Twisted Games

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Capítulo 31

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Bridget

—Steffan. —El corazón me dio un vuelco de pánico, aunque no estaba haciendo nada malo. Por lo menos, no en ese preciso momento—. No sabía que habías vuelto a la ciudad.

—Eh…, s-sí —tartamudeó, extrañamente nervioso—. Fue una decisión de último minuto. No tenía que volver hasta la semana que viene, pero me surgió algo urgente en la ciudad y tuve que volver inmediatamente. Te iba a llamar mañana después de solucionarlo todo. —Volvió los ojos a su izquierda y me di cuenta de que no estaba solo.

Una mujer bajita y morena con el pelo rizado estaba a su lado, con la cara roja y los brazos cruzados.

—Alteza. —Hizo una pequeña reverencia y en sus labios se dibujó una pequeña sonrisa forzada.

—Esta es Malin. —La incomodidad de Steffan aumentó visiblemente—. Me ha traído de vuelta a la ciudad.

—No sabía que los futuros duques necesitaran hacer autostop. —Una cuchilla de sospecha afiló el tono cortante de Rhys.

El Rhys juguetón y amable de la tarde había desaparecido, y en su lugar había vuelto el guardaespaldas estoico y sereno que tan bien conocía.

—Ella tenía que volver a la ciudad igualmente, así que tenía sentido. —Steffan pasó la mirada de mí a Rhys.

Algo no me cuadraba. Si tenía una urgencia en la ciudad, ¿qué hacía en un hotel a las afueras de Athenberg a esas horas de la noche?

Por otra parte, yo no era quién para cuestionar qué hacía allí.

Los cuatro estábamos en el pasillo, mirándonos con recelo unos a otros. A lo lejos sonaba el ascensor y el aire acondicionado zumbaba con ansiedad. La tensión podía cortarse con una uña.

—El hotel no está en la ciudad —dijo Rhys. No se había movido ni un centímetro desde que nos habíamos encontrado con Steffan y Malin.

Malin miraba al suelo mientras Steffan se pasaba una mano por el pelo.

—Tenía una reunión para cenar en el restaurante. Y Malin tuvo, eh…, la amabilidad de esperar mientras yo terminaba. ¿Qué haces tú aquí?

La última parte estaba dirigida a mí, y me di cuenta de que no le había contestado la primera vez que me preguntó.

—Me he tomado un día de spa. Ya nos íbamos.

Evité mirar a Rhys, temiendo que el gesto delatara de algún modo lo que realmente habíamos estado haciendo toda la tarde.

¿Qué significa girar la cabeza en Eldorra? Ah, solo que me he follado a mi guardaespaldas en una docena de posiciones diferentes durante seis horas.

—Por supuesto. No quería entretenerte. —Steffan se hizo a un lado para que yo pudiera pasar, pero antes Malin dijo algo.

—Steffan, ¿no había algo que querías preguntarle a su alteza? —preguntó a Steffan, que afinó los labios mientras la miraba fijamente. Compartieron un mensaje en clave antes de que él se volviera hacia mí.

—No quería hacerlo así —dijo con tono de disculpa—. Pero ya que estamos aquí, te tenía que preguntar algo. Por favor, perdóname por el atrevimiento, pero ¿te gustaría ser mi pareja en la boda del príncipe Nikolai?

Rhys se movió por primera vez, acercó su cuerpo al mío y deslizó la mano por la pistola que llevaba en la cintura.

—Pues… —De todas las cosas que esperaba que Steffan me preguntara, esa no era una de ellas. Nos habíamos mandado algunos mensajes amables después de la cita en el Real Jardín Botánico, pero llevábamos semanas sin hablar y, para ser sincera, no me había vuelto a acordar de él hasta ahora.

También sospechaba que él y Malin tenían una relación más complicada de lo que decía, quizás incluso romántica. Estaba claro que no quería invitarme a salir, y ella miraba al suelo con el ceño fruncido.

Pero si estaban juntos, ¿por qué le presionaba para que tuviera una cita conmigo?

—Te lo iba a preguntar mañana por teléfono —añadió Steffan. Sonrió y volví a vislumbrar al antiguo Steffan, simpático y relajado—. Como íbamos a quedar cuando volviera y como se acerca la boda, he pensado que te gustaría que fuéramos juntos. A menos que ya tengas pareja…

La boda de Nikolai y Sabrina era dentro de un mes, y ese fin de semana iban a volver para terminar de preparar los últimos detalles. Yo era dama de honor junto con la hermana y la mejor amiga de Sabrina, que venían de Estados Unidos.

—No tengo. —Todos esperaban que ya la tuviera, pero ni siquiera lo había pensado. Había estado demasiado inmersa en el programa de Cartas Ciudadanas, en las clases y en Rhys. Me debatí, antes de responder por fin:

—Me encantaría que fueras mi pareja. Gracias por preguntar.

Rhys se puso más rígido a mi lado.

—Excelente. —Steffan carraspeó—. Pues luego cerramos los detalles, si te parece. Tengo muchas ganas.

—Yo también.

—Haréis una pareja estupenda. —Había algo en la voz de Malin. ¿Tal vez un atisbo de advertencia? O bien hostilidad mezclada con tristeza. No fui capaz de identificarlo, pero fuera lo que fuera, hizo que Steffan se estremeciera.

—Gracias. —Me costó mucho no darle entonación de pregunta. ¿Por qué había dicho eso?

Hubo otro silencio incómodo antes de que me excusara y dejara a Steffan y Malin en medio del pasillo, mirándose el uno al otro.

Rhys esperó hasta que entramos en el ascensor para decir:

—Estos follan.

Se me había pasado el mismo pensamiento por la cabeza, pero no tenía sentido.

—No lo sabes seguro.

—Créeme, sé cuándo la gente folla, y estos dos lo hacen.

Salimos del ascensor y entramos al vestíbulo.

—Si eso es verdad, ¿para qué le anima a que me pida salir?

—No lo sé. A lo mejor les va el rollo de grupo. —Rhys no me miró.

Estaba enfadado. No me lo dijo, pero yo lo notaba, y no era difícil adivinar por qué.

—Tenía que aceptar la propuesta —dije cuando nos metimos en el coche—. Todo el mundo espera que lleve pareja a la boda de Nik.

Edvard y Elin no se habían olvidado de mi búsqueda de marido y sacaban el tema a la primera de cambio, pero no había mucho más que pudieran hacer mientras Steffan estuviera de viaje. Ahora que había vuelto…

Más complicaciones. Menos tiempo con Rhys.

Se me encogió el estómago de frustración.

—Ya veo —dijo Rhys en tono neutro, pero no había nada neutral en el peligro que emanaba de él como el calor del asfalto al sol.

Odiaba no poder llevar a Rhys como pareja, y que tuviéramos que escondernos y escabullirnos constantemente, cuando lo único que nos separaba eran nuestros nacimientos. Estábamos en el siglo XXI, pero parecía el XVII.

Sentí una punzada de frustración dentro de mí.

¿Cómo habíamos pasado tan rápido de una maravillosa tarde de ensueño a esto?

—Siguen esperando que te cases pronto. —Rhys giró a la derecha, con las manos tan aferradas al volante que tenía los nudillos blancos.

—Sí —dije en voz baja.

Las últimas semanas habían sido nuestra particular versión de una luna de miel, una en la que podíamos estar juntos sin necesidad de preocuparnos por la tempestad que se avecinaba. Pero la tempestad ya estaba ahí, a punto de destrozar todo lo que habíamos sembrado.

Yo era la princesa heredera al trono, y él, mi guardaespaldas.

Por mucho que nos pareciera una eternidad, al final tendríamos que separarnos… A menos que hiciera algo drástico.

Algo que nunca nadie había hecho antes.

Algo como derogar la Ley de Matrimonios Reales.

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