Twisted Games

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Capítulo 40

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Bridget

No le mires.

Si le miraba, perdería la cabeza, y ya estaba a punto de volverme loca. La ansiedad, la culpa y el agotamiento de los últimos cuatro días se me habían metido en los huesos y me habían convertido en un zombi.

Pero no pude evitarlo. Le miré.

Y el corazón se me rompió todavía en más pedazos.

Rhys me miraba tan fijamente que parecía una estatua, si no fuera por el dolor que se reflejaba en sus ojos.

—¿Tuviéramos? —Ese tono calmado y monocorde nunca era buen presagio.

—Fue bonito mientras duró. —Sentí un amargor en la boca al decir las palabras, como si fueran píldoras de mentiras venenosas con las que me alimentaba para aguantar una hora más, o quizás el resto de mi vida—. Pero la gente ya lo sabe. Todo el mundo nos está mirando. No podemos continuar con… lo que sea que sea esto.

—Bonito —repitió en el mismo tono peligrosamente calmado.

—Rhys. —Me apreté los brazos contra el pecho. El personal del hospital mantenía la temperatura en unos veintidós grados, pero al tocarme la piel la noté fría como el hielo—. Por favor, no me lo pongas más difícil.

Por favor, deja que mi corazón se rompa en paz.

—Y una mierda. —Se le habían oscurecido los ojos grises hasta volverse casi negros, y una vena le palpitaba en la sien—. Dime una cosa, princesa. ¿Lo haces porque quieres, o porque sientes que tienes que hacerlo?

—No siento que tenga que hacerlo. Tengo que hacerlo. —Me atravesó una punzada de frustración, aguda y violenta. ¿Es que no lo entendía?—. Es solo cuestión de tiempo que la prensa confirme las acusaciones. Elin, Markus y mi familia ya lo saben. ¿Qué crees que va a pasar cuando todo salga a la luz?

—¡Su majestad!

—¡Abuelo!

Nikolai, Markus y Elin se acercaron a Edvard corriendo mientras yo me quedaba quieta, incapaz de moverme.

Debía ir con ellos. Asegurarme de que estuviera bien.

Pero claro que no estaba bien. Acababa de desmayarse… Por mi culpa y por lo que le había dicho. Porque pensé, por un segundo, que podía tener algo de control sobre mi vida.

Si hubiera muerto, nuestra última conversación habría sido una discusión.

Romperás la relación con él y nunca más volverás a verle o a hablarle.

No.

Algo dentro de mí se marchitó hasta cerrarse en una cáscara.

—Bridget…

El sonido de mi nombre, profundo y áspero, chocó contra mi fuerza de voluntad, haciendo mella en algo que nunca había tenido el valor de hacer. No con él.

Cerré los ojos, intentando recordar la versión fría e inquebrantable de mí misma que mostraba a los demás. La que me hacía sonreír durante horas de pie y saludar mientras me sangraban los pies por culpa de los tacones. La que me hizo caminar detrás del féretro de mi padre mientras contenía las lágrimas hasta que pude hacerme un ovillo en el baño durante el velatorio.

Pero no podía. Nunca había sido capaz de ocultar a Rhys quién era realmente.

Le oí caminar hacia mí. Olí ese aroma limpio y masculino que se había convertido en el aroma de mi hogar a lo largo de los años, porque significaba que él estaba cerca y yo estaba a salvo. Sentí cómo me secaba con el pulgar una lágrima que ni siquiera sabía que se me había escapado.

No le mires. No le mires.

—Princesa, mírame.

Sacudí la cabeza y cerré los ojos con más fuerza. Se me formó un nudo de emociones en la garganta que no me dejaba respirar.

—Bridget. —Más firme esta vez, más dominante—. Mírame.

Me resistí durante un minuto más, pero la necesidad de aplacar el dolor palidecía en comparación con la necesidad de empaparme del último pedazo de Rhys Larsen que pudiera.

Le miré.

Unas tormentas grises me devolvieron la mirada, crepitando de agitación.

—El lío de las fotos ya lo resolveremos. —Me agarró la barbilla y me pasó el pulgar por el labio inferior, con expresión errática—. Ya te he dicho que eres mía y no te voy a dejar marchar. Me da igual que me manden a todo el ejército de Eldorra.

Ojalá fuera tan fácil y pudiera sumergirme en su fe y dejarme arrastrar.

Pero nuestros problemas iban mucho más allá de las fotos ahora.

—No lo entiendes. No vamos a tener un «felices para siempre». —No éramos un cuento de hadas. Éramos una carta de amor prohibida, metida en el fondo de un cajón y tan solo rescatada en la oscuridad de la noche. Éramos el capítulo de la felicidad antes de que llegara el clímax y todo se convirtiera en cenizas. Éramos una historia que estaba destinada a acabarse—. Y punto.

Mi madre murió al darme a luz.

Mi padre murió cuando volvía de comprar algo que yo le había pedido.

Mi abuelo casi muere porque me negué a renunciar a lo único que me hacía feliz.

Eso me pasaba por ser una egoísta, por querer algo para mí. Las futuras reinas no vivían para sí mismas, sino para su país. Ese era el precio del poder.

Por mucho que intentara cambiar la realidad, seguía siendo la única verdad, y ya era hora de que madurara y la afrontara.

Rhys me apretó la barbilla con más tensión.

—No necesito un «felices para siempre». Necesito estar a tu lado. Necesito que seas feliz, que estés bien y a salvo. Joder, Bridget, te necesito a ti. De todas las maneras en las que pueda tenerte. —Se le quebró la voz por primera vez desde que le conocía, y se me rompió el corazón en respuesta—. Si crees que voy a dejarte sola con toda esta mierda, es que no me conoces en absoluto.

El problema era que le conocía, y sabía lo único que le podía hacer reaccionar, pero no me atrevía a decirlo ahora.

Un último acto de egoísmo.

—Bésame —susurré.

Rhys no cuestionó mi repentino cambio de tono. En lugar de eso, me rodeó la nuca con la mano y posó sus labios sobre los míos. Fue profundo, salvaje y posesivo, como si nada hubiera cambiado entre nosotros.

Siempre sabía lo que necesitaba sin que yo se lo dijera.

Bebí cada gota de él que pude. Su sabor, su tacto, su olor… Deseaba poder embotellarlo todo para tener algo que me mantuviera caliente durante las noches y los años venideros.

Rhys me levantó y me llevó al sofá, donde me subió la falda, me bajó las bragas y se hundió en mí con una lentitud exquisita y deliberada. Encajando en mí. Llenándome. Rompiéndome en mil pedazos y volviéndome a juntar, una y otra vez.

Aunque me dolía el corazón, mi cuerpo respondió a él como siempre lo había hecho: ansioso, dispuesto y desesperado por más.

Rhys me acarició un pecho y me pasó el pulgar por el pezón, jugando con el sensible bulto hasta que una nueva oleada de calor se apoderó de mi estómago. Mientras tanto, bombeaba dentro de mí, las lentas y pausadas sacudidas de su polla me hacían ver las estrellas al golpear contra un punto concreto.

—Rhys, por favor.

—¿Qué quieres, princesa? —Me pellizcó el pezón, y la repentina aspereza del gesto hizo que se me escapara un jadeo de la boca abierta.

A ti. Para siempre.

Como no podía decir eso, me conformé con gemir:

—Más rápido. Más fuerte.

Bajó la cabeza y sustituyó la mano por la boca, dando vueltas y lamiendo mientras aumentaba el ritmo. Le clavé las uñas en la espalda y, justo cuando me tambaleaba al borde del precipicio, volvió a reducir la velocidad.

Casi grito de frustración.

Más rápido. Más lento. Más rápido. Más lento.

Rhys parecía intuir el momento exacto en que yo estaba a punto de correrme, y variaba la velocidad, llevándome al límite hasta convertirme en un desastre encharcado y lloroso. Por fin, después de lo que me pareció una eternidad, me embistió y se hundió en mi boca con un beso violento mientras me follaba con tanta fuerza que el sofá se empezó a mover por el suelo con un chirrido.

Exploté en mil destellos. Arqueé el cuerpo y él amortiguó mi grito con un beso mientras me atravesaba otro orgasmo que me dejó exhausta.

Rhys se corrió a continuación con un espasmo silencioso y nos fundimos en un abrazo, con las respiraciones sincronizadas a la par.

Me encantaba el sexo con él, pero aún más el momento de tranquilidad posterior.

—Otra vez. —Le rodeé con los brazos, sin querer salir todavía de nuestra burbuja. Solo un ratito más.

—Eres insaciable —susurró, acariciándome el cuello y la mandíbula con la punta de la nariz.

Sonreí al recordar nuestra tarde en el hotel. Nuestro último momento a solas realmente feliz, antes de que todo se fuera al infierno.

—Te encanta —dije.

—Sí, princesa, me encanta.

Pasamos la siguiente hora así, subiendo a lo más alto y cayendo juntos.

Fue perfecto, como lo habían sido todos nuestros momentos robados juntos. Follamos duro y rápido e hicimos el amor dulce y lentamente. Fingimos que esa era nuestra vida, no solo una instantánea en el tiempo, y yo fingí que el corazón aún me latía en el pecho cuando en realidad los pedazos yacían dispersos a nuestros pies.

No hay otra manera, alteza. —Elin parpadeó con tristeza un segundo antes de que su expresión se endureciera de nuevo—. Hay que hacerlo.

No. —Sacudí la cabeza, con la negación hundiéndome las garras en la piel—. Es demasiado pronto. Está bien. Los médicos han dicho…

Los médicos han dicho que se recuperará… esta vez. Pero lo cierto es que su majestad ha sido hospitalizado dos veces en un año. No podemos arriesgarnos a que ocurra una tercera vez.

Podemos reducir su carga de trabajo —dije desesperada—. Que sus ayudantes se encarguen del papeleo y de las reuniones más agotadoras. Aún puede seguir siendo rey.

Elin miró a Markus, que estaba de pie en la esquina con la expresión más sombría que le había visto jamás.

Ya hablamos de esto con su majestad después de su primera hospitalización —puntualizó—. Dijo expresamente que si sufría otro infarto, daría un paso a un lado.

Recordaba vagamente que mi abuelo había dicho algo así en las semanas posteriores a su primer infarto, pero estaba tan concentrada en la abdicación de Nikolai que había pasado por alto las implicaciones que conllevaba.

Soy consciente de que tal vez no es el mejor momento para hablar de esto —dijo Elin en otra demostración de empatía—. Pero el estado de su majestad es estable, y tenemos que empezar los preparativos de inmediato.

Preparativos. —Algo terrible arraigó en mi estómago y se me extendió por el pecho, el cuello, los brazos y las piernas, entumeciéndome de dentro afuera.

Elin y Markus volvieron a intercambiar miradas.

Sí —dijo Elin—. Los preparativos para su coronación como reina.

Creía que tendría más tiempo, tanto con Rhys como para convencer al Parlamento de que derogara la Ley de Matrimonios Reales, pero no era así. El tiempo se había acabado.

—¿Te acuerdas de Costa Rica? —Los labios de Rhys rozaron los míos mientras hablaba. Estaba tumbado encima de mí, su poderoso cuerpo me engullía, pero había apoyado un antebrazo en el sofá para no aplastarme con su peso.

—¿Cómo olvidarlo? —Era uno de los recuerdos más felices de mi vida.

—Me preguntaste si alguna vez había estado enamorado. Dije que no. —Me besó en la boca con suavidad—. Pregúntame otra vez, princesa.

Se me encogieron los pulmones.

Respira.

Pero era difícil cuando todo me dolía, hasta el punto de que ya no recordaba cómo era no sentir dolor. En el corazón, en la cabeza, en el alma.

—No puedo. —Me obligué a apartar a Rhys.

Se me heló la piel inmediatamente ante la ausencia de su calor, y me sacudieron pequeños escalofríos mientras me levantaba del sofá y me dirigía al baño. Me limpié y me recoloqué la ropa con las manos temblorosas mientras su mirada me quemaba la espalda a través de la puerta abierta.

—¿Por qué no?

—Porque no. —Díselo. Díselo y ya está—. Voy a ser reina.

—Eso ya lo sabíamos.

—No lo entiendes. —Me lavé las manos y volví a la habitación, donde le miré otra vez. La tensión se le marcaba en las facciones y le dibujaba un profundo surco entre las cejas—. No me refiero a algún día. Me refiero a que voy a ser reina dentro de nueve meses.

Rhys se quedó congelado.

—Y eso no es todo. —Apenas podía hablar por culpa del nudo en la garganta—. Debido a la Ley de Matrimonios Reales, tengo que…

—No lo digas. —Habló en voz tan baja que apenas le oí.

—Tengo que casarme, o al menos comprometerme, antes de la coronación. —Ya me esperaba una oleada de reacciones en contra de que ocupara el trono tan pronto. Necesitas toda la buena voluntad política que puedas conseguir, había dicho Markus. Le odiaba, pero tenía razón—. Yo…

—No lo digas.

—Me voy a casar con Steffan. Él ya ha aceptado.

No era un matrimonio de amor. Era un contrato político. Nada más y nada menos. Markus se había puesto en contacto con los Holstein el día anterior y les había hecho firmar un acuerdo de confidencialidad antes de hacer la propuesta. Aceptaron unas horas después. Todo había sucedido tan rápido que aún me daba vueltas la cabeza.

Así de fácil, ya estaba prometida, al menos en teoría. Según el acuerdo, Steffan se declararía oficialmente el próximo mes, cuando se hubiera calmado el caos por la hospitalización de mi abuelo. Además, el compromiso haría que las acusaciones sobre mi relación con Rhys desaparecieran de los titulares, como Elin había indicado de forma poco sutil.

Rhys se levantó del sofá. Ya se había arreglado la ropa. Iba todo de negro. Camisa negra, pantalones negros, botas negras, expresión negra.

—Y una mierda.

—Rhys, ya está decidido.

—No —dijo rotundamente—. ¿Qué te dije en el cenador, princesa? Dije que a partir de ese momento, ningún otro hombre te iba a tocar, y lo decía en serio. Te aseguro que no te vas a casar con otro. Tenemos nueve meses. Ya averiguaremos cómo coño lo hacemos.

Quería estar de acuerdo. Quería ser egoísta y robar algo más de tiempo con él, pero eso no sería justo para ninguno de los dos.

Ya había tenido a Rhys durante tres años. Era hora de dejarle ir.

Ya basta de ser egoísta.

—¿Y si quiero casarme con otra persona?

Rhys respiró profundamente por la nariz.

—No me mientas. Apenas conoces a Steffan. Has salido con él tres putas veces.

—El matrimonio real no consiste en conocer a alguien. Consiste en la conveniencia, y lo cierto es que él me conviene y tú no. —Esperaba que Rhys no notara cómo me temblaba la voz—. Además, Steffan y yo tenemos el resto de nuestras vidas para conocernos.

Un escalofrío le recorrió el cuerpo, y en su expresión se reflejó un dolor tan crudo y visceral que me atravesó el alma.

—Soy la princesa heredera al trono, y tengo que actuar como tal —dije, odiándome más a cada segundo—. En todos los ámbitos de mi vida. No puedo estar con un guardaespaldas. Yo… —Las lágrimas se me atascaron en la garganta, pero me las tragué—. Estoy destinada a estar con un duque. Y los dos lo sabemos.

Rhys se estremeció. Fue un gesto pequeño, pero que me perseguiría para siempre.

—Así que hemos terminado. Así de simple —dijo en voz baja, lleno de dolor.

No, no es así de simple. Nunca sabrás hasta qué punto me rompe el corazón.

—Lo siento —susurré.

Deseaba poder decirle que nunca había sido tan feliz como cuando estaba con él.

Deseaba poder decirle que no era por el trono ni por el poder, y que si pudiera, daría un reino por él.

Pero «lo siento» fueron las únicas palabras que tenía permitido decir.

La emoción se borró de los ojos de Rhys hasta convertirse en un muro de acero, más duro e impenetrable incluso que el día que nos conocimos.

—No, alteza —dijo—. Yo lo siento.

Y se fue.

Estaba allí y, al minuto siguiente, se había ido.

Me derrumbé, me fallaron las rodillas mientras me hundía en el suelo y las lágrimas calientes me quemaban las mejillas y me goteaban por la barbilla. Sentía tanta presión en el pecho que no me llegaba el oxígeno a los pulmones, y estaba segura de que me moriría ahí mismo, en el suelo del hospital, a pocos metros de los mejores médicos y enfermeras del país. Pero ni siquiera ellos podrían arreglar lo que yo acababa de romper.

Tienes que mudarte.

—¿Disculpa?

Tu casa. Es una pesadilla para la seguridad. No sé quién eligió este sitio, pero tienes que mudarte.

—¿Has estado enamorada alguna vez?

No. Pero espero estarlo algún día.

Buenas noches, princesa.

Buenas noches, señor Larsen.

En el cerebro se me agolpaban retazos de recuerdos mientras hundía la cara contra la manta que cubría el sofá, amortiguando mis sollozos.

—¿Alteza? —La voz de Elin sonó a través de la puerta, seguida de unos golpecitos—. ¿Puedo pasar?

No. Preferiría no volver a hablar contigo nunca más.

Pero tenía responsabilidades que cumplir y un compromiso que planear.

Me obligué a ralentizar mis sollozos hasta que se disiparon.

Respiraciones profundas y controladas. La cabeza inclinada hacia arriba. Músculos tensos.

Era un truco que había aprendido y que me había resultado útil en varias ocasiones a lo largo de los años.

—Un momento —dije después de calmarme. Me levanté del suelo y me eché agua en la cara antes de arreglarme el pelo y la ropa. Abrí la puerta, con la columna vertebral rígida—. ¿Qué pasa?

Si Elin me notó algún enrojecimiento persistente en los ojos o en la nariz, no dijo nada.

—He visto salir al señor Larsen.

Me tembló la barbilla durante una fracción de segundo antes de apretar los labios.

—Sí.

—Entonces, está hecho. —Me miró con una mirada escrutadora.

Respondí con un breve movimiento de cabeza.

—Bien. Es lo correcto, alteza —dijo en un tono mucho más suave del que estaba acostumbrada—. Ya lo verá. Y ahora… —Volvió a ser la misma de siempre—. ¿Repasamos los planes de la propuesta de matrimonio de lord Holstein?

—Claro —dije con la voz hueca—. Vamos a repasar los planes de la propuesta de matrimonio.

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