Twisted Games

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Capítulo 26

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26

Bridget

Mi abuelo quería saber qué tal había ido la cita con Steffan.

Eso es. La razón por la que el rey me había convocado en su despacho de manera inmediata nada más llegar al palacio era para que le contara con todo lujo de detalles mi primera cita con el futuro duque de Holstein, y potencial futuro príncipe consorte. También se disculpó por no haberme invitado a la reunión de emergencia de la ley de reforma fiscal, que Erhall había convocado de manera improvisada. Estaba convencida de que lo había hecho a sabiendas de que yo no podría asistir debido a mi cita con Steffan, pero no podía demostrarlo.

Edvard, mientras tanto, estaba convencido de que Steffan era el elegido. No sabía en qué se basaba exactamente, pero imaginaba que el título de Steffan, su fotogenia y su actitud diplomática tenían algo que ver.

Mi abuelo no era el único. La prensa y el público se habían vuelto locos con las fotos de nosotros dos patinando en el hielo, y todo el mundo hablaba de nuestra «floreciente relación», a pesar de que solo hubiera hablado con Steffan dos veces en mi vida.

Aun así, Elin insistía en que aprovechara la atención con otra cita. Sería una cita «privada» sin prensa (para dar sensación de intimidad), pero que después se «filtraría» a la prensa. Estuve de acuerdo, aunque solo fuera porque tenía razón. Los titulares de «Princesa a Tiempo Parcial» habían desaparecido, y se habían convertido en especulaciones sobre el nuevo «amor» de mi vida.

Ojalá supieran.

En teoría, Steffan era el marido perfecto. Era guapo, inteligente, amable y divertido, y era de lejos la mejor opción de todos los «candidatos solteros» que habían ido a mi baile de cumpleaños.

Solo había un problema: no teníamos nada de química.

Nada. Ninguna. Cero.

Sentía el mismo interés romántico por Steffan que por la planta suculenta que tenía en mi cuarto.

—Eso es porque aún no os habéis besado —dijo Mikaela cuando le conté mi dilema—. Al menos dale un beso al hombre. Se puede saber todo con un beso.

Tal vez tenía razón.

Así que al terminar mi segunda cita con Steffan, me armé de valor para besarle, aunque me pareciera demasiado pronto. Pero al día siguiente se iba a Preoria, por lo que necesitaba saber si aquello iba a alguna parte. No podía pasarme varias semanas con la duda.

—Debo admitir que me ha sorprendido que quisieras quedar tan pronto después de la primera cita. —Me dirigió una sonrisa tímida—. Sorprendido en el buen sentido.

Estábamos paseando por el cálido y amplio invernadero del Real Jardín Botánico. Por todos los rincones brotaban flores exuberantes, llenando el aire de un aroma dulce, y sobre nosotros titilaban cordeles de luces como pequeñas estrellas. Era el entorno más romántico posible, e intenté centrarme en Steffan, en lugar de en el guardaespaldas que vigilaba cada uno de nuestros movimientos.

Si las miradas mataran, Steffan ya estaría enterrado bajo tierra por culpa de Rhys.

Había otra razón por la que dudaba de si besar a Steffan. Y es que me parecía mal hacerlo… delante de Rhys.

Dios, ojalá lo hubiera pensado bien antes.

—Me lo he pasado muy bien —dije cuando me di cuenta de que no le había respondido todavía—. Gracias por aceptarla, a pesar de que debes de estar ocupado con la preparación del viaje de mañana.

—Un placer.

Steffan sonrió.

Yo sonreí.

Me empezaron a sudar las palmas de las manos.

Hazlo y punto. Un beso pequeño. No tienes por qué sentirte culpable. No estás saliendo con Rhys.

—No sé bien por qué, pero me está entrando el impulso de contarte todos los datos curiosos que sé sobre las flores —dijo Steffan—. ¿Sabías que los tulipanes valían más que el oro en la Holanda del siglo XVII? Como lo oyes.

Lo típico que haces cuando estás nervioso. Ponerte a divagar sobre un montón de datos inútiles.

Era una sutil insinuación de Steffan de que él también quería un beso. No tenía ninguna otra razón para estar nervioso.

Me sequé discretamente las palmas de las manos en la falda. No mires a Rhys. Si lo hacía, no me atrevería a hacer nada.

—Es fascinante. —Hice una mueca cuando me di cuenta de que ese era el tipo de respuesta que alguien daba cuando el tema le parecía cualquier cosa menos interesante—. De verdad.

Steffan se rio.

—Me temo que solo hay una forma de evitar que te mate de aburrimiento con mis conocimientos florales, alteza —dijo con seriedad.

—¿El qué? —pregunté, distraída por la sensación de que la mirada de Rhys me ardía en el hombro.

—Esto. —Antes de que pudiera reaccionar, los labios de Steffan se posaron sobre los míos, y aunque sabía que el beso iba a llegar, estaba tan aturdida que solo pude quedarme ahí, inmóvil.

Sabía ligeramente a menta, y tenía los labios muy suaves al contacto con los míos. Fue un beso agradable y dulce, el tipo de beso que las cámaras enfocan en las películas y por el que la mayoría de las mujeres suspiran.

Por desgracia, yo no era una de esas mujeres. Era como si le hubiera dado un beso a la almohada.

La decepción se apoderó de mí. Esperaba que un beso cambiara las cosas, pero solo confirmó lo que ya sabía. Steffan, a pesar de todas sus maravillosas cualidades, no era para mí.

Tal vez fuera ingenua por pensar que podría encontrar un prometido que me atrajera y cuya compañía disfrutara, pero solo era una veinteañera. Por mucho que todo el mundo intentara meterme prisa, no estaba dispuesta a renunciar a mi búsqueda de amor.

Por fin reuní el valor suficiente para retroceder, pero antes de que pudiera hacerlo, un fuerte golpe rompió el silencio del invernadero.

Steffan y yo nos separamos de un salto, y mis ojos se posaron en Rhys, que estaba junto a una maceta rota de lirios.

—Se me ha resbalado la mano. —Su voz no contenía ni un ápice de disculpa.

Aquello era, a falta de un término mejor, una auténtica mierda. A Rhys no se le había resbalado nada. Tal vez era más corpulento que la media, pero se movía con la agilidad letal de una pantera.

A eso me recordaba en este momento: a una pantera preparada para abalanzarse sobre una presa inconsciente. Tenía el rostro tenso, los músculos rígidos y la mirada clavada con la intensidad de un láser en Steffan, que se revolvió de incomodidad.

—Atención a todos los visitantes, les comunicamos que los jardines cerrarán en quince minutos. —El anuncio sonó por el sistema de megafonía, salvándome en el momento más incómodo de mi vida—. Por favor, diríjanse a las salidas. Los jardines cerrarán en quince minutos. Rogamos a los clientes de la tienda de regalos que finalicen sus compras.

—Supongo que esa es nuestra señal. —Steffan extendió el brazo con una sonrisa, aunque mantuvo un ojo puesto en Rhys—. ¿Vamos, alteza?

Habíamos reservado el invernadero para nosotros, pero el resto de los jardines seguían abiertos al público. Probablemente podríamos habernos quedado más si hubiéramos querido, pero yo no tenía muchas ganas de alargar la noche.

Me agarré del brazo de Steffan y fuimos a la salida, donde nos despedimos con un medio abrazo forzado, un medio beso en la mejilla y la promesa de volver a quedar cuando volviera a Athenberg.

Rhys y yo no hablamos hasta que llegamos al coche.

—Vas a pagar por esa maceta —dije.

—Me hago cargo.

El aparcamiento estaba vacío, a excepción de unos pocos coches a lo lejos, y había tanta tensión entre nosotros que casi podía masticarla.

—Ya sé que es el típico príncipe encantador, pero quizás quieras seguir buscando. —Rhys abrió el coche—. Te he visto besar a gatos con más pasión.

—¿Por eso has tirado los lirios?

—Se-me-ha-resbalado-la-mano —masculló.

Tal vez fuera el vino que había tomado en la cena, o que el estrés me estaba afectando. Fuera lo que fuera, no pude evitarlo: me eché a reír. Una carcajada salvaje e histérica que me dejó sin aliento y agarrándome el estómago allí mismo, en mitad del aparcamiento.

—¿Qué te hace tanta gracia? —El tono malhumorado de Rhys solo consiguió hacerme reír con más fuerza.

—Tú. Yo. Nosotros. —Me limpié las lágrimas de risa de los ojos—. Eres un exmilitar de la Marina y yo soy de la realeza, y como sigamos negando que aquí pasa algo, nos va a crecer la nariz de tanto mentir.

No esbozó ni un atisbo de sonrisa ante mi intento de broma, sin duda penoso.

—No sé de qué hablas.

—Ya está bien. —Estaba cansada de discutir—. Ya te lo pregunté una vez, y te lo vuelvo a preguntar ahora. ¿Por qué volviste, señor Larsen? Esta vez quiero una respuesta sincera.

—Ya te di una respuesta sincera.

—La otra respuesta sincera.

Se le tensó la mandíbula.

—No sé qué quieres que te diga, princesa.

—Quiero que me digas la verdad.

Yo sabía mi verdad. Quería escuchar la suya.

¿Mi verdad? Solo había un hombre que me hubiera provocado mariposas en el estómago con un beso. Un hombre que me había encendido y me había hecho creer en todas esas cosas fantásticas con las que soñaba cuando era pequeña.

Amor, pasión, deseo.

—¿La verdad?

Rhys dio un paso hacia mí, mientras el duro acero de sus ojos daba paso a turbulentas tormentas.

Di un paso hacia atrás por instinto hasta que mi espalda chocó con el lateral de nuestro todoterreno. Había otro coche junto a nosotros, y los dos vehículos formaban una coraza improvisada que vibró de electricidad cuando él plantó las manos a ambos lados de mi cabeza.

—La verdad, princesa, es que volví sabiendo que esto era lo que había firmado. Verte todos los días y no poder tocarte. Besarte. Reclamarte. —El aliento de Rhys me ardió contra la piel cuando bajó la mano y la deslizó por mi muslo. Abrasó las gruesas capas de la falda y las medias hasta hacerme apretar el coño y endurecerme los pezones—. He vuelto a pesar de saber la tortura por la que tendría que pasar, porque no puedo alejarme de ti. Incluso cuando no estás, estás en todas partes. En mi cabeza, en mis pulmones, en mi alma, joder. Y estoy intentando con todas mis fuerzas no perder la cordura ahora mismo, cariño, porque lo único que quiero es cortarle la cabeza a ese cabrón y servirla en una bandeja por haberse atrevido a tocarte. Luego te tumbaré sobre el capó y te daré unos azotes en el culo por haberle dejado. —Me agarró entre las piernas y apretó. Gemí con una mezcla de dolor y placer—. Así que no-me-obligues.

Por las venas me corrían mil emociones y acabé mareada de la excitación y el peligro.

Porque lo que acababa de decir Rhys era peligroso. Lo que estábamos haciendo y sintiendo era peligroso.

Pero no podía forzarme a preocuparme.

—Rhys…

El sonido de la alarma de un coche atravesó el aire de la noche, seguido de una carcajada en la distancia. Parpadeé, y parte de la niebla se despejó de mi cabeza, pero no me moví.

Rhys se apretó contra mí con una sonrisa forzada.

—Ahí tienes mi respuesta sincera, princesa. ¿Contenta?

Volví a intentarlo.

—Rhys…

—Sube al coche.

Hice lo que me pedía. No era tan estúpida como para presionarle en ese momento.

—Tenemos que hablar de esto —dije una vez que estuvimos en la carretera.

—No quiero hablar más.

Desde mi asiento en la parte de atrás, pude ver cómo se le tensaban de rabia los músculos del cuello, y se agarraba al volante con tanta fuerza que tenía los nudillos en tensión.

Tenía razón. Esa noche no debíamos hablar más.

Miré por la ventanilla las luces de Athenberg.

Si antes pensaba que mi vida era complicada, eso no era nada comparado con el lío en el que me encontraba ahora.

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