Twisted Games

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Capítulo 22

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Rhys

—Pues estamos en paz.

Me coloqué el teléfono entre la oreja y el hombro para poder coger la maleta del compartimento superior.

—Ya te he dicho que sí.

—Quiero asegurarme de que te ha quedado claro. —La voz de Christian se filtró a través de la línea, con un barniz suave y lánguido que escondía una cuchilla por debajo. Reflejaba al hombre detrás de la voz, un seductor capaz de matarte con una sola mano sin perder la sonrisa.

Mucha gente se había dado cuenta de lo que ocultaba esa sonrisa cuando ya era demasiado tarde.

Era lo que hacía a Christian tan peligroso y tan bueno como CEO de la agencia de seguridad privada más exclusiva del mundo.

—No me había dado cuenta de que te habías encariñado tanto de la princesa —añadió.

La insinuación hizo que se me tensara la mandíbula y, en mis prisas por salir del avión, por poco atropello a un hombre mayor con una desafortunada chaqueta marrón.

—No me he encariñado de ella. Pero es la clienta menos molesta que he tenido, y estoy harto de rotar entre estrellas del pop y niñatas ricas cada pocos meses. Es una decisión práctica.

La verdad es que supe que la había cagado menos de veinticuatro horas después de haber rechazado su oferta de prorrogar mi contrato. Estaba en el avión de vuelta a Washington, y habría obligado al piloto a dar la vuelta de no ser porque me habrían metido en la lista negra y habría acabado detenido de forma bastante desagradable por cortesía del gobierno de Estados Unidos.

Pero no hacía falta contarle eso a Christian.

—Así que te mudas a Eldorra, el país que más odias. —No era una pregunta, y tampoco sonaba muy convencido—. Tiene sentido.

—No odio Eldorra. —El país estaba cargado de significado para mí, pero no tenía nada en contra del propio sitio. Era un problema mío, no de sus habitantes… o al menos de la mayor parte.

Una mujer que iba andando a mi lado con una camiseta de «Recuerdo de Eldorra» se me quedó mirando, y le devolví la mirada hasta que se sonrojó y apretó el paso.

—Si tú lo dices. —La voz de Christian adoptó un tono de advertencia—. Accedí a tu petición porque confío en ti, pero no hagas nada estúpido, Larsen. La princesa Bridget es una clienta. Y la futura reina de Eldorra, además.

—No jodas, Sherlock. —Christian era técnicamente mi jefe, pero nunca se me había dado bien ser un lameculos, ni siquiera en el ejército. Era algo que me había traído bastantes problemas—. Y no lo has hecho porque confíes en mí. Lo has hecho porque me he pasado todo el mes solucionando tus movidas.

Si no, habría cogido el primer vuelo a Eldorra nada más llegar a Washington.

Y si no, Christian no habría accedido a mover hilos por mí. Nada de lo que hacía era desinteresado.

—De cualquier forma, recuerda a qué vas allí —dijo con calma—. Vas a proteger la integridad física de la princesa Bridget. Punto.

—Soy consciente. —Salí del aeropuerto y me golpeó una ráfaga de aire helado. El invierno en Eldorra era muy frío, pero había sobrevivido a cosas peores en la Marina. El viento apenas me molestaba—. Tengo que colgar.

Colgué el teléfono sin decir nada más y me puse en la cola de los taxis.

¿Cuál habría sido la reacción de Bridget al descubrir que iba a volver? ¿Alegría? ¿Furia? ¿Indiferencia? No había rechazado mi petición de volver a ser su guardaespaldas, lo cual era una buena señal, pero tampoco estaba seguro de si la Casa Real le había dado opción.

Fuera lo que fuera, lo asumiría. Solo quería volver a verla.

Me había ido porque creía que era lo correcto. Acordamos que lo que pasara en Costa Rica se quedaría en Costa Rica, y había intentado distanciarme después. Para darnos a los dos la oportunidad. Porque si nos acercábamos más el uno al otro, terminaríamos en una situación que podría destruirla.

Bridget era una princesa, y se merecía a un príncipe. Yo no era eso. Ni de lejos.

Pero solo tardé un día en darme cuenta de que me importaba un bledo. No podía dejarme llevar completamente por mis sentimientos, pero tampoco podía alejarme, así que había acabado volviendo. Estar con ella sin estar de verdad tal vez era una forma de tortura, pero era mejor que no tenerla nunca. Las últimas seis semanas habían sido prueba de ello.

—Se le ha caído esto.

Se me tensaron los músculos, y en cinco segundos hice una evaluación del extraño que iba detrás de mí.

Debía de tener treinta y tantos años. Pelo castaño, abrigo caro, y las manos suaves (le miré ambas) de alguien que nunca ha hecho un trabajo físico más allá de levantar un bolígrafo.

Sin embargo, me mantuve en guardia. No era una amenaza física, pero eso no significaba que no pudiera ser otro tipo de amenaza. Además, no me gustaba que se me acercaran los desconocidos.

—Eso no es mío —dije, desviando la mirada hacia la cartera de cuero negro agrietado que llevaba en la mano.

—¿No? —Frunció el ceño—. Me ha parecido ver que se le caía del bolsillo, pero hay mucha gente. Debo de haberlo visto mal. —Me examinó con unos ojos almendrados muy penetrantes—. ¿Estadounidense?

Respondí con un movimiento seco de cabeza. Odiaba las charlas vacías, y había algo en él que me incomodaba. Aumenté el nivel de alerta.

—Me lo imaginaba. —El hombre tenía una dicción perfecta, pero con el mismo leve acento de Eldorra que Bridget—. ¿Está de vacaciones? Los estadounidenses no suelen venir aquí en invierno.

—Trabajo.

—Ah, yo también he vuelto por trabajo, por decirlo de alguna manera. Soy Andreas. —Me extendió la mano libre, pero no me moví.

No estrechaba las manos de desconocidos, y menos en un aeropuerto.

Si a Andreas le molestó mi descortesía, no lo mostró.

Se deslizó la mano en el bolsillo y sonrió, aunque la sonrisa no se reflejó en sus ojos.

—Disfrute de su estancia. Quizás nos volvamos a ver.

Puede que la frase pudiera sonar simpática o incluso como una invitación, para algunos. Para mí, era más bien como una amenaza.

—Puede. —Esperaba que no. No conocía a ese tío, pero no me inspiraba ninguna confianza.

Llegó mi turno en la cola de los taxis, así que metí la maleta en el maletero y le di al taxista la dirección del palacio, sin volverle a dirigir la mirada a Andreas.

Tardé casi una hora en llegar al extenso complejo por culpa del tráfico, y cuando se abrieron las puertas doradas me puse tenso de la expectación.

Por fin.

Solo habían pasado seis semanas, pero me habían parecido seis años.

Era verdad lo que decían de que no sabes lo que tienes hasta que lo pierdes.

Una vez que el guardia de la entrada me dio el visto bueno, me registré con Malthe, el jefe de seguridad, y después con Silas, el jefe de la residencia real, que me informó de que me alojaría en la casa de huéspedes del palacio. Me mostró el pequeño edificio de piedra, situado a quince minutos del edificio principal, y se puso a detallarme todas las normas y el protocolo hasta que le interrumpí.

—¿Está su alteza aquí? —Siempre que había ido a Eldorra me había alojado en la casa de huéspedes, por lo que no necesitaba volver a escuchar toda la perorata.

Silas suspiró profundamente.

—Sí, su alteza está en el palacio con lady Mikaela.

—¿Dónde?

—En el salón de la segunda planta. Pero no le espera hasta mañana —señaló con énfasis.

—Gracias. Puedo ir solo. —Traducción: vete.

Dejó escapar otro suspiro antes de irse.

Cuando se marchó, me di una ducha rápida, me cambié y me dirigí al palacio. Tardé media hora en llegar al salón, y reduje el paso al escuchar la risa cristalina de Bridget a través de la puerta.

Dios, había echado de menos su risa. Había echado de menos todo de ella.

Empujé la puerta y entré, y fijé la mirada directamente en Bridget.

Melena dorada. Piel cremosa. Era todo gracia y luz, y llevaba su vestido amarillo favorito, el que siempre se ponía cuando quería parecer profesional pero relajada.

Estaba delante de una pizarra gigantesca llena de lo que parecían docenas de pequeños retratos pegados. Su amiga Mikaela estaba agitando las manos y hablando animadamente, hasta que se percató de mi presencia.

—¡Rhys! —exclamó. Era morena y bajita, de pelo rizado, pecas, y un carácter inquietantemente jovial—. Bridget me dijo que ibas a volver. ¡Me alegro de verte!

Asentí con la cabeza como saludo.

Lady Mikaela.

Bridget se dio la vuelta. Nos miramos y me quedé sin aire en los pulmones. Durante seis semanas solo había podido aferrarme a su recuerdo, y verla en persona era abrumador.

—Señor Larsen. —Su tono era frío y profesional, pero escondía un ligero temblor.

—Alteza.

Nos miramos fijamente, con las respiraciones sincronizadas. Incluso desde la otra punta de la habitación, podía vislumbrar su pulso en la base de su garganta. La pequeña marca debajo de su oreja izquierda. La forma en la que el vestido le resbalaba por las caderas como la caricia de un amante.

Nunca pensé que fuera a ponerme celoso de un vestido, pero así estaba la cosa.

—Llegas justo a tiempo. —La voz de Mikaela rompió el hechizo—. Necesitamos una opinión externa. Bridget no se decide.

—¿Sobre qué? —Mantuve la mirada fija en Bridget, que seguía congelada en el sitio.

—¿Qué debería puntuar más a la hora de elegir una pareja romántica: la inteligencia o el sentido del humor?

Bridget se puso rígida, y finalmente aparté la mirada de ella y la arrastré hasta Mikaela.

—¿Puntuar?

—Estamos clasificando a los invitados al baile de cumpleaños de Bridget —explicó Mikaela—. Bueno, estoy. Ella se niega. Pero va a estar lleno de hombres, y no va a poder bailar con todos. Necesitamos reducir la cantidad. Queda un hueco para bailar, y estoy entre lord Rafe y el príncipe Hans. —Se dio un golpecito en la barbilla con la pluma—. Por otra parte, el príncipe Hans es un príncipe, así que quizás no le haga falta sentido del humor.

El calor que había sentido al ver a Bridget volvió a desvanecerse.

—¿De qué estás hablando? —dije, con la voz dos octavas más baja de lo normal.

—Del baile de cumpleaños de Bridget. —Mikaela sonrió—. Sirve también como evento para buscar pareja. ¡Vamos a encontrarle un marido!

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