Twisted Games

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Capítulo 25

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25

Rhys

Alguien dijo alguna vez que el infierno son los otros.

Tenía razón.

Concretamente, el infierno era mirar cómo los demás daban vueltas alrededor de una pista de hielo, bebían chocolate caliente y se ponían ojitos como si estuvieran en una comedia romántica cutre.

Ni siquiera era Navidad, por el amor de Dios. Era peor.

Era el día de San Valentín.

Un músculo se me tensó en la mandíbula cuando escuché la risa de Bridget, a la que se unió la risa más grave de Steffan, y sentí cómo crecían en mí las ganas de asesinar a alguien (un hombre de pelo rubio cuyo nombre empezaba por S).

Y, además, ¿qué coño les hacía tanta gracia?

No podía imaginar que existiera algo tan gracioso, y menos algo que dijera san Steffan.

Bridget y Steffan ni siquiera deberían estar en una cita ahora mismo.

Solo habían pasado cuatro días desde el baile de cumpleaños de ella. ¿Quién demonios tiene una cita con alguien que conoce desde hace cuatro días? Debería haber controles de antecedentes. Burocracia. Vigilancia las veinticuatro horas del día para asegurarse de que Steffan no era un asesino psicópata o un adúltero en la intimidad.

Las princesas no deberían tener una cita hasta que hubiera al menos un año de datos que revisar, en mi opinión. Cinco años, para estar completamente seguros.

Por desgracia, mi opinión no le importaba una mierda a la familia real, y así fue como acabé en la pista de patinaje sobre hielo más grande de Athenberg, viendo a Bridget sonreír a Steffan como si hubiera acabado con el hambre en el mundo.

Él sonrió y dijo algo que volvió a hacer reír a Bridget. Le apartó un mechón de pelo de la cara y yo acerqué la mano a la pistola. Y la habría sacado si los periodistas no hubieran abarrotado la pista, fotografiando a Bridget y Steffan, grabando con sus cámaras y transmitiendo en directo la cita como si fuera un evento olímpico.

—Qué buena pareja hacen —me dijo la reportera que tenía al lado, una morena con curvas vestida con un traje rosa fosforito que me hacía daño a los ojos—. ¿No te parece?

—No.

Parpadeó, claramente sorprendida por mi respuesta arisca.

—¿Por qué no? ¿Tienes algo en contra del lord Holstein?

Prácticamente pude ver cómo salivaba ante la perspectiva de una jugosa historia.

—Soy un empleado —dije—. No tengo opiniones acerca de la vida personal de mis clientes.

—Todo el mundo tiene opiniones. —La periodista sonrió y me recordó a un tiburón dando vueltas en el agua—. Soy Jas. —Me tendió la mano. No se la acepté, pero eso no la disuadió—. Si se te ocurre una opinión… O cualquier otra cosa… —En su voz se deslizó un tono sugestivo—. Llámame.

Sacó una tarjeta de visita del bolso y me la puso en la mano. Estuve a punto de tirarla al suelo, pero no era tan gilipollas, así que me la metí en el bolsillo sin mirarla.

El cámara de Jas le dijo algo en alemán y ella se alejó para responderle.

Bien. No soportaba a los entrometidos ni las conversaciones de ascensor. Además, estaba ocupado intentando no asesinar a Steffan.

Había investigado sus antecedentes antes de la cita de hoy y, en teoría, el cabrón era perfecto. Hijo del duque de Holstein, uno de los hombres más poderosos de Eldorra, era un ilustre jinete que hablaba seis idiomas con soltura y se había graduado como el mejor de su clase en Harvard y Oxford, donde estudió Ciencias Políticas y Economía. Tenía un impecable historial de filantropía y su última relación con una heredera de Eldorra había terminado en términos amistosos después de dos años. Basándome en mis interacciones con él hasta ahora, parecía amable y decente.

Le odiaba.

No porque hubiera crecido en una vida de privilegios, sino porque podía tocar libremente a Bridget en público. Podía llevarla a patinar, hacerla reír y quitarle el pelo de los ojos, y nadie diría ni mu.

Mientras tanto, lo único que podía hacer yo era quedarme ahí mirando, porque las mujeres como Bridget no estaban hechas para hombres como yo.

¡Nunca llegarás a nada, pedazo de mierda! —gritó mamá, fulminándome con una mirada mezquina y llena de odio—. Mírate. Inútil y escuchimizado. Debería haberme deshecho de ti cuando tuve la oportunidad.

Me quedé callado. La última vez que le había contestado, me había azotado tan fuerte con el cinturón que me había hecho sangre y no pude dormir de espaldas durante semanas. Había aprendido que la mejor manera de manejar su mal humor era esperar a que se olvidara de mí. Y eso solía ocurrir cuando ya llevaba la mitad de la botella.

Si no fuera por ti, ya estaría fuera de este pueblo de mierda.

El resentimiento la invadía en oleadas. Estaba de pie junto a la mesa, con una bata rosa descolorida mientras fumaba un cigarrillo tras otro. Tenía las mejillas pálidas y hundidas, y aunque solo tenía veintitantos años, podía pasar por una cuarentona.

Me metí las manos debajo de los brazos y traté de encogerme mientras ella seguía despotricando. Era viernes por la noche. Odiaba los viernes por la noche porque significaba que me esperaba un fin de semana entero solo con mamá.

Qué desperdicio de espacio… Nada como tu padre… ¿Me oyes, pedazo de mierda?

Me quedé mirando las grietas del suelo hasta que se desdibujaron.

Algún día saldría de allí. Tenía que haber alguna manera.

¡Que si me oyes! —Mamá me agarró por los hombros y me sacudió con tanta fuerza que me castañearon los dientes—. ¡Mírame cuando te hablo, chaval! —Me dio un golpe tan fuerte que tropecé, y el dolor me hizo zumbar los oídos.

Me encogí mientras lo veía venir, pero no tuve tiempo de evitar que mi cabeza se estrellara contra la esquina de la mesa del comedor y todo se volviera negro.

Parpadeé, y el olor a salsa de espaguetis y a vodka se desvaneció y fue sustituido por el del hielo fresco y el perfume abrumador de Jas.

Bridget y Steffan se acercaron patinando y las cámaras se volvieron locas.

Clic. Clic. Clic.

—… algunas semanas —dijo Steffan—. Pero me encantaría salir contigo de nuevo cuando vuelva.

—¿Vas a algún sitio? —pregunté.

Era inapropiado que me metiera en su conversación, pero me importaba una mierda.

Steffan lanzó una mirada sorprendida en mi dirección.

—Sí. Mi madre se cayó y se rompió la cadera ayer. Está bien, pero se está recuperando en nuestra casa de Preoria. Está bastante sola ahora que mi padre está aquí, en la sesión del Parlamento, así que me quedaré con ella hasta que se mejore.

Respondió con mucha elegancia, cosa que me molestó aún más. Cuanto más difícil era odiarle, más le odiaba.

—Qué pena —dije.

Steffan hizo una pausa, con dudas respecto a cómo interpretar mi tono.

—Esperemos que se recupere pronto. —Bridget me lanzó una mirada de leve reproche—. Ahora, respecto a ese chocolate caliente…

La guio hacia el puesto de chocolate caliente en el otro extremo de la pista mientras yo echaba humo.

Aceptar un puesto permanente como guardaespaldas de Bridget significaba que tenía que ver cómo salía con otras personas. Lo sabía, y esa sería mi cruz.

Pero no esperaba que fuese a ocurrir tan pronto.

Había tenido algunas citas en Nueva York, pero eran diferentes. Ninguno de esos tipos le había gustado, y tampoco había planeado casarse con ninguno de ellos.

El ácido me consumía las tripas.

Afortunadamente, la cita terminó poco después, y la metí en el coche antes de que Steffan intentara darle un beso o cualquier mierda por el estilo en la primera cita.

—La recuperación inicial de una cadera rota lleva de uno a cuatro meses —dije mientras volvíamos al palacio—. Lo siento por él. Qué mal momento.

Ni siquiera el destino consideraba que fuera una buena pareja. Si lo hubiera considerado, no habría alejado a Steffan tan poco tiempo después de conocer a Bridget.

Nunca había creído en el destino, pero tal vez tuviera que enviarle una gran tarjeta de agradecimiento más adelante. Incluso podría incluir algunas flores y bombones.

Bridget no mordió el anzuelo.

—En realidad, es el momento perfecto —dijo—. Yo también estaré fuera de Athenberg unas semanas.

La miré por el retrovisor. No tenía ni puta idea de eso.

—No está confirmado todavía, así que no me mires así —dijo—. Me han propuesto hacer una gira de buena voluntad por todo el país. Conocer pequeños negocios locales, saber lo que piensan y las dificultades a las que se enfrentan. Me han criticado mucho por no estar en contacto con lo que sucede en Eldorra y, bueno, tienen razón.

—Es muy buena idea. —Giré por King’s Drive.

—¿Tú crees? —La voz insegura de Bridget se tiñó de un tono de alivio.

—No soy experto en política, pero suena bien.

Tal vez Bridget no quisiera ser reina, pero eso no significaba que no se le pudiera dar bien. La mayoría de la gente pensaba que la cualidad más importante de un líder es la fuerza, pero era la compasión. La fuerza no valía una mierda si no la usabas por las razones correctas.

Por suerte para ella y Eldorra, Bridget tenía ambas cosas a montones.

—Aún tiene que aprobarlo el rey —dijo después de que aparcáramos y entráramos por la puerta del palacio—. Pero no creo que diga que no.

—Te refieres a tu abuelo. —Los miembros de la realeza siempre hacían las cosas a su manera, pero me inquietaba lo formales que eran a veces.

Bridget me dirigió una sonrisa rápida mientras entrábamos por el vestíbulo principal.

—La mayoría de las veces, sí. Pero en asuntos como este, es mi rey.

—Hablando del rey de Eldorra…

Los dos nos pusimos rígidos al oír aquella voz.

—Quiere verte. —Andreas apareció pavoneándose, y de solo verle me puse enfermo. No sabía qué era lo que me molestaba tanto de él, pero a Bridget no le caía bien, y eso era suficiente—. ¿Qué tal la cita? ¿Ya te han propuesto matrimonio?

—Si te interesa tanto mi vida amorosa te sugiero buscar un nuevo pasatiempo —dijo Bridget en tono monocorde.

—Gracias, pero ya tengo muchos hobbies para entretenerme. Por ejemplo, acabo de venir de hablar con su majestad y lord Erhall de la ley de reforma fiscal. —Andreas sonrió al ver la cara de sorpresa de Bridget, que ella disimuló enseguida—. Como sabréis, me interesa entrar más en política, y el presidente ha sido muy amable de dejar que le siga durante algunas semanas. Para ver cómo funciona todo.

—Como un becario —dijo Bridget.

Andreas sonrió más ampliamente.

—Uno que está aprendiendo mucho. —Se volvió hacia mí—. Señor Larsen, me alegro de volver a verte.

Ojalá pudiera decir lo mismo.

—Alteza. —Odiaba tener que dirigirme a él con el mismo título que a Bridget. No se lo merecía.

—Su majestad te espera en su despacho —le dijo Andreas a Bridget—. Quiere verte. A solas. Ahora, si me disculpáis, hay algunos asuntos de importancia que requieren mi atención. Aunque ninguno tan emocionante como una cita en una pista de patinaje sobre hielo, eso seguro.

Me hizo falta todo mi autocontrol para no arrancarle cada uno de sus dientes.

—Tú solo pídemelo, y puedo hacer que parezca un accidente —dije en cuanto Andreas se alejó.

Bridget negó con la cabeza.

—Ignórale. Lleva siendo un mierdecilla satánico desde que éramos pequeños, y le encanta llamar la atención.

Se me escapó una carcajada.

—Dime que las palabras «mierdecilla satánico» no acaban de salir de tu boca, princesa.

Me respondió con una sonrisa socarrona.

—Le he llamado cosas peores en mi cabeza.

Esa es mi chica.

Me gustaba ver destellos de la Bridget de verdad, incluso a pesar de estar tan agobiada con toda la parafernalia real.

Mientras iba a reunirse con el rey, yo volví a la casa de huéspedes, aunque di por hecho que ya era mi propia casa, ahora que trabajaba allí de forma permanente.

Acababa de entrar en el dormitorio cuando sonó el teléfono.

—Qué.

—Hola a ti también —dijo Christian—. La gente ya no tiene modales al teléfono. Qué lástima.

—Ve al grano, Harper. —Puse el altavoz y me quité la camiseta. Estaba a punto de tirarla en el cubo de la ropa sucia cuando me paré en seco. Miré alrededor.

No sabía exactamente qué, pero algo no iba bien.

—Qué encantador eres siempre. —Christian hizo una pausa antes de añadir—: Magda no está.

Me quedé paralizado.

—¿Qué quiere decir que no está?

Me había pasado un mes protegiendo a Magda a petición de Christian, hasta que otro guardaespaldas elegido a dedo terminó su contrato con su anterior cliente y se hizo cargo. Por eso no había podido volver antes a Eldorra.

—Pues que no está. Rocco se ha levantado esta mañana y había desaparecido. Pero no han saltado las alarmas ni nada.

—¿Y no puedes encontrarla?

Christian era capaz de encontrar a cualquiera con la más mínima huella digital. Tenía unos conocimientos informáticos legendarios.

Su voz sonó calmada.

—Puedo y lo haré.

De pronto sentí lástima de cualquiera que hubiera estado involucrado en la desaparición de Magda. Pero se merecían lo que les esperaba si eran tan estúpidos como para traicionar a Christian Harper.

—¿Qué necesitas que haga?

—Nada. Yo me encargo. Pero me parecía que debías saberlo. —Christian recuperó su tono habitual. Incluso cuando estaba furioso, como me imaginaba que debía de estar por que le hubieran sacado ventaja, podía actuar como si todo marchara bien… antes de destripar a la otra parte como a un pez.

—¿Cómo te va con la princesa?

—Bien.

—He oído que hoy ha tenido una cita.

Me latió una vena en la sien. Primero Andreas, ahora él. ¿Por qué todo el mundo insistía en sacar el tema?

—Estaba ahí. Pero gracias por la noticia.

El cabrón se rio.

Colgué, dejando la conversación a medias. Se estaba convirtiendo en costumbre, pero si tenía algún problema, que me lo dijera a la cara.

Una vez más, Christian tenía problemas más graves si Magda había desaparecido.

Revisé con la mirada el dormitorio, intentando localizar el origen de mi anterior mal presentimiento. Las ventanas estaban cerradas y bloqueadas por dentro, todas mis pertenencias estaban donde debían estar, y no había nada fuera de su sitio.

Pero mi instinto nunca se equivocaba, y algo me decía que alguien había estado allí recientemente…, alguien que no debía estar.

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