Twisted Games

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Capítulo 23

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23

Bridget

Me quería morir.

Si se hubiera abierto una trampilla en el suelo y me hubiera tragado, habría sido la persona más feliz de la tierra. O del núcleo de la tierra, en este caso.

Por desgracia, seguía en el salón frente a una pizarra llena de fotos de solteros europeos, con Rhys y su cara imperturbable y Mikaela sin darse cuenta de nada.

—Es el evento de la temporada —continuó—. Es un poco precipitado, pero el equipo de Elin está trabajando en ello sin descanso y las invitaciones se han enviado esta mañana. Ya han confirmado asistencia decenas de personas. —Dejó escapar un suspiro lánguido—. Un montón de hombres guapos, todos de punta en blanco en la misma sala. Me muero.

Sí, la gran idea a la que mi abuelo se había referido el otro día en su despacho era una gala de emparejamiento encubierta. Yo había protestado, horrorizada ante la idea de pasar toda una noche, nada menos que la de mi cumpleaños, hablando y bailando con egos gigantes disfrazados de humanos.

Mi opinión cayó en saco roto.

Al parecer, mi vigésimo cuarto cumpleaños era una buena excusa para invitar a todos los solteros del mercado europeo a la fiesta, y además era en pocas semanas, por lo tanto era una fecha perfecta, aunque a Mikaela le pareciera algo precipitada.

—No sabía que estuviera buscando marido, alteza —dijo Rhys con tanta frialdad que se me erizó la piel de los brazos.

La corriente eléctrica que corría entre nosotros se congeló hasta convertirse en hielo.

Al mismo tiempo, en el estómago se me encendió un chispazo de indignación. No tenía derecho a enfadarse. Fue él quien se marchó e insistió en mantener las cosas entre nosotros como algo meramente profesional después de Costa Rica. Esperaba que no creyera que, después de seis semanas, podía cambiar de opinión y volver como si nada, y pretender que yo hubiera dejado mi vida en suspenso por él.

—Es una cuestión de política e imagen pública —dijo Mikaela antes de que pudiera responder—. De todas formas, ¿de qué estábamos hablando? Ah, sí. —Chasqueó los dedos—. Lord Rafe y el príncipe Hans. No te preocupes. El príncipe Hans puntúa más, está claro. —Movió la foto al lado del «» de la pizarra.

—Entonces la dejo con esto, alteza. Solo he pasado a saludar. —La expresión de Rhys se oscureció, y sentí una punzada de frustración, que se unió al cóctel de emociones que me corría por las venas: excitación y vértigo por volver a verlo, fastidio por su hipocresía, furia persistente por que se hubiera marchado semanas antes, y una pizca de culpa, aunque no estuviéramos saliendo, aunque nunca hubiéramos salido, y aunque yo fuera libre de bailar con todos los hombres de Athenberg si me apetecía.

«Lo que hagamos aquí, se queda aquí. En este cuarto, en esta noche. Y no volveremos a hablar de ello nunca».

Esa era su norma, así que ¿por qué tenía que sentirme culpable?

—Señor Larsen…

—Hasta mañana, alteza.

Rhys se fue.

Antes de saber lo que estaba haciendo, le seguí hasta fuera, con todo el cuerpo rígido de determinación.

No pensaba volver a sumergirme en una espiral infinita de «qué habría pasado si». Ya tenía bastantes cosas de las que preocuparme. Si Rhys tenía algún problema, me lo podía decir a la cara.

—¿Adónde vas? —me llamó Mikaela—. ¡Todavía tenemos que decidir el orden del baile!

—Al baño —dije a mi espalda—. Confío en ti. Ordénalos como quieras.

Apreté el paso hasta alcanzar a Rhys al doblar la esquina.

—Señor Larsen.

Esta vez se detuvo, pero no se dio la vuelta.

—El baile ha sido idea de mi abuelo, no mía. —No le debía ninguna explicación, pero me sentí obligada a dársela, igualmente.

—Es tu cumpleaños, princesa. Puedes hacer lo que te dé la gana.

Apreté la mandíbula mientras se me encogía el estómago al escuchar la palabra «princesa».

—¿Así que te parece bien que baile toda la noche con otros hombres?

Rhys se dio la vuelta por fin y parpadeó con los ojos grises inescrutables.

—¿Por qué no? Parece la solución perfecta. Encuentras a un príncipe estupendo, te casas y reináis juntos por siempre jamás. —Sus palabras estaban teñidas de burla—. La vida de una princesa, justo como debe ser.

De pronto, algo se rompió dentro de mí.

Estaba furiosa. Furiosa con Nikolai por abdicar y salir corriendo a California con Sabrina para «tomarse un tiempo» para sí mismos. Furiosa por no tener el control de mi vida. Y, sobre todo, furiosa con Rhys por convertir nuestro reencuentro en un momento desagradable después de seis semanas sin vernos.

—Tienes razón —dije—. Es la solución perfecta. No veo el momento. A lo mejor hago algo más que bailar. A lo mejor encuentro a alguien a quien besar y llevarme a la…

Dos segundos más tarde, estaba inmovilizada contra la pared. Rhys ya no parpadeaba. Sus ojos se habían oscurecido, hasta convertirse en nubes de tormenta casi negras como las que empapan la ciudad en primavera.

—No es buena idea terminar esa frase, princesa —dijo en voz baja.

Lo había provocado a propósito, pero tuve que contener un escalofrío ante el peligro que emanaba.

—Quítame las manos de encima, señor Larsen. Ya no estamos en Estados Unidos, y estás sobrepasando los límites.

Rhys se acercó, y me costó concentrarme al estar tan consumida por él. Por su olor, su aliento en mi piel. Por los recuerdos de miradas persistentes y risas robadas y puestas de sol en una piscina al otro lado del mundo.

—Me la sudan los límites. —Cada palabra le salió lenta y deliberada, como si quisiera grabarlas en mi piel.

—Menudo primer día de trabajo. Como en los viejos tiempos. —Apreté la espalda contra la pared aún más, intentando huir del calor abrasador que emitía el cuerpo de Rhys—. ¿Qué haces aquí, señor Larsen? Estuviste feliz de irte cuando te pedí que te quedaras.

—Si crees que he estado lo más mínimamente feliz estas últimas seis semanas —dijo en tono sombrío—, no puedes estar más equivocada.

—Estabas lo bastante feliz como para quedarte tanto tiempo. —Intenté ocultar el dolor de mi voz, sin éxito.

Rhys suavizó un poco la expresión.

—Créeme, princesa. Si hubiera tenido opción, habría vuelto mucho antes.

Las alas aterciopeladas de las mariposas me acariciaron el corazón.

Basta. Aguanta.

—Lo que me lleva de nuevo a la pregunta —dije—. ¿Qué haces aquí?

Se le tensó un músculo de la mandíbula. No se había afeitado ese día, y en la cara lucía una barba más espesa de lo que estaba acostumbrada.

Apreté los puños, reprimiendo el impulso de acariciarle la sombra negra de la mejilla y la cicatriz de la ceja. Solo para asegurarme de que estaba allí de verdad.

Enfadado y exasperante, pero allí.

—Estoy…

—¿Interrumpo algo?

Rhys se apartó tan rápido de mí que tardé unos segundos en procesar lo que había pasado. Cuando lo hice y vi quién nos había interrumpido, el estómago me dio un vuelco.

Porque al fondo del pasillo, con una expresión entre curiosa y burlona, estaba nada menos que mi primo Andreas.

—Iba para mi habitación cuando he oído algo y he venido a investigar —dijo—. Perdón si me he… entrometido.

Rhys habló antes de que yo pudiera decir nada.

—¿Qué coño haces aquí?

—Soy el primo de Bridget. —Andreas sonrió—. Pues al final sí que nos hemos vuelto a ver. El mundo es un pañuelo.

Pasé la mirada de uno a otro.

—¿Os conocéis? ¿Cómo puede ser?

—Nos hemos conocido en el aeropuerto —dejó caer Andreas—. Creía que se le había caído la cartera, pero resulta que no. Hemos tenido una charla muy agradable, aunque no me has llegado a decir cómo te llamas. —La última parte de la frase la dirigió a Rhys, que esperó unos segundos antes de responder:

—Rhys Larsen.

—El señor Larsen es mi guardaespaldas —dije—. Me estaba… ayudando a sacarme algo del ojo.

Me maldije a mí misma en silencio por ser tan imprudente. Estábamos en el pasillo lateral de una zona tranquila del palacio, pero había ojos y oídos por todas partes. Debería haber tenido cuidado de no ponerme a discutir con Rhys en un sitio donde cualquiera podía pasar y oírnos.

A juzgar por la expresión de Rhys, debió de pensar lo mismo.

—¿En serio? Qué considerado. —Andreas no sonaba convencido, y no me gustaba la forma en la que nos estaba examinando.

Me puse firme y le miré de frente. No pensaba dejar que me intimidara. No en mi propia casa.

—Has mencionado que estabas de camino a tu habitación —le dije—. Pues no te entretenemos más.

—Es la primera vez que nos vemos en varios años, y me das esta bienvenida. —Andreas suspiró, mientras se quitaba los guantes con una lentitud deliberada y se los guardaba en los bolsillos—. Eres otra ahora que eres princesa heredera, querida prima.

—Tienes razón —dije—. que soy otra. Soy tu futura reina.

A Andreas se le borró la sonrisa, y vi a Rhys sonreír de reojo.

—Me alegro de que hayas llegado bien —dije en son de paz, aunque solo fuera porque no tenía ninguna gana de entablar hostilidades con mi primo durante el mes o el tiempo que se fuera a quedar allí—. Pero tengo que volver a una reunión. Luego hablamos.

Con «luego» me refería a «nunca», a ser posible.

—Por supuesto. —Andreas inclinó la cabeza y nos dirigió una última mirada a mí y a Rhys antes de desaparecer por el vestíbulo.

Esperé dos minutos antes de relajarme.

—Tu primo parece un gilipollas —dijo Rhys.

Me reí, y por fin se aligeró el ambiente entre nosotros.

—No solo lo parece. Lo es. Pero también es familia, así que nos lo tenemos que comer con patatas. —Hice girar mi anillo en el dedo, intentando volver al punto donde habíamos dejado la conversación anterior—. Sobre lo que pasó antes de que Andreas nos interrumpiera…

—He vuelto porque quería volver —dijo Rhys—. Y… —Hizo una pausa, como si dudara en decir lo que estaba a punto de decir—. No quería que estuvieras sola mientras te enfrentabas a toda esta mierda. —Señaló todo el lujo que había a nuestro alrededor.

Sola.

Era la segunda vez que lo decía. Primero la noche de mi graduación, y ahora otra vez. Y tenía razón las dos veces.

Había intentado, sin éxito, nombrar la sensación de vacío que me atormentaba desde que Rhys se había ido. La que me invadía cuando me acostaba en la cama por las noches y trataba de pensar en algo que me hiciera ilusión al día siguiente. La que me abrumaba en los momentos más extraños, como cuando estaba en medio de un evento o fingía reír junto a los demás.

Ahora podía ponerle nombre.

Soledad.

—Bueno. —Sonreí, tratando de esconder lo mucho que me habían afectado sus palabras—. Me alegro de que hayas vuelto, señor Larsen. Al menos, cuando no te comportas como un arrogante de primera.

Se rio.

—Me alegro de haber vuelto, princesa.

Ese era el reencuentro que quería. No me caía bien Andreas, pero al menos había roto el hielo entre Rhys y yo.

—Y entonces, ¿qué hacemos? —Dijera lo que dijera, no era solo mi guardaespaldas, y en el fondo los dos lo sabíamos.

—Vamos a donde tengas que ir —dijo Rhys—. Yo te protejo. Y ya está.

—Haces que suene muy sencillo. —Cuando la realidad es tan complicada. Entre Costa Rica, la separación y su reaparición justo cuando más presión tenía para encontrar un marido «adecuado», me sentía como un bichito atrapado en una red de secretos y responsabilidades de las que no podía liberarme.

—Es simple. —Rhys habló con tanta confianza que su voz me resonó en los huesos—. Cometí un error cuando me fui, y ahora voy a arreglarlo.

—Así de fácil.

—Así de fácil. —Sonrió ligeramente con la comisura de la boca—. Aunque imagino que me lo vas a poner lo más difícil posible.

Se me escapó una risa débil.

—¿Cuándo lo hemos tenido fácil tú y yo?

A pesar de que seguía enfadada con Rhys por haberse ido, me di cuenta de algo. El vacío y el malestar habían desaparecido.

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