Twisted Games

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Capítulo 43

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Bridget

La Casa Real volvió a asignarme a Booth de guardaespaldas. Llevaba de un humor de perros desde que Rhys se había ido, y el personal del palacio consideró que me ayudaría que le sustituyeran por alguien de mi confianza.

Booth asumió el puesto después de que Rhys dejara el hospital dos semanas atrás, y aunque nadie podía sustituir a Rhys, me gustó reencontrarme con la sonrisa de Booth.

—Como en los viejos tiempos, ¿verdad, alteza? —dijo mientras esperábamos a Elin y Steffan en mi despacho. Normalmente no iba con escolta dentro del palacio, pero se hacía la excepción en las reuniones con invitados externos.

Forcé una sonrisa.

—Sí.

Booth dudó y añadió:

—Han cambiado muchas cosas estos años. No soy el señor Larsen, pero lo haré lo mejor que pueda.

Sentí una punzada de dolor al oír el nombre de Rhys.

—Lo sé. Me alegro mucho de que hayas vuelto. De verdad.

Y aun así, me seguían consumiendo los recuerdos de ese pelo oscuro, esos ojos metálicos, esas cicatrices y esas sonrisas difíciles de sacar.

Hubo un tiempo en el que habría dado todo por volver a tener a Booth de guardaespaldas. En las semanas inmediatas a su partida, le había maldecido a diario por haberme dejado sola con Rhys.

Rhys, insufrible, dominante y arrogante, que se negaba a dejarme caminar por la parte externa de la acera y se tomaba cada salida a un bar como una misión en zona de guerra. Que fruncía el ceño más de lo que reía y que discutía más de lo que hablaba.

Rhys, que había planeado un viaje improvisado para que yo pudiera completar mi lista de deseos, aunque fuera en contra de todos sus instintos como guardaespaldas, y que me besó como si el mundo se estuviera acabando y yo fuera su última oportunidad de salvación.

El dolor se agudizó y se me extendió por la garganta, los ojos, el alma.

Estaba por todas partes. En la silla donde nos habíamos besado, en el escritorio donde habíamos follado, en un retrato que nos hacía mucha gracia porque el artista había dibujado al hombre con una ceja más alta y torcida que la otra, dándole una permanente expresión de sorpresa.

Incluso aunque no estuviera en el despacho, él estaba siempre ahí, atormentándome.

La puerta se abrió, y me apreté la rodilla con la mano para calmarme mientras entraban Elin y Steffan.

—Gracias por venir —dije mientras Steffan tomaba asiento delante de mí. Era la primera vez que le veía en persona desde que aceptó el compromiso.

Me dedicó una sonrisa que parecía casi tan forzada como la mía.

—Por supuesto, alteza. Al fin y al cabo, nos vamos a comprometer.

Por la forma en la que lo dijo, me planteé que tal vez yo no era la única obligada a este acuerdo. En nuestras dos primeras citas se había mostrado bastante entusiasta, pero desde que había vuelto de Preoria estaba distante y distraído.

Recordé la tensión que había notado entre él y Malin.

Se hizo un silencio muy incómodo antes de que Elin se aclarara la garganta y sacara un bolígrafo y un cuaderno.

—Excelente. ¿Empezamos entonces la reunión, alteza? Lo primero es el momento y el lugar de la proposición. Lord Holstein se declarará dentro de tres semanas en el Real Jardín Botánico. Será un buen recordatorio de su segunda cita. Le diremos a la prensa que mantuvieron una correspondencia regular mientras él estaba en Preoria para que no parezca que la proposición ha surgido de la nada…

La reunión se alargó. La voz de Elin se desvaneció en una corriente de ruido de fondo, mientras Steffan se mantenía recto en su silla con la mirada vidriosa. Me sentí como si estuviera asistiendo a la negociación de una fusión empresarial y, en cierto modo, era algo así.

Justo el cuento de hadas soñado.

—… tu luna de miel —dijo Elin—. ¿Alguna idea?

Su mirada de expectación me sacó del lugar al que me había escapado mentalmente mientras divagaba sobre las entrevistas con los medios de comunicación y de las opciones de vestuario para la pedida de mano.

Parpadeé.

—¿Perdón?

—Tenemos que decidir el lugar de la luna de miel —repitió—. París es un clásico, aunque sea un cliché. Las Maldivas son populares, pero se están poniendo demasiado de moda. Podríamos elegir un lugar más singular, tal vez en América Central o del Sur. Brasil, Belice, Costa Rica…

—¡No!

Todos dieron un salto cuando pegué el grito. Booth puso los ojos como platos y Elin frunció el ceño en un reproche.

Solo Steffan mantuvo una expresión neutral.

—No, a Costa Rica no —repetí con más calma, con el corazón a mil—. A cualquier sitio menos allí.

Preferiría ir de luna de miel a la Antártida sin más ropa que un bikini.

Costa Rica era mía y de Rhys. De nadie más.

Número cuatro de la lista de deseos.

«¿Has estado enamorada alguna vez?»

«No. Pero espero estarlo algún día».

«Mira arriba, princesa».

Un ardor familiar me empezó a quemar por detrás de los ojos, y me obligué a controlar la respiración hasta que se pasó.

—De todas formas, todavía es muy pronto para hablar de la luna de miel. —Mi voz sonó lejana, como las de los sueños—. Ni siquiera estamos comprometidos aún.

—Queremos ultimar todos los detalles lo antes posible. Planear una boda real y una coronación el mismo año no es poca cosa —dijo Elin—. La prensa querrá saber.

—Primero la pedida de mano. —Mi tono no dio lugar a réplica—. La prensa puede esperar.

Ella suspiró, con la boca tan apretada que temí que se le quedara así para siempre.

—Sí, alteza.

Después de una hora, por fin terminamos la reunión y Elin salió corriendo a otra con mi abuelo. Edvard se estaba recuperando bien después del ingreso, pero aún no habíamos hablado de Rhys ni de lo que había pasado en su despacho antes del infarto.

No tenía problemas con eso. Pero no estaba preparada para esa charla.

Mientras tanto, Steffan seguía en su silla. Repiqueteaba los dedos en los muslos y tenía una mirada vidriosa que dio paso a algo más sombrío.

—¿Puedo hablar contigo, alteza? ¿A solas? —Miró a Booth, que me miró a mí.

Asentí con la cabeza y Booth salió de la habitación.

Una vez que la puerta se cerró, dije:

—Puedes llamarme Bridget. Sería raro que estuviéramos comprometidos y me siguieras llamando alteza.

—Mis disculpas. La costumbre, alte… Bridget. —Hizo un gesto de incomodidad antes de añadir—: Espero que esto no sea demasiado incómodo, pero quería hablar contigo en relación con, eh…, el señor Larsen.

Cada músculo se tensó. Si había una persona con la que menos quería hablar de Rhys, aparte de con mi abuelo, era con mi futuro prometido.

—No te voy a preguntar si la… noticia es cierta —añadió Steffan apresuradamente. Él sabía que lo era. La cara de seta de Rhys durante nuestra primera cita, la maceta rota en el Real Jardín Botánico, el día que se encontró con nosotros en el hotel… Podía ver cómo encajaban las piezas en su cabeza—. No es asunto mío lo que hicieras antes de nuestro… compromiso, y sé que no soy tu primera opción como marido.

Me ruboricé de culpa. Si nos casáramos, no sería la única atrapada en una unión sin amor.

—Steffan…

—No, no pasa nada. —Sacudió la cabeza—. Esta es la vida que nos ha tocado. Mis padres se casaron por conveniencia política, y los tuyos también.

Es cierto. Pero mis padres se querían. Tuvieron suerte, hasta que dejaron de tenerla.

—Tú no me quieres, y no espero que lo hagas. Nosotros…, bueno, solo hemos hablado un par de veces, ¿no? Pero disfruto de tu compañía, e intentaré ser un buen consorte. Tal vez no sea el romance de cuento de hadas que soñaste, pero podemos tener una buena vida juntos. Nuestras familias, al menos, serán felices. —Aparte de la pizca de amargura que tiñó su última frase, Steffan sonaba como si estuviera leyendo el texto en un teleprónter.

Le examiné mientras miraba fijamente el escritorio, con el rostro tenso y las manos agarradas a las rodillas con los nudillos blancos. Reconocí más que de sobra esa expresión y esa postura. Últimamente vivía en ellas.

—¿Es Malin?

Steffan levantó la cabeza, con una expresión parecida a la de un ciervo delante de los faros de un coche.

—¿Perdón?

—La mujer de la que estás enamorado —dije—. ¿Es Malin?

Steffan tragó saliva.

—Y qué importa.

Tres palabras. Una confirmación de algo que ambos ya sabíamos.

Ninguno de los dos quería esto. Nuestros corazones pertenecían a otras personas, y si nos casábamos, sería cómodo. Agradable. Lo segundo mejor.

Pero no sería amor. Nunca sería amor.

—Creo que importa bastante —dije con suavidad.

Steffan suspiró profundamente.

—Cuando te conocí en tu baile de cumpleaños, tenía toda la intención de ir a por ti —dijo—. Eres genial, pero entonces en Preoria… Ella era la ayudante que tenía mi madre mientras se recuperaba. Estuvimos los dos solos en la casa, además de mi madre, y, poco a poco, sin que me diera cuenta…

—Te enamoraste —terminé.

Esbozó una pequeña sonrisa.

—Ninguno de los dos lo vio venir. Al principio no nos soportábamos. Pero sí, me enamoré. —Se le borró la sonrisa—. Mi padre se enteró y me amenazó, no solo con repudiarme si no rompía la relación, sino con asegurarse de que Malin no volviera a trabajar en Eldorra. Y él nunca va de farol. No cuando está en juego una relación con la familia real. —Steffan se pasó la mano por la cara—. Lo siento, majes… Bridget. Soy consciente de que no es muy apropiado que comparta esto, teniendo en cuenta nuestro acuerdo.

—Está bien. Te entiendo. —Mejor que la mayoría de la gente.

—Tenía el presentimiento de que me entenderías.

Saqué a relucir algo a lo que había estado dando vueltas desde nuestro encuentro en el hotel.

—Si estabais juntos, ¿por qué te insistió para que me invitaras a salir?

En los ojos le brilló un destello de tristeza.

—El hotel fue nuestra última vez juntos —dijo—. Mi padre había vuelto a Preoria y la despidió como ayudante de mi madre, así que tuvimos que irnos a algún sitio donde no nos… Donde pudiéramos estar a solas. Ella estaba al tanto de la situación contigo y de lo que mi padre esperaba de mí. Fue su manera de despedirse.

Intenté imaginarme empujando a Rhys a los brazos de otra mujer y me estremecí de solo pensarlo.

Apenas conocía a Malin, pero me daba pena.

—Lo siento.

—Yo también.

Nos quedamos un momento en silencio antes de que Steffan se aclarara la garganta y se colocara recto.

—Pero me gusta tu compañía, Bridget. Creo que hacemos buena pareja.

Esbocé una sonrisa triste.

—Sí, yo también lo creo. Gracias, Steffan.

Me quedé en el despacho después de que se fuera, mirando las cartas sobre el escritorio, el sello real y el calendario colgado en la pared.

Tres semanas para la pedida de mano.

Seis meses para mi boda.

Nueve meses para mi coronación.

Ya me lo imaginaba. El vestido, la iglesia, el juramento de la coronación, el peso de la corona en la cabeza.

Cerré los ojos con fuerza. Sentí que las cuatro paredes se me echaban encima y el rugido de la sangre me retumbaba en los oídos, anulando cualquier otro sonido.

Me había acostumbrado a la idea de ser reina. En realidad, una parte de mí estaba emocionada por asumir el cargo y actualizarlo al siglo XXI. La monarquía tenía muchas costumbres anticuadas que ya no tenían sentido.

Pero no esperaba que ocurriera tan rápido, ni tampoco que ocurriera sin Rhys a mi lado, aunque fuera solo como mi guardaespaldas.

Severo y firme, gruñón y protector. Mi roca y mi ancla en la tormenta.

«Respira, princesa. Eres la futura reina. No dejes que te intimiden».

Me pregunté si Rhys se habría ido ya de Eldorra, y si se acordaría de nosotros dentro de diez, veinte, treinta años.

Me pregunté si, cuando me viera en la televisión o en una revista, pensaría en Costa Rica y en la tormenta del cenador y en la tarde lánguida en aquella habitación de hotel, o si solo sentiría una chispa de nostalgia y pasaría de largo por el recuerdo.

Me pregunté si yo le atormentaría tanto como él a mí.

—Ojalá estuvieras aquí —susurré.

Mi deseo rebotó en las paredes y flotó por la habitación, persistiendo un momento antes de desvanecerse en la nada.

Unas horas después, seguía en el despacho cuando apareció mi abuelo.

—Bridget, quiero hablar contigo.

Levanté la vista de mi pila de cartas ciudadanas, con la mirada borrosa.

Había estado trabajando desde mi reunión con Elin y Steffan, y había liberado a Booth hacía tiempo.

El trabajo era lo único que me mantenía en pie, pero no me había dado cuenta de lo tarde que se había hecho. El sol de la tarde se colaba por las ventanas y proyectaba largas sombras sobre el suelo, y me rugía el estómago. Solo había comido un yogur y una manzana (comprobé el reloj) siete horas antes.

Edvard estaba en la puerta, con la cara cansada, pero con un color notablemente mejor que hacía unos días.

—¡Abuelo! —Salté de la silla—. No deberías estar levantado tan tarde.

—Si ni siquiera es la hora de cenar todavía —refunfuñó mientras entraba y se sentaba delante de mí.

—Los médicos han dicho que necesitas descansar.

—Sí, y ya he tenido bastante estas últimas dos semanas para el resto de mi vida. —Levantó la barbilla en un ángulo obstinado, y yo suspiré.

No se podía discutir con él cuando se ponía así.

Si había algo que Edvard odiaba, era no tener nada que hacer. Había reducido la carga de trabajo, como le habían indicado los médicos, pero como sus obligaciones como rey le habían impedido dedicarse a ningún pasatiempo a lo largo de los años, se estaba volviendo loco de aburrimiento, un hecho que no dejaba de mencionar cada vez que nos veía a mí o a Nikolai.

—¿El programa de Cartas Ciudadanas? —Examinó los documentos que había en mi escritorio.

—Sí, estoy terminando las de esta semana. —No mencioné la acumulación de correos electrónicos en la bandeja de entrada oficial. Incluso con dos asistentes ayudándome, estábamos desbordados. Resultó que los ciudadanos de Eldorra tenían mucho que decir.

Estaba encantada con el éxito del programa, pero sería necesario contratar a más personal pronto. Profesionalizarlo, en lugar de tratarlo como un proyecto secundario.

—Hay algunos temas que me gustaría plantear en la próxima reunión de la junta —dije—. Me imagino que Erhall estará emocionado.

—Erhall no se ha emocionado desde que fue elegido presidente hace diez años. —Edvard se puso los dedos bajo la barbilla y me observó—. Lo estás haciendo bien. Te mantienes firme, incluso cuando trata de socavarte. Te has convertido en una persona muy importante en los últimos meses.

Tragué saliva con fuerza.

—Gracias. Pero yo no soy tú.

—Por supuesto que no, pero no deberías intentar serlo. Ninguno de nosotros debe esforzarse por ser nadie más que nosotros mismos, y tú no eres menos que yo ni que nadie. —La expresión de Edvard se suavizó—. Sé que la perspectiva de convertirte en reina es abrumadora. ¿Sabías que yo estuve hecho polvo durante los meses previos a mi coronación?

—¿Ah, sí? —No me podía imaginar a mi abuelo, tan orgulloso y regio, nervioso por nada.

—Sí. —Se rio—. La noche antes de la ceremonia, vomité en la maceta favorita de la reina madre. Tendrías que haberla oído gritar cuando descubrió el… regalo que le dejé.

Una pequeña carcajada me brotó de la garganta ante la imagen que crearon sus palabras. Mi bisabuela había muerto antes de que yo naciera, pero había oído que era una mujer de armas tomar.

—La cuestión es que es normal sentirse así, pero tengo fe en ti. —Edvard le dio un golpecito al sello real de mi escritorio—. Tu coronación llega antes de lo que cualquiera de nosotros esperaba, pero serás una buena reina. No me cabe ninguna duda.

—Ni siquiera he terminado la formación —dije—. Nik estuvo toda la vida formándose para asumir el cargo, y yo solo llevo unos meses. ¿Y si lo estropeo todo?

Un escalofrío me recorrió la columna vertebral y volví a apretar la mano contra la rodilla para evitar que rebotara.

—Nadie espera que seas perfecta, aunque pueda parecerlo —dijo Edvard—. Admito que hay menos margen para que un rey o una reina cometan errores, pero tú puedes cometerlos, siempre que aprendas de ellos. Ser un líder no tiene nada que ver con los conocimientos técnicos. Tiene que ver contigo como persona. Tu compasión, tu fuerza, tu empatía. Todo eso lo tienes a raudales. Además… —Se le arrugaron los ojos en una sonrisa—. No hay mejor manera de aprender que trabajando.

—Mientras millones de personas miran.

—Hay que saber trabajar bajo presión —reconoció.

Mi risa sonó oxidada después de una semana sin usarla.

—¿De verdad crees que puedo hacerlo? —Me corroía la incertidumbre, y traté de no pensar en lo que habría hecho mi madre en mi lugar. La elegancia con la que habría manejado todo mucho mejor que yo.

—Lo sé. Pero ya estás tomando responsabilidades en las reuniones con el presidente, sabes enfrentarte a Erhall, y la gente te quiere. —Edvard irradiaba tanta confianza que me recordó a Rhys, que no había dudado ni una sola vez de mi capacidad para hacer nada.

«No necesitas una corona para ser reina, princesa».

Dios, le echaba de menos. Más de lo que nunca pensé que echaría de menos a alguien.

—Estoy aquí siempre que quieras hablar de cualquier cosa de la corona, pero hoy no venía a eso. —Edvard me examinó, con la mirada incisiva a pesar de su convalecencia—. Quería hablar contigo, Bridget. No con la princesa.

Me invadió la inquietud.

—¿Qué pasa conmigo?

—Eres profundamente infeliz, querida. Lo has sido desde que salí del hospital. —Me dirigió una sonrisa irónica—. Por mi propio bien, daré por hecho que no estás devastada porque haya salido de esta. Pero da la casualidad de que el marco temporal coincide con cierta pedida de mano próxima y la marcha de cierto guardaespaldas.

El escritorio se nubló y parpadeé para recuperar la visión.

—Estoy bien. Tenías razón. Tenía que romper con él, y Steffan será un buen consorte.

—No me mientas. —La voz de Edvard se agravó con una autoridad regia, y me estremecí—. Eres mi nieta. Sé cuándo me estás mintiendo, y sé cuándo no eres feliz. Ahora mismo, me mientes y no eres feliz.

Tomé la prudente decisión de no responder.

—Estaba, y sigo estando, bastante molesto por tu relación con el señor Larsen. Fue una insensatez, y la prensa todavía está haciendo el agosto con eso. Pero… —Dejó escapar un suspiro lleno de tristeza y empatía—. Eres, ante todo, mi nieta. Quiero que seas feliz por encima de todo. Pensaba que tu relación con él era algo pasajero, pero a juzgar por la manera en la que vagas por ahí como una zombi con el corazón roto, supongo que no era el caso.

Me pellizqué debajo del escritorio para asegurarme de que no estaba soñando. Un dolor agudo me confirmó que, en efecto, la frase «zombi con el corazón roto» había salido de la boca de mi abuelo.

Pero por muy raras que sonaran sus palabras, tenía razón.

—No pasa nada —dije, recordando lo que había dicho Steffan ese mismo día—. Ya es tarde. Estaba intentando derogar la Ley de Matrimonios Reales antes de que se convirtiera en un problema, pero ya no hay tiempo.

—Quedan nueve meses, si no recuerdo mal.

—Y tres semanas para la pedida de mano —señalé.

—Mmm. —El sonido parecía cargado de significado.

No podía estar insinuando lo que creía que estaba insinuando.

—Abuelo, tú quisiste que rompiera con Rhys. Todo este tiempo me has presionado para que me casara con Steffan y… —Se me formó un nudo de emoción en la garganta—. Te dio un infarto cuando me negué.

Puso cara de terror.

—¿De verdad piensas eso? —Edvard se incorporó, con los ojos como platos—. Bridget, no fue por tu culpa ni por ninguna otra cosa. Fue por una acumulación de estrés. En todo caso, fue culpa mía por no escucharte ni a ti ni a Nikolai. —Hizo un gesto de preocupación—. Debería haber reducido mi carga de trabajo, y no lo hice. El infarto llegó en un momento desafortunado, pero no fue culpa tuya. ¿Entendido?

Asentí, mientras el nudo de emoción se expandía por todo mi cuerpo. Sentía una presión en el pecho, y la piel me ardía y se me helaba en oleadas.

—No te culpo por lo que ha pasado. Ni lo más mínimo —dijo—. Y, por decreto real, te ordeno que dejes de culparte tú también.

Esbocé una sonrisa débil al mismo tiempo que una lágrima me resbalaba por la mejilla.

—Oh, cielo. —Edvard suspiró profundamente—. Ven aquí.

Abrió los brazos y yo rodeé el escritorio y le abracé, respirando su aroma tan familiar, a cuero y a colonia cara. Noté cómo se aflojaba algo la presión que tenía dentro desde que le había dado el infarto.

Hasta ese momento no me había dado cuenta de cómo necesitaba su perdón.

—Eres mi nieta, quiero que seas feliz.

—Edvard me estrechó entre sus brazos—. No podemos romper la ley, pero eres una chica muy inteligente, y tienes nueve meses. Haz lo que tengas que hacer. ¿Entiendes lo que te digo?

—Creo que sí —susurré.

—Bien. —Se retiró y me dio un beso en la frente—. Piensa como una reina. Y recuerda, los mejores gobernantes son aquellos capaces de manejar igual de bien el palo que la zanahoria.

«Los mejores gobernantes son aquellos capaces de manejar igual de bien el palo que la zanahoria».

Las palabras de Edvard se quedaron flotando mucho tiempo después de que se marchara y el sol de la tarde se convirtiera en el frío azul del crepúsculo.

Cogí el teléfono, con la cabeza acelerada por todas las implicaciones que tendría lo que estaba dispuesta a hacer.

Tenía un as en la manga, pero no me había planteado la idea hasta ahora porque era manipuladora, tramposa y estaba completamente en contra de mi moral.

No era una zanahoria ni un palo. Era el equivalente a una bomba nuclear.

Pero aunque en teoría tenía nueve meses, respetaba demasiado a Steffan como para humillarle rompiendo con él después de la pedida de mano, en caso de que lograra derogar la Ley de Matrimonios Reales. Tampoco podía cancelar la pedida sin una buena razón. La Casa Real se hundiría.

Así que tenía tres semanas para conseguir que Erhall, que me despreciaba, presentara una moción a la que ya se había declarado en contra y convenciera a tres cuartas partes del Parlamento de anular una de las leyes más antiguas de la nación.

La bomba nuclear era mi única opción viable.

Recorrí mi lista de contactos hasta llegar al nombre que buscaba. Dudé mientras pasaba el pulgar por la pantalla.

¿De verdad quería hacer esto? ¿Sería capaz de vivir conmigo misma?

«Esta es la vida que nos ha tocado».

«Tenemos nueve meses. Ya averiguaremos cómo coño lo hacemos».

«Cariño, creo que ya hemos ido mucho más allá».

Marqué el número. Contestó en el primer tono.

—Te llamo para un asunto personal. —Me salté el saludo y fui directa al grano. Si alguien valoraba la eficiencia, era él.

—Estaba esperando tu llamada. —Prácticamente pude ver la sonrisa de Alex Volkov a través del teléfono, seria y gélida—. ¿Qué puedo hacer por ti, alteza?

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