Twisted Games
Capítulo 24
Página 30 de 60
24
Bridget
—Debo decir que esta noche está absolutamente preciosa, alteza —dijo Edwin, conde de Falser, mientras me conducía al salón de baile.
—Gracias. Usted también está muy elegante. —Edwin tenía el pelo de color arena y complexión atlética. No estaba nada mal, pero no fui capaz de expresar entusiasmo más allá de mi cumplido soso.
Tras semanas de planificación frenética, ya había llegado la noche de mi gran baile y no podía estar más decepcionada. Mis compañeros de baile habían sido todos unos inútiles, y yo no había tenido ni un momento de respiro desde que entré por la puerta. Me había pasado todo el rato bailando con uno detrás de otro, charlando con uno detrás de otro. No había comido nada más que dos fresas birladas de la mesa de postres entre dos bailes, y sentía los tacones como dos cuchillas atadas a los pies.
Edwin sacó pecho.
—Me preocupo mucho por mi aspecto —dijo, en un intento de poner tono humilde—. Me ha hecho el esmoquin a medida el mejor sastre de Athenberg, y Eirik, recientemente nombrado por Vogue como el mejor peluquero de Europa, viene a mi casa cada dos semanas a peinarme. También he construido un nuevo gimnasio en mi casa. Puede que algún día se lo enseñe. —Me lanzó una sonrisa arrogante—. No quiero presumir, pero creo que estará a la altura de cualquier cosa que tenga en el palacio. Máquinas de cardio de alta gama, juegos de mancuernas DISKUS de acero inoxidable no reactivo de grado 303…
Me invadió el pánico. Santo Dios, prefería escuchar a la pareja de baile anterior analizar los patrones de tráfico de Athenberg en hora punta.
Por suerte, terminé de bailar con Edwin antes de que siguiera hablando de su gimnasio, y pronto me encontré en los brazos de mi siguiente pretendiente.
—Bueno. —Sonreí alegremente a Alfred, el hijo del conde de Tremark. Era unos pocos centímetros más bajo que yo, y tenía una visión directa de su calvicie. Intenté que eso no me disuadiera. No quería ser una de esas personas superficiales que solo se preocupan por la apariencia, pero habría sido más fácil no centrarse en su aspecto si me hubiera dado algo más con lo que trabajar. No me había mirado a los ojos ni una sola vez desde que empezamos a bailar—. He oído que…, eh…, que sabe mucho de pájaros.
Alfred había construido una pajarera en su finca y, según Mikaela, uno de sus pájaros se cagó en la cabeza de lord Ashworth durante el baile anual de primavera del conde.
Alfred respondió algo entre dientes.
—Lo siento, no le he oído —dije educadamente.
Otro murmullo, seguido de un rubor que le subió por toda la cara hasta la calva.
Nos hice el favor a los dos de dejar de hablar. Me pregunté quién le habría obligado a ir a la fiesta, y quién lo estaría pasando peor, si él o yo.
Bostecé y miré por todo el salón de baile, buscando algo que captara mi interés. Mi abuelo era el centro de atención de algunos ministros en un rincón. Mikaela merodeaba cerca de la mesa de postres, ligando con un invitado al que no reconocí, y Andreas se deslizaba entre la multitud como una serpiente.
Deseaba que mis amigas estuvieran allí. Había hecho una videollamada con Ava, Jules y Stella ese mismo día, y las echaba tanto de menos que me dolía. Prefería pasar mi cumpleaños comiendo helado y viendo comedias románticas cursis que bailando con gente que ni siquiera me caía bien.
Necesito un descanso. Uno pequeño. Solo para respirar.
—Disculpe —dije tan bruscamente que Alfred se tropezó del susto y por poco le tira la bandeja a un camarero que pasaba por allí—. No… me encuentro bien. ¿Le importa si acabamos antes el baile? Lo siento muchísimo.
—Oh, no hay problema, alteza —dijo, por fin de manera audible, lleno de alivio—. Espero que se mejore.
—Gracias. —Le eché un vistazo a Elin. Estaba de espaldas a mí, mientras hablaba con el columnista de sociedad que cubría la fiesta, y me escabullí del salón antes de que me viera.
Aceleré el paso por el vestíbulo hasta llegar al cuarto de baño que se encontraba en una tranquila alcoba, semioculto por un gigantesco busto de bronce del rey Federico I.
Cerré la puerta con llave, me senté en la taza del váter y me quité los zapatos con un suspiro de alivio. El vestido me envolvía en una nube de seda y tul de color azul pálido. Era un diseño precioso, al igual que mis tacones plateados de tiras y el collar de diamantes que descansaba sobre mis clavículas, pero lo único que quería era ponerme el pijama y meterme en la cama.
—Dos horas más —dije. O quizás fueran tres. No podían ser más de tres. Debía de haber bailado ya con todos los hombres del salón, y no estaba más cerca de conseguir marido de lo que estaba al principio de la noche.
Cerré los ojos y apoyé la cabeza en las manos. No lo pienses.
Si me ponía a pensar (que la nación entera me estaba observando y que un hombre en aquella sala probablemente era mi futuro marido) entraría en barrena. Y si me ponía a pensar en un hombre en particular, gruñón y lleno de cicatrices, con unos ojos que podían fundir el acero y unas manos que podrían fundirme a mí, acabaría en un camino que solo podía conducirme a la ruina.
Había evitado mirar a Rhys durante toda la noche, pero sabía que estaba allí, vestido con un traje negro y un pinganillo, exudando una masculinidad tan cruda que muchas invitadas revoloteaban a su alrededor en lugar de fijarse en los príncipes que solían ser la mercancía valiosa en ese tipo de fiesta.
No habíamos pasado ni un momento a solas desde el día en que llegó, pero probablemente eso era bueno. No me fiaba de mí misma cuando él estaba cerca.
Me quedé en el baño varios minutos más antes de obligarme a salir. De otro modo, Elin me habría ido a buscar y me habría arrastrado de vuelta como a una niña desobediente.
Me volví a poner los zapatos con un pequeño gesto de dolor, abrí la puerta y me topé de frente contra un muro.
Un muro de casi dos metros, muy serio.
—¡Dios santo! —Me llevé la mano al pecho, donde el corazón me latía al triple de la velocidad normal—. Qué susto.
—Lo siento. —Rhys no parecía sentirlo—. Te has ido de la fiesta. Soy tu guardaespaldas. —Levantó una ceja—. Suma dos y dos.
Un clásico de Rhys. Si había una forma maleducada de contestar a una preguntar, él la encontraría.
—Vale. Pues ya estoy lista para volver a la fiesta, así que si me disculpas… —Pasé a su lado, pero me agarró del brazo antes de que pudiera ir más lejos.
El tiempo se detuvo y el espacio se redujo hasta el punto exacto donde me había agarrado de la muñeca con una mano enorme. Su moreno natural contrastaba con mi piel pálida, y tenía los dedos ásperos y callosos, a diferencia de las manos suaves y lisas de los lores y príncipes con los que había bailado toda la noche. Me invadió el deseo de sentir cómo se deslizaban por mi piel, marcándome como suya.
Número cuatro de la lista de deseos.
Mi respiración sonaba entrecortada en la pequeña e íntima alcoba. No estaba bien el poder que ese hombre ejercía sobre mí, pero me sentía impotente frente a mi corazón, mis hormonas y la fuerza indomable que era Rhys Larsen.
Después de lo que me pareció una eternidad, pero que en realidad fueron solo unos segundos, Rhys habló.
—No he tenido la oportunidad de decir esto antes —dijo—. Pero feliz cumpleaños, princesa.
Pum, pum, pum, mi corazón se disparó.
—Gracias.
No me soltó la muñeca, y yo no se lo pedí.
El aire entre nosotros se espesó con palabras no dichas.
Me pregunté si lo nuestro habría funcionado en una vida diferente, en un mundo diferente. Uno en el que yo solo fuera una mujer y él solo fuera un hombre, sin el peso de las reglas y las expectativas de los demás.
Y me odiaba a mí misma por preguntarme esas cosas porque Rhys nunca me había dado ninguna señal de que estuviera interesado en mí más allá de la atracción física y la obligación profesional.
Ninguna, a excepción de los momentos de encuentro en los que me miraba como si yo fuera todo su mundo, y se negaba a pestañear.
—¿Estás disfrutando del baile?
Tal vez me lo imaginé, pero me pareció sentir cómo su pulgar me rozaba la suave piel de la muñeca.
Pum. Pum. Pum.
—Está bien. —Estaba demasiado distraída por lo que podía o no estar pasando en mi muñeca como para que se me ocurriera una respuesta mejor.
—¿Solo bien? —Ahí estaba. Otro roce del pulgar. Podría haber jurado que sí—. Has pasado bastante tiempo con el conde de Falser.
—¿Cómo sabes cuál es el conde?
—Princesa, conozco a todos los hombres que siquiera piensan en tocarte. Y con este has bailado. Dos veces —añadió con un tono peligrosamente suave.
Tal vez debería haberme asustado, pero en cambio, se me erizó la piel y se me tensaron los muslos.
¿Qué me pasa?
—Menudo talento. —Solo había bailado dos veces con Edwin porque él me había insistido, y estaba demasiado cansada como para negarme.
Rhys sonrió con la boca, pero no con los ojos.
—Así que… el conde de Falser… ¿Él es el elegido?
—No. —Negué con la cabeza—. A menos que quiera pasarme el resto de mi vida oyendo hablar de su ropa y del equipamiento de su gimnasio.
Rhys presionó el pulgar contra mi pulso.
—Bien.
Por la forma de decirlo, dio a entender que el conde había escapado de la muerte por un pelo.
—Debería regresar al baile —dije, aunque era lo último que quería—. Elin debe de estar volviéndose loca.
—¿Volviéndose?
Solté la primera carcajada real de la noche.
—Qué malo eres.
—Solo digo la verdad.
Ese era el Rhys al que había echado de menos. El humor ácido, los atisbos de suavidad oculta. Ese era el Rhys de verdad.
—¿Qué tal los veinticuatro? —me preguntó mientras volvíamos al salón de baile.
—Igual que los veintitrés, pero más hambrienta y más cansada. ¿Qué tal los treinta y cuatro? —Había cumplido treinta y cuatro en las semanas en las que habíamos estado separados. Pensé en llamarle por su cumpleaños, pero me eché atrás en el último momento.
—Igual que los treinta y tres, pero más fuerte y más inteligente.
Se me escapó un resoplido, medio divertido, medio molesto, y él esbozó una sonrisa.
Cuando volvimos al baile, Elin nos esperaba en la puerta de brazos cruzados.
—Bien. La has encontrado —dijo sin mirar a Rhys—. Alteza, ¿dónde estabas?
—Tenía que ir al baño. —Solo era una mentira a medias.
—¿Cuarenta minutos? Te has perdido el baile con el príncipe Demetrios, que se acaba de ir. —Elin suspiró—. Bueno, no importa. Quedan candidatos mejores. Venga, rápido. Ya casi se ha acabado la fiesta.
Gracias a Dios.
Reanudé los bailes. Elin me observaba como un halcón, y yo estaba demasiado aterrada como para mirar en dirección a Rhys, no fuera que se me viera algo en la cara que no quería que viera.
—¿Tan aburrido soy?
—¿Perdón? —Volví la atención a mi actual pareja de baile, Steffan, el hijo del duque de Holstein.
—Estás mirando todo el rato detrás de mí. O hay algo fascinante, o mi análisis de la profundidad del estilo arquitectónico del palacio no es tan interesante como creía.
Me subió un rubor a las mejillas.
—Disculpa. —Ninguna de mis parejas de baile anteriores se había dado cuenta de mi atención errática, y di por hecho que él tampoco—. Ha sido muy maleducado por mi parte.
—No hay de qué disculparse, alteza. —Los ojos de Steffan se arrugaron con una sonrisa bienintencionada—. Debo admitir que se me podría haber ocurrido un tema de conversación mejor que la historia del neoclasicismo. Es lo que pasa cuando me pongo nervioso. Empiezo a soltar un montón de datos inútiles.
Me reí.
—Supongo que hay peores formas de lidiar con los nervios.
La piel me empezó a arder de repente y tropecé un segundo antes de poder controlarme.
—¿Estás bien? —preguntó Steffan, con cara de preocupación.
Asentí, obligándome a no mirar a Rhys, pero podía sentir el calor de su mirada en mi espalda.
Céntrate en Steffan. Era la pareja de baile más agradable que había tenido en toda la noche, y cumplía todos los requisitos de un príncipe consorte adecuado: era divertido, encantador y guapo, por no mencionar que tenía la sangre más azul de todas las sangres.
Me gustaba. Aunque sin ninguna intención romántica.
—Parece que se nos ha acabado el tiempo —dijo Steffan cuando se apagó la música. Por fin se había terminado la fiesta—. Pero quizás podríamos salir otro día juntos, los dos solos. La nueva pista de patinaje de Nyhausen es muy bonita, y sirven el mejor chocolate caliente de la ciudad.
Una cita.
Quise decir que no, porque no quería engañarle, pero ese era el objetivo del baile: conseguir un marido, y no podía conseguir un marido sin tener una cita primero.
—Suena muy bien —dije.
Steffan sonrió.
—Estupendo. Te llamo más tarde para organizar los detalles.
—Pues ya tenemos plan.
Salí a dar el discurso de clausura agradeciendo a todos su asistencia, y después de que los invitados se marcharan uno a uno, me apresuré a salir del salón de baile, ansiosa por desaparecer antes de que Elin me interceptara.
Llevaba medio camino recorrido cuando alguien me bloqueó el paso.
—Alteza.
Ahogué un grito.
—Lord Erhall.
El presidente del Parlamento me miró por encima del hombro. Era un hombre alto y enjuto, con el pelo canoso y los ojos como los de un reptil, fríos y depredadores. También era una de las personas más poderosas del país, de ahí que estuviera invitado, a pesar de no estar en el rango de edad de los candidatos solteros.
—Su majestad y yo la echamos de menos en la reunión de ayer —dijo—. Discutimos la nueva propuesta de reforma fiscal, a la que estoy seguro de que usted habría contribuido mucho.
No se me escapó el matiz burlón. A veces asistía a las reuniones semanales que mi abuelo tenía con el presidente del Parlamento, y Erhall había insinuado en múltiples ocasiones que pensaba que yo no pintaba nada allí.
Era uno de los miembros del Parlamento a los que Edvard se había referido cuando dijo que había gente que se negaba a ver a una mujer en el trono.
—Efectivamente —dije con frialdad—. Llevan años intentando aprobar una legislación similar, ¿no es así, señor presidente? Parece que podría beneficiarse de nuevas ideas.
Erhall hizo un gesto tenso, pero respondió con una voz engañosamente ligera:
—Espero que haya disfrutado del baile, alteza. La búsqueda de marido es la prioridad de una princesa, sin duda.
Todo el mundo conocía el verdadero propósito del baile, pero nadie era lo suficientemente estúpido o descortés como para expresarlo en voz alta…, excepto Erhall, que ejercía el suficiente poder como para salirse con la suya insultando a la princesa heredera en su propia fiesta. Incluso se rumoreaba que podría ser primer ministro tras las próximas elecciones.
Resistí el impulso de abofetearle. Pero eso sería entrar en su juego. Nadie se alegraría más que Erhall si mi imagen pública sufriera un revés, lo que ocurriría si me pillaban agrediendo al presidente del Parlamento en mi cumpleaños.
—Permítame ser franco, alteza. —Erhall se alisó la corbata—. Es usted una joven encantadora, pero el trono de Eldorra requiere algo más que una cara bonita. Tiene que entender la política, la dinámica, los problemas serios del país. Su hermano fue educado para ello, pero usted ni siquiera ha vivido en Eldorra en los últimos años. ¿No cree que sería mejor que le cediera la responsabilidad de la corona a alguien más adecuado para ese rol?
—¿Y quién es ese alguien? —Mi voz goteaba miel venenosa—. Un hombre, imagino.
Era increíble que estuviéramos manteniendo esa conversación, pero el Parlamento nunca se había caracterizado por adelantarse a los tiempos.
Erhall sonrió, lo bastante sensato como para no darme una respuesta directa.
—Quien usted considere, alteza.
—Que quede claro, señor presidente. —Tenía la cara ardiendo por la humillación, pero lo superé. No le daría la satisfacción de ver que me había tocado las narices—. No tengo intención de abdicar, dar un paso a un lado o ceder mis responsabilidades a nadie. —Aunque me muera de ganas—. Un día me sentaré en el trono y usted tendrá que responder ante mí, eso si todavía sigue en el poder. —La expresión de Erhall se ensombreció ante mi indirecta poco sutil—. Por tanto, lo mejor para todos es que tengamos una relación cordial. —Hice una pausa y añadí—: En ese sentido, le sugiero que rebaje el tono cuando hable conmigo o con cualquier miembro de la familia real. Usted es un invitado. Nada más.
—No… —Erhall dio un paso hacia mí, luego palideció y retrocedió rápidamente.
Rhys se acercó a mí, con el rostro inexpresivo pero los ojos más oscuros que una nube de tormenta.
—¿Te está molestando, alteza?
Erhall le fulminó con la mirada, pero tuvo la prudencia de mantener la boca cerrada.
—No. El presidente ya se iba. —Esbocé una sonrisa cortés—. ¿No es así, señor presidente?
Los labios del presidente se afinaron. Asintió con fuerza y murmuró «alteza» antes de dar media vuelta y marcharse.
—¿Qué te ha dicho? —Rhys desprendía amenaza en oleadas palpables, y estaba convencida de que habría ido a por Erhall y le habría roto el cuello si se lo hubiera pedido.
—Nada que valga la pena repetir. De verdad —insistí al ver que Rhys seguía mirando el lugar donde Erhall se había detenido—. Olvídate de él.
—Ha estado a punto de agarrarte.
—No se habría atrevido. —No estaba segura de lo que Erhall pensaba hacer antes de que apareciera Rhys, pero era demasiado inteligente como para perder la calma en público—. Por favor, déjalo. Solo quiero irme a dormir. Ha sido una noche larga.
No quería gastar más energía con Erhall. No valía la pena.
Rhys me hizo caso, aunque no parecía muy contento. De nuevo, rara vez parecía contento.
Me acompañó a mi habitación, y cuando llegamos a la puerta, sacó algo del bolsillo de su traje.
—Tu regalo de cumpleaños —dijo bruscamente mientras me entregaba una hoja de papel enrollada y atada con un lazo—. No es nada del otro mundo, pero lo tenía y pensé que a lo mejor te gustaba.
Se me cortó el aliento.
—No tenías por qué regalarme nada.
Nunca nos regalábamos nada por nuestros cumpleaños. Lo máximo que hacíamos era invitarnos a comer, e incluso en esos casos fingíamos que era por otro motivo ajeno al cumpleaños.
—No es nada. —Rhys me miraba, con los hombros rígidos, mientras desataba el lazo con cuidado y desenrollaba el papel.
Cuando vi lo que era, ahogué una exclamación.
Era yo.
Un dibujo de mí, para ser exactos, en una piscina rodeada de colinas, con el océano a lo lejos. Tenía la cabeza echada hacia atrás y una sonrisa en la cara, y parecía más libre y feliz de lo que jamás recordaba haberme sentido. La curva de mis labios, el brillo de mis ojos, incluso el pequeño lunar bajo mi oreja…
Lo había captado todo con exquisito y minucioso detalle, y al verme a través de sus ojos parecía la mujer más guapa del mundo.
—No es una joya ni nada por el estilo —dijo Rhys—. Quédatelo si quieres, o tíralo si no. Me da igual.
—¿Tirarlo? —Me apreté el dibujo contra el pecho—. ¿Estás de broma? Rhys, esto es precioso.
Mis palabras se quedaron flotando en el aire, y nos dimos cuenta al mismo tiempo de que le había vuelto a llamar por su nombre. La primera vez que lo hice fue en Costa Rica.
Pero no sonó raro porque en ese momento no era el señor Larsen. Era Rhys.
Y Rhys me había hecho el mejor regalo que me habían hecho nunca. Tenía razón, no era un bolso caro o una joya de diamantes, pero prefería tener un dibujo hecho por él que cien diamantes de Tiffany.
Cualquiera podía comprar un diamante. Solo él podría haber sido capaz de dibujarme de esa manera, y no se me escapó que además era la primera vez que compartía su arte conmigo.
—Está bien. —Se encogió de hombros.
—No está bien, es precioso —repetí—. En serio, gracias. Lo guardaré siempre.
Nunca había pensado que llegaría ese momento, pero Rhys se sonrojó. Se sonrojó de verdad.
Miré con fascinación cómo el color le subía por el cuello y las mejillas, y me invadió el deseo de seguir su camino con la lengua.
Pero, por supuesto, no podía hacer eso.
Me pareció que quería decir algo más, pero, fuera lo que fuera, se lo pensó mejor.
—No es una alarma de seguridad, pero esa puedo guardarla para Navidad —dijo con una sonrisa torcida.
Sonreí, aturdida por la combinación de su regalo y su broma. No había nada que me gustara más que ver a Rhys bromear, ya que normalmente estaba muy serio.
—La estaré esperando.
—Buenas noches, princesa.
—Buenas noches, señor Larsen.
Esa noche, me tumbé en la cama y me quedé mirando el dibujo de Rhys a la luz de la luna que se colaba por las cortinas. Deseaba volver a ser esa chica. Todavía no era la princesa heredera y tomaba el sol en un pueblo remoto donde nadie podía encontrarme.
Pero ya no lo era.
Quizás me gustaba tanto el dibujo de Rhys no solo porque lo hubiera hecho él, sino porque inmortalizaba una versión de mí misma que no podría volver a ser nunca más.
Enrollé el dibujo con delicadeza y lo metí en un rincón seguro del cajón de mi mesilla de noche.
«Princesa a Tiempo Parcial».
«El trono de Eldorra requiere algo más que una cara bonita».
«No tengo intención de abdicar, dar un paso a un lado o ceder mis responsabilidades a nadie».
Hasta ahora, había sido una participante pasiva en mi propia vida, al dejar que otros tomaran decisiones por mí, o que la prensa me pisoteara y que gente como Erhall me tratara con condescendencia.
Ya no. Era hora de tomar las riendas del asunto.
El juego político de Eldorra era el campo de batalla, y esto era la guerra.