Twisted Games
Capítulo 42
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Rhys
Era curioso cómo un solo momento podía cambiarte la vida.
Mi madre estaba viva y, de un momento a otro, ya no lo estaba.
Mis compañeros de escuadrón estaban vivos y, de un momento a otro, todo se hizo pedazos. Literalmente.
Sabía cuál era mi lugar en el mundo y, de un momento a otro, se había puesto patas arriba solo con desplegar una hoja de papel.
La noche anterior me había vuelto loco en todos los sentidos y, mientras miraba fijamente la casa situada delante de mí, seguía planteándome la sensatez de mi decisión de hacer una visita a mi hermano. No había tanta seguridad como esperaba, y eso que la casa estaba en uno de los barrios más seguros del norte de Athenberg.
Hasta ahora, los únicos hermanos que había tenido eran los de mi unidad de la Marina. ¿La idea de tener un hermano de verdad? Me jodía un poco, para ser sincero.
Me dirigí a la puerta principal y llamé, con la piel erizada de expectación.
Christian se había marchado esa mañana. Había hecho el viaje más rápido de la historia de los viajes internacionales, pero tenía un lío entre manos en Estados Unidos, así que no podía culparle.
Sin embargo, era propio de él soltar una bomba y luego marcharse.
Mi hermano respondió a la segunda llamada. Si le sorprendió verme en su puerta sin avisar un jueves por la tarde, no lo demostró.
—Hola, señor Larsen.
—Hola, hermano. —No me molesté en irme por las ramas.
A Andreas se le borró la sonrisa. Me miró durante varios segundos antes de abrir más la puerta y echarse a un lado.
Entré, y mis zapatos chirriaron en el reluciente suelo de mármol.
Quitando algunos toques de blanco, toda la casa era gris. Paredes gris claro, muebles grises, alfombras grises. Era como entrar en una nube de lluvia cara.
Andreas me condujo hasta la cocina, donde sirvió dos tazas de té y me dio una.
No la acepté. No había ido a tomar el té.
—Lo sabías. —Fui directo al grano.
Mi rechazo pareció molestarle y depositó la taza en la encimera con cara de pocos amigos.
—Sí.
—¿Por qué coño no has dicho nada?
—¿Por qué crees, señor Larsen? El mundo cree que soy un príncipe. Y soy un príncipe. ¿De verdad crees que pondría eso en peligro para reclamar el parentesco con un guardaespaldas estadounidense que, debo decir, ha sido bastante grosero conmigo en cada interacción que hemos tenido?
Me quedé mirando a Andreas.
—¿Cómo te enteraste?
Cuando Christian me dio el papel con los nombres de mi padre y mi hermano, había estado a punto de tirarlo. En el fondo sabía que abrirlo me traería problemas. Pero, al final, no pude resistirme.
Dos nombres.
Andreas von Ascheberg, mi medio hermano.
Arthur Erhall, mi padre.
Nuestro padre.
Resultaba que estaba emparentado con las dos personas que más odiaba de Eldorra.
Andreas guardó silencio durante un largo rato.
—Cuando me enteré de que Nikolai iba a abdicar, me… preocupé. Por Bridget. Nunca le ha importado mucho el trono, y no me parecía que le gustara mucho Eldorra. Había pasado tanto tiempo fuera del país que daba esa impresión. Pensaba que no era adecuada para el cargo de reina.
Un alambre de púas se me clavó en el corazón al oír el nombre de Bridget.
Melena rubia. Ojos brillantes. Una sonrisa que podía iluminar incluso mi alma, fría y muerta.
Solo habían pasado tres días y ya la echaba tanto de menos que me habría cortado el brazo derecho por poder verla en persona, pero llevaba encerrada en el palacio desde que salió del hospital. Probablemente estaba ocupada planeando su compromiso con Steffan.
Me sentía como si tuviera ácido en las venas y me obligué a concentrarme en lo que Andreas decía en lugar de volver a entrar en bucle.
—Ya veo que no tienes una buena opinión de mí, pero quiero lo mejor para el país. Eldorra es mi hogar, y se merece un buen monarca.
El insulto implícito me puso furioso.
—Bridget sería una muy buena monarca.
—Sí, bueno, tú no eres el más imparcial, ¿no? —dijo Andreas—. Contraté a alguien para que investigara lo que había hecho durante su estancia en Nueva York. Que averiguara en qué había estado pensando. Y me dijeron que vosotros dos parecíais muy… íntimos. Más íntimos de lo que suelen ser un guardaespaldas y su clienta.
—Mentira. Habría notado que nos seguían.
—Estabas distraído, y además no era solo una persona. Eran varias. —Andreas se rio de mi expresión sombría. ¿Cómo coño no me había dado cuenta de que nos seguían?—. No te sientas tan mal. Nadie iba a hacerle daño. Solo estaban para conseguir información. Me daba curiosidad el guardaespaldas que parecía tener tan enamorada a mi prima, así que le pedí a mi gente que indagara en tus antecedentes, incluida tu ascendencia.
Endureció la expresión.
—Imagina mi sorpresa cuando descubrí que teníamos el mismo padre. El mundo es un pañuelo.
Su tono seguía siendo ligero, pero la tensión de su mandíbula sugería que no estaba tan despreocupado como quería hacerme creer.
La historia era verosímil, excepto por el hecho de que hubiera pasado por alto que alguien nos seguía. Me había distraído, pero no creía que tanto.
Recordé mi enfrentamiento con Vincent en el Borgia, el viaje de última hora a Costa Rica y las miles de pequeñas cosas que yo jamás podría haber hecho antes de estar con Bridget.
«No me involucro en la vida personal de mis clientes. Estoy aquí para salvaguardar tu integridad física. Punto. No estoy aquí para ser tu amigo, ni tu confidente, ni ninguna otra cosa. Esto asegura que mi competencia no se vea comprometida».
Me pasé una mano por la cara. Joder.
—Digamos que eso es cierto. ¿Me quieres explicar cómo eres un príncipe cuando tu padre es un simple lord?
Erhall. De todas las personas, tenía que ser Erhall.
Sentí cómo me subía la bilis a la garganta al recordar que éramos parientes.
Andreas cerró los ojos.
—Mi madre tuvo un romance con Erhall. Mi padre (mi verdadero padre, aunque no fuera el biológico) no lo supo hasta que ella se lo contó antes de morir. Hace seis años, de cáncer. Supongo que quería irse con la conciencia tranquila. Mi padre no me lo contó hasta antes de morir él, hace tres años. —Soltó una breve carcajada—. Al menos mi familia sabe llevarse los secretos a la tumba. Literalmente.
—¿Lo sabe Erhall?
—No —dijo Andreas con demasiada brusquedad—. Y no lo sabrá. Mi padre fue quien me crio, no Erhall. Mi padre… —Se le ensombreció la cara—. Era un buen hombre, y me quería lo suficiente como para tratarme como a su propio hijo incluso después de descubrir que no lo era. Erhall, en cambio, es una rata llorona.
Resoplé. Al menos estábamos de acuerdo en algo.
Andreas volvió a sonreír mientras le daba otro sorbo al té.
—Te voy a contar un secreto. No quiero el trono. Nunca lo he querido. Si me tocara, lo asumiría, por supuesto, pero prefiero que sea otro el que desempeñe ese papel, siempre y cuando sea capaz. El trono es el asiento más poderoso, pero también la jaula más pequeña del palacio.
—Eso es una completa mentira —gruñí—. Has dejado claras tus intenciones en múltiples ocasiones. Las reuniones con el rey y el portavoz, la «conveniente» visita a mi casa la noche antes de la boda de Nikolai. ¿Te acuerdas?
—Bridget necesitaba un empujón —dijo con frialdad—. Quería ver si era capaz de luchar por la corona. Pero también volví porque… —Dudó durante un breve segundo—. Quería darle una oportunidad a Erhall. Ver si podíamos conectar de alguna manera. Por eso pedí ser su sombra durante sus reuniones, más que por mi deseo de ser rey. En cuanto a la visita a tu casa, estaba tratando de ayudarte. No soy un idiota, señor Larsen. ¿O debería llamarte Rhys, ahora que ambos sabemos que somos hermanos?
Le fulminé con la mirada y se rio.
—Señor Larsen, entonces —dijo—. Sabía que pasaba algo entre tú y Bridget mucho antes de que se hiciera pública la noticia. No tenía la confirmación, pero podía verlo en vuestra forma de miraros. Es una elección difícil, el amor o el país. Nikolai ya había elegido. Y Bridget, bueno, supongo que también. Pero, antes de que aceptara casarse con Steffan —el ácido de mis venas se espesó y se me acumuló en el estómago—, tuvisteis una oportunidad. Pensé en daros un pequeño empujón. Tú eres mi hermano y ella es mi prima. Dos de los pocos familiares que me quedan. Tómatelo como mi buena acción del año.
—Qué altruista —dije con evidente sarcasmo—. Deberían canonizarte.
—Ríete todo lo que quieras, pero estaba dispuesto a juntaros porque estáis claramente enamorados, incluso aunque eso significara tener que tomar el relevo si Bridget abdicaba. ¿No es eso un sacrificio?
Sí que era un sacrificio. Pero no lo iba a admitir delante de Andreas.
Me daba vueltas la cabeza con tal cantidad de información nueva. Había muchas posibilidades de que Andreas me estuviera engañando, pero mi instinto me decía que no era así.
—Por poco le cuento a ella lo de nuestro padre. En la recepción de la boda de Nikolai. No ayuda mucho con la Ley de Matrimonios Reales, ya que exige que el monarca se case con alguien de legítimo nacimiento noble. Tú naciste fuera del matrimonio y nunca fuiste reconocido por Erhall como su hijo, y ni siquiera sabe que eres su hijo, así que no cumples los requisitos. —Andreas se terminó el té y dejó la taza en el fregadero—. Pero desapareció de la recepción y, antes de que pudiera hablar con ella, se hicieron públicas las imágenes del Daily Tea. —Se encogió de hombros—. C’est la vie.
Maldita sea. Esperaba que ahora que sabía que era el hijo de un lord…
—Si no ayuda con la ley, ¿por qué se lo ibas a decir? —pregunté.
—Porque tengo una idea de cómo podría ayudar de forma indirecta. —Andreas sonrió—. Incluso podría ayudarte a recuperar a Bridget si trabajas lo bastante rápido. Holstein tiene previsto proponerle matrimonio el mes que viene. Estoy dispuesto a ayudarle…
—¿Pero? —Siempre había un «pero» en este tipo de juegos.
—Pero deja de tratarme como a un enemigo y sí como… Tal vez no un hermano, pero sí un colega. Somos, después de todo, el único familiar directo que nos queda, aparte de nuestro querido padre. —En la cara de Andreas brilló un destello fugaz.
—Así es. —Sentí una descarga de desconfianza en el estómago. Parecía demasiado fácil.
—Eso es todo. Lo tomas o lo dejas.
Se me ocurrió algo.
—Antes de responder, quiero saber una cosa. ¿Alguna vez te has metido en mi casa a fisgar cuando yo no estaba?
Me miró con extrañeza.
—No.
—La verdad.
Andreas se puso recto, con expresión ofendida.
—Soy un príncipe. No fisgo en las casas de huéspedes —la palabra rezumaba desdén— como un vulgar ladrón.
Apreté los labios. Decía la verdad.
Pero si él no había sido, ¿quién entonces?
Suponía que ya no importaba, teniendo en cuenta que ya no vivía allí, pero el misterio me irritaba.
Sin embargo, tenía cosas más importantes en las que concentrarme.
No confiaba en Andreas. Puede que en ese momento estuviera siendo sincero, y que no quisiera robarle la corona a Bridget, pero eso no significaba que fuera a serlo siempre.
Desgraciadamente, me estaba quedando sin tiempo y sin opciones.
Espero no arrepentirme de esto.
—Tu idea —dije—. Te escucho.