Twisted Games

Twisted Games


Capítulo 44

Página 50 de 60

44

Bridget

Me había vuelto loca pidiendo ayuda a Alex. Por mucho que saliera con Ava, y por mucho que fuera menos… sociópata desde que habían vuelto el año pasado, no me fiaba ni un pelo de él.

Pero, a pesar de todo, quería a Ava de verdad, y me debía una por haberle dado un empujón antes de irme a Nueva York. Si no lo hubiera hecho, todavía estaría deprimido por haber roto con ella y aterrorizando a todo el mundo a su alrededor.

Nuestra llamada de cuatro días antes había sido breve y concisa. Le dije lo que quería y me confirmó que podía conseguirlo. No dudaba de su capacidad, porque era Alex, pero no me había dado una fecha de entrega y desde entonces estaba en ascuas.

—Alteza. —Booth habló a un volumen más bajo de lo habitual, y su cuerpo temblaba de nervios mientras caminábamos hacia mi habitación. Acabábamos de volver de un evento en el Teatro Nacional de la Ópera, y había estado tan distraída pensando en mi plan que no me había preguntado por qué Booth me acompañaba a mi suite cuando normalmente nos despedíamos en la entrada del palacio.

—¿Sí? —Levanté una ceja cuando Booth miró furtivamente el pasillo vacío. Era buen guardaespaldas, pero como espía era malísimo.

—Léelo cuando te quedes sola —dijo en un tono casi imperceptible mientras me deslizaba un trozo de papel en la mano.

Fruncí el ceño.

—¿Qué…?

Una sirvienta dobló la esquina y Booth retrocedió tan rápido que por poco se estrella contra el jarrón de porcelana de una mesa auxiliar cercana.

—Bueno —dijo, ahora con la voz tan fuerte que me dio un susto—. Si eso es todo, alteza, me retiro. —Volvió a susurrar—: No se lo digas a nadie.

Hizo un gesto con la mano y se fue a toda velocidad por el pasillo hasta desaparecer por la misma esquina que había doblado la doncella.

Fruncí el ceño aún más.

¿Qué narices? No era propio de Booth ser tan críptico, pero hice lo que me pidió y esperé a cerrar la puerta tras de mí antes de desdoblar el papel. A Booth no le pegaba nada darme notas secretas. Lo que había…

El tiempo se detuvo. La sangre se me subió a la cara y el estómago se me encogió ante el garabato atropellado y familiar que tenía entre las manos.

Esta noche a las 21.00, princesa. Dos sillas.

No había firma, pero no la necesitaba.

Rhys seguía en Eldorra.

Me invadió una descarga de alivio, seguida de ansiedad y de una punzada de pánico. No habíamos hablado desde el hospital, y no habíamos terminado exactamente en buenos términos. ¿Por qué se acercaba ahora, dos semanas y media después? ¿Cómo había convencido a Booth para que me enviara una nota a escondidas? ¿Qué…?

—¡Bridget!

Durante un segundo, pensé que la llamada de mi nombre venía de otra habitación, pero entonces levanté la vista y vi a una morena bajita dentro de mi suite.

Me invadió otra descarga de alivio, esta vez de otro tipo.

—¡Ava! ¿Qué haces aquí? —Me guardé corriendo la nota de Rhys en el bolsillo, donde se quedó vibrando entre la seda y mi piel.

Su rostro se convirtió en una amplia sonrisa.

—¡Sorpresa! He venido a verte, por supuesto. Y no vengo sola.

En ese momento, Jules apareció en el salón vestida con un abrigo verde que me resultaba familiar.

—Buenas tardes, alteza —canturreó.

Ladeé la cabeza.

—¿Ese es mi abrigo?

—Sí —dijo sin ninguna vergüenza—. Me encanta. Me resalta el color del pelo. —El esmeralda, en efecto, le resaltaba el pelo rojo.

—Tu armario es flipante. Luego necesito un tour en profundidad.

—Ya has hecho un tour en profundidad tú solita. —Stella se acercó por detrás, con un elegante vestido blanco que hacía brillar su piel aceitunada. Como la influencer de moda de nuestro grupo, su armario rivalizaba con el mío, aunque sus elecciones de ropa eran más informales—. Te has pasado media hora cotilleando su colección de zapatos.

—Se llama investigación —dijo Jules—. Voy a ser abogada. Los tacones potentes son esenciales para pisotear a la acusación.

Dejé escapar una suave carcajada mientras abrazaba a mis amigas, y mi sorpresa se fue transformando en emoción. No las había visto en persona desde que volví a Eldorra, y no me había dado cuenta de cuánto había echado de menos nuestras charlas hasta ahora.

Sin embargo, me contuve en saludar a la última persona del grupo con un abrazo.

—Alex. —Saludé con la cabeza al novio de Ava, aunque esa es una palabra demasiado sosa para describirle. Los novios eran dulces y amables. Alex tenía los ojos fríos y su comportamiento era más frío si cabe, por lo que era cualquier cosa menos eso, aunque su expresión subía varios grados cuando miraba a Ava.

—Bridget.

Ninguno de los dos dimos señales de haber interactuado más allá de este tipo de ambientes grupales. Me sentí mal al ocultarle a Ava mi llamada, pero cuanto menos supiera de lo que estábamos haciendo, mejor. La negación plausible era importante.

—Vimos en las noticias lo que pasó con tu abuelo y Rhys. —Ava frunció el ceño con preocupación—. Queríamos venir antes, pero Jules tenía que terminar las prácticas y yo no he podido tomarme días libres hasta ahora. ¿Cómo lo llevas?

—Estoy bien. Mi abuelo está mucho mejor. —No mencioné a Rhys a propósito.

—Sabía que tenías algo con ese guardaespaldas tan guapo. Nunca me equivoco —bromeó Jules antes de ponerse también seria—. ¿Necesitas algo de nosotras, cariño? ¿Que nos liemos a leches con algún paparazzo? ¿O que te cubramos mientras te escapas a una cita de medianoche con tu amante? Puedo teñirme de rubia.

—J, Bridget te saca una cabeza —dijo Stella.

Jules levantó un hombro.

—Es lo de menos. Nada que no arreglen unos tacones.

Me volví a reír, aunque la nota de Rhys me ardía en el bolsillo. «21.00. Dos sillas».

—¿Cómo habéis entrado aquí?

—Nikolai nos ayudó con la sorpresa —dijo Jules—. Lástima que esté cogido. Tu hermano está bueno.

—Nos vamos a quedar el fin de semana —añadió Stella, apartándose un rizo suelto de la cara. Tenía los ojos verdes, la piel oscura y unas piernas fantásticas; era la persona más guapa que conocía, y aunque ella era plenamente consciente del efecto que su aspecto tenía en los demás (especialmente en los hombres) nunca presumía de ello—. Ojalá pudiéramos quedarnos más tiempo, pero no podemos cogernos tantos días libres.

—No pasa nada. Me alegro de que hayáis venido. —El nudo de soledad en mi estómago se aflojó un poco. Por mucho que quisiera releer la nota de Rhys una y otra vez hasta memorizar cada curva de las letras, también quería pasar el rato con mis amigas. Había pasado demasiado tiempo.

—Decidme. ¿Qué me he perdido?

Como no tenía ninguna reunión en lo que quedaba de día, pasé la tarde poniéndome al tanto con mis amigas mientras Alex atendía una serie de llamadas de trabajo. Les hablé de mi formación, de la gira de buena voluntad y del baile de cumpleaños. Ellas me hablaron de sus trabajos, de sus citas fracasadas y de su viaje por carretera al Parque Nacional de Shenandoah.

Finalmente, pasamos los temas ligeros y llegamos al tema jugoso.

—Tú y Rhys. —Ava me apretó la mano—. ¿Qué pasó?

Dudé, sin tener claro cuánto contarles, y al final me decanté por una versión breve y aséptica de la historia, empezando por cuando me enteré de la abdicación de Nikolai y terminando con nuestra ruptura en el hospital. Lo conté todo sin derrumbarme, lo que consideré una gran victoria.

Una vez que terminé, mis amigas se quedaron boquiabiertas, con caras que iban del asombro a la tristeza y la empatía.

—Joder —dijo Jules—. Tu vida es un culebrón.

—No exactamente. —Los culebrones solían tener finales felices, y el mío seguía en el aire.

—¿Hay algo que podamos hacer? —La empatía se reflejó en el rostro de Stella. Por una vez, no estaba pendiente del teléfono, lo cual era un gran logro, ya que prácticamente vivía en internet.

Negué con la cabeza.

—Ya lo averiguaré.

Si Alex lo consigue. Volví la vista hacia la ventana, donde estaba él de pie hablando por teléfono en ruso a toda velocidad.

—Se solucionará, cariño. —Jules irradiaba confianza—. Siempre hay solución. Si no es así, declara la ley marcial y diles que te quedas con la corona y con el guardaespaldas buenorro. ¿Qué van a hacer, guillotinarte?

Sonreí. Siempre podía contar con las ideas de bombero de Jules.

—No funciona así, pero a lo mejor lo hacen.

—Que se jodan. Que lo intenten. Si lo hacen, Alex se encargará de ellos. ¿A que sí, Alex? —Jules puso una voz burlona y cantarina.

Alex la ignoró.

—Deja de provocarle —dijo Ava—. No siempre puedo salvarte.

—No le estoy provocando. Es un cumplido. Tu hombre es capaz de conseguir cualquier cosa. —Cuando Ava se dio la vuelta, Jules se inclinó y susurró—: Le tiene completamente a su merced. Mira. —Levantó la voz hasta un nivel de pánico—. ¡Dios mío! Ava, ¿estás sangrando?

Alex levantó la cabeza de golpe. Menos de cinco segundos después, colgó la llamada y fue directo a Ava, que tenía aspecto confuso y se quedó con la mano inmóvil, a punto de coger un bollo de la mesa.

—Estoy bien —dijo Ava mientras Alex la examinaba en busca de alguna herida. Le lanzó una mirada asesina a Jules—. ¿Qué te acabo de decir?

—No puedo evitarlo. —A Jules le brillaron los ojos de picardía—. Es muy divertido. Es como jugar con un juguete mecánico.

—Hasta que el juguete cobra vida y te mata —murmuró Stella lo suficientemente alto como para que todos la oyeran.

Alex miró a Jules con antipatía. Sus rasgos eran tan perfectos que resultaba un poco desconcertante, como ver a una estatua cuidadosamente esculpida cobrando vida. A algunas personas les gustaba eso, pero yo prefería a los hombres un poco más imperfectos. Prefiero mil veces las cicatrices o una nariz ligeramente torcida por haberse roto demasiadas veces a la perfección.

—Reza para que Ava y tú sigáis siendo amigas para siempre —dijo Alex con la suficiente frialdad como para ponerme la piel de gallina.

Jules no pareció inmutarse por la amenaza implícita.

—En primer lugar, Ava y yo seremos amigas para siempre. En segundo lugar, atrévete, Volkov.

Ava suspiró.

—¿Ves con lo que me has dejado sola en Washington? —me dijo en voz baja.

Me solidaricé con ella.

Mis amigas se quedaron una hora más antes de irse a cenar. Rechacé su invitación, alegando que tenía algunos asuntos oficiales que atender con urgencia, pero prometí enseñarles el palacio por la mañana.

Miré a escondidas el reloj.

Faltaban tres horas para las nueve de la noche.

Me dolía el estómago de los nervios. ¿Qué diría cuando viera a Rhys? ¿Y qué diría él? No quería contarle mi plan hasta estar segura de tener todas las piezas en su sitio y, de todos modos, a lo mejor no le parecía bien. Mis métodos no eran muy honestos, la verdad.

—Ahora mismo salgo. —Alex le dio un beso en la frente a Ava—. Voy al baño un momento.

Cuando todos salieron, me volví hacia Alex y me crucé de brazos.

—Ya has tardado bastante. Y podrías haberme avisado de que ibas a venir.

—Dirijo una de las empresas más importantes del país. Tengo otros asuntos que atender además de tu vida personal. —Se estiró las mangas de la camisa—. Si quieres también puedes buscar el significado de «sorpresa». Ava insistió.

Suspiré, sin ganas de meterme en discusiones con él.

—Vale. ¿Tienes lo que necesito?

Alex se metió la mano en el bolsillo y sacó una memoria USB.

—Información sobre los ciento ochenta miembros del Parlamento de Eldorra, como me pediste. —Información, otra forma de decir material de chantaje—. Una vez te entregue esto, estamos en paz.

—Entiendo.

Me examinó durante unos segundos antes de depositar el USB en mi mano extendida.

Cerré los dedos en torno al diminuto dispositivo mientras se me aceleraba el corazón como un conejo asustado. No me puedo creer que esté haciendo esto. Yo no era una chantajista. Pero necesitaba alguna ventaja, y rápido, y esa era la única forma que se me ocurría para conseguirla.

Esperaba no tener que recurrir a la información. Sin embargo, a medida que el reloj avanzaba y los ministros rechazaban mis ruegos de manera educada pero firme, aumentaban las probabilidades de tener que hacerlo.

—Admito que estoy impresionado —dijo Alex—. No creí que tuvieras el valor. Tal vez sí que tengas madera de reina, después de todo.

Cómo no, Alex pensaba que el buen liderazgo se basaba en la manipulación y el engaño. Su filósofo favorito probablemente era Maquiavelo.

—Alex —dije—. No te lo tomes a mal, pero eres un cabrón.

—Esa es una de las cosas más agradables que me han llamado nunca. —Miró el reloj—. Te daría las gracias, pero me da igual. Confío en que te las apañarás a partir de aquí. —Señaló con la cabeza la memoria USB.

—Sí. —Se me ocurrió algo. No debía preguntar, porque tenía la sensación de que no me iba a gustar la respuesta, pero…—: También tienes material para chantajearme a mí, ¿no?

No había hecho muchas cosas en mi vida por las que me pudieran chantajear, excepto mi relación con Rhys cuando era un secreto… y lo que estaba haciendo ahora.

Qué irónico.

Alex curvó ligeramente los labios.

—La información es poder.

—Si algo se filtra, Ava nunca te perdonará.

Era la única amenaza que funcionaba contra él.

No creía que fuera a revelar nada, pero con Alex Volkov nunca se sabía.

Su expresión se tensó.

—Con esto concluye nuestro acuerdo, alteza. —Se detuvo en la puerta—. Te sugiero que busques primero en la familia de Arthur Erhall. Hay información que te resultará muy interesante.

Desapareció en el vestíbulo, dejándome tan solo con el USB y una sensación de malestar en el estómago.

Meter a Alex en esto había sido una idea horrible, pero ya era demasiado tarde para arrepentirse.

Cogí mi ordenador portátil secreto y conecté el USB. No me fiaba de él como para conectar a mi ordenador personal cualquier cosa que viniera de su parte.

Abrí la carpeta de Erhall. Finanzas. Relaciones pasadas. Familia. Acuerdos políticos y escándalos que habían sido encubiertos. Tuve la tentación de sumergirme en el último, pero primero cliqué en el archivo de la familia, como había sugerido Alex.

Al principio, parecía normal, solo un resumen del linaje de Erhall e información sobre su exmujer, que había muerto en un accidente de avión hacía años. Entonces me fijé en la palabra hijos y en los dos nombres que aparecían debajo.

Me llevé la mano a la boca.

Dios mío.

Ir a la siguiente página

Report Page