Twisted Games

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Capítulo 32

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Bridget

Problema: no podía derogar la ley yo sola. Necesitaba apoyos, y mis opciones eran limitadas. No quería decírselo a Rhys hasta trazar un plan más concreto, y, desde luego, no se lo iba a decir a mi familia ni a ninguno de los responsables de palacio. Mis amigas de Washington estaban demasiado lejos y alejadas de la política de Eldorra como para poder ayudarme.

Solo había alguien en quien podía confiar.

—¿Que quieres qué? —Mikaela me miró con la boca abierta como si tuviera dos cabezas—. Bridget, la Ley de Matrimonios Reales es tan antigua como el propio país. Es imposible derogarla, especialmente con todos esos dinosaurios en el Parlamento.

—No es imposible, solo improbable —corregí—. Hay una diferencia. Y las cosas improbables se pueden volver probables con la estrategia correcta.

—Vale. ¿Cuál es la estrategia?

—No la sé todavía.

Refunfuñó.

—Bridget, es una locura. ¿Cómo vas a meterte en el lío de anular la ley? Pensaba que te iba bien con Steffan. A ver, ha estado de viaje un tiempo, pero ya ha vuelto y está más guapo que nunca. Y además es tu pareja en la boda de Nikolai. —Le dio un sorbo al té y se sentó en la mesa—. ¿O hay algo que no sepa?

Me mordí el labio. ¿Debía soltar prenda con lo de Rhys? Confiaba en Mikaela, pero no tanto en su reacción a la noticia, teniendo en cuenta lo que dijo en mi despacho respecto a salir con los empleados.

—La ley es arcaica —dije—. No es solo para mí. Es para todos los reyes y reinas que vengan después. Si no fuera por la ley, Nikolai podría seguir siendo príncipe heredero y casarse con Sabrina.

—Vale, pero las leyes no se pueden derogar a menos que el presidente del Parlamento lleve la moción al pleno y tres cuartas partes del Parlamento voten a favor —señaló Mikaela—. ¿Cuándo fue la última vez que derogaron una ley?

Quince años antes, cuando derogaron una ley que prohibía los límites de velocidad superiores a los ochenta kilómetros por hora en todo el país.

Las probabilidades no estaban a mi favor.

—Ya me las apañaré. —Erhall sería difícil, pero encontraría la forma de persuadirlo—. ¿Me ayudarás?

—Estás loca. Y esto es una locura.

Pero a pesar de las quejas, Mikaela aceptó a regañadientes, y la semana siguiente auné toda mi energía para trazar un plan factible. Analicé todas las leyes derogadas de la historia de Eldorra (no eran muchas), estudié los diferentes ministros del Parlamento y los clasifiqué en función de la probabilidad que había de que apoyaran la moción. Todavía no se me había ocurrido una estrategia para Erhall, así que le dejé para el final.

Sin embargo, no fue hasta mi siguiente reunión con Elin cuando se me ocurrió algo. Era algo tan simple que me sentí como una idiota por no haberlo pensado antes.

—Su majestad está encantado de que vaya a la boda del príncipe Nikolai con Steffan —dijo Elin con un movimiento de cabeza—. La cobertura mediática ha sido muy positiva, así como la gira de buena voluntad y la boda, pero queremos mantener ese impulso. Además, queremos asegurarnos de que todo esté en su sitio para cuando lleve la corona. No hay nada que refleje más estabilidad que un buen matrimonio con un consorte bueno y sólido, y sabe Dios que necesitamos algo de estabilidad después de la abdicación.

—No veo cómo el matrimonio afecta a la capacidad de gobernar —dije soltando un bostezo. Anoche me había quedado hasta tarde investigando, y hoy estaba pagando el precio.

—Afecta a la opinión pública, alteza —dijo Elin en un tono que sugería que yo ya debería saberlo—. Nadie es inmune a la opinión pública. Ni siquiera la familia real.

Me quedé helada.

—¿Qué acabas de decir?

Levantó una ceja interrogativa.

—Nadie es inmune a la opinión pública, ni siquiera la familia real.

Se me encendió una bombilla en la cabeza, y por poco salto de la silla de la emoción.

—Elin, eres un genio —dije—. Un genio total. Te mereces un ascenso ahora mismo.

—Excelente. Por favor, comuníqueselo a su majestad la próxima vez que hable con él. —Miró el reloj—. Eso es todo por hoy, a menos que…

—No. —Yo ya estaba de camino a la puerta—. Ha sido una reunión estupenda. Hasta la semana que viene.

Prácticamente salí corriendo al pasillo.

—¡Alteza, por favor, recuerde que las princesas no corren! —me gritó Elin.

La ignoré. Las ideas me brotaban a tal velocidad que no podía abarcarlas. Algunas eran más perversas que otras, pero alguna tendría que funcionar. Seguro.

En otoño habría elecciones parlamentarias, y mi popularidad seguía por las nubes gracias a la gira de buena voluntad. Si podía hacer que el público apoyara la derogación…

Me choqué contra un muro de ladrillo.

—¡Eh! ¿Adónde vas con tanta prisa? —La voz de Rhys, divertida, calló todo el ruido de mi cerebro. Me agarró de los brazos y me estabilizó.

El corazón me dio un vuelco al verle y sonreí.

—¿Qué haces aquí?

No teníamos ninguna reunión programada, pero, de cualquier forma, los horarios estaban sobrevalorados.

—Se me ha ocurrido venir a explorar. A ver si pasaba algo interesante o si alguna princesa necesitaba protección. —En sus labios se dibujó una sonrisa burlona.

—Mmm. —Puse cara de reflexión—. No sé si protección, pero se me ocurren un par de cosas que podrían interesarte.

No había nadie más en el pasillo, pero aun así hablábamos en voz baja. Con intimidad.

El calor fundió la plata de los ojos de Rhys.

—¿Ah, sí? ¿Como qué?

—Como un tour por el salón del trono. —Caminé hacia atrás despacio hasta llegar a la puerta principal de la sala ceremonial, y echamos un vistazo a ambos lados antes de entrar.

Iba a pensar en formas de conseguir que el público apoyara la derogación, pero eso podía esperar. No había visto a Rhys en todo el día.

—Así que esto es un salón del trono. —Rhys miró alrededor del lujoso espacio. Tenía unos enormes candelabros de cristal, gruesas alfombras, revestimientos de pared de color carmesí y adornos dorados. Era la sala más recargada del palacio, pero solo la utilizábamos para la ceremonia ocasional de nombramiento de caballeros o para algún acto social. Nadie entraba allí si no era necesario—. Es exactamente como siempre me imaginé que sería un salón del trono.

—No hagas como si no hubieras estudiado ya cada centímetro de cada sala del palacio.

Rhys me sonrió despacio y me dio un vuelco el estómago.

—Crees que me conoces muy bien.

—Porque te conozco muy bien.

—Mmm. —Se acercó a mí hasta que apenas nos separaban unos pocos centímetros—. ¿Y entonces sabes lo que voy a hacer ahora?

Contuve el aliento.

—¿Qué?

Se inclinó y susurró:

—Voy a sentarte en ese trono tan bonito y te voy a comer el coño hasta que me supliques que pare.

Ahogué una risa mientras me levantaba y me colocaba sobre su hombro como un saco de patatas.

—¡No puedes! Nadie se sienta en el trono, excepto el rey.

Rhys me depositó en la silla dorada de terciopelo.

—Algún día será tuyo. Así te vas acostumbrando —dijo—. ¿Qué se siente?

—Pues… —Miré a mi alrededor. La sala parecía distinta desde ese lugar. Más grande, más intimidante—. Es raro. Y da miedo. Pero… no tanto como creía.

En mi mente, el trono era tan grande que nunca podría ocuparlo entero, pero ahora que estaba sentada encima, parecía manejable.

—Porque ya estás lista —dijo Rhys como si no hubiera duda—. Eres una puta reina, no dejes que nadie te diga lo contrario. Ni siquiera tú misma.

Abrí la boca mientras el corazón se me derretía hasta formar un charco.

—Si alguna vez dejas lo de guardaespaldas, podrías ganarte la vida como coach motivacional.

Se rio.

—No es motivación, solo la verdad. El trono te queda bien. Y ahora… —Se arrodilló delante de mí y me separó los muslos—. ¿Cómo puedo servirla, alteza?

El calor me consumió mientras me bajaba las bragas.

—Rhys —susurré, con el pulso acelerado con una mezcla de lujuria y ansiedad—. Nos van a pillar.

Las probabilidades eran bajas, pero no cero.

Su sonrisa perversa hizo que se me estremecieran los dedos de los pies.

—Entonces mejor hacer que valga la pena, ¿no, princesa?

No tuve opción de responder antes de que me pusiera las piernas encima de sus hombros, sumergiera la cabeza entre mis muslos y todas mis protestas se pulverizaran en el aire.

Rhys me empezó a devorar como un hombre hambriento perdido en el desierto, lamiéndome el clítoris y metiéndome la lengua hasta que se me nublaron los sentidos. Yo me retorcía y gemía, deslizándome hacia el borde del trono hasta que las piernas en sus hombros y su forma de agarrarme de las caderas fueron lo único que evitó que me derrumbara.

Demasiado. No suficiente. En todas partes. Más.

No podía pensar con claridad.

Mis gemidos retumbaban por toda la sala, rebotaban en los tapices y en los retratos de antiguos reyes y reinas, que me arrojaban miradas reprobatorias mientras mi guardaespaldas me follaba con la lengua en el trono hasta quitarme el sentido.

Me chupó el clítoris con fuerza y solté un grito, obnubilada por el placer. Intenté apartarlo, pero me agarraba de las caderas con las manos como cadenas de acero, obligándome a quedarme quieta hasta que mi cuerpo empezó a convulsionar y me corrí.

Antes de que pudiera recomponerme, ya estaba encima y dentro de mí, con el cuerpo ocultándome de la vista de cualquiera que pudiera entrar, y la polla penetrándome con tanta fuerza como para que el trono retrocediera un poco con cada embestida.

Esto está fatal.

No estaba bien, pero no me importaba nada mientras Rhys me agarraba por los tobillos y me volvía a poner las piernas en los hombros, doblándome casi por la mitad.

—Así es como se trata a una reina —dijo, con los ojos oscuros y voraces mirando alternativamente mi cara y el punto donde su polla entraba y salía fuera de mí—. ¿No crees?

—Mmmfggfg. —Gemí algo ininteligible porque no era capaz de hablar. Ni de pensar.

Era pura sensación, fuego por dentro y por fuera, y el último pensamiento coherente que tuve antes de que otro volcán entrara en erupción y me arrastrara con él fue: a veces no está tan mal ser reina.

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