Trono de cristal

Trono de cristal


Capítulo 51

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Capítulo 51

Al día siguiente, Dorian soportaba la mirada de su padre con la barbilla alta. No pensaba bajar la vista, por más que el silencio se prolongase. Era un milagro que el príncipe no hubiera estallado aún, después de que su padre hubiese permitido que Cain jugase con Celaena y la lastimase tan miserablemente sabiendo que la habían drogado, pero necesitaba aquella audiencia con el rey.

—Y ¿bien? —preguntó el soberano por fin.

—Deseo saber qué le pasará a Chaol. Por matar a Cain.

Los ojos del rey lanzaron un destello.

—Y ¿qué crees tú que le debería pasar?

—Nada —respondió Dorian—. Pienso que lo mató para defender a Cel… para defender a la asesina.

—¿Crees que la vida de una asesina vale más que la de un soldado?

Los ojos color zafiro de Dorian se oscurecieron.

—No, pero no me parece un acto honroso matarla por la espalda una vez que ha ganado.

Y si alguna vez descubría que Perrington o su padre lo habían autorizado o que alguien había colaborado con Kaltain para envenenarla… Plantado con los brazos a los costados, Dorian apretó los puños.

—¿Honroso? —El rey de Adarlan se acarició la barba—. Y ¿me matarías a mí si yo intentara asesinarla de ese modo?

—Vos sois mi padre —contestó el príncipe con pies de plomo—. Confiaría en vuestras razones para hacerlo.

—¡Qué bien mientes! Casi tan bien como Perrington.

—Entonces ¿no castigaréis a Chaol?

—No veo razón para deshacerme de un excelente capitán de la guardia.

Dorian suspiró.

—Gracias, padre.

La gratitud que reflejaban sus ojos era genuina.

—¿Algo más? —preguntó el rey en tono solícito.

—Pues… —Dorian miró hacia la ventana y luego de nuevo a su padre, haciendo de tripas corazón una vez más. Tenía otro motivo para estar allí—. Quiero saber qué vais a hacer con la asesina —declaró por fin, y su padre esbozó una sonrisa que le heló la sangre.

—La asesina… —musitó el rey—. Hizo un papel lamentable en el duelo. No creo que una mujer tan quejicosa merezca el título de campeona, por mucha droga que le hubieran administrado. Si de verdad hubiera sido tan buena como dices, habría advertido la presencia del veneno antes de beber. Quizá debería enviarla de vuelta a Endovier.

Dorian se encendió a una velocidad de vértigo.

—¡Os equivocáis acerca de ella! —empezó a decir, pero enseguida negó con la cabeza—. No cambiaréis de opinión, por más que insista.

—Y ¿qué voy a pensar de esa asesina sino que es un monstruo? La traje aquí para que se sometiera a mi voluntad, no para que interfiriese en la vida de mi hijo y de mi imperio.

El príncipe lo fulminó con la mirada. Nunca se había atrevido a mirar a su padre con tanta insolencia, y mientras el rey se sentaba despacio se preguntó si estaría empezando a considerar que Dorian representaba un serio problema. Para su sorpresa, se dio cuenta de que no le importaba. Quizás había llegado el momento de desafiar seriamente a su padre.

—No es un monstruo —replicó Dorian—. Todo lo que ha hecho ha sido con el fin de sobrevivir.

—¿Con el fin de sobrevivir? ¿Esa es la mentira que va contando? Podría haber hecho muchas cosas para sobrevivir, pero escogió matar. Le gusta matar. Hace contigo lo que quiere, ¿verdad? ¡Sí, qué lista es! Si hubiera nacido hombre, habría sido un magnífico político.

Dorian soltó un gruñido ronco.

—No sabéis de lo que habláis. Nada me une a ella.

Aquella frase fue su gran error. Dorian comprendió que el rey acababa de descubrir su punto débil: el miedo abrumador que tenía a que se llevaran a Celaena. Las manos le colgaban a los costados.

El rey de Adarlan miró al príncipe heredero.

—Le enviaré el contrato cuando tome una decisión. Hasta entonces, te aconsejo que mantengas la boca cerrada, muchacho.

Dorian reprimió la furia que hervía en su interior. Con todo, una imagen acudió vívida a su pensamiento: la de Nehemia tendiendo el báculo a Celaena antes del duelo. La princesa no era ninguna tonta. Sabía tan bien como él que los símbolos poseen un poder especial. Aunque la asesina llegara a convertirse en la campeona del rey, habría obtenido el título empleando un arma de Eyllwe. Y si bien Nehemia andaba metida en un juego que no podía ganar, Dorian no podía negar que admiraba a la princesa por atreverse a participar.

Tal vez Dorian, algún día, reuniese el valor necesario para exigir cuentas a su padre por lo que les había hecho a aquellos rebeldes de Eyllwe. Pero todavía no. Aunque sí podía dar un primer paso.

De modo que miró a su padre a los ojos y le dijo con la cabeza alta:

—Perrington propone retener a Nehemia como una especie de rehén para someter a los rebeldes de Eyllwe.

El rey ladeó la cabeza.

—Una idea interesante. ¿Estás de acuerdo con él?

Las palmas de Dorian empezaron a sudar, pero adoptó una expresión impasible al responder:

—No, creo que estamos por encima de esas cosas.

—Ah, ¿sí? ¿Sabes cuántos soldados y material hemos perdido por culpa de esos rebeldes?

—Lo sé, pero valerse de Nehemia con ese fin me parece muy arriesgado. Los rebeldes podrían utilizar el secuestro para buscar aliados en otros reinos. Además, su pueblo adora a Nehemia. Si os preocupa la pérdida de soldados y equipos, pensad que perderéis muchos más si el plan de Perrington provoca en Eyllwe una rebelión en toda regla. Es mejor que nos ganemos el favor de Nehemia. Mediante la diplomacia, podemos convencerla de que contenga a sus rebeldes. Jamás lo lograremos si la retenemos contra su voluntad.

Se hizo un silencio, y Dorian procuró no removerse inquieto mientras su padre le escudriñaba el rostro. Los latidos del corazón le parecían martillazos contra su cuerpo.

Por fin, su padre asintió.

—Ordenaré a Perrington que desista del plan.

Dorian estuvo a punto de suspirar de alivio, pero se mantuvo impertérrito y adoptó un tono firme para decir:

—Gracias por escucharme.

El rey no respondió. Sin aguardar su permiso para retirarse, el príncipe se dio media vuelta y salió.

Celaena intentó no hacer aspavientos cuando se despertó con un fuerte dolor en el hombro y la pierna. Envuelta en vendajes y mantas, echó un vistazo al reloj de la repisa. Casi era la una del mediodía.

Vio las estrellas cuando abrió la boca. No necesitaba un espejo para saber que tenía el cuerpo lleno de horribles cardenales. Frunció el ceño, y la mandíbula acusó el movimiento. Intentó sentarse sin conseguirlo. Le dolía todo.

Llevaba el brazo en cabestrillo y el muslo le escoció cuando movió las piernas bajo las mantas. No recordaba gran cosa de lo sucedido después del duelo del día anterior, pero como mínimo se había librado de morir… a manos de Cain o por orden del rey.

En sueños, se le habían aparecido Nehemia y Elena, pero casi todas las veces habían sido eclipsadas por visiones de muertos y demonios. Las palabras de Cain tampoco la abandonaban. A pesar del dolor y del cansancio, Celaena apenas había descansado por culpa de las pesadillas. Se preguntó qué habría sido del amuleto de Elena. Tenía la sensación de que las pesadillas se debían a su ausencia, y deseó con todo su corazón que le fuera devuelto, aunque Cain estuviera muerto por fin.

La puerta que conducía a sus aposentos se abrió y vio a Nehemia en el umbral. La princesa esbozó una leve sonrisa mientras cerraba la puerta del dormitorio y se acercaba. Ligera, levantando la cabeza, agitó la cola contra la cama.

—Hola —dijo Celaena en eyllwe.

—¿Cómo os encontráis? —respondió Nehemia en la lengua común, sin el menor acento.

Ligera saltó a las resentidas piernas de Celaena para darle la bienvenida a la princesa.

—Tan mal como sugiere mi aspecto —bromeó Celaena, que apenas podía hablar por el dolor.

Nehemia se sentó al borde de la cama. Cuando el colchón se hundió, la asesina dio un respingo. Le iba a costar recuperarse. Ligera, después de olisquear y lamer a Nehemia, se aovilló entre las dos y se quedó dormida. Celaena enterró los dedos en las aterciopeladas orejillas del animal.

—Voy a ir directa al grano —empezó diciendo Nehemia—. El día del duelo, os salvé la vida.

La asesina recordaba vagamente haber visto los dedos de su amiga trazando extraños símbolos en el aire.

—Entonces, ¿no fueron alucinaciones? ¿Vos también visteis todo aquello?

Celaena intentó incorporarse en la cama, pero el cuerpo le dolía demasiado como para desplazarse un centímetro siquiera.

—No, no lo fueron —respondió la princesa—, y sí, vi lo mismo que vos; mis facultades me permiten ver cosas que a los demás, por lo general, les están vedadas. Ayer, el acónito sanguino que Kaltain puso en vuestro vino os ayudó a verlo también: aquello que acecha más allá del velo de este mundo. No creo que fuera ese el propósito de Kaltain, pero la droga reaccionó así en vuestra sangre. La magia atrae a la magia.

Celaena se revolvió incómoda al escuchar aquellas palabras.

—Y ¿por qué habéis fingido no comprender nuestra lengua durante todos estos meses? —preguntó, ansiosa por cambiar de tema pero también extrañada de que aquella pregunta le resultase tan dolorosa como las heridas.

—Al principio, fue una medida de seguridad —explicó la princesa posando la mano en el brazo ileso de su amiga—. Os sorprendería la cantidad de cosas que revela la gente cuando cree que no la entiendes. Sin embargo, mantener el engaño con vos se me hacía más y más penoso con cada día que pasaba.

—Pero ¿por qué me pedisteis que os diera clases?

Nehemia puso los ojos en blanco.

—Porque necesitaba una amiga. Porque me caíais bien.

—Entonces, ¿realmente estabais leyendo aquel libro cuando entré en la biblioteca?

La princesa asintió.

—Yo… estaba buscando información. Sobre las marcas del Wyrd, como vosotros las llamáis. Os mentí cuando dije que no sabía nada de ellas. Lo sé todo. Sé interpretarlas y también emplearlas. Toda mi familia sabe, pero lo guardamos en secreto, un secreto que pasa de generación en generación. Solo se pueden emplear como último recurso contra el mal o en caso de enfermedad muy grave. Y como aquí está prohibida la magia…, bueno, aunque las marcas del Wyrd funcionan con un tipo de poder distinto, estoy segura de que si descubrieran que las estoy usando, me encarcelarían.

De nuevo Celaena trató de sentarse y otra vez se maldijo cuando el dolor la dejó al borde del desmayo.

—¿Las utilizáis?

Nehemia asintió con solemnidad.

—Lo mantenemos en secreto porque poseen un poder terrible. Se pueden usar para hacer el bien, pero también para hacer el mal, y por lo general se emplean con fines nefastos. Nada más llegar advertí que alguien estaba utilizando las marcas del Wyrd para invocar demonios del más allá; reinos que existen más allá del nuestro. Ese bobo, Cain, sabía lo bastante como para invocar criaturas, pero no lo suficiente como para controlarlas y enviarlas de vuelta. Me he pasado meses alejando y destruyendo a las criaturas a las que invocaba. Por eso a veces parecía tan distraída.

Celaena se ruborizó. ¿Cómo había podido pensar que Nehemia estaba matando a los campeones? La asesina levantó la mano derecha para enseñarle las cicatrices a su amiga.

—Por eso no me preguntasteis nada la noche en la que recibí el mordisco, ¿verdad? Vos… vos empleasteis las marcas del Wyrd para curarme.

—Sigo sin saber cómo o dónde os tropezasteis con el ridderak, pero será mejor que lo dejemos para otro día —la princesa se encogió de hombros con resignación—. Era yo la que dibujaba los signos debajo de vuestra cama.

Celaena dio un respingo al oírlo. Murmuró cuando todo su cuerpo se sacudió de dolor.

—Aquellos símbolos tenían la misión de protegeros. No tenéis ni idea de lo engorroso que ha sido volver a dibujarlos cada vez que los borrabais —una sonrisa asomó a los labios de la princesa—. Sin ellos, creo que el ridderak habría dado con vos mucho antes.

—¿Por qué?

—Porque Cain os odiaba y quería eliminaros de la competición. Ojalá no hubiera muerto, porque le habría preguntado dónde aprendió a abrir portales. Cuando el veneno os dejó suspendida entre dos mundos, su mera presencia atrajo a esas criaturas al reino intermedio para haceros trizas. Aunque después de todo lo que ha hecho, creo que merecía que Chaol le clavara la espada como lo hizo.

La asesina miró hacia la puerta del dormitorio. Llevaba desde el día anterior sin ver a Chaol. ¿Lo habría castigado el rey por haberla ayudado?

—A ese hombre le importáis más de lo que ninguno de los dos pensáis —prosiguió Nehemia con una sonrisa en la voz.

Celaena se sonrojó.

La princesa carraspeó.

—Supongo que os interesará saber cómo os salvé.

—Si sois tan amable —repuso Celaena, y Nehemia sonrió.

—Con las marcas del Wyrd, conseguí abrir un portal a los reinos del más allá y ceder el paso a Elena, la primera reina de Adarlan.

—¿La conocéis? —La asesina enarcó una ceja.

—No, pero respondió a mi petición de ayuda. No todos los reinos están llenos de muerte y oscuridad. Algunos albergan criaturas de luz, seres que, cuando los necesitamos de verdad, se adentran en Erilea para ayudarnos en nuestra misión. Ella había escuchado vuestro grito de socorro mucho antes de que yo abriera el portal.

—Y ¿es… es posible entrar en esos otros mundos?

Celaena recordaba vagamente las puertas del Wyrd, con las que se había topado en un libro, hacía varios meses.

Nehemia la observó con atención.

—No lo sé. Mi formación aún no ha concluido. Sin embargo, la reina estaba y no estaba en este mundo. Se encontraba en el reino intermedio, incapaz de cruzar del todo, como tampoco podían hacerlo los demonios que visteis. Requiere un poder inmenso abrir un portal por el que pueda entrar una criatura, y aunque lo consigas se cerrará al cabo de un momento. Cain lo abría el tiempo suficiente para que entrara el ridderak, pero luego se le cerraba. De modo que yo debía volver a abrirlo para que el monstruo pudiera regresar. Llevábamos mucho tiempo jugando al gato y al ratón —se frotó las sienes—. No tenéis ni idea de lo agotador que ha sido.

—Cain invocó a todos aquellos seres durante el duelo, ¿verdad?

Nehemia meditó la respuesta.

—Quizá. Pero sin duda ya estaban esperando.

—Y si yo pude verlos, ¿fue solo porque Kaltain me había administrado acónito sanguino?

—No lo sé, Elentiya —la princesa suspiró y se levantó—. Solo sé que Cain estaba al corriente de algunos secretos del poder de mi pueblo, un poder que llevaba mucho tiempo olvidado en las tierras del norte. Y eso me inquieta.

—Por lo menos ha muerto —se consoló Celaena. Acto seguido tragó saliva—. Aunque… en aquel… lugar, Cain no parecía Cain, sino un demonio. ¿Por qué?

—Quizás el mal que tanto había invocado se coló en su alma, y lo convirtió en algo que no era.

—Entonces, ¿era… humano?

—Al principio.

—Me habló de mi pasado. Como si lo supiese todo.

Celaena se aferró a las mantas.

Algo brilló en los ojos de la princesa.

—A veces, el mal nos dice cosas solo para confundirnos, para que sigamos preocupados mucho después de que nos hayamos enfrentado a él. Le encantaría saber que seguís inquieta por las tonterías que os dijo, fueran cuales fuesen —Nehemia le dio unas palmaditas en la mano—. No le deis la satisfacción de saber que todavía os sentís amenazada. Ahuyentad esos pensamientos de vuestra mente.

—Al menos el rey no sabe nada de esto. No alcanzo a imaginar qué haría si tuviera acceso a ese tipo de poder.

—Yo sí me lo imagino —contestó la otra con suavidad—. ¿Sabéis qué era esa marca del Wyrd que apareció en vuestra frente?

Celaena se puso alerta.

—No. ¿Vos lo sabéis?

Nehemia la escudriñó con la mirada.

—No, no lo sé. Sin embargo, ya la había visto otras veces ahí. Creo que forma parte de vos. Y me preocupa lo que pueda pensar el rey de ella. Es un milagro que no haya hecho preguntas al respecto —Celaena se quedó helada y Nehemia añadió rápidamente—: No os preocupéis. Si le inquietase, ya os habría interrogado.

Celaena lanzó un suspiro tembloroso.

—¿A qué habéis venido al castillo en realidad, Nehemia?

La princesa guardó silencio un instante.

—No tengo intención de firmar alianzas con el rey de Adarlan. Eso ya lo sabéis. Y no me incomoda deciros que vine a Rifthold únicamente porque ofrece una perspectiva privilegiada para estar al corriente de sus movimientos, de sus planes.

—¿De verdad estáis aquí para espiar? —susurró la asesina.

—Lo podéis expresar de ese modo. Haría cualquier cosa por mi pueblo; ningún sacrificio me parece demasiado grande si sirve para librar a mi pueblo de la esclavitud y la muerte o para evitar que se repitan las matanzas.

El dolor asomó a los ojos de Nehemia.

Celaena ladeó la cabeza.

—Sois la persona más valiente que he conocido.

La princesa acarició a Ligera.

—El amor que siento por Eyllwe supera el miedo que me inspira el rey de Adarlan. Sin embargo, no quiero involucraros, Elentiya —Celaena estuvo a punto de exhalar un suspiro de alivio, aunque no la enorgullecía sentirse así—. Nuestros caminos tal vez se hayan entrelazado, pero… pero creo que debéis proseguir vuestro viaje. Adaptaros a vuestra nueva posición.

La asesina asintió y carraspeó.

—No hablaré a nadie de vuestros poderes.

Nehemia sonrió con tristeza.

—Y no habrá más secretos entre nosotras. Cuando os encontréis mejor, me gustaría que me contaseis cómo llegasteis a entablar relación con Elena —lanzó una mirada a Ligera—. ¿Os importa si me la llevo a dar un paseo? Hoy necesito un poco de aire fresco.

—Desde luego —asintió Celaena—. Lleva aquí encerrada toda la mañana.

Como si hubiera comprendido, la perrita bajó de la cama de un salto y se sentó a los pies de Nehemia.

—Me alegro de que seáis mi amiga, Elentiya —dijo la princesa.

—Y yo me alegro aún más de contar con vuestra protección —contestó la asesina reprimiendo un bostezo—. Gracias por haberme salvado la vida. Dos veces, en realidad. O quizá más —Celaena frunció el ceño—. ¿Os parece oportuno decirme cuántas veces me habéis salvado en secreto de las criaturas de Cain?

—No si queréis descansar bien esta noche.

Nehemia depositó un beso en la coronilla de su amiga antes de dirigirse a la puerta con Ligera pegada a sus talones. No obstante, se quedó parada en el umbral y le lanzó algo a Celaena.

—Esto os pertenece —le dijo antes de marcharse—. Uno de los guardias lo recogió después del duelo.

Era el Ojo de Elena.

Celaena apretó con fuerza el amuleto dorado.

—Gracias.

Cuando Nehemia se hubo marchado, la asesina sonrió pese a todo lo que acababa de descubrir. Luego cerró los ojos. Con el amuleto bien aferrado, se sumió en el sueño más profundo que había disfrutado en meses.

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