Twisted Games
Capítulo 35
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Rhys
Como era de esperar, la boda del príncipe Nikolai y Sabrina fue un despropósito. La mitad de las carreteras de la ciudad estaban cortadas, los helicópteros sobrevolaban por todas partes para captar imágenes aéreas del desfile, y miles de personas se agolpaban en las calles, ansiosas por ver el cuento de hadas hacerse realidad. Llegaron periodistas de todo el mundo para cubrir sin descanso cada detalle, desde la longitud de la cola del vestido de novia de Sabrina hasta la lista de invitados, repleta de estrellas. Solo permitieron entrar en la ceremonia real a los reporteros del periódico de Eldorra y a los de la emisora nacional, que habían recibido derechos exclusivos de cobertura, pero eso no impidió que los demás se pelearan por la mejor posición a las puertas de la iglesia.
Bridget se pasó el día haciendo lo que hicieran las damas de honor. Mientras ellas se preparaban en la suite nupcial, yo vigilaba en el vestíbulo con el guardaespaldas de Sabrina, Joseph, que también era un externo estadounidense, ya que Nikolai había renunciado a su derecho a tener Guardia Real al abdicar.
Mientras Joseph divagaba sobre las hazañas de su anterior cliente (algo poco profesional, pero yo no era su jefe), yo controlaba los alrededores. En un día como ese había muchas cosas que podían salir mal.
Por suerte, todo parecía tranquilo, y después de un rato se abrió la puerta y Sabrina salió, radiante, con un elegante vestido blanco y un velo. Las damas de honor salieron detrás, con Bridget en la retaguardia.
Llevaba el mismo vestido verde pálido que el resto de las damas de honor, pero brillaba como nadie más podía hacerlo. Detuve la mirada en la sombra de su escote y en la forma en que el vestido se le ceñía a las caderas antes de volver a su rostro, y me quedé sin aliento.
No podía creer que fuera real.
Bridget me dedicó una sonrisa tímida al pasar, y recorrió con la mirada mi traje y mi corbata.
—Qué elegante, señor Larsen —murmuró.
—Tú también. —Me puse detrás de ella y bajé la voz hasta que apenas se oyó—. Me muero por arrancarte ese vestido más tarde, princesa.
No respondió, pero vi lo suficiente de su perfil como para detectar un rubor en sus mejillas.
Sonreí, pero el buen humor no me duró mucho, porque en cuanto entramos en el salón de bodas, la primera persona a la que vi fue al puto Steffan Holstein sentado en uno de los bancos delanteros. Con los zapatos brillantes, el pelo repeinado y los ojos clavados en Bridget.
Estaba convencido de que se estaba follando a la mujer con la que le vimos en el hotel, pero si no dejaba de mirar a Bridget de esa manera, le iba a arrancar la lengua y ahogarle con ella.
Me obligué a concentrarme en la ceremonia y no en los pensamientos violentos que merodeaban por mi cabeza. En las instrucciones de Elin no ponía nada, pero supuse que asesinar a un invitado de alto rango en mitad de una boda real estaría mal visto.
Bridget ocupó su sitio en el altar mientras yo me quedaba en las sombras laterales, contemplándola. Se colocó a un lado frente a mí, y mientras Nikolai y Sabrina pronunciaban sus votos, me hizo un gesto y me dedicó otra de sus pequeñas sonrisas, una tan sutil que habría sido imperceptible de no haber estado atento a cada una de sus microexpresiones.
Relajé los hombros y esbocé mi propia sonrisa fantasma.
Un momento solo para nosotros, robado delante de las narices de cientos de personas en la iglesia más grande de Athenberg.
Al terminar la ceremonia, todos se dirigieron al salón de baile del palacio para la primera recepción. La segunda recepción, más íntima, tuvo lugar en Tolose, la nueva residencia de Nikolai y Sabrina, situada tan solo a diez minutos a pie del palacio. Solamente estaban invitados doscientos amigos y parientes cercanos de la familia, y no se permitió la entrada a la prensa.
Allí fue donde los invitados se soltaron de verdad… y donde tuve que ver a Bridget y Steffan bailar juntos. Él le puso la mano en la parte baja de la espalda y dijo algo que la hizo sonreír.
Me atravesaron unos celos punzantes y salvajes.
—Qué bonita pareja hacen —dijo Joseph, al ver que los miraba—. La princesa y el duque. El típico cuento de hadas. —Sacudió la cabeza y se rio—. Lástima que ella nunca se decantaría por un tipo medio como tú o yo, ¿eh? Me la foll…
—Ten cuidado con lo que estás a punto de decir. —Una calma letal envenenaba mis palabras—. O será lo último que digas.
Quizás Steffan era intocable, pero ¿Joseph? Podía destrozarle y usar sus huesos como palillos de dientes.
Él también debía de saberlo, porque se calló y se apartó un centímetro de mí.
—Era una broma —murmuró—. Te tomas tu trabajo demasiado en serio, ¿no?
—Ten un poco de respeto. Es la princesa heredera a la corona. —Y tú no eres digno ni de limpiarle la mugre de los zapatos.
¿Cómo narices había acabado Sabrina con un guardaespaldas como Joseph? El tío tenía la sensibilidad de un ladrillo, y eso lo decía yo, que no era capaz (ni quería) de lamerle el culo a nadie ni aunque me pusieran pegamento en la lengua.
Joseph fue lo suficientemente inteligente como para no volver a abrir la boca. Se quedó a unos metros de distancia con una expresión hosca, pero me importaba una mierda que estuviera enfadado. Tenía otras cosas de las que preocuparme.
La música cambió, pero Steffan y Bridget se quedaron en la pista de baile. Sabía que ella se quedaba por presión social, pero no dejaba de ser una mierda verlos juntos, sobre todo porque Joseph tenía razón. Sí que hacían buena pareja. Bridget, angelical y regia. Steffan, impecable con su elegante esmoquin.
Y luego estaba yo, tatuado y lleno de cicatrices, atormentado por las cosas que había hecho y la sangre que me manchaba las manos.
A todas luces, Steffan era la mejor opción, y la más fácil para Bridget. Su abuelo, el palacio, la prensa…, todos salivaban con la historia de amor de la princesa y el duque.
Me importaba una puta mierda.
Bridget era mía.
No podía ser mía, pero lo era de cualquier forma. Sus risas, sus miedos, su alegría y su dolor. Cada centímetro de su cuerpo y los latidos de su corazón. Todo mío.
Y ya estaba harto de verla en los brazos de otro hombre.
Abandoné mi puesto y atravesé la pista de baile, ignorando las quejas de Joseph. Estaba rompiendo todas las reglas del protocolo, pero era tarde y la mayoría de los invitados ya estaban demasiado borrachos para prestarme atención. Era un empleado, invisible la mayor parte del tiempo, y en este caso funcionaba a mi favor.
—Alteza. —Mi voz, normalmente monocorde, destiló algo oscuro—. Lamento interrumpir, pero ha llamado Jules. Es una emergencia.
Le estaba guardando el teléfono a Bridget mientras bailaba, así que la excusa tenía sentido.
Puso cara de susto.
—Oh, no. Debe de ser grave. Nunca llama para emergencias. —Miró a Steffan—. ¿Te importa si…?
—Por supuesto que no —dijo él. No había ni rastro del incómodo Steffan del hotel—. Lo entiendo. Por favor, coge la llamada. Te espero aquí.
Mejor espera sentado. Tal vez podría sobornar a un servidor para meterle algo en la bebida. No tanto como para matarle, pero sí lo suficiente como para incapacitarle lo que quedaba de noche.
Le di a Bridget su teléfono para mantener el engaño mientras salíamos de la sala de recepción, pero le dije:
—Jules no ha llamado.
—¿Qué? —Frunció el ceño, confusa—. Entonces, ¿por qué…?
—Se estaba acercando mucho a ti. —Apreté los dientes con tanta fuerza que me hice daño en la mandíbula.
Pasó un momento antes de que Bridget relajara la expresión. Miró a su alrededor antes de susurrar:
—Sabes que tenía que bailar con él.
—Has bailado con él dos veces.
—Rhys, técnicamente es mi pareja.
Fue un error decir eso, y a juzgar por la mueca de Bridget, se dio cuenta.
Me detuve frente a lo que sabía que era la biblioteca, por la investigación que había hecho antes de la boda.
—Entra —dije cortante.
Las delicadas líneas de la garganta de Bridget se movieron cuando tragó saliva, pero obedeció sin rechistar.
La seguí al interior y cerré la puerta tras de mí con un suave clic. Aún no habían amueblado del todo la sala y estaba vacía salvo por una alfombra, una mesa y un gran espejo. Las luces estaban apagadas, pero la luz de la luna se filtraba lo suficiente a través de las cortinas como para que pudiera ver la expresión de suspicacia de Bridget.
—Ya te lo dije, tenía que venir con él —dijo—. Todos esperaban que viniera con pareja, y habría sido raro si solo hubiera bailado con él una vez.
—Deja de decir la palabra «pareja». —Me salió con un tono tan suave y peligroso que le dio un escalofrío.
Caminé hasta la mesa junto a la ventana y me apoyé en ella mientras miraba a Bridget con los ojos oscuros y entrecerrados.
Me invadió una sensación de furia posesiva, no contra ella, sino contra toda la situación y el mundo que nos obligaba a escondernos como delincuentes. Odiaba tener que ocultarla, que ocultarnos. Quería decirle al mundo que era mía y solo mía. Quería tatuarme en su piel y hundirme en ella tan profundamente que no pudiera salir nunca.
—Quítate el vestido —dije.
—Rhys…
—Quítate-el-vestido.
Podía oír la respiración agitada de Bridget desde el otro lado de la habitación. No volvió a discutir. En lugar de eso, se llevó la mano a la espalda e hizo lo que le pedí, manteniendo los ojos clavados en los míos durante todo el tiempo.
Aparte de nuestras respiraciones agitadas, el suave sonido metálico de la cremallera era lo único que rompía el silencio.
Me quedé quieto, con los músculos tensos.
Más allá de estas paredes no podía reclamarla, pero ¿aquí, ahora, cuando estábamos los dos a solas?
Iba a hacerla mía hasta acabar con todo.