Twisted Games

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Capítulo 29

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Bridget

Después de la noche en el cenador, Rhys y yo no disfrutamos de más tiempo a solas en todo el viaje. Pero cuando volvimos a Athenberg unos días más tarde, nos las arreglamos para vernos a escondidas, a pesar de mi apretada agenda.

En la casa de huéspedes a medianoche, cuando todo el mundo se había ido a dormir. En la despensa del tercer piso del ala del servicio a la hora de la comida. En mi azotea favorita, encima de la cocina. Ningún lugar estaba prohibido.

Era arriesgado, peligroso y se salía de cualquier norma para los dos, teniendo en cuenta lo prácticos que solíamos ser, pero no habríamos podido parar aunque hubiéramos querido. Habíamos esperado mucho tiempo y lo necesitábamos demasiado.

Era una locura que en algún momento tendría que terminar, y aunque nunca hablábamos del futuro, habíamos llegado a un acuerdo silencioso para disfrutar cada segundo que pudiéramos.

Pero por mucho que quisiera pasar todos los días y las noches con Rhys, tenía otras responsabilidades, y tres semanas después de mi regreso a Athenberg, me encontraba en el despacho de mi abuelo, esperando a que Erhall terminara de hablar para presentar varios asuntos que me interesaban.

—Déjeme adivinar. Tiene otro tema del pueblo que le gustaría abordar, alteza —añadió Erhall muy tenso, recordando que mi abuelo estaba delante.

Respondí con una sonrisa calmada.

—Sí. A eso nos dedicamos, ¿no? A ayudar al pueblo de Eldorra.

Erhall, Edvard, Andreas y yo estábamos sentados frente al escritorio de Edvard en la reunión semanal con el presidente. Era mi tercera reunión desde que había vuelto de la gira de buena voluntad, que había sido un éxito absoluto. Henrik había publicado un artículo muy elogioso sobre mí en el Eldorra Herald, y mi índice de aprobación se había disparado hasta casi rivalizar con el de mi abuelo.

Personalmente me daban bastante igual los índices, pero era una de las armas más peligrosas de mi arsenal, ya que yo no tenía ningún poder político real. También me encantaba el hecho de que Erhall estuviera casi veinte puntos por debajo de mí.

—Claro. —Erhall se aflojó la corbata, con pinta de haberse tragado un limón—. ¿De qué quiere hablar?

En la granja de Ida tomé la decisión impulsiva de crear un programa oficial de Cartas Ciudadanas mediante el cual los ciudadanos podían escribirme o enviarme un correo electrónico con sus preocupaciones, y yo siempre las valoraba. Las más importantes, las presentaba a Erhall en las reuniones semanales. Probablemente no haría nada con la mayoría de ellas, pero tenía que intentarlo.

—Es sobre las carreteras de Rykhauver… —Comencé la presentación, ignorando la sonrisa de Andreas. Odiaba que estuviera allí, pero seguía siendo «la sombra» de Erhall y, como era el segundo en la línea de sucesión al trono, nadie se oponía a que asistiera a las reuniones.

Me daba igual. Nunca sería rey mientras yo tuviera una sola objeción al respecto, y, como princesa heredera, tenía bastantes objeciones.

—Me ocuparé del asunto —dijo Erhall. Otra manera de decir: «En cuanto salga de esta sala fingiré que esta conversación nunca ha ocurrido».

—Ahora bien, majestad, sobre la reforma fiscal…

Edvard me lanzó una mirada comprensiva. Se abstuvo de librar mis batallas por mí porque no quedaría bien que corriera a pedirle ayuda cada vez que Erhall se comportara como un imbécil, pero…

Dios. Por poco salto de la silla.

Erhall hizo una pausa y me miró con extrañeza antes de reanudar su discurso.

Apreté los muslos bajo la mesa mientras las silenciosas pero poderosas vibraciones se reanudaban entre mis piernas.

Le voy a matar.

Rhys me había ordenado llevar un vibrador todo el día y yo, como una idiota, había aceptado. Sonaba muy excitante, y Rhys tenía un desglose minuto a minuto de mi horario del día. Había mantenido el vibrador apagado durante mis reuniones, así que no entendía por qué…

Mis ojos se posaron en el reloj de pie de la esquina.

Maldita sea. Nos habíamos pasado de la hora. Quince minutos más, para ser exactos. Probablemente Rhys pensaba que ya había salido.

Por la frente me resbaló una gota de sudor mientras trataba de no gemir, retorcerme o hacer cualquier cosa que pudiera delatarme.

—¿Estás bien? Pareces… sofocada. —Andreas levantó las cejas, con los ojos afilados mientras me miraba fijamente.

—Sí. —Forcé una sonrisa—. Perfectamente bien.

—No tienes buen aspecto —dijo Edvard con tono preocupado.

Dios mío, cada minuto que pasaban preguntando por mí era un minuto más que se alargaba la reunión. Tenía que terminar, pronto, antes de que me corriera en medio de una discusión sobre la maldita legislación fiscal.

—Hace un poco de calor aquí. Por favor, no os preocupéis por mí —logré decir.

Las vibraciones subieron de intensidad y me clavé las uñas en la piel con tanta fuerza que me hice pequeños surcos en las palmas.

Edvard no parecía muy convencido, pero él y Erhall reanudaron la conversación mientras Andreas me observaba con los ojos entrecerrados.

En otra ocasión le habría devuelto una mirada gélida, pero ahora no podía concentrarme en otra cosa que no fuera el palpitar de mi clítoris y el roce de mis pezones contra el sujetador.

Por suerte, la reunión terminó poco después. Me despedí apresuradamente de Edvard, saludé a Erhall con un gesto seco e ignoré por completo a Andreas antes de salir con la mayor normalidad posible. No quería levantar más sospechas huyendo de la sala, aunque estuviera a punto de llegar al orgasmo.

En cuanto salí al pasillo, las vibraciones cesaron.

Cómo no.

Me pasé una mano por la parte delantera de la falda y conseguí caminar de forma medio normal hasta mi despacho, donde me esperaba Rhys.

El corazón me dio un vuelco cuando le vi apoyado en mi escritorio.

Los ojos oscuros, los brazos cruzados sobre el pecho, la pose despreocupada y arrogante.

—Eso ha sido muy cruel. —Le clavé una mirada severa mientras mi clítoris volvía a palpitar, no por el vibrador, sino por su aspecto. La barba incipiente, los tatuajes, la forma en que me miraba como si yo fuera la única persona del mundo… Basta. Concéntrate—. Estaba en una reunión.

—Se suponía que terminaba hace media hora.

—Se ha alargado.

—Ya veo. —Los ojos de Rhys se iluminaron con un brillo perverso—. Ven aquí, princesa.

Sacudí la cabeza, aunque estaba tan excitada que la más leve ráfaga de aire contra mi piel hacía que se me acelerara la respiración. Era una cuestión de principios.

—No.

—No era una pregunta.

Los pezones se me endurecieron hasta convertirse en puntas dolorosas ante su tono autoritario, y crucé los brazos sobre el pecho para ocultarlos.

—No puedes decirme lo que tengo que hacer.

—Ven. Aquí. —Su voz bajó a un decibelio peligrosamente suave—. Antes de que te tumbe en mi regazo y te dé unos azotes tan fuertes que no podrás sentarte durante días.

La imagen me hizo estremecerme, y estuve a punto de negarme para que pudiera hacer exactamente eso. Pero después de horas de excitación no aguantaba más, y avancé con piernas temblorosas hasta situarme delante de él.

—Ya está. No ha sido tan difícil. —Rhys me agarró de la nuca y tiró de mí hacia él—. Recuerda. En público, eres mi princesa, pero, en privado, eres mi puta. —Bajó la otra mano y me frotó el clítoris hinchado hasta que chillé mientras sentía la sacudida de los primeros temblores de un orgasmo—. Harás lo que yo diga, cuando yo lo diga, y tomarás mi polla como yo quiera. ¿Lo harás?

Oh, Dios. Otro torrente de humedad se apoderó de mis piernas.

—Sí —dije entre jadeos.

No había terminado de pronunciar la palabra cuando él se la tragó con un beso agresivo que hizo que me fallaran las rodillas, y cualquier rastro de resistencia se esfumase.

Le rodeé el cuello con los brazos, deleitándome con su sabor y su tacto. Habíamos sido insaciables desde la noche en el cenador, y yo seguía sin tener suficiente.

Los escarceos, las citas nocturnas, las miradas furtivas en salas llenas de gente… Todo podía derrumbarse a nuestro alrededor en cualquier momento. Pero por una vez en mi vida, me daba igual.

Nunca me había sentido tan viva.

—¿Qué tal el día, cariño? —Rhys respiró contra mis labios, suavizando su tono.

—Bien. Frustrante —dije con retintín antes de suavizar la voz también—. Te he echado de menos.

Llevaba sin verle desde el desayuno.

Arrugó los ojos al sonreír, y el corazón me dio un vuelco tan grande que pensé que iba a salir volando.

Si pudiera pedir tres deseos en el mundo, serían la paz mundial, que mis padres vivieran y las sonrisas de Rhys para siempre.

—Yo también te he echado de menos. —Me dio un beso más suave y prolongado antes de volver a deslizar la mano por el interior de mi muslo y se le escapó un gemido gutural—. Estás empapada. —Su tono volvió a ser el duro y dominante al que estaba acostumbrada—. Túmbate y levántate la falda.

Obedecí, y la idea de tenerle dentro de mí pronto hizo que me temblaran los dedos mientras me apoyaba sobre el escritorio y me subía la falda por encima de las caderas.

—Quítate las bragas.

Deslicé la mano en la goma elástica de las bragas y me las bajé hasta los tobillos.

El calor me subió a las mejillas al darme cuenta de que Rhys tenía ahora el panorama completo de mi vibrador y del desastre que había dejado: mis bragas completamente empapadas, mis muslos chorreando de fluidos.

Sin embargo, estaba tan excitada que dejé de lado la vergüenza.

Me agarré al borde del escritorio, con el cuerpo tenso por la expectación, pero solo hubo silencio. No hubo palabras ni contacto.

Volví la cabeza, confusa.

Rhys estaba de pie detrás de mí, con la mirada feroz mientras me devoraba. Entre sus ojos hambrientos y mi postura, me sentía como un cordero esperando a que un león se abalanzase sobre mí para despedazarme.

—Abre más las piernas. Déjame ver cómo chorrea para mí ese precioso coño.

Estaba ardiendo de pies a cabeza, pero hice lo que me pidió.

—Precioso. —Me dio un azote con las dos manos y me apretó el culo—. ¿Qué dirían los buenos ciudadanos de Eldorra si te vieran ahora, eh? Su princesa, tan fina y correcta, doblada sobre la mesa, esperando a que se la folle una polla dura.

¿Era posible correrse solo al oír unas palabras? Porque estaba a punto.

—No cualquier polla —dije entre jadeos—. La tuya. Ahora, ¿vas a seguir hablando o me vas a follar en algún momento?

Rhys se rio. Se desabrochó el cinturón y el pantalón con un rápido movimiento y se me secó la boca. Nunca me cansaba de admirar lo grande que la tenía. Era gruesa, larga y dura, y ya estaba empezando a gotear.

—Efectivamente. —Sacó el vibrador y me colocó la punta de la polla en la entrada—. Eres mía. Solo mía. Que no se te olvide, princesa.

Me penetró con un profundo empellón, y pegué un grito que se convirtió en una serie de gemidos ahogados mientras me embestía desde atrás. Los gemidos se mezclaron con sus gruñidos, el crujido del escritorio que temblaba con la fuerza de sus golpes, y el sonido de la carne contra la carne. Una sinfonía sucia y deliciosa que me revolvió los pensamientos hasta que solo pude concentrarme en el vaivén de su penetración…

—¿Bridget? ¿Estás ahí?

Mikaela.

Tardé unos segundos en asimilar su voz en mitad de toda la neblina sexual, pero cuando lo hice, abrí los ojos de par en par e intenté levantarme, pero Rhys me volvió a tumbar.

—Todavía no he terminado contigo, princesa. —Me volvió a embestir y me tapó la mano con la boca para ahogar el gemido.

—Rhys, está justo al otro lado de la puerta —susurré cuando aflojó la mano para dejarme hablar. Tenía unas ganas desesperadas de correrme, pero se me revolvía el estómago ante la perspectiva de que nos pillaran.

Podría haber fingido que no estaba, pero Mikaela y yo teníamos una reunión programada que se me había olvidado completamente hasta ese momento.

—La puerta está cerrada con llave.

—Pero nos puede oír.

Hablábamos en un volumen solo perceptible para el otro, pero estaba tan paranoica que me parecía que estábamos gritando.

—Entonces mejor estate calladita, ¿eh? —El aliento cálido de Rhys me resbaló por la piel mientras me acariciaba los pezones. Me atravesó otra descarga de lujuria.

—Bridget. —Mikaela empezaba a impacientarse—. Está echada la llave. ¿Va todo bien?

—S… sí. Estoy… —Rhys me asestó una embestida especialmente brutal—. ¡Estoy llegando!

La última palabra se convirtió en un grito ahogado mientras me sacudía la oleada de un orgasmo.

Enterré la cara entre los brazos y me los mordí para amortiguar los gritos.

La respiración de Rhys cambió, y un segundo más tarde se corrió con un rugido silencioso antes de sacármela.

No podíamos permitirnos el lujo del descanso poscoital, y los escalofríos del orgasmo todavía me sacudían mientras nos limpiábamos.

—¡Un minuto! —le grité a Mikaela.

Le lancé una mirada asesina a Rhys, que se había vestido en tiempo récord y parecía a punto de soltar una carcajada.

—No tiene gracia.

—Bonito juego de palabras —dijo con una sonrisa burlona.

Estoy llegando.

Me ruboricé mientras me recolocaba el pelo y la ropa. Me miré rápido al espejo y vi que seguía un poco despeinada, pero podía echar la culpa al hecho de que llevaba todo el día corriendo de un lado a otro del palacio.

—Casi echo de menos los días en que eras un capullo autoritario y sobreprotector.

—Entonces te alegrará saber que sigo siendo un capullo autoritario y sobreprotector. Y, princesa… —La voz de Rhys me detuvo antes de llegar a la puerta—. Se te olvida una cosa.

Me ardió la cara cuando me enseñó el vibrador.

—Te estás esforzando para meternos en un lío. —Le arrebaté el vibrador y lo envolví apresuradamente con un pañuelo de papel antes de meterlo en un cajón del escritorio. Ya me ocuparía de él más tarde.

—Es Mikaela. No se fija en nada que no tenga que ver con fiestas y cotilleos de la alta sociedad. Podrías ponerle un elefante delante y lo más probable es que no se diera cuenta. ¿Crees que lo habría hecho si hubiera sido Markus o Elin?

Vale, Mikaela no era la persona más perspicaz del planeta, pero Rhys estaba exagerando. En este caso, sin embargo, esperaba que tuviera razón.

Abrí la puerta y por fin dejé entrar a mi amiga, que parecía molesta.

—¿Por qué has tardado tanto? —refunfuñó—. He quedado con mi madre… —Se detuvo al ver a Rhys—. Ah, hola, Rhys. ¿Qué haces aquí?

Técnicamente él nunca estaba de guardia mientras yo estaba en el palacio, y me esforcé en pensar en una excusa creíble.

—Estábamos revisando el plan de seguridad —improvisé—. Para la boda de Nik. Hay alguna cosa, eh…, confidencial. Por eso he tardado tanto en abrir.

Nikolai y Sabrina seguían en California, pero se iban a casar en Athenberg y los preparativos estaban en plena marcha.

Mikaela frunció el ceño.

—¿Solo vosotros dos? Creía que de eso se encargaba la Guardia Real.

—Es el plan de seguridad personal —corregí rápidamente.

—Oh. —La confusión de Mikaela pareció despejarse—. ¿Sigue siendo un buen momento para reunirnos? Si no, puedo volver en otro momento.

—Ahora es perfecto —dije, aunque lo único que me apetecía era ducharme y echarme una siesta. Agradecí que no hiciera más preguntas sobre por qué había tardado tanto en abrir la puerta. Un poco de investigación y la excusa se me habría desmontado más rápido que un cochecito de juguete.

—Hasta luego, alteza. Lady Mikaela. —Rhys inclinó la cabeza y se fue, no sin antes hacerme un guiño.

Reprimí una sonrisa.

—Qué pena —dijo Mikaela, con los ojos fijos en su culo durante unos segundos más de lo que me habría gustado, antes de que la puerta se cerrara tras él.

—¿El qué? —Ordené distraídamente unos papeles sobre mi escritorio e intenté apartar de mi mente las imágenes de lo que estaba haciendo ahí mismo diez minutos antes.

—Que Rhys sea guardaespaldas. —Mikaela volvió la atención a mí y se dejó caer en la silla delante de mí—. Está buenísimo. No sé cómo convives con él todos los días sin que se te caiga la baba. Si no fuera plebeyo… —Se abanicó—. Iría directa a por él.

Me puse rígida, por varios motivos.

—Solo porque no tenga un título no significa que sea menos que cualquier noble.

Debería haberle seguido la corriente, porque lo último que quería era fomentar la atracción que sentía por Rhys, pero odiaba la insinuación de que los aristócratas eran mejores solo porque habían tenido la suerte de nacer en una familia con título.

Mikaela parpadeó, sorprendida por mi tono cortante.

—Por supuesto que no —dijo—. Pero ya conoces la dinámica social, Bridget. Liarse con un empleado es de muy mal gusto. Y yo soy la hija de un barón. —La última frase tuvo un extraño toque de amargura—. Mi posición social no es lo suficientemente alta como para sobrevivir a ese tipo de escándalo.

La aristocracia tenía una estricta jerarquía, y los barones y baronesas estaban en la parte inferior. Sospechaba que esa era una de las razones por las que Mikaela se esforzaba tanto en establecer contactos y en estar al tanto de los chismes de la sociedad, para superar la percepción de su estatus inferior, aunque su familia seguía siendo más rica que la media de la gente de Eldorra.

—Como digo, es una pena, pero al menos alegra a la vista. —Mikaela se animó de nuevo—. Tienes mucha suerte de tener un guardaespaldas atractivo. O no, ya que no puedes enrollarte con él.

Se rio, y me obligué a unirme a su risa.

—Por supuesto que no —dije—. Eso sería una locura.

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