Twisted Games

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Capítulo 30

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Rhys

Era adicto.

Yo, el hombre que se había pasado la vida evitando la mayor parte de las sustancias adictivas (las drogas, el tabaco, el alcohol, incluso el azúcar hasta cierto punto), había encontrado lo único a lo que no podía resistirme.

Fuerza, resiliencia y luz, envuelto en un metro setenta y cinco de piel cremosa y una fría compostura que escondía un corazón de fuego en el fondo.

Pero si ella era una adicción… Joder, no quería superarla nunca.

—¿Vas a pintarme como a una de tus chicas francesas? —se burló Bridget, estirando los brazos por encima de la cabeza.

Mi polla dio un salto de interés al verla tirada en el sofá, desnuda, aunque seamos sinceros, había muy pocas cosas que Bridget hiciera que no le interesaran a mi polla.

Tenía un día libre después de sus reuniones matutinas, lo cual era poco frecuente, y nos habíamos pasado toda la tarde en una habitación de hotel a las afueras de Athenberg. Si alguien preguntaba, Bridget se estaba tomando un día de spa, pero, en realidad, lo único que habíamos hecho era follar, comer y follar un poco más. Era lo más parecido a una cita que habíamos tenido nunca, o que podíamos tener.

—Cuidado con las risitas, princesa, si no quieres que te dibuje una verruga en el retrato —la amenacé.

Ella sonrió, y la visión me golpeó como un puñetazo en las tripas.

Nunca me cansaría de sus sonrisas. Sus sonrisas auténticas, no las que mostraba al público. Había visto a Bridget desnuda, con vestidos elegantes y en lencería, pero nunca estaba más guapa que cuando era ella misma, despojada de todos los artificios que el título la obligaba a llevar.

—No te atreverás. —Se dio la vuelta y se sostuvo la barbilla con las manos, que tenía apoyadas en el brazo del sofá—. Eres demasiado perfeccionista con el arte.

—Eso ya lo veremos. —Pero tenía razón. Era muy perfeccionista con el arte, y la obra en la que estaba trabajando tal vez era mi favorita hasta la fecha, aparte de la que le hice en Costa Rica, que había conseguido acabar con mi bloqueo artístico—. Mmm, veamos. Añadiré un tercer pezón aquí… Una verruga peluda por allá…

—¡Para! —Bridget se rio—. Si vas a ponerme verrugas, al menos ponlas en un lugar poco visible.

—Muy bien. En el ombligo entonces.

Esta vez, fui yo el que se rio cuando me lanzó una almohada.

—Años de mal humor, y de repente haces bromas.

—Siempre he hecho bromas. Solo que nunca en voz alta. —Le dibujé las sombras de la melena. Le caía por la espalda, siguiendo la elegante curva de su cuello y sus hombros. Esbozaba una pequeña sonrisa en los labios y le brillaban los ojos de picardía. Hice todo lo posible para que el dibujo a carboncillo fuera realista, aunque no era nada comparado con la realidad.

Nos sumimos en un cómodo silencio: yo dibujaba y Bridget me observaba con una expresión tranquila y somnolienta.

Estaba más relajado de lo que había estado en mucho tiempo, a pesar de que seguía en alerta por la posibilidad de que alguien husmeara en mi casa. Había mejorado el sistema de seguridad y añadido cámaras ocultas que podía controlar y vigilar directamente desde mi teléfono. Todavía no había ocurrido nada fuera de lo normal, así que había que esperar.

De momento, disfrutaría de uno de los raros momentos que Bridget y yo podíamos pasar juntos sin preocuparnos de que alguien nos pillara.

—¿Alguna vez le enseñas tus dibujos a alguien? —preguntó después de un rato. Estaba empezando a ponerse el sol y la luz dorada de la tarde la bañaba con un brillo de otro mundo.

—Te los enseño a ti.

—Además de a mí.

—No. —Ni siquiera Christian había visto mis dibujos, aunque sabía que existían. Lo mismo ocurría con mi antigua terapeuta.

Bridget levantó la cabeza, separando los labios con sorpresa.

—Así que soy…

—¿La primera persona a la que se los he enseñado? Sí. —Me concentré en terminar de dibujar, pero sentí el peso de su mirada en mi cara.

—Señor Larsen.

—¿Qué? —dije, consciente del toque sensual de su voz.

—Ven aquí.

—¿Me estás dando órdenes?

Bridget esbozó otra sonrisa.

—Puede ser. Tengo un problema y necesito tu ayuda.

Dejé el lápiz con un suspiro.

—No tienes ningún problema. Tú eres el problema.

Me acerqué al sofá y chilló cuando la levanté y la agarré contra mí. Presioné la polla contra su coño. Tan solo nos separaba la tela de mis calzoncillos.

—Ya estoy aquí. ¿Y ahora qué?

—Ahora… —Se levantó sobre las rodillas para poder bajarme los calzoncillos—. Ayúdame. Estoy un poco tensa.

Se me entrecortó el aliento cuando se sumergió en mi polla.

—Eres insaciable. —Para ser tan imponente en público, Bridget era una bomba en la cama. O en el salón, o en la ducha, o en la cocina.

Sonrió ampliamente.

—Te encanta.

Mi risa se transformó en un gemido cuando alcanzó un ritmo exquisito.

—Sí, princesa. Me encanta. —La observé, sintiendo casi tanto placer al ver la excitación de su rostro como al sentir su coño.

Media hora más tarde, cuando ambos ya estábamos saciados y sin aliento, nos quedamos tumbados en el sofá, abrazados. Esos eran mis momentos favoritos con Bridget: cuando teníamos un rato de paz para poder estar juntos. Pero había muy pocos de esos.

—¿Cómo te la hiciste? —Me pasó los dedos por la cicatriz de la ceja—. Nunca me has hablado de esta.

—Me di un golpe con una mesa. —Acaricié el brazo de Bridget distraídamente—. Mi madre entró en uno de sus ataques y me dio una bofetada. Me caí. Tuve suerte de no darme en el ojo, o te estarías tirando a un pirata.

Bridget no sonrió ante mi intento fallido de broma. En su lugar, volvió a acariciar la cicatriz antes de apretar los labios sobre ella en un suave beso, como había hecho con las cicatrices de mi espalda en Costa Rica.

Cerré los ojos, con un nudo en la garganta.

Había hablado más de mi madre con Bridget que con cualquier otra persona, incluida mi antigua terapeuta. Ya no era tan difícil, pero Bridget tenía una manera de hacer que hasta las cosas más difíciles para mí fueran fáciles.

Relajarse. Hablar. Reír. Cosas simples que me hacían sentir casi humano de nuevo.

—¿Alguna vez has pensado en buscar a tu padre? —preguntó—. Para poner punto y final a todo.

—¿Que si he pensado en ello? Sí. ¿Que si lo he hecho? No. —Si quisiera, podría localizar a mi padre en cuanto quisiera. Christian me había dicho más de una vez que le bastaría con pulsar un par de veces un botón para sonsacarme esa información, pero no me interesaba—. No tengo ningún interés en conocerle. Si lo hiciera, probablemente me arrestarían por asesinato.

Mi padre era un mierda y, al menos para mí, no existía. Cualquier hombre que dejara a una mujer en la estacada de esa manera no merecía reconocimiento.

A pesar de que ansiaba tener una familia, prefería acumular ira contra él antes que gastar energía en buscarle.

—Es muy fuerte hasta qué punto nuestros padres moldean nuestras vidas —dijo Bridget—. Con sus decisiones, sus recuerdos, sus legados.

Se le ensombreció la mirada y supe que estaba pensando en sus propios padres. Su madre falleció al dar a luz, y su padre murió pocos años después, y ella tuvo que pasar el luto muy pequeña, con millones de ojos observándola.

Recordé haber visto una foto de ella caminando detrás del ataúd de su padre cuando era niña, con la cara contraída en un evidente intento de contener las lágrimas, y pensé que aunque mi situación en casa era una mierda, al menos podría llorar en el funeral de mis padres.

—Creo que parte de la razón por la que me da tanto miedo ser reina es que temo no estar a la altura del legado de mi madre. De decepcionarla de alguna manera. —Bridget miró al techo, pensativa—. Nunca la conocí, pero leí y vi todas las entrevistas que cayeron en mis manos. Los vídeos caseros, las anécdotas que contaban los empleados y mi familia… Era la princesa, la hija y la madre perfecta. Habría sido una gran reina. Mejor que yo. Pero la maté. —Su voz se entrecortó y, de alguna manera, supe que era la primera vez que pronunciaba esas palabras.

Un profundo dolor me atravesó el corazón y se agudizó cuando vi las lágrimas no derramadas en sus ojos.

Me incorporé y le agarré la cara con las manos.

—Bridget, tú no mataste a tu madre —le dije con firmeza—. ¿Lo entiendes? Eras un bebé. No tienes la culpa solo por haber nacido.

—No me planearon. —Una lágrima le resbaló por la mejilla—. Fui un embarazo accidental. Si no fuera por mí, seguiría viva y sería reina, y todo sería mejor para todos.

Joder. Algo se me partió dentro del pecho con tanta fuerza como para alarmarme si no hubiera estado ya tan destrozado por Bridget. Había muy pocas cosas en el mundo que no podía soportar, pero ver llorar a Bridget era una de ellas.

—No para mí —dije—. Ni para tus amigas, ni para tu familia, ni para ninguna de las personas cuyas vidas has cambiado. Tu madre tomó la decisión de tenerte y nadie te culpa de lo que le ocurrió. Fue una complicación médica que podría haberle ocurrido a cualquiera. No tuvo nada que ver contigo.

—Lo sé. —Se le quebró la voz.

La abracé con más fuerza, desesperado por que lo entendiera. No sabía por qué era tan importante. Solo sabía que lo era.

—¿Recuerdas lo que me dijiste durante la gira? Siempre acabamos donde nos lleva el destino, y tú estabas destinada a estar aquí. —Conmigo.

Bridget dejó escapar un sollozo mezclado con una carcajada.

—Señor Larsen, creo que esa es la mayor cantidad de palabras seguidas que me has dicho nunca.

—Estoy seguro de que no es verdad. Pero si lo es, quiero una medalla real.

Se volvió a reír y se limpió la cara.

—Lo siento. No suelo derrumbarme así. No sé qué me ha pasado.

—No hace falta que te disculpes. —Le sequé una lágrima con el pulgar—. Solo dime que lo entiendes.

—Sí —susurró—. Creo que lo entiendo.

Le di un beso en la cabeza, con el corazón en un puño todavía. Ojalá pudiera verse como yo la veía.

Preciosa, inteligente, fuerte. Perfecta en todos los sentidos.

Cuando salimos de la suite, el sol ya se había ocultado por detrás del horizonte y Bridget había recuperado la compostura, aunque en sus ojos aún quedaba un atisbo de vulnerabilidad.

Caminamos en silencio hacia el ascensor, de vuelta a nuestros roles de princesa y guardaespaldas. Pero cuando doblamos la esquina, me detuve tan repentinamente que casi me choco con ella.

Se me encendieron todas las alertas al examinar posibles amenazas a nuestro alrededor.

No había armas. Ni paparazzi.

Pero lo que vi fue casi peor.

—Bridget. —Steffan abrió los ojos de par en par con una mezcla de sorpresa y alarma—. ¿Qué haces aquí?

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