Twisted Games

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Capítulo 28

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Rhys

Había intentado resistirme. De verdad.

Tal vez lo habría logrado si Bridget hubiera sido guapa y punto. La belleza, por sí sola, no significaba nada para mí. Mi madre había sido guapa hasta que dejó de serlo, y no me refiero a lo físico.

Pero ese era el problema. Bridget no era guapa y punto. Lo tenía todo. Amabilidad, fuerza, comprensión, humor. Lo veía en su forma de reír, en su empatía cuando escuchaba los problemas de la gente y en su compostura cuando le hablaban de todo lo que creían que fallaba en el país.

Antes de este viaje ya sabía que era más que una cara bonita, pero algo dentro de mí se rompió la noche anterior. Tal vez fuera la forma en que me miraba, como si pensara que yo también lo era todo, cuando no era nada, o tal vez fuera el hecho de saber que podían arrebatármela en cualquier momento. Podría comprometerse la semana siguiente y yo perdería incluso la posibilidad de tenerla para siempre.

Fuera lo que fuera, borró de un plumazo cualquier rastro de autocontrol en mí. Costa Rica había abierto una grieta, pero ¿esto? Esto era la destrucción total.

La hierba crujía mientras Bridget y yo nos abríamos paso a través de los campos hacia el cenador. Nos habíamos escabullido después de que todo el mundo se hubiera ido a dormir y, aunque era tarde, la luna brillaba lo suficiente como para no necesitar las luces de los teléfonos para alumbrar el camino.

¿Era lo que estábamos haciendo (lo que estábamos a punto de hacer) una mala idea? Joder, sí. La nuestra era una historia destinada a un final trágico, pero cuando ya estás metido en un tren que se dirige al precipicio, lo único que te queda es agarrarte fuerte y hacer que cada segundo cuente.

Caminamos en silencio hasta el cenador, y ella se colocó en el centro para observarlo mejor. Al margen de la pintura desconchada, había resistido el paso del tiempo sorprendentemente bien.

—¿Aquí no viene nadie? —preguntó.

—Ni un alma. —Había investigado. El pueblo tenía pocos habitantes, pero se extendía a través de vastas hectáreas de granjas. El hotel era el edificio habitado más cercano, y todos estaban dormidos. Me aseguré de eso antes de enviarle un mensaje a Bridget para que nos reuniéramos en el vestíbulo.

—Bien. —Su respuesta salió entrecortada.

El sur de Eldorra era mucho más cálido que Athenberg, y podíamos prescindir de las chaquetas incluso por la noche. Yo me había puesto mi uniforme habitual: camiseta, pantalones militares y botas, mientras que Bridget llevaba un vestido púrpura que se arremolinaba alrededor de sus muslos.

La devoré con la mirada, sin perderme ni un solo detalle. Los mechones de pelo que se le ondulaban alrededor de la cara, la nerviosa expectación en sus ojos, la forma en que su pecho subía y bajaba al compás de mis propias respiraciones entrecortadas.

Una parte de mí quería acercarse, levantarle la falda y follarla allí mismo. Otra parte de mí quería saborear el momento, los últimos segundos salvajes y palpitantes antes de destruir lo que quedaba de nuestros límites.

Yo siempre cumplía las reglas por naturaleza. Así había sobrevivido la mayor parte de mi vida. Pero, por Bridget, rompería todas las reglas posibles.

Solo tardé las seis semanas que estuve separado de ella y las seis siguientes de puta agonía para aceptar la verdad, pero ahora que lo había hecho, ya no había vuelta atrás.

—Bueno. —Bridget se colocó un mechón de pelo detrás de la oreja, con la mano temblorosa—. Ya que estamos aquí, ¿qué tienes planeado, señor Larsen?

Sonreí, lenta y perversamente, y se estremeció con un pequeño y visible escalofrío.

—Tengo muchos planes para ti, princesa, y cada uno de ellos termina con mis dedos, lengua o polla metidos dentro de tu dulce coñito.

No perdí el tiempo yendo por las ramas. Aquello se había gestado durante dos años, desde que entré en su casa y la vi mirándome fijamente con esos grandes ojos azules.

Bridget von Ascheberg era mía y solo mía. Y me daba igual que no pudiera serlo. La haría mía de cualquier forma, y si podía tatuarme en su piel, enterrarme en su corazón y grabarme en su alma, lo haría.

Puso los ojos como platos, pero antes de que pudiera responder, acorté la distancia entre nosotros y la agarré de la barbilla con la mano.

—Pero, antes, quiero dejar una cosa clara. A partir de este momento, eres mía. Ningún otro hombre te tocará. Como lo haga… —Le clavé los dedos en la piel—. Conozco setenta y nueve maneras de matarle, y puedo hacer que setenta de ellas parezcan un accidente. ¿Entendido?

Ella asintió, con el pecho subiendo y bajando más rápido que de costumbre.

—Lo digo en serio, princesa.

—Entendido. —Adiós respiración.

—Bien. —Le deslicé el pulgar por el labio inferior—. Quiero oírte decirlo. ¿Quién es tu dueño?

—Tú —susurró. Ya podía oler su excitación, dulce y embriagadora, y no sería capaz de aguantar mucho más tiempo.

—Eso es —gruñí—. Yo.

La agarré de la nuca, la atraje hacia mí y la besé con fuerza en los labios. Me rodeó el cuello con los brazos, con el cuerpo ardiente y maleable contra el mío mientras me hundía en su boca. Sabía a menta y a fresas, y quería más. Necesitaba más.

El corazón me retumbaba en el pecho, latiendo al mismo tiempo que mi polla. Todos mis sentidos se agudizaron hasta alcanzar una claridad casi dolorosa: su sabor en mi lengua, el tacto de su piel bajo mis manos, el olor de su perfume y el sonido de sus pequeños gemidos mientras se aferraba a mí como si nos estuviéramos ahogando y yo fuera su último salvavidas.

La coloqué contra una viga de madera, le levanté el vestido hasta las caderas y le separé los muslos con la rodilla. Le pasé el dedo entre las piernas y musité una señal de aprobación cuando descubrí que estaba resbaladiza y desnuda para mí.

—Sin ropa interior. Buena chica —susurré—. Porque como te atrevas a desobedecerme… —Le mordí el labio inferior, le metí un dedo dentro de su calidez húmeda y apretada, y sonreí al oírla jadear—. Tendré que castigarte.

Levantó la cadera cuando le metí otro dedo dentro. Empecé a meterlos y sacarlos, primero despacio, después acelerando hasta que tenía casi los nudillos dentro y el sucio sonido de mis dedos entrando y saliendo de ella se mezcló con sus gemidos.

Bridget tenía los ojos entrecerrados y la boca entreabierta. La cabeza le caía hacia atrás contra la viga, dejando al descubierto la espléndida longitud de su garganta, y todo su cuerpo temblaba mientras se aproximaba al orgasmo. Reduje el ritmo en el último minuto, y ella dejó escapar un gemido de frustración.

—Por favor. —Me agarró del brazo, clavándome las uñas en la piel.

—¿Por favor, qué? —Le metí los dedos otra vez, con fuerza, hasta que arqueó el cuerpo y dejó escapar un pequeño grito—. ¿Por favor, qué? —repetí.

Estaba bañado en sudor, y la polla me apretaba en el pantalón, tan dura que estaba a punto de reventar. Me estaba muriendo de desesperación por penetrarla, pero también podría disfrutar de ella así toda la noche. Sin sonrisas falsas, sin inhibiciones, solo placer y abandono salvaje mientras su coño convulsionaba en mis dedos y los empapaba de fluidos.

Era preciosa, joder. Y era mía.

—Fóllame —jadeó. Me clavó las uñas más fuerte en los bíceps hasta que me hizo un poco de sangre—. Por favor, fóllame.

—Qué palabras tan sucias para una princesa. —Me saqué la polla del pantalón y me puse un condón con la mano libre antes de sacarle los dedos, levantarla y colocarle las piernas alrededor de mi cintura—. Sabes que no hay vuelta atrás después de esto.

—Lo sé. —Bridget abrió los ojos, llenos de confianza y lujuria.

Se me encogió el pecho. No me la merecía, pero, joder, me daba igual.

Además, nadie había dicho que yo fuera una buena persona.

Coloqué la punta de mi polla en la entrada y esperé un instante antes de clavársela de un solo golpe. Estaba tan mojada que se deslizó casi sin fricción, pero aun así podía sentir su coño dilatándose y acomodándose a mi tamaño.

Bridget gritó, aferrada a mí como a un tornillo, y yo dejé escapar una retahíla de maldiciones.

Estaba caliente. Húmedo. Apretado. Muy apretado.

—Me estás matando —gruñí. Dejé caer mi frente sobre la suya y cerré los ojos, imaginando las cosas menos sexis que pude (brócoli, dentaduras), hasta que recuperé el control para continuar.

Deslicé la polla fuera hasta que solo quedó la punta dentro, y volví a clavársela otra vez. Y otra vez. Y otra vez.

Establecí un ritmo rápido, profundo y brutal, metiéndole cada centímetro de mí hasta que mis huevos empezaron a golpearle la piel y sus gemidos se volvieron gritos.

—¡Ssh! Vas a despertar a todos, princesa. —Le bajé la parte de arriba del vestido. Los pechos le rebotaban con cada embestida y tenía los pezones como piedras de la excitación, una imagen que estuvo a punto de hacerme estallar.

Apreté los dientes. Aún no.

Bajé la cabeza y le chupé y le lamí los pezones mientras le follaba salvajemente el coño apretado.

Llegados a ese punto, ya era más animal que hombre, solo impulsado por un instinto primitivo de enterrarme en ella tan profundo como fuera posible, y hacerla mía hasta no salir nunca de su piel.

Sonó un trueno a lo lejos, ahogando el sonido de mis gemidos y los chillidos de Bridget.

Me di cuenta de que estaba a punto de llover y de que no teníamos paraguas ni nada para cubrirnos cuando saliéramos del cenador, pero ya me preocuparía más tarde. Ahora mismo, solo importábamos nosotros.

Rhys. Oh, Dios —gimió Bridget—. No puedo… Necesito…

—¿Qué necesitas? —Le mordí un pezón con suavidad—. ¿Necesitas correrte? ¿Mmm?

—S… sí. —Le salió mitad súplica, mitad gemido.

Estaba destrozada. Tenía la melena despeinada, la cara llena de lágrimas, la piel resbaladiza del sudor y caliente de la excitación.

Levanté la cabeza y arrastré la boca hasta su cuello hasta llegar a su oreja, donde susurré:

—Córrete para mí, princesa.

Le pellizqué un pezón y la follé con la embestida más fuerte hasta ahora, y explotó, con la boca abierta en un gemido inaudible mientras me apretaba la polla con el coño.

Sonó otro trueno, esta vez más cerca.

Sostuve el cuerpo inerte y tembloroso de Bridget contra la viga, hasta que recuperó el aliento. Una vez lo hizo, la bajé al suelo y la doblé boca abajo.

Yo todavía no me había corrido (el viejo truco de recitar jugadores de béisbol aún funcionaba), y mi cuerpo vibraba con una tensión casi incontrolable.

—¿Otra vez? —jadeó mientras le deslizaba la polla por los pliegues resbaladizos.

—Cariño, no estaría haciendo mi trabajo si no te corrieras en mi polla al menos tres veces esta noche.

La tormenta rompió sobre nosotros al mismo tiempo que la penetraba, y la lluvia empezó a caer a nuestro alrededor mientras la follaba contra la viga de madera. Un rayo partió en dos el cielo, iluminando la pálida curva del hombro de Bridget mientras se aferraba a la barandilla como a su propia vida. Giró la cabeza hasta que la mejilla le presionó contra la madera y le miré la boca abierta mientras intentaba recuperar el aliento entre embestida y embestida.

La agarré del pelo y lo utilicé para penetrarla más profundamente.

—Esto es por todas las veces que no me has hecho caso. —La agarré del culo antes de darle un azote tan fuerte que pegó un grito—. Esto es por lo del Borgia. —Zas—. Y esto por lo de los jardines. —Zas.

Mi frustración contenida durante años florecía en su piel en tonos rosados, y dejé escapar una carcajada cuando Bridget se empezó a agitar con más fuerza contra mí con cada azote.

—¿Te gusta? —Le tiré del pelo hacia atrás hasta que me miró con los ojos llenos de lágrimas—. ¿Te gusta que te azote el culo mientras te follo ese coño real con mi polla dura?

—Sí. —La palabra se convirtió en gemido y le fallaron las rodillas.

Respiré profundamente. Dios, era perfecta. En todos los sentidos.

Le pasé un brazo por la cintura, levantándola ligeramente, y me doblé sobre ella hasta que le presioné la espalda con mi pecho. Cubrí casi todo su cuerpo con el mío, protegiéndola de las salpicaduras de lluvia mientras la penetraba tan profundamente que pensé que no saldría nunca de ella.

Y no quería salir. Así, tal y como estábamos, era como quería estar siempre.

Bridget. Solo con Bridget.

—¡Oh, Dios! ¡Rhys!

El sonido de mi nombre en sus labios mientras se rompía en mí finalmente pudo conmigo.

Me corrí justo después de ella con un fuerte gemido, y el orgasmo me sacudió con la fuerza de un huracán. Juraría que perdí el oído durante un segundo, pero cuando recuperé los sentidos, todo parecía amplificado. El olor de la lluvia y la tierra mezclado con el sexo y el sudor, el sonido del agua repiqueteando contra la madera, el frescor de las gotas en mi piel acalorada.

Bridget se estremeció bajo mi cuerpo, la levanté y la metí dentro del cenador, para refugiarla de la lluvia.

—¿Estás bien, princesa? —Mi respiración se calmó por fin hasta convertirse en algo parecido a la normalidad mientras le deslizaba los tirantes de su vestido de vuelta a los hombros y le apartaba el pelo de la cara antes de darle un suave beso.

No era el típico tío dulce y cariñoso en ningún ámbito de mi vida, pero quizás había sido muy duro con ella. Si hubiera sido por mí, habríamos hecho esto en un dormitorio normal, con una cama normal, pero las paredes del hotel eran casi de papel.

Bridget asintió, todavía temblorosa.

—Guau.

Me reí.

—Me lo tomaré como algo bueno. —Todavía la tenía agarrada con un brazo, sosteniéndola. Me invadió un instinto de protección cuando me apretó la cara contra el pecho.

Dios, qué mujer. No tenía ni idea de lo que haría por ella.

Nos quedamos en el cenador hasta que dejó de llover, que por suerte fue poco después. Por mí me habría quedado allí para siempre, pero quería asegurarme de que Bridget podía ducharse y dormir un poco antes de que nos despertaran por la mañana.

—No tienes que llevarme. Puedo andar —dijo Bridget entre risas cuando la cogí en brazos para llevarla de vuelta al hotel—. Mañana no lo sé. Tengo la sensación de que me va a doler todo el cuerpo.

—El suelo está mojado y todo está muy oscuro —dije. Una nube había tapado la luna, y tenía que caminar despacio para asegurarme de que no me tropezaba con nada indeseado—. Es mejor que te lleve en brazos, cariño.

No respondió, pero entrelazó los brazos alrededor de mi cuello y me besó la mandíbula tan suavemente que hizo que me diera un extraño vuelco al corazón.

Una vez más, nada en mi vida era normal desde que Bridget von Ascheberg había entrado en ella.

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