Twisted Games

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Capítulo 45

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Rhys

No iba a venir.

Estaba en la azotea de la torre norte del palacio, con la mandíbula tensa mientras miraba cómo pasaban los minutos en el reloj.

Las nueve y seis minutos. Y siete. Y ocho.

Bridget siempre era muy puntual, a menos que tuviera alguna reunión, y nunca tenía reuniones a esas horas de la noche.

Tic. Tic. Tic.

Se me revolvió el estómago de incertidumbre. Había arriesgado mucho metiendo en esto a Booth y colándome en el palacio, pero estaba desesperado por verla.

Sabía que había alguna probabilidad de que Bridget fuera tan testaruda de no presentarse. Pero también la conocía. Daba igual lo que dijera, quería alejarse de mí tanto como yo quería alejarme de ella, y suponía que las últimas dos semanas habrían sido un infierno para ella, al igual que lo habían sido para mí.

Una parte de mí esperaba que no fuera así, porque la idea de que sufriera cualquier tipo de dolor me daba ganas de prenderle fuego al palacio hasta acabar con todo. Pero otra parte, la más egoísta, esperaba haberla atormentado como ella me atormentaba a mí. Que en cada respiración le costara llenarse los pulmones de oxígeno, y que cada mención de mi nombre le provocara una aguda punzada de dolor en el pecho.

Porque el dolor significaba que todavía le importaba.

—Vamos, princesa. —Miré fijamente la puerta roja de metal y recé para que la atravesara—. No me falles.

Las nueve y doce minutos. Y trece.

La mandíbula me palpitaba al compás de los latidos de mi corazón.

Me la sudaba. Si lo de esa noche no funcionaba, lo volvería a intentar hasta conseguirlo. Había luchado y ganado batallas imposibles a lo largo de toda mi vida, y la de Bridget era la más importante de todas.

Si ella no podía o no quería luchar por nosotros (por su culpa, su deber, su familia o cualquier otra razón), yo lucharía por los dos.

Las nueve y catorce minutos. Y quince.

Maldita sea, princesa, ¿dónde estás?

O Bridget no había recibido la nota, o había decidido no venir.

Booth me había escrito confirmando que le había entregado la nota, y confiaba en él. De lo contrario, no le habría contactado. Si lo que decía era cierto, entonces…

El dolor me atravesó, pero me obligué a apartarlo de mí. Esperaría toda la noche si era necesario, por si cambiaba de opinión, o si…

La puerta se abrió de golpe y, de repente, apareció. Sin aliento, con las mejillas rojas y el pelo alborotado por el viento.

Se me multiplicó el ritmo cardíaco en un milisegundo.

Me puse rígido, y sentí como el aire me llenaba los pulmones mientras volvía a la vida.

Bridget seguía en la puerta, con una mano en el pomo, los labios entreabiertos y la respiración agitada.

La luz de la luna salpicaba toda la azotea, tiñendo de plata su melena dorada e iluminándole las esbeltas curvas del cuerpo. El viento arrastraba hacia mí un leve rastro de su exuberante olor a jazmín, y el vestido verde le dejaba al descubierto los hombros y, al ondearle sobre los muslos, dejaba ver la larga y suave extensión de sus piernas.

Me encantaba ese vestido. Ella sabía que me gustaba ese vestido. Y algo dentro de mí se relajó por primera vez en semanas.

—Hola —dijo ella. Agarró con fuerza el pomo de la puerta, como si intentara estabilizarse.

Sonreí.

—Hola, princesa.

El espacio que nos separaba vibraba, lleno de tensión por la expectación y las palabras no pronunciadas, como si estuviera vivo y en cada respiración nos acercara un poco más el uno al otro. Ya no existía la distancia que había sentido en el hospital. Ella estaba en mi piel, en mi alma, en el propio aire que respiraba.

Todo lo que había pasado en las últimas dos semanas para llegar aquí había valido la pena.

—Perdona por llegar tarde. Me encontré con Markus y me empezó a hablar sobre la coronación. —Bridget se apartó el pelo de la cara y me di cuenta de que le temblaba ligeramente la mano—. Resulta que el arzobispo…

—Ven aquí, cariño.

Me importaban tres cojones Markus o el arzobispo. La necesitaba a ella. Solo a ella.

Se quedó inmóvil al oír mis palabras después de tanto tiempo de espera. Por un instante pensé que se daría la vuelta y saldría corriendo, algo que tal vez fuera lo más sensato, teniendo en cuenta la furia contenida que tenía dentro. Pero entonces echó a correr hacia mí, con la melena al viento.

La estreché entre mis brazos mientras nuestras bocas se hundían una en la otra. Nos enredamos con las lenguas. Nos rozamos con los dientes. Nos palpamos con las manos cada centímetro de carne al que pudimos acceder.

Habían sido dos semanas que parecían dos años, por la forma en que nos devoramos el uno al otro.

La agarré del culo y le mordí el labio inferior como castigo por habernos obligado a perder todo aquel tiempo en que podríamos haber estado juntos. Por pensar que podría decir algo que me hiciera renunciar a ella, cuando era lo único que había querido en toda mi vida.

Incluso aunque hubiera hecho alguna gilipollez, como marcharme en el fragor del momento, siempre encontraba el camino de vuelta a ella.

—Lo siento —susurró Bridget con la voz cargada de emoción—. Por lo que dije en el hospital. No quiero casarme con Steffan, y no…

—Lo sé. —Con la palma de la mano le acaricié la espalda, y su piel caliente se convirtió en seda fría. Le recorrió otro pequeño escalofrío—. Siento haberme marchado.

Me corroía el arrepentimiento. Nuestra separación había sido tanto culpa mía como de ella. Debería haberme quedado. Haber luchado más.

Por otra parte, ella necesitaba ese espacio para poner en orden sus pensamientos. El ataque al corazón de su abuelo aún estaba demasiado reciente, y era imposible que cambiara de opinión ese mismo día.

—Ya pensaba que no ibas a venir. —Detuve la mano en la parte baja de su espalda—. Recuérdame que mate a Markus la próxima vez que le vea.

Ella soltó una pequeña carcajada.

—Vale. —Bridget levantó la barbilla hasta que su mirada se encontró con la mía—. Yo… —Pareció pensarse mejor lo que iba a decir—. ¿Cómo has entrado aquí? Como te haya visto alguien…

—No me han visto. Estuve en la Marina, ¿recuerdas? —dije—. Soy capaz de burlar a unos cuantos guardias reales.

Ella puso los ojos en blanco, y sonreí ante la divertida imagen de su exasperación, que tan bien conocía. Joder, cómo la había echado de menos. Esto. A nosotros.

—¿Y Booth?

—Por poco le doy un susto de muerte al presentarme en su casa, pero puedo ser bastante persuasivo. —Convencerle me había costado menos de lo que creía. Según Booth, Bridget llevaba deprimida desde el hospital, y esperaba que verme la ayudara. No era estúpido, sabía que Bridget y yo teníamos algo.

Booth podría perder el trabajo si alguien se enterara de que le pasaba a Bridget notitas de mi parte, pero se arriesgó igualmente.

Le debía una cena y una cerveza en algún momento.

—No esperaba que volvieras después de lo que pasó —dijo Bridget—. Pensaba que estabas molesto conmigo. Pensaba… —tragó saliva— que te habías ido.

—Y me fui. Tuve que salir del país para conseguir un nuevo visado —aclaré cuando levantó las cejas—. Seis meses como turista. —Esbocé una media sonrisa—. Supongo que ahora me tendré que comprar una camiseta de «Recuerdo de Eldorra».

Me dirigió una diminuta sonrisa.

—Entonces, ¿te vas a quedar seis meses? —Sonaba aliviada y triste a la vez.

Seis meses era mucho tiempo, pero estaba muy lejos de ser suficiente.

—No, princesa. Me quedaré mientras tú estés aquí.

La mirada de Bridget se llenó de alegría antes de que se volviera a poner en tensión.

—¿Cómo…? ¿Por qué…?

—Ya veré cómo. En cuanto al porqué… —La apreté más contra mí—. No te voy a dejar. Si estás en Eldorra, yo estaré en Eldorra. Si estás en la Antártida, en el Sáhara o en mitad del puto océano, yo estaré allí. Soy tan tuyo como tú eres mía, princesa, y no me alejará de ti una ley. Me da igual lo que diga un trozo de papel. Le prenderé fuego a todo el puto Parlamento si es necesario.

En su cara se reflejaron un millón de emociones.

—Rhys…

—Hablo en serio.

—Lo sé. Y no sé qué me pasa, porque nunca me ha emocionado tanto la idea de provocar un incendio. —Se le borró la sonrisa—. Pero tengo que decirte algo. Varias cosas, de hecho.

Su tono de voz me inquietó.

—De acuerdo.

—Es curioso que hayas mencionado quemar el Parlamento. Tengo una idea… No para quemarlo físicamente —añadió enseguida cuando arqueé las cejas—. Pero creo que tengo una forma de derogar la ley antes de que Steffan me proponga matrimonio.

La bestia dentro de mi pecho rugió al oír su nombre. El plan de Andreas no resolvía el problema a corto plazo del compromiso de Bridget y Steffan (y era un problema a muy corto plazo), pero yo mismo me encargaría de ello. De ninguna manera Bridget se iba a poner en el dedo el anillo de otro hombre.

—Sin embargo, no sé si podré seguir adelante con ello. —En los ojos le brilló un destello de vulnerabilidad—. No es, lo que se dice, muy legal.

—¿Qué es?

Las mejillas de Bridget se tiñeron de rosa antes de que se pusiera firme y dijera:

—Chantajear a los ministros para que apoyen la moción y voten por la derogación.

Espera un puto segundo.

—Repite eso.

Y repitió:

—Como he dicho, no es la estrategia más legal, pero…

Se me escapó un ruido gutural que la cortó. Frunció el ceño.

—¿Qué?

—¿Has hablado con Andreas? —Si no lo había hecho, la situación era demasiado irónica.

Frunció el ceño un poco más.

—No. ¿Por qué iba a hablar con Andreas de esto? Quiere robarme la corona.

No exactamente. Andreas y yo habíamos pasado bastante tiempo juntos elaborando el plan y, aunque seguía sin fiarme un pelo de él, sabía que no quería la corona. Le gustaba demasiado su estilo de vida despreocupado como príncipe sin ningún tipo de responsabilidad.

—Porque tiene una idea similar, aunque la suya solo se aplica a Erhall, no a todo el Parlamento. —Sonreí—. Tú siempre has destacado mucho más que el resto.

—¿Por qué hablas con…? —Bridget puso los ojos como platos—. Lo sabes.

Mi sorpresa fue similar a la de ella. ¿Cómo había…? Entonces me di cuenta. Su chantaje a Erhall. Debía de haber conseguido información sobre mí y Andreas.

Pero antes de decir nada, quería asegurarme de que estuviéramos hablando de lo mismo. Había estado dándole vueltas a cómo revelar mi parentesco; no quería soltarle la bomba sin estar seguro.

—Sé lo de Andreas. —La observé con cautela—. Es…

Un tenso silencio vibró entre nosotros.

—Tu hermano.

—Mi hermano.

Lo dijimos al mismo tiempo. Ya estaba. Mi secreto, al descubierto.

Después de treinta y cuatro años sin familia, excepto mi madre, que apenas contaba como familia, era extraño pensar que tenía un hermano.

—Así que es verdad. —Bridget soltó un largo suspiro, todavía con expresión conmocionada—. ¿Cómo te has enterado?

—Christian investigó un poco y me lo dijo. Fui a ver a Andreas. —Le conté lo que había sucedido en su casa, además del plan de Andreas para chantajear a Erhall con la información de que yo era su hijo. Erhall no podía permitirse un escándalo antes de las elecciones, y un hijo no reconocido de una relación de hace tanto tiempo era la perfecta definición de «escándalo».

—Me aterra un poco que se me haya ocurrido la misma idea que a mi primo. —Podía ver los engranajes trabajar en la mente de Bridget mientras digería la información—. ¿Cómo sabes que podemos confiar en él?

—No lo sé, pero tenemos ventaja. No quiere que nadie descubra que Erhall es su padre, porque…

—… podría perder su estatus real —concluyó Bridget—. Para él, es un destino peor que la muerte.

—Eso es.

Toda la situación era un embrollo enorme. Odiaba las manipulaciones, y estábamos atrapados en la red más retorcida de maniobras y estrategias. Tampoco me gustaba la idea del chantaje, pero si era lo que había que hacer, lo haría.

Bridget me examinó, con sus preciosos ojos azules llenos de empatía.

—Debe de haber sido un shock enterarte de lo de Erhall y Andreas. Sé que tienes sentimientos encontrados respecto a tu padre.

Esa era una forma de decirlo. Otra forma era que le despreciaba aún más, ahora que conocía su identidad.

—No es mi padre. —Erhall era, en el mejor de los casos, un donante de esperma—. Pero no quiero hablar de él ahora. Centrémonos en tu plan.

Tenía mucha mierda que resolver en lo que respectaba a Erhall, pero podía ocuparme más adelante.

Bridget captó la indirecta y cambió de tema.

—Bien. Entonces —levantó la barbilla—, vamos a hacer esto de verdad. Chantajear al presidente del Parlamento.

A pesar de su valentía, por debajo de sus palabras se intuían muchos nervios, y me consumía la necesidad imperiosa de protegerla (del mundo, de sus propias dudas e inseguridades).

Me habría gustado que pudiera verse a sí misma como yo la veía. Jodidamente perfecta.

Le enmarqué el rostro con las manos.

—Si lo hacemos, lo hacemos juntos. Tú y yo contra el mundo, princesa.

Su sonrisa me provocó una descarga de calor en los huesos.

—No querría tener a ninguna otra persona a mi lado, señor Larsen. —Respiró profundamente—. Puede que necesitemos la información para presionar a Erhall, pero quiero intentar algo antes de hacer lo mismo con el Parlamento. Todo este tiempo he tratado a los periodistas de la prensa rosa como a mis enemigos, pero quizás puedan convertirse en aliados.

Me explicó su plan. Era más fácil que chantajear a ciento ochenta poderosos de Eldorra, pero también era un riesgo importante.

—¿Estás segura? —pregunté cuando terminó—. Tiene mucho riesgo.

Bridget era la que más tenía que perder si no salía bien.

—Sí. No me puedo creer que no se me haya ocurrido antes. —Hizo una pausa—. Bueno, en realidad, sí puedo. Tenía miedo del qué dirán, y de que disminuyera mi legitimidad como gobernante. Pero estoy cansada de tener miedo. Un gran riesgo conlleva una gran recompensa, ¿verdad?

Esbocé una pequeña sonrisa en los labios.

—Por supuesto.

Bridget era, después de todo, mi mayor riesgo y mi mayor recompensa.

Levantó una mano y entrelazó los dedos con los míos.

—Te he echado de menos.

El estado de ánimo cambió, pasando de la energía práctica de nuestro plan a algo más suave y dolorosamente vulnerable.

—Estoy aquí. No me voy a ir. —Le acaricié el labio inferior con el pulgar—. Cuido lo que es mío, y tú has sido mía desde el momento en que te vi en la puerta de tu casa de Thayer, con ese sistema de seguridad tan malo. Malo hasta que lo arreglé, claro.

Se le escapó una sonrisa.

—En ese momento no me soportabas.

—Da igual. Seguías siendo mía. —La agarré de la nuca con la mano mientras mantenía mi pulgar en su labio—. Y debía luchar por ti. Y protegerte. Y follarte. —Bajé la voz—. Y amarte.

Bridget inspiró profundamente.

—En Costa Rica me preguntaste si alguna vez me había enamorado. Dije que no. —Bajé la cabeza hasta que nuestras frentes se tocaron y sus labios quedaron a escasos centímetros de los míos—. Pregúntamelo otra vez.

Era la misma pregunta que le había hecho en el hospital, pero esta vez, Bridget no interrumpió nuestra mirada mientras preguntaba:

—¿Has estado enamorado alguna vez, señor Larsen?

—Solo una vez. —Deslicé la mano desde su cuello hasta la parte posterior de su cabeza—. Y tú, princesa, ¿has estado enamorada alguna vez?

—Solo una vez —susurró.

Exhalé con fuerza y sus palabras se hundieron en mi alma, abriendo grietas que no sabía que existían.

Hasta que llegó Bridget, nunca había amado ni me habían amado, y por fin entendí por qué se le daba tanta importancia. Era mejor que cualquier armadura a prueba de balas o el olvido que encontré en el fondo de la botella durante mi efímera aventura con el alcohol.

El alcohol servía para adormecerse, y yo no quería estar adormecido. Yo quería sentir absolutamente todo con ella.

Atraje a Bridget hacia mí hasta que nuestros cuerpos se apretaron el uno contra el otro.

—Eso es —dije abrumado por la pasión—. Solo una vez. La primera y la última. No lo olvides, princesa.

La agarré del pelo y le tiré de la cabeza hacia atrás, con mi boca hundida en la suya, cálida y voraz, mientras avanzábamos hacia una silla.

Había noches en las que me tomaba mi tiempo, saboreando cada centímetro de su cuerpo antes de darnos lo que ambos queríamos, y luego había noches como esta, en las que nuestra desesperada necesidad de estar juntos prevalecía sobre todo lo demás.

—Rhys… —Jadeó cuando le subí la falda hasta las caderas y le arranqué las bragas, demasiado impaciente para bajárselas cuando se sentó. Tiré la seda rota al suelo y le abrí las piernas con la rodilla.

—Me encanta que digas mi nombre. —Entonces me hundí en ella, tragándome su pequeño grito con un beso, mientras la penetraba más profundamente hasta enterrarme hasta la empuñadura.

Tuvimos que ahogar nuestros gemidos para que no se los llevara el viento y, de alguna manera, eso aumentó aún más la intensidad del momento, como si estuviéramos conteniendo todas nuestras emociones en esta pequeña burbuja en la que solo existíamos nosotros.

—Más fuerte, por favor. —Bridget se arqueó hacia mí, mientras me clavaba las uñas en la piel, y la suya, cálida, contrastaba con el frío del viento nocturno en mi espalda.

Me agarré al respaldo de la silla para colocarme en un ángulo mejor y le di lo que me pedía, y se me escapó un gemido de la garganta cuando enterró la cara en mi pecho para ahogar los gritos.

—Qué bien lo haces, princesa.

La sangre me corría caliente mientras la penetraba una y otra vez, con los músculos agarrotados del esfuerzo. Estaba resbaladiza y sentí su aliento cálido contra mi piel mientras se arqueaba contra mí y se rompía con un grito sin palabras.

Mi orgasmo llegó poco después, y me atravesó con tanta intensidad que tardé el doble de lo habitual en recuperarme.

Cuando dejé de temblar, me levanté con la fuerza de mis brazos para no aplastar a Bridget con mi peso, pero ella me aprisionó con las piernas y me atrajo hacia sí.

—¿Segunda ronda? —Le aparté un mechón de pelo de la cara. Tenía aspecto somnoliento y lánguido y satisfecho, y todavía me sorprendía que fuera real.

No solo era real, sino que estaba allí, conmigo.

Soltó una carcajada suave.

—Eres insaciable —dijo, usando la misma palabra que había usado yo con ella.

—¿Contigo? —Le di un beso en la mandíbula—. Siempre.

Los ojos de Bridget se fundieron bajo la luz de la luna, y me apretó con fuerza.

—Te amo.

Suspiré de nuevo.

—Yo también te amo —dije con la voz llena de una emoción largamente enterrada.

Volví a besarla.

Su boca contra la mía, sus extremidades atrapando mi cuerpo, nuestros alientos y nuestros latidos sincronizados hasta ser uno… Llevaba toda la vida viviendo en el infierno, y hasta ahora no había conocido el paraíso.

Pero a medida que nuestro beso se hacía más intenso y volví a sumergirme en ella, me di cuenta de que estaba equivocado.

Bridget era mejor que el paraíso. Era mi hogar.

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