Twisted Games

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Capítulo 41

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Rhys

El primer sorbo de alcohol me quemó. Y también el segundo. Sin embargo, cuando llevaba media botella de whisky, dejó de quemar y empezó a nublarme los sentidos, que era lo mejor que podía pasarme.

Desde que Bridget me había dejado dos días antes, había caído en picado. Y sin frenos. No había salido de la habitación del hotel desde que volví del hospital, en parte porque no tenía adónde ir y en parte porque no tenía ninguna intención de enfrentarme a los paparazzi. Ya tenía bastantes problemas como para que encima me arrestaran por agresión.

Me llevé la botella a los labios mientras veía el Daily Tea. Habían dado de alta a Edvard el día anterior, y ahora que la vida del rey ya no corría peligro, la prensa había vuelto su atención a las especulaciones sobre mi relación con Bridget.

Si ellos supieran.

El whisky me abrasó la garganta y desembocó en mi estómago.

Era mejor que apagara el programa, porque la mitad de lo que decían era una patraña absoluta (como que Bridget y yo habíamos participado en una orgía con una pareja de estrellas del pop en el sur de Francia), pero aunque fuera un acto de masoquismo, verla en pantalla era la única forma de conseguir mi dosis.

No era adicto al alcohol, todavía no, pero sí lo era a Bridget, y ahora que ya no la tenía, estaba pasando por el síndrome de abstinencia.

Piel húmeda, náuseas, dificultades para dormir. Ah, sí, y un puto agujero gigante del tamaño de Alaska en el pecho. Eso no aparecía en el listado de síntomas de la página web de Narcóticos Anónimos.

«No puedo estar con un guardaespaldas. Estoy destinada a estar con un duque».

Habían pasado días, pero el recuerdo todavía cortaba con más profundidad que un cuchillo de caza afilado. Bridget no lo había dicho en serio. Y yo lo sabía. Esas palabras habían sido crueles, y ella era de todo menos cruel. Pero reflejaban demasiado mis dudas (que yo no era lo suficientemente bueno y que ella se merecía algo mejor) como para no afectarme.

Me terminé la botella. La tiré a un lado con asco, lleno de odio por haber caído tan bajo que había recurrido al alcohol y aún más por haber dejado las cosas con Bridget de aquella manera.

La había abandonado en el peor momento, cuando la ira y el dolor anulaban todo lo demás, y me había arrepentido incluso antes de llegar al vestíbulo.

Ella había hecho lo que creía que tenía que hacer y, aunque me rompiera el corazón, no era culpa suya.

Como si fuera una señal, en la pantalla apareció un plano de Bridget saliendo del hospital con su hermano y el rey. Iba muy elegante y arreglada, como siempre, pero su sonrisa parecía vacía mientras saludaba a la prensa. Estaba sola y triste, dos estados que siempre traté de evitar en ella.

Me ardía el pecho, y no era por el whisky. Y, al mismo tiempo, algo se intensificó en mi interior: la determinación.

Bridget no era feliz. Yo no era feliz. Y ya era hora de que hiciera algo al respecto.

Me importaba una mierda lo que dijera la ley. No se iba a casar con Steffan. Si era necesario, iría a ver a todos y cada uno de los ministros del Parlamento para obligarlos a reescribir la ley.

Llamaron a la puerta.

—Servicio de habitaciones.

Me puse rígido al oír una voz familiar.

Dos segundos más tarde, abrí la puerta con el ceño fruncido.

—¿Qué cojones haces aquí?

Christian arqueó una ceja.

—¿Te parece bonito saludar así a tu jefe?

—Que te den por culo.

Se rio sin muchas ganas.

—Tan simpático como siempre. Ahora déjame entrar para limpiar toda esta mierda.

Apreté los dientes y me hice a un lado, lamentando ese día, esa semana y toda mi vida en general.

Entró y recorrió con la mirada mi maleta a medio hacer y los restos de la cena del servicio de habitaciones sobre la mesa baja antes de detenerse en la botella de whisky vacía.

Puso cara de sorpresa, aunque la disimuló enseguida.

—Qué triste —dijo—. ¿Estás en el mejor hotel de Athenberg y no te puedes permitir un filet mignon?

A primera vista, Christian aparentaba ser el estereotipo de playboy encantador y simpático. Aunque tenía treinta y un años, podría haber pasado por veinteañero, y se aprovechaba de ello. La gente le veía la cara de niño bonito y los trajes italianos a medida y le subestimaba. No se daban cuenta de que era un lobo con ropa cara hasta que era demasiado tarde.

—¿Qué haces aquí, Harper? —repetí.

Ya lo sabía, por supuesto. Me había echado la bronca por teléfono la semana anterior después de que se hicieran públicas las noticias sobre mi relación con Bridget, pero no esperaba que viniera tan pronto, con Magda aún desaparecida.

Debería haberme anticipado y no lo hice, lo que demostraba lo jodido que estaba por lo de Bridget. No podía pensar con claridad. Solo podía pensar en dónde estaría ella, con quién y qué estaría haciendo.

Me daba igual que me hubiera roto el corazón. Como alguien le hiciera daño a mi princesa en cualquier sentido (física, mental o emocionalmente), lo pagaría con el infierno.

—Adivina adivinanza. —Christian se apoyó en la encimera, con expresión despreocupada, pero mantenía una mirada dura que expresaba lo contrario—. Tu clienta, Larsen. La futura reina.

—Solo son rumores de la prensa rosa, y ella ya no es mi clienta. —Necesito otro trago.

Ya entendía por qué la gente recurría al alcohol como consuelo. Porque recuperaba una parte perdida de nosotros mismos, o al menos daba esa falsa impresión.

—Se te ha olvidado. Sé cuándo me mientes. —Christian bajó la voz varios tonos. Su ira era fría, no caliente, y cuando se callaba era justo cuando la gente corría y se agachaba para cubrirse—. Y aunque no lo supiera, ¿te crees que no he investigado la situación yo mismo? Lo que has hecho es una falta por la que podría despedirte.

—Pues despídeme. —Tenía suficientes ahorros como para mantenerme bastante tiempo, y la idea de hacer de guardaespaldas de alguien que no fuera Bridget no me atraía en absoluto.

El pensamiento se cristalizó y echó raíces dentro de mí.

—En realidad, ¿sabes qué? Renuncio.

Christian se me quedó mirando fijamente.

—Así de simple.

—Así de simple. —Hice un gesto sombrío con la boca—. La he jodido, y lo siento. Pero he terminado con el juego de los guardaespaldas.

Repiqueteó los dedos en la cómoda. Mirando. Pensando.

—Supongo que has roto con la princesa, teniendo en cuenta los rumores que estoy escuchando sobre ella, Steffan Holstein y algo de un compromiso.

Un gruñido retumbó en mi garganta, pero él lo ignoró.

—¿Por qué sigues aquí, Larsen? Viviendo como un ermitaño y emborrachándote. —Hizo una mueca de desagrado. Christian poseía una de las colecciones de bebidas alcohólicas más extensas y caras del país. No tenía nada en contra de la bebida, pero supuse que le molestaba mi forma de hacerlo—. Tú no bebes.

—Pues parece que ahora sí.

—Es hora de irse. No lo digo como tu jefe, sino como tu amigo. Esto… —Señaló a su alrededor en la habitación—. Es patético. Por no mencionar que tu visado caduca pronto. No tiene sentido alargar lo inevitable.

Estaba en Eldorra con un visado especial gracias a mi anterior empleo en el palacio, pero caducaba a finales de mes ahora que ya no trabajaba para ellos.

—Ya no eres mi jefe —dije con frialdad—. Me iré cuando me dé la gana.

—Por el amor de Dios, ¿qué te ha pasado? Usa la cabeza, Larsen —espetó Christian—. La que tienes sobre los hombros, no entre las piernas. ¿O tan bueno es ese coño real…?

Se me escapó un gruñido del pecho. No llegó a pronunciar el resto de la frase antes de que yo atravesara la habitación en dos zancadas y le estampase contra la pared.

—Vuelve a hablar así de ella y te arranco los dientes para dártelos de comer.

Christian parecía imperturbable, a pesar de que estaba a dos segundos de que le partieran la cara.

—Nunca antes te había molestado. Y cuidadito con el traje. Me lo acaban de hacer a medida.

—Has hecho mucho por mí estos años. —El peligro flotaba en el aire, tan denso que casi podía saborearlo. Estaba deseando pelearme, y él era el candidato perfecto—. Pero si no tienes cuidado con lo que dices, este es el fin de nuestra amistad.

Me evaluó con una mirada afilada.

—Bueno, bueno. —En su voz intuí una pizca de sorpresa y diversión—. Nunca pensé que llegaría este día. Rhys Larsen enamorado.

Enamorado.

Nunca había estado enamorado. Nunca había querido estar enamorado. Joder, ni siquiera sabía lo que era el amor. Siempre había oído hablar de él, pero no lo había experimentado, hasta que conocí a una mujer que rompió mi férrea coraza como nadie lo había hecho antes. Alguien que adoraba la lluvia y los animales y el helado de chocolate en las noches tranquilas. Alguien que vio todas mis cicatrices y mi fealdad y aun así me encontró digno y, de alguna manera, llenó las grietas de un alma que jamás pensé que podría volver a estar completa.

Puede que no supiera lo que era el amor, pero sabía que estaba enamorado de Bridget von Ascheberg, hasta el punto de que ni siquiera yo (a quien mejor se le daba negarse a sí mismo todo lo bueno de la vida) podía negarlo.

La idea me atravesó como una bala en el pecho, y solté a Christian.

—No lo niegas —señaló. Sacudió la cabeza—. No tengo nada en contra del amor, aparte del hecho de que lo encuentro tedioso, aburrido y totalmente innecesario. La gente que se enamora es la más insufrible del planeta. —Se miró con desdén una pelusa del traje antes de quitársela—. Y si eso es lo que quieres, adelante. Pero no de la princesa.

—Mi vida personal no es de tu incumbencia.

Su mirada se tornó compasiva y me dieron ganas de volver a estamparle contra la pared. Era un buen resumen de nuestra extraña amistad. Había uno que siempre quería matar al otro. Así había sido desde que nos conocimos en Tánger, donde le salvé de una muerte lenta y dolorosa a manos de un caudillo militar al que había cabreado.

A veces, como ahora, deseaba haberle dejado a merced de aquel caudillo.

—Vete de Eldorra. Ya. Antes de que las cosas se te vayan de las manos todavía más —dijo Christian—. Da igual los desvíos que tomes, en esa historia solo hay un final posible. Córtala antes de que te impliques demasiado y no puedas salir.

Demasiado tarde. Ya me había implicado demasiado.

—Fuera —dije.

—Te crees que estoy siendo muy cruel, pero intento ayudarte. Tómatelo como si te estuviera devolviendo el favor de Tánger.

—Fuera-de-aquí.

—De verdad quieres hacer esto. —No era una pregunta.

—Es mi problema lo que haga o deje de hacer.

Christian suspiró.

—Si insistes en seguir por ese camino, tengo algo que puede ser de tu interés. Investigué un poco cuando salieron a la luz esas fotos tan entrañables de ti con la princesa. —Se metió la mano en el bolsillo de la chaqueta y sacó un pequeño sobre—. Vas a querer ver esto. Pronto.

No lo cogí.

—¿Qué coño es eso?

Nunca confíes en Christian Harper cuando te lleva un regalo. Ese debería ser el lema vital de todo el mundo.

Pero nada podría haberme preparado para lo que dijo a continuación.

—La identidad de tu padre. —Hizo una pausa—. Y de tu hermano.

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