Twisted Games
Capítulo 36
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Bridget
El vestido se me resbaló hasta los pies, dejándome tan solo con el sujetador de encaje y el tanga. Me puse a temblar, por la expectación o por la corriente de aire frío, no estaba segura. Probablemente por una mezcla de las dos.
La silueta de Rhys se recortaba contra la luz de la luna, por lo que no le podía ver la cara, pero sí que sentía el calor de su mirada mientras me devoraba. Oscuro y posesivo como la caricia de un amante, dejando un rastro de deliciosos escalofríos a su paso.
Me humedecí los labios, muriéndome por tocarle, pero con la certeza de que más me valía no moverme hasta que él me lo dijera.
—Sujetador. Fuera.
Dos segundos más tarde, el encaje blanco cayó al suelo junto a la seda verde.
Me agaché para quitarme la parte de abajo, pero un gruñido me detuvo.
—No te he dicho que hicieras eso. —Rhys me miró los pechos y los pezones, que ya estaban tan duros que podían rayar el diamante—. Déjate el tanga, los guantes y los tacones —dijo, todavía en un tono suave—. Y arrástrate hasta mí.
Me quedé sin aliento del estupor, pero el corazón me dio un vuelco.
Nunca me había arrastrado por el suelo por nadie, y menos aún desnuda. Incluso aunque no fuera la futura reina, sería degradante. Humillante. Depravado.
Y nunca me había puesto tan cachonda.
Me puse a cuatro patas, temblando al contacto con el frío suelo de madera de mi piel desnuda.
Y empecé a gatear.
La sala no era muy grande, pero el deseo la hacía infinita. A medio camino, me miré en el espejo de pie que había colgado en la pared, y me ardió la piel al ver la imagen.
Todavía llevaba los elegantes guantes hasta el codo que formaban parte de mi conjunto de dama de honor, pero ahora que solo llevaba eso, junto a los tacones y el tanga, parecían obscenos.
Mi respiración se agitó. Estaba tan mojada que los muslos resbalaban uno contra el otro, y cuando llegué hasta Rhys, chorreaba por las piernas.
Me detuve delante de él y levanté la vista. Ahora le veía con más claridad, pero su expresión seguía insondable, a excepción del fuego que le ardía en la mirada.
—Buena chica. —Me agarró del pelo con una mano y con la otra se desabrochó el pantalón. Su polla emergió, gruesa y dura, con la punta goteando.
Dios, necesitaba probarla. Nadie me había puesto nunca tan cachonda como él. Cada palabra, cada caricia, cada mirada. Lo deseaba todo.
Le miré con ojos de súplica.
Rhys no había terminado de asentir cuando me la metí en la boca, disfrutando de sus gemidos y sintiendo cómo me agarraba del pelo mientras se la chupaba con ansia.
—¿Qué diría tu pueblo si te viera ahora mismo, princesa? —gruñó, empujando la polla más profundamente, hasta hacer que me llegara al fondo de la garganta. Balbuceé, con los ojos llorosos por su tamaño—. ¿Si te vieran arrastrarte y atragantarte con la polla de tu guardaespaldas?
Dejé escapar un gemido ininteligible. Me llevé la mano entre las piernas, pero no me dio tiempo a tocarme antes de que él me levantara y me diera un beso agresivo.
Seguía enfadado por lo de Steffan. Podía notarlo en su lengua, sentirlo en la dureza de sus manos mientras me apretaban el culo.
—Para mí eres más que un guardaespaldas. —Necesitaba que lo entendiera, incluso en medio de toda aquella bruma de lujuria.
—Sí, también te pongo cachonda —dijo Rhys cáusticamente—. Me apuesto lo que quieras a que ninguno de esos aristócratas de pacotilla es capaz de follarte como tú necesitas.
No mordí el anzuelo.
—Es más que eso.
Era lo más cerca que había estado nunca de verbalizar en voz alta lo que había en mi corazón.
En la mirada de Rhys brilló un destello de vulnerabilidad, y suavizó su tacto durante un segundo antes de volver a endurecer la expresión. Me dio la vuelta y me tumbó contra la mesa, haciendo presión con su cuerpo hasta que cada centímetro de él se fundió con cada centímetro de mí.
Bajó la boca hasta mi oído y entrelazó la mano en la mía.
—Quiero que sepas una cosa, princesa —dijo con la voz áspera contra mi piel—. No hay muchas cosas en el mundo que reclame como mías. He visto y he hecho demasiadas cosas en la vida como para creer en la eternidad. Pero tú… —Me acarició la barbilla con la mano libre—. Me perteneces. Me importa una mierda la ley o lo que digan los demás. Eres mía. ¿Entendido?
—Sí. —Le apreté la mano, con una punzada en el corazón y otra en el cuerpo, por motivos distintos.
Rhys dejó escapar un suspiro áspero y estremecedor y se apartó. Estaba a punto de protestar cuando me separó los muslos bruscamente y me arrancó el tanga.
El torrente de deseo que tenía dentro se desató aún más.
—Hay otra cosa que deberías saber. —Deslizó dos dedos por mi humedad antes de metérmelos en la boca, obligándome a saborear mis fluidos. Se me escapó un gemido no deseado al sentir el sabor desconocido en la lengua—. No me gusta que los demás toquen lo que es mío. Especialmente cuando es una pareja que no soy yo.
Sabía que me estaba metiendo en problemas en cuanto le dije esa palabra.
—Pero quizás tenga que darte una lección para que te quede claro. —Rhys me frotó el clítoris hinchado con el pulgar antes de dejar caer la palma de su mano en el mismo sitio. Mi cuerpo se sacudió, y se me escapó de la garganta un grito de sorpresa y dolor, pero los dedos de Rhys en mi boca amortiguaron el sonido.
Volvió a dejar caer una sonora palmada en mi coño. Y otra. Y otra.
Estaba temblando, con los ojos llenos de lágrimas mientras me atravesaba una sensación aguda. Todo mi mundo se redujo al calor pulsante entre mis piernas y al hombre que me estaba provocando dolor y placer al mismo tiempo.
—¿De quién es tu coño? —Rhys me sacó los dedos de la boca y me apretó las tetas.
—Tuyo —jadeé, agarrada al borde de la mesa con tanta fuerza que se me pusieron los nudillos blancos.
—Repítelo. —Duro. Exigente. Autoritario.
—¡Tuyo! Mi coño es tuyo. —Se me quebró la voz en un sollozo cuando me dio otra palmada en el clítoris.
—Eso es. Me pertenece, que no se te olvide nunca. —Zas.
Dejé escapar un gemido agudo, intentando zafarme de él y atraerle hacia mí al mismo tiempo. No sabía si lo que estaba pasando me encantaba o le odiaba, solo que estaba chorreando y ardiendo y que cada roce de mis pezones contra la mesa de madera me provocaban otra descarga de calor que iba directa a mi clítoris palpitante.
—¿Vas a volver a bailar con tu pareja? —La voz de Rhys sonaba notablemente tranquila, aunque denotaba una tensión velada.
Sacudí la cabeza, con las lágrimas resbalándome por las mejillas.
—Bien. —Zas—. Estás empapada, princesa. —Zas—. Deberías ver cómo tienes ahora mismo el clítoris de hinchado y de bonito. Como si me suplicara que le diera más fuerte. —ZAS.
Fue demasiado. Las palabras, el castigo brutal y sucio, el hecho de que estuviéramos haciendo eso justo al lado del salón donde estaban mi familia y mis amigos.
Exploté. Con fuerza. Con violencia. Me zumbaban los oídos, me temblaban las rodillas, se me nubló la vista con mil destellos tras los ojos. Me habría caído al suelo de no ser porque Rhys me sostuvo mientras el orgasmo más fuerte de mi vida me recorrió como una tormenta eléctrica y tuve que bajar la cabeza y enterrarla en los brazos para ahogar mis gritos.
Seguía cabalgando en las olas de aquella liberación descontrolada cuando sentí la lengua de Rhys lamiéndome el clítoris con suavidad, calmándolo hasta que el ardor se desvaneció.
Mientras me recomponía, se levantó y me metió la polla despacio. Se retiró con la misma lentitud, hasta que solo quedó la punta dentro, e hizo una pausa. Tomé aire, pero mi primera respiración normal de la noche se convirtió en un gemido cuando me penetró de golpe de una embestida. Me agarraba del pelo para mantenerme en mi sitio mientras me atravesaba con cada sacudida, y el contraste entre la suavidad de su inicio y la furia salvaje con la que me estaba follando ahora me nubló los sentidos hasta el punto de que solo fui capaz de agarrarme a la mesa como a mi propia vida.
Dentro y fuera. Cada vez más duro y más rápido, hasta que el cosquilleo en la base de mi espina dorsal se hizo real y volví a estallar.
—Oh, Dios, Rhys.
—Eso es, princesa. —Me dio un beso en el hombro, con los movimientos cada vez más descontrolados. Él también estaba a punto de correrse—. Qué buena chica. Córrete para mí.
Lo hice, sin control y sin vergüenza, me rompí en un millón de pedazos.
Y mientras Rhys se corría también con un gemido, me pregunté si sabría que todos aquellos pedazos eran suyos, no solo los de mi cuerpo, sino también los de mi corazón.