Twisted Games

Twisted Games


Capítulo 34

Página 40 de 60

34

Bridget

—¿Va todo bien? —preguntó Sabrina cuando salí del baño. Había llamado para saber cómo estaba, porque llevaba media hora y no me había dado cuenta.

—Sí. Es que tenía que ocuparme de unos preparativos de última hora para un evento de la semana que viene —dije avergonzada por la facilidad con que la mentira se me escapó de la lengua—. Disculpa.

—No hace falta que te disculpes. —Sabrina señaló a su hermana y a su mejor amiga, que se habían desplomado en el sofá mientras se proyectaba El diablo viste de Prada en la pantalla—. Al menos estás despierta.

Se me escapó una pequeña risa.

Deberíamos irnos a la cama pronto. Mañana es el gran día.

—Puede que tengas razón. No puedo creer que ya haya llegado. —Sabrina jugueteaba con su anillo de compromiso, parecía abrumada y un poco perdida—. Me parece surrealista. Quería una boda pequeña, pero…

—Te han organizado la parafernalia completa, ¿no? —Me hundí en el sofá junto a ella—. Bienvenida a la vida real. Aunque Nik haya abdicado, sigue siendo un miembro de la realeza por sangre, y todo lo que hace es un reflejo de la corona.

—Ya. Solo espero no quedar en ridículo. —Sabrina me dedicó una sonrisa nerviosa antes de ponerse más seria—. Bridget, sé que no nos conocemos mucho, pero quería agradecerte que hayas aceptado formar parte de mi fiesta nupcial. De verdad. Significa mucho para mí.

—Pues claro. Vas a ser mi cuñada.

Cuando Nikolai me habló por primera vez de su abdicación, estuve un tiempo resentida con ella. No era algo de lo que estuviera orgullosa, pero era cierto. Si no hubiera conocido a Sabrina, él seguiría siendo el príncipe heredero al trono, y yo estaría viviendo mi vida en Nueva York.

Pero mientras la miraba ahora, me di cuenta de que no volvería a mi vida en Estados Unidos aunque pudiera. Había sido una ilusión de libertad, nada más. Había estado atrapada en la misma monotonía diaria de sonrisas falsas y eventos soporíferos. Ser la princesa heredera de la corona conllevaba más reglas y una jaula más pequeña, pero también un propósito mayor, y eso era lo único que siempre le había faltado a mi vida.

De alguna manera, en algún punto del camino, me había adaptado a mi nuevo rol. Pasaría un tiempo antes de poder sentirme totalmente cómoda, pero lo estaba consiguiendo.

—Sí. Espero ser una buena cuñada. —Sabrina me apretó la mano—. Amo a Nikolai, y mentiría si dijera que no estoy feliz de que haya abdicado. Pero también sé la enorme carga que supuso para ti y, por eso, lo siento.

—No te disculpes. No hiciste nada malo, solo te enamoraste.

Ya lo sabía. Siempre lo había sabido. Pero no fue hasta que lo pronuncié en voz alta en ese momento que se desvaneció cualquier resentimiento persistente que tuviera hacia Nikolai y Sabrina.

No era culpa de ellos. No tomaron la decisión equivocada. Si Nikolai hubiera elegido el trono en lugar de a Sabrina, habría sido devastador para él, pero habría sido comprensible. Si hubiera elegido a Sabrina, como finalmente hizo, también habría sido comprensible. El amor o el país. Una elección imposible cuando llevas sobre los hombros el futuro de una nación.

El único culpable era el sistema que le obligaba a elegir.

—Mi hermano te adora —añadí. Nikolai y yo no éramos superamigos, pero le conocía lo suficiente como para notar la diferencia. Era una persona diferente cuando estaba con Sabrina, una persona más feliz, y yo nunca le habría podido negar eso.

A Sabrina se le iluminó la cara, borrando parte del estrés anterior.

—A veces me sigue pareciendo un sueño —admitió—. Conocer a alguien que me ve tal y como soy, con todos mis defectos, y que me quiere a pesar de todo. —Me volvió a apretar la mano, con una gran madurez en la mirada para tener veinticinco años—. Espero que tú también encuentres ese tipo de amor algún día. Ya sea en Steffan o en otra persona.

«Créeme, princesa. Preferiría la muerte antes que hacer algo que pudiera hacerte daño».

Forcé una sonrisa.

—Algún día.

Pero más tarde, esa misma noche, mientras miraba el techo y pensaba en Rhys, Steffan y en mi plan de dudosa eficacia de derogar la Ley de Matrimonios Reales, no pude evitar preguntarme si solo habría espacio para un final feliz en este reino…, y si no era ya demasiado tarde para que fuera el mío.

Ir a la siguiente página

Report Page