Twisted Games
Capítulo 27
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Bridget
Dos semanas después de mi cita con Steffan, me fui a la gira de buena voluntad con Mikaela, Rhys, otro guardaespaldas llamado Elliott; Alfred, el fotógrafo de la Casa Real; Luna, la asistente de Alfred, y Henrik, un reportero del Eldorra Herald.
A todos les encantó mi idea, incluido a mi abuelo, y la Casa Real había trabajado a contrarreloj para organizar el itinerario perfecto con poca antelación. Recorrimos todas las regiones más importantes del país, incluido el centro manufacturero de Kurtland del Norte y el centro petrolero y energético de Hesbjerg. Me sentí como si estuviera haciendo campaña por un cargo que ya ocupaba, de forma un tanto inmerecida, gracias a la lotería genética.
Pero tenía que hacerlo. Tras varios años viviendo en el extranjero, necesitaba volver a conectar con el pueblo de Eldorra. Entender cómo vivían, qué problemas les quitaban el sueño y qué necesitaban que yo les diera. En la práctica, el primer ministro y el Parlamento gobernaban el país, pero la familia real, como institución, ejercía mucho más poder en Eldorra que en otros países. Contaba con un índice de aprobación del ochenta y nueve por ciento (mucho más alto que el de cualquier político) y las opiniones del monarca tenían mucho peso.
Si quería ser una buena reina, tenía que volver a estar en contacto con el pueblo. Daba igual que no quisiera la corona. Algún día sería mía a pesar de todo.
—Solo somos nosotros y un puñado de empleados —dijo Ida, la propietaria de la granja lechera que estábamos visitando—. Nuestra granja es de las más pequeñas, pero lo hacemos lo mejor que podemos.
—Parece que hacéis un excelente trabajo. —Recorrí el establo. Era más pequeño que los otros que habíamos visitado, pero estaba bien cuidado y las vacas parecían sanas. Sin embargo, me di cuenta de que la mitad de los establos estaban vacíos—. ¿El resto de las vacas están con los mozos de la granja?
Detrás de nosotros, la cámara de Alfred hizo clic y emitió un zumbido. Los titulares de «Princesa a Tiempo Parcial», que ya se veían menos gracias a mis citas con Steffan, habían desaparecido casi por completo durante la gira, y habían sido sustituidos por fotos mías recorriendo fábricas y leyendo cuentos a colegiales.
De cualquier forma, habría hecho la gira aunque no la hubiera cubierto ningún medio. Disfrutaba de los encuentros con los lugareños, mucho más que de las aburridísimas galas.
—No. —Ida negó con la cabeza—. La industria lechera no va muy bien. Los precios de la leche han bajado con los años y muchas granjas de la zona han cerrado. Tuvimos que vender algunas de nuestras vacas para conseguir dinero extra. Además, no hay suficiente demanda de leche para justificar el mantenimiento de tantas vacas.
A pesar de sus palabras, la tristeza se reflejó en su rostro. La granja había pertenecido a su familia durante generaciones, y me imaginaba lo difícil que debía de ser ver cómo se reducía año tras año.
—¿Se ha puesto en contacto con el ministro correspondiente para tratar el tema?
Según mis datos, la caída de los precios de la leche se debía a una disputa comercial entre Eldorra y otros países de Europa. La política comercial y arancelaria era competencia del Parlamento.
Ida se encogió de hombros, con cara de resignación.
—Antes escribíamos al ministro, pero solo recibíamos respuestas tipo, así que dejamos de hacerlo. De todos modos, nadie nos escucha.
Fruncí el ceño. El objetivo del Parlamento era ocuparse de las preocupaciones de los ciudadanos. ¿Qué estaban haciendo entonces?
—Pueden escribirme a mí —dije en un impulso—. Todos sus amigos y vecinos pueden escribirme a mí. Si tienen algún problema que quieran comunicar, escríbanme o envíen un email y lo consultaré con el Parlamento. No les puedo garantizar que se legisle, pero al menos puedo asegurarme de que se escuchen sus voces.
Elin carraspeó, y Henrik, el reportero, empezó a escribir como loco en su cuaderno.
Ida parpadeó.
—Oh, no me atrevería a…
—Insisto —dije con decisión—. Elin, ¿le puedes dar la dirección postal y de correo electrónico antes de irnos? De hecho, dásela a todos a los que hemos visitado hasta ahora.
Elin se frotó la sien.
—Sí, alteza.
Esperó hasta que volvimos al hotel para echarme la bronca.
—Princesa Bridget, el objetivo de esta gira es la buena voluntad —dijo—. No complicar más las cosas con el Parlamento. ¿De verdad quiere que cualquier persona le escriba con cualquier problema insignificante?
—No son gente cualquiera, son ciudadanos de Eldorra. —Estaba sentada en la sala común con Rhys, y Elin se encontraba de pie junto a la chimenea, con los brazos en jarras. Henrik, Alfred, Luna y Elliott ya se habían retirado a sus habitaciones—. No voy a cambiar las normas. Solo intento ayudar a la gente para que se escuchen sus voces. No —dije cuando Elin abrió la boca—. No voy a discutir sobre esto. Ha sido un día muy largo y mañana tenemos que madrugar.
Torció el gesto, pero accedió con un desganado: «Sí, alteza».
Era una maestra a la hora de elegir qué batallas librar y, al parecer, esta no merecía la pena.
Desapareció por las escaleras, dejándome a solas con Rhys.
Él estaba sentado en un rincón, mirando las brasas de la chimenea con expresión melancólica. Fuera lo que fuera lo que le preocupara, no éramos nosotros ni lo que había pasado en el aparcamiento del Real Jardín Botánico. Era otra cosa. Había estado de peor humor que de costumbre desde que comenzó el viaje.
—Me gustaría saber en qué estás pensando —le dije. Apenas habíamos hablado en todo el viaje, salvo que los «buenos días» y las «buenas noches» cuenten como hablar.
Rhys me miró por fin. La luz de la chimenea le iluminaba la cara, proyectando sombras danzantes sobre su fuerte mandíbula y sus pómulos esculpidos.
—Pareces feliz —dijo—. Mucho más feliz de lo que te he visto en las fiestas elegantes a las que vas en Athenberg.
Se había dado cuenta. Por supuesto que sí. Era el hombre más observador que conocía.
—Me encanta —admití—. Conocer a la gente, escuchar sus preocupaciones, tener algo concreto con lo que contribuir en la próxima reunión con el presidente del Parlamento. Siento que por fin puedo hacer algo significativo. Como si tuviera un propósito en la vida.
Esa era una de las cosas que más me molestaba de ser princesa. Sí, la monarquía era simbólica, pero no quería pasarme la vida sonriendo a las cámaras y dando entrevistas sobre mi estilo de vida. Quería algo más.
Pero tal vez no había pensado bien en mi papel. Tal vez, en lugar de conformarme con lo que siempre había significado ser la princesa heredera, podía darle la forma que yo quisiera.
Una pequeña sonrisa asomó en los labios de Rhys.
—Siempre supe que serías una gran reina.
—Todavía no soy reina.
—No necesitas una corona para ser reina, princesa.
Las palabras se me deslizaron por la piel, dejando un cosquilleo a su paso. Las permití flotar en el aire un minuto más antes de cambiar de tema, dolorosamente consciente de quiénes y qué éramos.
Prohibido sentir cosquilleos.
—¿Te está gustando el viaje? —pregunté—. A mí me gusta salir de la ciudad.
Se le borró la sonrisa.
—Está bien.
—¿Solo bien? —Tal vez yo no fuera imparcial, pero Eldorra era preciosa, y habíamos visitado algunas de las regiones más impresionantes del país.
Se encogió de hombros.
—No soy el mayor fan de Eldorra. Casi no acepté este trabajo para no tener que visitarla.
—Ah. —Intenté no sentirme ofendida. Sin éxito—. ¿Por qué no?
Eldorra era como Suiza o Australia. No todo el mundo la amaba, pero nadie la odiaba.
El silencio se prolongó durante unos instantes antes de que Rhys respondiera.
—Mi padre era de Eldorra —dijo con la voz apagada y sin emoción—. Le prometió a mi madre que la traería aquí y que vivirían felices para siempre. Ella nunca renunció a ese sueño, incluso después de que él se fuera y quedara claro que no iba a volver. No paraba de hablar de Eldorra, de cómo iba a salir de nuestro pueblo de mierda para mudarse aquí. Tenía postales y artículos de revistas sobre este país por toda la casa. Eso fue lo único que oí en mi infancia. Eldorra, Eldorra, Eldorra. La idea del país le gustaba más que yo, y eso me hizo odiarlo. Se convirtió en un símbolo de todo lo malo de mi infancia. Aun así, podría haber superado mi manía con el tiempo, pero…
Rhys se apretaba la mano en la rodilla.
—Uno de mis últimos despliegues fue una misión conjunta. Tanto Estados Unidos como Eldorra tenían agentes que habían sido capturados por el grupo terrorista al que seguían, y debíamos recuperarlos. Por razones diplomáticas, tuvimos que mantener nuestra misión en secreto, lo que significaba que no había apoyo aéreo. Estábamos en territorio hostil, en inferioridad numérica y de armamento. Nuestra mayor ventaja era el elemento sorpresa.
Sentí un mal presentimiento recorriéndome la espalda.
—La noche de la misión, uno de los soldados de Eldorra, un tipo impulsivo y violento, se desvió del plan. Habíamos chocado desde el principio, y no le gustó que siguiéramos mi plan en vez del suyo. —Rhys tenía una expresión sombría—. En lugar de esperar mi señal como habíamos acordado, entró en cólera cuando vio a uno de los líderes del grupo salir del recinto. El encargado de torturar a los prisioneros, según nuestra información. Era un objetivo muy jugoso…, pero no era nuestra prioridad, y delató nuestra ubicación. Entonces todo se fue a la mierda. Nos rodearon, y de los ocho hombres de mi escuadrón, sobrevivieron tres. Los agentes tampoco salieron vivos. Fue una puta carnicería.
Sus palabras hicieron saltar algo en mi memoria. Hace unos años una unidad de soldados de Eldorra fue aniquilada en una misión conjunta que salió mal. Recibió una cobertura mediática ininterrumpida durante una semana, y apuesto a que era la misma misión de la que hablaba Rhys.
Sentí una punzada de horror y compasión en el pecho.
—Lo siento mucho.
Debía ser leal a Eldorra, y lo era, pero la lealtad no significaba ceguera. Todo el mundo metía la pata y, en el caso de Rhys, el error del soldado le había costado la vida de sus seres queridos.
—No lo sientas. No es tu culpa. —Rhys se pasó una mano por la cara—. Sucedió hace años, y sí, se sumó a mi larga lista de problemas con Eldorra, pero lo pasado, pasado está. Ya no puedo hacer nada al respecto.
Volvimos a quedarnos en silencio, cada uno inmerso en sus propios pensamientos, antes de que me armara de valor para preguntar:
—¿Por qué aceptaste el trabajo de guardaespaldas entonces? Si sabías que significaba tener que visitar Eldorra.
La expresión de Rhys se relajó en una sonrisa.
—Porque tienes una cara muy bonita. —Su sonrisa se amplió ante mi resoplido de exasperación—. No sé. Supongo que me pareció bien en ese momento.
—Siempre acabamos donde nos lleva el destino —dije con suavidad.
Sus ojos se detuvieron en los míos.
—Puede.
Odiaba Eldorra, pero no solo había aceptado el trabajo, sino que se había mudado ahí permanentemente. Por mí.
—Bueno. —Forcé una sonrisa, apenas capaz de escucharme por encima del rugido de mi corazón—. Debería irme a la cama. Mañana madrugo.
Rhys se levantó al mismo tiempo que yo.
—Te acompaño a tu habitación.
El suave crujido de las escaleras de madera bajo nuestros pies se mezcló con el sonido de nuestras respiraciones: la mía, entrecortada; la de Rhys, profunda y uniforme.
¿Sentía él la corriente eléctrica que corría entre nosotros? ¿O solo estaba en mi imaginación?
Tal vez no, porque cuando llegamos a mi habitación, no abrí la puerta y él no se fue. Se me puso la piel de gallina, no sé si por la proximidad de Rhys o por el aire acondicionado que corría por el pasillo.
«Incluso cuando no estás, estás en todas partes. En mi cabeza, en mis pulmones, en mi alma, joder».
Su confesión del aparcamiento resonó en mi cabeza. No habíamos vuelto a hablar de esa noche, pero tal vez no necesitábamos palabras.
Los ojos de Rhys se dirigieron a mis pechos. Seguí su mirada y me di cuenta por primera vez de lo fina que era mi blusa. Llevaba un sujetador de encaje, pero tenía los pezones tan duros que se me notaban claramente a través de las dos capas de tela fina.
Debía irme, pero la mirada fundida de Rhys me inmovilizaba, me borraba el anterior escalofrío y dejaba a su paso un profundo y punzante dolor.
—¿Sabes lo que dijiste antes? ¿Lo de que siempre acabamos donde nos lleva el destino? —Me pasó la mano por el cuello y el corazón me golpeó tan fuerte contra la caja torácica que parecía que se me iba a salir del pecho hasta caer en sus brazos.
No me atreví a hablar, pero logré asentir un poco.
La densidad del aire me acarició como un amante, y supe en lo más profundo de mi ser que estaba al borde de un peligroso barranco. Y cualquier movimiento podía hacer que me precipitara al vacío.
La pregunta era si quería salvarme, o si el placer merecería la pena si venía seguido de dolor.
—Quizás… —Rhys me rozó el cuello y la curva del hombro. Me estremecí y se me volvió a erizar la piel—. Siempre estuve destinado a encontrar mi camino hacia ti.
Oh, Dios.
Cualquier atisbo de oxígeno desapareció de mis pulmones.
—Deberías entrar en tu habitación, princesa. —Tenía la voz arenosa, oscura y áspera—. Entra en tu habitación y cierra la puerta.
Sacudí la cabeza.
—No quiero hacerlo.
No sabía qué estaba pasando, pero era diferente de Costa Rica.
No había lista de deseos ni excusas a las que recurrir. Éramos solo él y yo, tomando una decisión que llevábamos mucho tiempo deseando.
Rhys gimió y, con ese sonido, supe que él ya había tomado su decisión.
Respira. Aunque no haya oxígeno, ni aire, ni nada a excepción de él. Respira.
Bajó la cabeza, pero en lugar de besarme en la boca, me besó en el hueco de la garganta. Fue tan suave que pareció más un susurro que un beso, pero fue suficiente para que me temblaran las rodillas.
Yo era un pararrayos, y Rhys, la tormenta que me iluminaba desde dentro.
Cerré los ojos y se me escapó un gemido mientras él arrastraba la boca por mi cuello, centímetro a centímetro. Justo cuando la lentitud posesiva de su tacto me empezaba a adormecer, me arrastró hacia él con una mano y hundió los dientes en la curva entre mi cuello y el hombro. Con fuerza. Casi tan fuerte como la gruesa excitación que me presionaba contra el vientre y hacía que mi cuerpo palpitara de necesidad. La otra mano de Rhys me tapó la boca, silenciando mi grito de sorpresa.
—Dime. —Bajó la voz—. ¿Qué pensaría tu novio de esto?
¿Novio? Tardé un momento en caer. Steffan.
Habíamos salido dos veces. No se le podía considerar mi novio, daba igual lo que dijera la prensa.
Pero tenía la sensación de que ese argumento no le valía a Rhys, que aflojó la mano lo justo para que yo jadeara:
—Steffan no es mi novio.
El aire se espesó de peligro.
—No me gusta oír su nombre en tus labios. —Eran palabras letalmente suaves, cada una lanzada con la precisión de un misil guiado—. Pero has salido con él. Le has besado. —La voz de Rhys se oscureció aún más, y me apretó más contra la pared mientras me rodeaba la garganta con una mano—. ¿Lo has hecho para provocarme, princesa? ¿Mmm?
—N… no. —Estaba empapada. La oscuridad del vestíbulo, la dureza de la voz de Rhys, todo iba directo al calor palpitante entre mis piernas—. Tenía que salir con alguien después del baile. Y no creí que te importara.
—Me importa todo lo que haces. Incluso cuando no debería. —Rhys me apretó la garganta—. Una última oportunidad, princesa. Pídeme que pare.
—No.
Era demasiado consciente de que Elin, Mikaela y el resto del equipo dormían detrás de las puertas a ambos lados de nosotros. Solo hacía falta que se levantaran un momento para ir al baño, o que alguien tuviera el sueño ligero, para que nos oyeran y se fuera todo al infierno.
Pero, de alguna manera, el peligro intensificaba aún más la emoción que me corría por las venas. Fuera lo que fuera lo que había entre nosotros, había estado creciendo desde el momento en que Rhys salió de su coche frente a mi casa en Thayer, y ya no podía detenerlo aunque quisiera.
Rhys exhaló un suspiro y me soltó la garganta, solo para agarrarme la nuca con la mano. Volvió a atraparme hacia él, apretando mi boca contra la suya, y mi mundo implosionó.
Lengua, dientes, manos. Nos devoramos el uno al otro como si el mundo fuera a acabarse y esa fuera nuestra última oportunidad de sentir algo. Tal vez lo era. Pero ahora no quería pensarlo, no cuando nuestros cuerpos se apretaban tanto el uno contra el otro que estábamos a punto de fundirnos en uno solo, y yo caía y caía a un abismo del que no quería salir nunca.
Mikaela tenía razón. Se podía saber todo con un beso.
Tiré a Rhys del pelo, desesperada por más. Más tacto, más sabor, más olor. Quería llenar cada hueco de mi alma con aquel hombre.
Me agarró con los dientes el labio inferior y tiró. Jadeé, tan excitada que sentía cómo la humedad me resbalaba por los muslos.
—Silencio —dijo con la voz áspera—. O nos van a oír. —Deslizó la palma de la mano por el interior de mi muslo hasta mi entrepierna y se le escapó un gemido débil cuando se dio cuenta de lo mojada que estaba—. Me estás matando, princesa.
Me frotó el pulgar contra el clítoris a través de mis bragas empapadas, y reprimí un gemido mientras me arqueaba sobre su mano. Movió las bragas a un lado y…
El crujido de una cama sonó en una de las habitaciones.
Rhys y yo nos quedamos inmóviles al mismo tiempo, con la respiración agitada.
Estábamos tan inmersos en lo que estábamos haciendo que se nos había olvidado que había gente durmiendo a pocos metros.
Oímos otro crujido, seguido del ruido de alguien levantándose de la cama. Henrik, si la dirección del sonido era la que creíamos.
Rhys maldijo en voz baja y retiró la mano. Fue lo más inteligente, pero yo quería llorar por la pérdida de contacto.
Abrió la puerta de mi habitación detrás de mí y me empujó suavemente al interior.
—Mañana por la noche. En el cenador —dijo en voz baja—. Iremos juntos.
Había un cenador detrás de una granja abandonada, a unos quince minutos a pie de nuestro hotel. Habíamos pasado por allí de camino al pueblo.
—Y, princesa…, no te molestes en llevar ropa interior.
Volví a sentir más intensamente la pulsación entre las piernas.
Rhys cerró mi puerta justo cuando se abrió la de Henrik. Sus voces se escucharon a través de la madera mientras me ponía de puntillas frente a la cama y me metía en ella, con la cabeza dando vueltas por los acontecimientos de la última hora.
¿El placer merecería la pena si venía seguido de dolor?
Solo tenía que escuchar los frenéticos latidos de mi corazón para saber la respuesta.