Twisted Games

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Capítulo 38

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Bridget

Me pasé toda la semana hecha un manojo de nervios. Intenté ocultarlo, pero todo el mundo se dio cuenta: Rhys, Mikaela, mi familia. Yo le eché la culpa al estrés, pero no estaba segura de que los demás me creyeran.

No le conté a nadie lo del vídeo. Todavía no. El remitente no me había contactado desde entonces, y cuando le escribía, su correo me rebotaba las respuestas. Convencí al equipo de seguridad de Nikolai y Sabrina para repasar el sistema de la casa en busca de alguna grieta, pero no encontraron nada, ni siquiera en la biblioteca.

Debería haberme hecho sentir mejor, pero solo me ponía más en tensión. Fuera quien fuera el remitente, se movía como Pedro por su casa por uno de los edificios mejor custodiados de la ciudad sin que le detectaran, y eso no me gustaba. Ni un pelo.

Mi primer sospechoso era Andreas, pero él no era de esconderse. Si hubiera tenido un vídeo que nos incriminara a Rhys y a mí, me lo habría tirado a la cara. Me habría tentado con él. Probablemente me habría chantajeado. No me lo habría mandado para luego desaparecer durante una semana.

Me había estado buscando en la recepción, y todavía no sabía para qué, ya que llevaba sin verle desde la boda y no había contactado conmigo… Pero eso ocurrió mientras estábamos en la biblioteca.

Y si no había sido Andreas, ¿quién podía ser? ¿Y cuándo encajarían las piezas?

Porque había más piezas. Eso estaba claro.

—Algo te preocupa —dijo Rhys mientras volvíamos en coche al palacio después de la ceremonia de inauguración de una tienda solidaria—. No me digas que solo es estrés. No lo es.

Esbocé una sonrisa débil.

—Te crees que lo sabes todo.

Debía contárselo a Rhys. Él sabría qué hacer. Pero una pequeña parte de mí, estúpida y egoísta, tenía miedo de lo que pudiera pasar entre nosotros si se lo contaba. Si descubría que alguien nos había descubierto, ¿se alejaría de mí? ¿Rompería conmigo?

Pero si no se lo contaba, el vídeo podría estallarnos en la cara y le perdería igualmente.

Me dolía la cabeza de la indecisión.

—Lo sé todo sobre ti. —Las palabras de Rhys me llegaron hondo y me llenaron de confianza.

Díselo y punto. Quítatelo de golpe, como una tirita. De otro modo, estaría dándole vueltas al secreto Dios sabe por cuánto tiempo más, como una guillotina a punto de caer.

Pero antes de que pudiera abordar el tema, el coche se detuvo. Estaba tan inmersa en mis pensamientos que no me había dado cuenta de que nos estábamos alejando del palacio, en lugar de acercarnos.

Rhys había aparcado en el arcén de la carretera, junto a un bosque a las afueras de Athenberg. Una vez en el instituto fui allí de acampada con Nikolai (bajo estricta supervisión), pero no había vuelto desde entonces.

—Confía en mí —dijo cuando se dio cuenta de mi confusión, que no dejaba de aumentar a medida que me guiaba a través del bosque. Había un sendero abierto entre los árboles, lo que daba a entender que otros debían de haber tomado ese mismo atajo, aunque el bosque tenía una entrada principal con un aparcamiento y una tienda de regalos.

—¿Adónde vamos? —susurré, sin querer romper el imponente silencio que envolvía la arboleda.

—Ya verás.

Siempre tan críptico.

Suspiré, molesta e intrigada a partes iguales.

Una parte de mí le quería contar ya lo del vídeo, pero no quería estropear el momento antes de descubrir la sorpresa.

Excusas, excusas, me susurró mi conciencia.

Sin embargo, al llegar al final del camino, no pude contener un grito ahogado.

—Rhys…

Estábamos en un claro del bosque donde no había nada a excepción de un enorme y precioso cenador. No sabía que hubiera un cenador en el bosque.

Se me encogió el corazón al recordar nuestra primera vez.

—Si nos pillan, sacas la pieza de la reina. —Rhys me tendió la mano. La agarré y le seguí hasta la estructura de madera—. Estamos bastante lejos del camino principal, así que no debería haber problema.

—¿Cómo has encontrado este lugar? Eres como un descubridor de cenadores.

Se rio.

—Quería venir a hacer senderismo por aquí y estudié los planos del bosque. El cenador no es ningún secreto. Pero a la mayoría de la gente le da pereza venir hasta aquí.

—¿Por qué…? —Me volví a callar cuando se puso a toquetear el teléfono y empezó a sonar una música suave.

—Nunca llegamos a bailar en la boda —dijo.

—No te gusta que baile —respondí medio en broma, intentando ocultar la emoción que me abrumaba en el pecho.

Lo que pasó en la biblioteca durante la recepción de Nikolai no se me iba a olvidar nunca.

—Me encanta que bailes. Pero solo conmigo. —Me puso la mano libre en la espalda.

—Si tú no bailas.

—Contigo sí.

Empezó a hacer más calor.

—Cuidado, señor Larsen, o pensaré que te gusto de verdad.

En su boca se dibujó una sonrisa burlona.

—Cariño, creo que ya hemos ido mucho más allá.

Sentí cómo explotaban todas las mariposas de mi estómago y por las venas me empezaba a correr una calidez dulce y dorada.

Por primera vez en días, sonreí.

Me abracé a Rhys, y nos balanceamos al ritmo de la música mientras enterraba la cabeza en su pecho y respiraba su aroma limpio y reconfortante.

Nuestros bailes serían siempre nuestros. Secretos, privados… Prohibidos.

Una parte de mí adoraba los momentos que solo nos pertenecían a los dos, pero otra deseaba que no tuviéramos que escondernos. No éramos ningún secreto obsceno. Éramos lo más bello que existe, y quería compartirlo con el mundo, como merecen compartirse las cosas bonitas.

—¿Adónde te has ido, princesa? —Me acarició la espalda con los nudillos y yo sonreí a pesar de la punzada que sentía en el corazón.

Qué bien me conocía.

—Estoy aquí. —Levanté la cabeza y le besé. Fue un beso suave y lento, en el que nos exploramos con la calma de quien tiene todo el tiempo del mundo.

Aunque no lo tuviéramos.

El beso, la música, el cenador… Era un momento perfecto. Pero, como todos los momentos, no podía durar.

Al final terminaría, y nosotros también.

—¡Bridget, despierta!

A la mañana siguiente, me desperté con unos fuertes golpes en la puerta.

Gruñí, con el cuerpo resistiéndose todavía a moverse, aunque se me aceleró el pulso al oír el pánico en la voz de Mikaela.

—¡Bridget! —Más golpes.

—¡Un momento! —Me obligué a salir de la cama y a ponerme la bata antes de abrir la puerta y toparme con Mikaela, hecha un manojo de nervios y con los ojos como platos. Estaba más pálida de lo habitual, y se le marcaban las pecas como una constelación por toda la nariz y las mejillas.

Vivía a pocos minutos del palacio, pero no habría llegado tan temprano si no hubiera una emergencia.

—¿Qué pasa?

¿Era el vídeo?

Me dio un vuelco el estómago. Dios, debería habérselo contado a Rhys el día anterior, pero no quería estropear el momento en el cenador, y luego…, luego…

Oh, ¿a quién intentaba engañar? Había tenido tiempo de sobra para contárselo después. Pero me había echado atrás como una gallina, y ahora tenía a todo el gallinero en mi propia casa.

Respira. Mantén la calma. Todavía no sabes lo que pasa.

—Es… —Mikaela dudó—. Bridget, pon el Daily Tea.

El Daily Tea era una empresa de medios de comunicación e información dueña de algunas de las revistas más leídas del país y de uno de los canales de televisión más populares. Algunos lo consideraban un medio basura, pero tenía mucha audiencia.

Mikaela me siguió hasta la sala de estar, donde cogí el mando con las manos temblorosas y encendí la tele.

—… demuestra que la princesa Bridget mantiene una relación con su guardaespaldas, un estadounidense llamado Rhys Larsen. —La voz de la presentadora del Daily Tea temblaba de emoción—. Larsen lleva trabajando para la princesa desde su último curso en la prestigiosa Universidad de Thayer en Estados Unidos, y durante años se han acumulado las sospechas sobre su relación…

¿Durante años? Eso era, por decirlo de algún modo, una patraña absoluta. Rhys y yo ni siquiera nos gustábamos hace años.

Miré al televisor sin creer lo que veían mis ojos, mientras nuestras fotos aparecían en pantalla a medida que la periodista hablaba. Caminando juntos por la calle y Rhys con la mano en mi espalda (para esquivar un charco que no había visto, si no recordaba mal). Rhys mirándome a los ojos mientras me ayudaba a salir del coche en una gala benéfica. Yo a su lado, demasiado cerca, en un evento al aire libre unos meses atrás, solo porque estaba helada y necesitaba calor humano.

Todo eran momentos inocentes que, dispuestos de una cierta manera y capturados en un segundo específico, hacían parecer que eran más de lo que eran.

Después aparecieron fotos un poco más explícitas. Rhys matando con la mirada a Steffan en la cita en la pista de patinaje sobre hielo, con aspecto de novio celoso. O presionándome contra el coche en el aparcamiento del Real Jardín Botánico. Los dos saliendo del hotel donde pasamos aquella tarde increíble, con las cabezas demasiado juntas.

¿Cómo demonios habían sacado aquellas fotos? Además de la pista de hielo, no habíamos visto nunca a ningún paparazzo que nos siguiera. Una vez más, nos habían pasado factura las distracciones.

Lo bueno era que no mencionaban el vídeo sexual. Si el Daily Tea lo tuviera en su poder, sería lo único de lo que estarían hablando.

—¿Esto es verdad? —preguntó Mikaela—. Dime que no es verdad.

—Solo son fotos —dije.

Recuperé el aliento. Solo un poco, porque seguía siendo una movida grande, pero tenía solución. No tenían el vídeo.

—Podemos…

—¡BRIDGET!

Mikaela y yo nos miramos con los ojos como platos al oír el grito de mi abuelo al otro lado del pasillo.

Oh, oh.

Una hora después, estaba en el despacho de mi abuelo con Elin, Markus y Nikolai, que insistió en unirse a la reunión de emergencia. A Mikaela la habían invitado a irse, firme y educadamente. No estaba segura de dónde estaba Rhys, pero suponía que era cuestión de tiempo que apareciera en la conversación.

—Alteza, debe decirnos la verdad. Es la única manera en la que podemos ayudarla a solucionar esto. —Cuando Elin se enfadaba, le temblaba el ojo izquierdo, y ahora le temblaba tanto que parecía que se le iba a salir de la cuenca—. ¿Hay algo de verdad en estas acusaciones?

Estaba en una encrucijada.

Podía mentir, y seguir con la pantomima, o bien podía contar la verdad, y destapar el pastel de una vez.

Si hacía lo último, despedirían a Rhys, aunque probablemente ya estaba en la lista negra, fueran o no verdad las acusaciones. Ya había llamado bastante la atención, y el cotilleo estaba asegurado de cualquier modo. La Casa Real no se podía permitir ese tipo de escándalos.

Pero si mentía, al menos podía ganar algo de tiempo. No mucho, pero sí algo, y eso era mejor que nada.

—Bridget, puedes confiar en nosotros —dijo Nikolai con suavidad—. Estamos para ayudarte.

No te creas, tuve ganas de decir. Estáis para ayudar a la corona y su reputación.

Tal vez era injusto, pero era verdad. No les importaba yo, Bridget. Solo les importaba la princesa, la corona y nuestra imagen.

Mi abuelo y mi hermano me querían, pero llegado el caso, elegirían lo mejor para la familia real como institución por encima de lo mejor para mí.

Tampoco los culpaba. Era lo que tenían que hacer, pero eso significaba que no podía confiar en ellos completamente.

La única persona que me había visto de verdad y que me había puesto como prioridad era Rhys.

Miré a mi alrededor. Ahí estaba mi abuelo, con una expresión hierática a pesar de que le estuviera consumiendo la furia y la preocupación. Markus, con la cara y los labios en tensión, sin duda fantaseando con estrangularme. Elin, que por una vez no estaba mirando el móvil, sino a mí, con el alma en vilo. Y, por último, Nikolai, de lejos el más comprensivo del grupo, aunque con una expresión de cautela.

Pensé en Rhys. En sus manos y su voz áspera, y en cómo me abrazaba. Me besaba. Me miraba, como si no quisiera parpadear nunca.

«Cariño, creo que ya hemos ido mucho más allá».

Tomé aire, me puse firme y elegí el camino por el que seguir.

—Las acusaciones son ciertas —dije—. Todas.

Todos ahogaron un grito al mismo tiempo. Markus se apretó las sienes mientras Elin se ponía en acción, tecleando en el teléfono tan rápido que casi provoca un huracán de categoría cuatro.

La cara de Edvard se llenó de surcos de decepción.

—Vamos a anular el contrato del señor Larsen, con efecto inmediato —dijo con el tono más severo que le había oído nunca—. Romperás la relación con él y nunca más volverás a verle o a hablarle.

No hablaba como mi abuelo, sino como mi rey.

Me clavé las uñas en los muslos.

—No.

Todos volvieron a ahogar un grito.

Edvard se incorporó, y su expresión hierática se fue transformando en furia. Nunca le había desobedecido en algo tan importante. Le quería, le respetaba y odiaba decepcionarle.

Pero estaba harta y cansada de que los demás me dijeran cómo debía vivir o con quién debía salir. Aunque no tuviera la libertad de una persona normal, una que no hubiera tenido una vida así, tenía que marcar los límites en alguna parte. ¿Cómo iba a mandar en un país si ni siquiera podía mandar en mi propia vida?

—No puedo evitar que despidáis a Rhys —dije—. Pero no voy a romper mi relación con él.

—Oh, por el amor de Dios. —Era la primera vez que oía a Markus hablar así—. Alteza, él es, o era, su guardaespaldas. Es un plebeyo. Usted es la primera en la línea de sucesión al trono, y la ley dicta…

—Ya sé lo que la ley dicta, tengo un plan.

Bueno, medio plan, pero si lo perfeccionaba, sería un plan completo. Sabía lo que tenía que hacer, solo me quedaba averiguar cómo hacerlo. Había un buen puñado de ministros que sabía que apoyarían sin reservas la derogación de la Ley de Matrimonios Reales, pero para convencer a los demás necesitaba un gran apoyo popular.

Sin embargo, si sacaba el tema en ese momento, con todas las acusaciones que había, sería como levantar un cartel que dijera: ¡Es verdad! ¡Estoy saliendo con mi guardaespaldas!

Edvard se puso más rojo aún y Markus me lanzó una mirada asesina.

—¿Cómo? —El consejero de mi abuelo parecía estar a punto de lanzarme a la cabeza uno de los tomos de mil páginas de derecho romano que había en la estantería a mi espalda—. Si cree que el Parlamento va a derogar la ley, créame, no lo hará. Ya hemos pasado por esto con el príncipe Nikolai. Para que lo tengan en cuenta, el presidente tiene que llevar la moción al pleno, y lord Erhall ya ha dejado muy claro que nunca lo hará.

—Se acercan las elecciones —dije—. Si consigo…

Un golpe me interrumpió.

Durante un segundo, creí que Markus había estallado y había lanzado alguna cosa en un arrebato de furia. Pero escuché el grito de Nikolai y me di cuenta con terror de que el sonido no era de algo.

Era de alguien, mi abuelo, que se había desplomado en el suelo.

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