Twisted Games

Twisted Games


Capítulo 33

Página 39 de 60

33

Rhys

Nuestro encuentro en el salón del trono fue el último rato de tiempo a solas que Bridget y yo tuvimos antes de que llegaran su hermano y su futura cuñada, y la absorbieran en una vorágine de compromisos previos a la boda. Las bodas normales ya me parecían aburridas, pero las bodas reales eran otro cantar.

La parte buena era que Bridget tampoco tenía tiempo de quedar con Steffan. El idiota había vuelto a la ciudad, y de solo pensar en verlos saliendo otra vez me hervía la sangre.

He perdido la cabeza.

Joder, había perdido el juicio entero. Nunca había pasado de la tercera cita con ninguna mujer. Nadie me había interesado lo suficiente. Y ahora estaba pensando en matar por una.

Bridget me había jodido pero bien.

—Contrólate —murmuré, dejando caer un frasco de salsa de tomate en la encimera—. Solo es un día.

Excepto que no solo era un día, porque llegaría un momento en el que tendría que casarse con alguien noble. Alguien de sangre azul. Alguien que no era yo.

Sentí como me atravesaban la furia y el dolor, y me obligué a concentrarme en la tarea que tenía entre manos antes de entrar en bucle. No terminaría bien ni para mí ni para mi cocina.

Acababa de encender el fuego cuando alguien llamó a la puerta. Bridget estaba en no sé qué cosa de la preboda con el resto de las damas de honor, así que no podía ser ella. ¿Quién más me iba a visitar a estas horas de la noche?

Volví a apagar el fuego y comprobé la cámara de seguridad.

Tiene que ser una broma.

Salí de la cocina, atravesé el salón y abrí la puerta principal.

—¿Qué mierdas haces aquí?

Andreas levantó las cejas.

—Me voy a empezar a ofender con los malos modos con los que Bridget y tú me saludáis siempre. Quizás ella pueda salirse con la suya, pero yo soy un príncipe y tú no. —En su voz noté un atisbo de algo extraño, pero desapareció tan rápido que supuse que me lo había imaginado.

—Si te presentas en mi puerta sin avisar, te saludaré como me dé la gana. —Mi sonrisa contenía más amenaza que humor—. Tienes suerte de que no te salude con el cañón de la pistola.

Andreas soltó un cacareo de decepción.

—Y pensar que vengo a ayudarte.

—Lo dudo mucho.

—Al contrario de lo que te haya dicho Bridget, no soy un mal tipo. Solo quiero lo mejor para mi familia y mi país. —Se recolocó los puños de la camisa—. Por ejemplo, me parece bastante admirable que Nikolai abdicara por amor. Al fin y al cabo, es él quien tiene que vivir su propia vida, y ha elegido la felicidad. Me alegro por él.

Me invadió la impaciencia.

—¿Vas a llegar a alguna parte, o es que te gusta escuchar tu propia voz?

—Me gusta escuchar mi voz —dijo Andreas—. A menudo es porque digo la verdad. Pero la boda de Nikolai me ha hecho preguntarme… ¿qué escogería Bridget si tuviera la oportunidad? ¿Su corazón o el país?

Apreté el pomo de la puerta. Estaba a esto de estampársela en la cara, me daba igual que fuera un príncipe.

—No va a abdicar. No sé qué estás tramando, pero no va a funcionar.

—Puede que tengas razón, y en ese caso me da pena mi prima. Atrapada en un matrimonio de conveniencia para el resto de su vida. —Andreas puso cara de compasión, pero no me engañó—. Es una romántica, aunque intente ocultarlo. Le encanta el amor verdadero y todo eso. Por desgracia, al heredero al trono no siempre le tocan esas cartas. —Hizo una pausa—. Una vez más, Steffan Holstein puede ser la excepción. Hacen una bonita pareja, ¿no te parece?

Me tembló un músculo en la mandíbula.

—Como digo, yo miro por mi familia y mi país. —Andreas parpadeó—. Quiero que todos sean felices, y así como Steffan parece el consorte perfecto, Bridget sería mucho más feliz si abdicara.

—Para que tú puedas ser rey —dije en tono monocorde.

Se encogió de hombros.

—De cualquier forma, ella nunca ha querido ser reina. ¿Por qué no pasarme el trono a mí?

—A ver, esto parece más bien un problema personal. Tuyo —dije con frialdad—. No entiendo para qué me lo cuentas.

La sonrisa de Andreas me hizo ponerme en guardia.

—¿Un empleado externo que se muda a otro país para ser el guardaespaldas permanente de la princesa? Creo que sí lo sabes. —Se dio la vuelta, pero antes de irse, añadió—: Gracias por tu tiempo, señor Larsen. Ha sido una conversación muy reveladora.

Bridget tenía razón. Era un mierdecilla satánico, por no mencionar que también era peligroso. Si no sabía lo que había entre Bridget y yo, al menos sospechaba que yo sentía algo por ella.

Cerré de un portazo.

¿Era Andreas el que había estado fisgando en la casa de huéspedes? No se me ocurría ninguna buena razón para que lo hubiera hecho, a menos que esperara encontrar algo que pudiera incriminar a Bridget, en cuyo caso no tendría suerte.

¿Cuál era la condena por partirle la cara a un príncipe? Fuera la que fuera, quizás valía la pena.

Sonó el teléfono y contesté sin mirar el identificador de llamadas.

—¿Qué? —ladré. Debía de ser Christian otra vez, que llamaba para ponerme de peor humor.

—¿Te he pillado en mal momento? —El tono divertido de Bridget sonó al otro lado de la línea.

Relajé los músculos y dejé escapar un suspiro.

—Pensaba que eras otra persona, princesa. —Me apoyé en la pared—. ¿No se suponía que estabas en lo de las damas de honor?

—Sí. Pero me he escapado al baño. No puedo hablar mucho, pero la boda es mañana y… —Bridget bajó la voz—. Te echo de menos.

Nos veíamos todos los días, pero sabía lo que quería decir. Echaba de menos los momentos a solas.

—Yo también te echo de menos, princesa. —Esta vez sonreí de verdad—. ¿Hay alguna posibilidad de que te convenza de que te escapes por la ventana del baño para que podamos terminar la noche por todo lo alto? Por así decirlo.

Se le escapó una carcajada que se convirtió en un ronquido, y que enseguida cortó con una tos.

Yo también solté una carcajada.

—¿Eso era un ronquido?

—No.

—No es muy propio de una princesa.

—No era un ronquido. —Prácticamente le podía ver la cara sonrojada al otro lado de la línea. Era adorable, joder.

—De todos modos, no puedo escaparme por la ventana. Estamos en el tercer piso.

—El tercer piso no es tan alto.

Bridget resopló.

—Para ti es fácil decirlo. Tú no eres el que está en peligro de muerte.

—Créeme, princesa. Preferiría la muerte antes que hacer algo que pudiera hacerte daño.

No había planeado esas palabras. Simplemente me salieron, como si llevaran ahí todo el tiempo y hubieran estado esperando el momento exacto para manifestarse.

Lo más curioso era que no me molestó ni me avergonzó, aunque la frase se parecía demasiado a una confesión como para sentirme cómodo. Pero me hizo sentir bien.

Todo con Bridget me hacía sentir bien.

—Lo sé —dijo ella, con una voz tan suave y cariñosa que parecía que estaba a mi lado, acariciándome—. Confío en ti.

Un silencio cargado se extendió sobre la línea, lleno de palabras no pronunciadas que esperaban su momento, y se me encogió el corazón como si quisiera advertirme de que no la cagara.

—Hemos recorrido un largo camino, ¿verdad? —dije, rompiendo por fin la tensión antes de hacer (o decir) algo de lo que me arrepintiera. Algo que ninguno de los dos estaba dispuesto a reconocer.

—De pelear como el perro y el gato a follar como…

—Rhys.

—¿Qué? ¿Me dejas comerte en el trono, pero no puedo decir la palabra «follar»?

—Eres imposible. —La diversión suavizó su tono severo—. Te… —Oí un golpe de fondo, seguido de voces lejanas. Bridget debía de haber tapado el teléfono con la mano—. Lo siento, era Sabrina —dijo con la voz más clara—. Tengo que irme, pero te veré mañana. —Suavizó la voz aún más—. Buenas noches, señor Larsen.

—Buenas noches, princesa.

Esperé a que colgara antes de hacerlo yo.

Me quedé allí durante un largo rato, con la mente llena de imágenes de cierta rubia, mientras contemplaba mi casa real de Eldorra y me preguntaba cómo demonios había acabado ahí.

Ir a la siguiente página

Report Page