Twisted Games

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Capítulo 39

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Rhys

—… afirman que el rey se encuentra estable después del infarto que sufrió hace cuatro días. La Casa Real ha pedido al pueblo que por favor respeten la intimidad de la familia real en estos tiempos tan difíciles, y estos días han sido muchas las personas que se han acercado a llevar tarjetas y flores a las puertas del palacio…

La voz del presentador de las noticias salía del televisor de la esquina, y miré fijamente al guardia que tenía delante.

—Voy a ser muy claro —dije con una voz calmada que arropaba la furia que me hervía dentro—. Hoy voy a ver a la princesa Bridget, te guste o no. No quiero hacerlo por las malas.

El guardia se puso firme, a pesar de lo cual le seguía sacando una cabeza.

—¿Me estás amenazando?

Sonreí y él tragó saliva.

—Sí.

—Pues, escúchame, soy un guardia real…

—Me-importa-una-mierda —pronuncié despacio y vocalizando, por si era tan tonto de no darse cuenta de que estaba a esto de clavarle una jeringa en la garganta como no se quitara del medio.

Estábamos en la puerta del ala privada del hospital donde estaba el rey. Habían pasado cuatro días desde las acusaciones sobre mi relación con Bridget y el infarto del rey.

Cuatro días sin verla, sin hablar con ella o sin saber si estaba bien.

Cuatro putos días de infierno.

La Casa Real había rescindido mi contrato el mismo día que salieron a la luz las acusaciones, alegando algo sobre mi incapacidad para hacer mi trabajo debido a la «atención mediática recibida».

No me importaba tanto quedarme sin trabajo, lo cual suponía que iba a ocurrir, como no poder ver a Bridget antes de que los guardias me escoltaran fuera de los terrenos del palacio. Desde ese día no había contestado a mis llamadas ni mensajes, y necesitaba saber si estaba bien para no volverme loco. Joder, ya estaba volviéndome loco.

—Ya no eres su guardaespaldas —dijo el guardia—. Solo se permite el paso a la familia y a los empleados acreditados. Y de todas formas, ¿cómo has llegado hasta aquí?

Aunque una parte de mí valoraba que se mantuviera firme, ya que tenía razón, yo no tenía permitido el paso, a otra parte mucho más grande se le estaba agotando la paciencia.

—No es de tu incumbencia. Lo que deberías hacer es echarte a un lado si no quieres tener que explicar al jefe de seguridad de la Casa Real cómo has acabado con la nariz rota.

Lo cierto era que me había tenido que disfrazar como si fuera una estrella del pop huyendo de la prensa para burlar a los paparazzi acampados en la puerta del hospital. Los rumores sobre mi relación con Bridget habían pasado a un segundo plano tras el ingreso del rey, pero mi cara estaba en todos los programas de televisión de Eldorra, y no podía arriesgarme a que alguien me reconociera.

Había tanto caos en el hospital que me había colado en la planta vip y había llegado hasta la habitación del rey sin que me pillaran. No decía mucho de la seguridad del hospital ni de la seguridad de la Casa Real, aunque era verdad que se me daba especialmente bien burlar a los guardias y a las cámaras.

El guardia abrió la boca, pero antes de que pudiera decir otra gilipollez, se abrió la puerta. Me dio un vuelco al corazón al ver una melena rubia, que se convirtió en decepción cuando reconocí a Elin con el ceño fruncido.

—Señor Larsen —dijo—. Me pareció oír su voz. —Le hizo un gesto al guardia—. Yo me ocupo.

Puso cara de alivio y yo hice un ruido de disgusto. Había entrenado a reclutas en el ejército con más huevos que él.

Elin abrió más la puerta, y me apresuré a entrar en el ala del hospital reservada al rey. No vi a Bridget, pero podía estar en cualquiera de la media docena de habitaciones que había. Aquello era más grande que las casas de la mayor parte de la gente.

—Supongo que quiere ver a la princesa Bridget. —Elin se cruzó de brazos, tan impecable como siempre, con su moño, su traje y sus tacones. No tenía ni un pelo fuera de su sitio ni una arruga en la ropa.

Levanté la barbilla.

—¿Dónde está?

—En la habitación del rey. Tercera puerta a la izquierda.

Me invadió la desconfianza. No puede ser tan fácil.

—¿Así, sin más?

Elin me dedicó una sonrisa forzada.

—Ya está aquí, señor Larsen, y es fácil adivinar que no se irá sin verla. No quiero hacer un esfuerzo inútil, así que, por favor. —Me señaló el pasillo—. Adelante.

Mi nivel de desconfianza volvió a subir otro escalón, pero, qué coño, a caballo regalado no le mires el diente.

Fui a la habitación del rey, me detuve frente a la puerta y se me formó un nudo en la garganta al ver a Bridget a través del cristal.

Estaba sentada junto a la cama de su abuelo, sosteniéndole la mano y con un aspecto más pequeño y vulnerable del que jamás la había visto. Incluso a distancia, me di cuenta de que estaba pálida y tenía los ojos rojos.

Sentí una fuerte punzada en el corazón.

Abrí la puerta y entré.

—Hola, princesa.

Mantuve la voz baja para no romper el silencio ni despertar al rey. La luz del sol se filtraba por las ventanas a ambos lados de la cama, dando un toque de alegría al sombrío ambiente, pero en el pecho de Edvard había varios tubos conectados a unos monitores que emitían un pitido constante.

Bridget se quedó inmóvil y tardó unos instantes en volverse hacia mí.

—Rhys. ¿Qué haces aquí?

—He venido a verte.

Algo no iba bien. Tal vez por la forma en la que evitaba mirarme a los ojos, o la tensión de su rostro, pero se notaba que lo había pasado muy mal los últimos días. No podía esperar que se lanzara a mis brazos con una sonrisa.

—¿Cómo está tu abuelo?

—Mejor. Débil, pero estable. —Le apretó la mano—. Le van a mantener aquí unos días más, pero han dicho que la semana que viene le podrán dar el alta.

—Qué bien. No puede estar muy mal si le dejan irse a casa.

Bridget asintió, todavía evitando el contacto visual, y me invadió la inquietud.

—Vamos a la otra habitación. Se acaba de quedar dormido.

Volvió a apretarle la mano a su abuelo antes de salir al pasillo. Elin se había ido, y en el aire solo quedaba el olor del antiséptico y el débil sonido de los pitidos.

—Aquí. —Bridget me guio hasta una habitación dos puertas más allá—. Aquí es donde he dormido estos días.

Observé el espacio. Tenía un sofá cama, una pequeña cocina y un baño. Una gruesa manta cubría el respaldo del sofá y en la mesa había una botella de Coca-Cola medio vacía, junto a una pila de revistas.

Me imaginé a Bridget durmiendo aquí sola, noche tras noche, esperando a que le dijeran si el estado de su abuelo había empeorado, y sentí una punzada de dolor en el corazón.

Quería estrecharla entre mis brazos y abrazarla con fuerza, pero una extraña distancia entre nosotros me lo impedía. Estaba a unos pocos metros de mí, pero parecían kilómetros.

—Siento no haberte respondido a las llamadas ni a los mensajes —dijo mientras jugueteaba con la manta—. Han sido unos días de locos. La Casa Real está intentando averiguar cómo nos sacaron esas fotos, y entre eso y el ingreso de mi abuelo…

—Lo entiendo. —Ya hablaríamos de esto más tarde—. ¿Y tú? ¿Cómo estás?

—Tan bien como cabría esperar. —Por fin me miró, con los ojos cansados y sin su brillo habitual, y sentí otra punzada en el corazón—. Nik y yo nos hemos quedado estos días a dormir aquí, pero ahora se ha ido a casa a encargarse de varios asuntos. Ha pospuesto la luna de miel con Sabrina hasta que el abuelo esté mejor. —Dejó escapar una risa débil—. Vaya regalo de bodas, ¿no?

Sí, era una mierda, pero Nikolai y Sabrina me daban exactamente igual. Solo me importaba una persona en el mundo, y en este momento estaba sufriendo.

—Ven aquí, princesa. —Abrí los brazos.

Bridget dudó un momento antes de acortar la distancia entre nosotros y enterrar la cabeza en mi pecho, con los hombros temblorosos.

—Sssh, no pasa nada. —La besé en la cabeza y le acaricié el pelo, con un nudo en el pecho al oírla sollozar. Había soportado fuego de artillería, misiones nocturnas a temperaturas subárticas y más huesos rotos y heridas casi mortales de las que recordaba, pero el llanto de Bridget estaba más cerca de romperme que todas esas cosas juntas.

—Sí, sí que pasa. Por poco le mato. —La voz de Bridget sonaba ahogada, pero su dolor se palpaba con claridad—. Ha tenido el infarto por mi culpa.

La estreché más fuerte, sintiendo cómo su dolor se traspasaba a mis huesos.

—Eso no es verdad.

—Sí. No estabas allí. No sabes… —Se apartó, con la nariz roja y los ojos vidriosos—. Estábamos en una reunión de emergencia por lo que había salido a la luz sobre… nosotros dos. Les confesé que las acusaciones eran ciertas y cuando me dijo que tenía que romper contigo, me negué. Estaba discutiendo con Markus cuando se desmayó. —Parpadeó, con las pestañas brillantes de las lágrimas—. Yo tengo la culpa, Rhys. No me digas que no, porque es así.

Se me partió el corazón en dos. Bridget ya se culpaba a sí misma por la muerte de su madre. Si además de eso, sumaba el infarto de su abuelo…

—Pues no es así —dije con firmeza—. Tu abuelo ya tenía una enfermedad. Podría haberla desencadenado cualquier cosa.

—Sí, pero esta vez he sido yo. Se supone que tenía que reducir sus niveles de estrés, y en un solo día yo sola le di como para un año. —La risa de Bridget sonó hueca mientras se separaba de mí y se rodeaba la cintura con los brazos—. Qué buena nieta soy.

—Bridget… —Volví a por ella, pero negó con la cabeza, con la vista fija en el suelo.

—No puedo seguir con esto.

Todo se quedó en silencio. Mi corazón, mi pulso, el rumor de la nevera y el tictac del reloj de la pared.

¿Seguiría vivo si el corazón me dejaba de latir?

—¿Con qué? —Mi voz sonó extraña en el vacío que habían creado las palabras de Bridget. Más grave, más gutural, como un animal atrapado en una trampa que hubiera hecho él mismo.

Era una pregunta estúpida.

Y sabía la respuesta. Ambos la sabíamos. Una parte de mí llevaba temiendo este momento desde nuestro beso en un pasillo oscuro hace una vida, pero aun así, mantenía la esperanza.

Bridget parpadeó, con sus preciosos ojos azules ensombrecidos de dolor, y mi esperanza sufrió una muerte fulminante.

—Esto. Nosotros. —Nos señaló—. Lo que tuviéramos. Tiene que terminarse.

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