa tras la abdicación de mi hermano no había sido… ideal.

¿Y otra cosa que tampoco era ideal? Mi mote. Princesa a Tiempo Parcial. Al parecer, a la prensa rosa no le parecía bien que la futura reina hubiera pasado tanto tiempo fuera de Eldorra, y cada vez que podían se explayaban cuestionando mi compromiso con el país y mi capacidad general para reinar.

Lo peor era que tenían parte de razón.

—Te veo mañana en el corte de la cinta —le dije a Mikaela, que me había acompañado a la reunión con Elin sobre el control de daños de mi imagen.

—Suena bien. —Mikaela echó un vistazo a la puerta semiabierta de Edvard—. Suerte —susurró.

No sabíamos por qué mi abuelo quería hablar conmigo, pero sabíamos que no sería por nada bueno. No me convocaba a su despacho a menos que fuera algo grave.

—Gracias. —Esbocé una sonrisa débil.

Mikaela era mi mejor amiga de pequeñas y ahora era mi mano derecha en mi preparación para ser reina. Era hija del barón y la baronesa Brahe, y lo sabía todo sobre toda la alta sociedad de Eldorra, por lo que la había contratado para que me ayudara a recuperar el favor de la sociedad de Athenberg. Llevaba tanto tiempo sin vivir allí que estaba completamente fuera de onda, algo inaceptable para una futura reina.

No esperaba que fuese a aceptar una tarea de tanta responsabilidad, pero, para mi sorpresa, accedió.

Mikaela me dio un pequeño apretón en el brazo antes de irse, y me armé de valor para entrar en el despacho de Edvard. Era una sala enorme, con paneles de caoba, un techo muy alto, vistas a los jardines del palacio y un escritorio tan grande como para dormir la siesta en él.

Edvard sonrió al verme. Tenía mucho mejor aspecto que en las semanas de después del ataque, y no había mostrado ningún síntoma desde aquel susto, pero yo seguía preocupada por él. Los médicos decían que su enfermedad era impredecible, por lo que todos los días me despertaba con la duda de si sería el último día en que vería a mi abuelo con vida.

—¿Qué tal va la preparación? —me preguntó nada más sentarme en el asiento frente al suyo.

—Va bien. —Me metí las manos entre los muslos para aplacar los nervios—. Aunque algunas de las sesiones parlamentarias son un poco… —tediosas. Perfectas para coger el sueño. Tan aburridas que preferiría ver crecer la hierba— largas.

A nadie le gusta más oírse hablar que a un ministro que tiene la palabra. Era increíble la verborrea que tenían para lo poco que decían.

Por desgracia, entre los deberes de un monarca estaba acudir a las sesiones parlamentarias al menos una vez a la semana, y mi abuelo pensó que sería útil que me fuera familiarizando ya con el proceso.

Desde que volví a Eldorra, mis días se habían llenado de reuniones, eventos y «clases de reina» desde que me levantaba hasta que me acostaba. Aunque no me importaba. Me mantenía la mente alejada de Rhys.

Maldita sea. Se me formó un nudo en la garganta y me obligué a apartar cualquier pensamiento sobre mi antiguo guardaespaldas.

La risa de Edvard me devolvió al presente.

—Es una manera muy diplomática de decirlo. El Parlamento es algo diferente a lo que estás acostumbrada, pero es una parte esencial del gobierno, y como reina necesitarás llevarte bien con ellos… lo cual me lleva al motivo por el que te he pedido que vengas. —Hizo una pausa y añadió—: De hecho, hay varias cosas de las que quería hablar contigo, empezando por Andreas.

Se me juntó la confusión con la cautela.

—¿Mi primo Andreas?

—Sí. —Edvard hizo una pequeña mueca—. Se va a quedar en el palacio unos meses. Llega el martes.

—¿Qué? —Mi abuelo frunció el ceño ante mi falta de decoro, y me recompuse inmediatamente—. ¿Por qué viene aquí? —pregunté con la voz más calmada, aunque sentía de todo menos calma—. Si tiene su propia casa en la ciudad.

Andreas, el hijo del difunto hermano de mi abuelo, era (cómo decirlo con tacto) un completo y absoluto gilipollas. Si el privilegio, la misoginia y la imbecilidad en general tuvieran forma humana, sería la de Andreas von Ascheberg.

Por suerte, se había mudado a Londres para ir a la universidad y se había quedado ahí. Llevaba años sin verle, y no le echaba de menos en absoluto.

Y ahora no solo volvía a Eldorra, sino que se iba a quedar en el palacio con nosotros.

Mátame, camión.

—Le gustaría instalarse definitivamente en Eldorra —dijo Edvard con cuidado—. Meterse más en política. Y se aloja aquí porque dice que le gustaría reconectar contigo, ya que lleváis mucho tiempo sin veros.

No me tragué la excusa. Andreas y yo nunca nos habíamos llevado bien, y de solo pensar que se iba a meter en política me daban ganas de salir corriendo.

A diferencia de la mayoría de las monarquías constitucionales, donde la familia real se mantenía políticamente neutral, en Eldorra la familia real sí que participaba en política de forma limitada. Pero ojalá no fuera así, para que Andreas no tuviera ningún poder de decisión en la vida de la gente.

—¿Por qué ahora? —pregunté—. Creía que estaba ocupado viviendo la vida loca en Londres.

Andreas siempre había sido un fanfarrón, y presumía de sus notas e insinuaba sutilmente lo buen rey que sería (a veces a la cara de Nikolai, cuando él era el heredero al trono), pero nunca había ido más allá. Solo hablaba. Lo más cerca que había estado de la política era cuando estudiaba Políticas.

Edvard levantó una ceja gruesa y gris.

—Es el siguiente en la línea de sucesión después de ti.

Lo miré fijamente. No era posible que estuviera insinuando lo que creía que estaba insinuando.

Como mi madre era hija única y yo no tenía hijos, Andreas era el siguiente en la línea de sucesión, ahora que Nikolai había abdicado. Intenté imaginármelo como rey y me dio un escalofrío.

—Voy a ser sincero —dijo Edvard—. Andreas ha insinuado ciertas… ambiciones respecto a la corona, y no cree que una mujer pueda hacer ese trabajo.

Oh, me habría encantado que Andreas hubiera estado allí en ese momento para poder decirle dónde meterse sus ambiciones.

—Que se lo comente a la reina Isabel la próxima vez que vaya de visita al palacio de Buckingham —dije con frialdad.

—Sabes que yo no estoy de acuerdo con él. Pero Eldorra no es Reino Unido o Dinamarca. Es un país más… tradicional, y me temo que muchos miembros del Parlamento piensan lo mismo que Andreas.

Apreté los dedos contra la silla.

—Entonces menos mal que el Parlamento no nombra al monarca.

Puede que no quisiera reinar, pero no soportaba que nadie me dijera que no podía reinar solo por ser mujer. Daba igual que la monarquía fuera meramente simbólica. Éramos la cara visible de la nación, y de ninguna manera iba a dejar que nos representara alguien como Andreas.

Edvard dudó.

—Esa es la otra razón por la que quería hablar contigo. El Parlamento no nombra al monarca, pero existe la Ley de Matrimonios Reales.

Se me encogió el estómago de terror. La Ley de Matrimonios Reales, promulgada en 1732, era la ley arcaica que obligaba a los monarcas a casarse con alguien de sangre noble. Fue la razón por la que Nikolai abdicó, y yo había evitado pensar en ella todo lo posible porque significaba que mis posibilidades de casarme por amor eran escasas o nulas.

No era solo cuestión de encontrar a un noble que me gustara. Las potenciales parejas se elegían para obtener el máximo beneficio político, y yo no era tan ingenua como para esperar un matrimonio por amor.

—No me tengo que casar todavía. —Intenté controlar el temblor de mi voz—. Tengo tiempo…

—Ojalá fuera así. —La expresión de Edvard se llenó de una mezcla de culpa y desasosiego—. Pero mi enfermedad es impredecible. Podría darme otro ataque en cualquier momento y quizás la próxima vez no tenga tanta suerte. Ahora que Nikolai ha abdicado, hay más presión aún para asegurarnos de que estés lista para el trono lo antes posible. Eso incluye encontrar un marido digno.

Técnicamente, el matrimonio no era un requisito imprescindible para ser monarca, pero Eldorra no había tenido un monarca soltero en… Bueno, nunca.

Noté la bilis en la garganta, tanto por la posibilidad de perder a mi abuelo en cualquier momento, como por la idea de vivir el resto de mi vida con un hombre al que no amara.

—Lo siento, cariño, pero es así —dijo Edvard con suavidad—. Ojalá pudiera protegerte de las duras verdades de la vida como antes, pero algún día serás reina, y el tiempo de tenerte entre algodones ya se ha acabado. Eres la última persona en la línea de sucesión directa, la única que se interpone entre Andreas y la corona —nos estremecimos al unísono—, y la única forma de asegurar que el trono y el país queden en buenas manos es casarte con un aristócrata respetable, en el próximo año, a ser posible.

Bajé la cabeza, abrumada por la resignación. Podría abdicar como lo había hecho Nikolai, pero no iba a hacerlo. Por mucho que me molestara que me hubiera metido en esta situación, él lo había hecho por amor. Si yo lo hiciera, sería por puro egoísmo.

Además, el país no sobreviviría a dos abdicaciones tan seguidas. Seríamos el hazmerreír del mundo, y yo nunca mancharía el nombre de nuestra familia ni la corona pasándosela a Andreas.

—¿Cómo voy a encontrar un marido tan pronto? Tengo la agenda tan llena que casi no tengo tiempo ni de dormir, mucho menos de salir con chicos.

Mi abuelo entornó los ojos y de pronto me pareció más un joven travieso que un rey que llevaba décadas en el trono.

—Déjamelo a mí. Tengo una idea. Pero antes de eso, hay otra cosa que quería hablar contigo. Tu guardaespaldas.

La palabra «guardaespaldas» hizo que me diera un vuelco el corazón.

—¿Qué pasa con él?

Todavía me estaba acostumbrando a mi nuevo guardaespaldas, Elias. Estaba bien. Era majo, competente, educado.

Pero no era Rhys.

Rhys, que se había alejado de mí un mes antes sin mirar atrás.

Rhys, que me había regalado los mejores cuatro días de mi vida y después actuó como si no hubieran significado nada.

Tal vez no habían significado nada. Tal vez me había imaginado la conexión que hubo entre nosotros, y en ese momento él estaba ocupado viviendo la vida en Costa Rica o en Sudáfrica.

Número cuatro de la lista de deseos.

Sentí en el pecho un ardor familiar, me encajé la mandíbula y me recompuse.

Las princesas no lloran. Y mucho menos por un hombre.

—Hemos recibido una llamada bastante extraña de Seguridad Harper —dijo Edvard.

Seguridad Harper. La agencia para la que trabajaba Rhys.

—Rh… ¿El señor Larsen está bien? —Se me aceleró el pulso de miedo. ¿Estaba herido? ¿Muerto?

No se me ocurría ninguna otra razón por la que hubiera llamado la agencia, teniendo en cuenta que ya no trabajaba para la Casa Real.

—Está bien. —Edvard me miró raro—. Sin embargo, nos han pedido algo inusual. Normalmente no contemplaríamos una idea así, pero Christian Harper tiene una gran influencia. No se le puede decir que no a la ligera, incluso siendo el rey, y ha pedido una especie de favor en nombre del señor Larsen.

Cada vez estaba más confusa.

—¿Qué favor?

—Quiere volver a formar parte de tu equipo de seguridad personal. —Si no hubiera estado sentada, me habría caído redonda, y eso que todavía no había añadido—: Para siempre.

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