Trono de cristal
Capítulo 52
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Capítulo 52

Al día siguiente, Celaena se despertó preguntándose qué hora sería. Habían llamado a su puerta, y parpadeó para ahuyentar los restos de sueño justo cuando Dorian entraba en el dormitorio. Se quedó mirándola desde el umbral y ella se las arregló para sonreír mientras el príncipe se acercaba a la cama.
—Hola —lo saludó con voz ronca.
Recordaba que Dorian la había llevado en brazos, la había sujetado mientras los sanadores le daban puntos en la pierna…
Dorian se acercó despacio.
—Hoy aún tienes peor aspecto —susurró.
A pesar del dolor, la asesina se incorporó.
—Me encuentro bien —mintió.
No lo estaba. Cain le había roto una costilla, que le provocaba pinchazos con cada respiración. Dorian miraba por la ventana con los dientes apretados.
—¿Qué os pasa? —le preguntó Celaena.
Trató de alargar el cuerpo para tirarle de la chaqueta, pero el dolor era muy fuerte y él estaba demasiado lejos.
—Yo… No lo sé —respondió él. Tenía una expresión tan vacía y perdida que a Celaena se le aceleró el corazón—. Llevo desde el duelo sin dormir.
—Venid —ordenó Celaena con tanta suavidad como pudo, dando al mismo tiempo unos golpecitos en la cama—. Sentaos.
Obediente, Dorian se sentó, pero se quedó de espaldas a ella. Hundió la cabeza entre las manos y exhaló varios suspiros. La asesina le tocó la espalda con inseguridad. Él se puso tan tenso que Celaena estuvo a punto de apartar la mano. Por fin, el príncipe relajó la columna, pero su respiración seguía siendo forzada.
—¿Os encontráis mal? —le preguntó.
—No —murmuró él.
—Dorian, ¿qué ha pasado?
—¿Cómo que «qué ha pasado»? Le das una paliza a Tumba y, al minuto siguiente, Cain te deja medio muerta.
—Y ¿eso os ha impedido dormir?
—No puedo… No puedo… —gimió el príncipe. Celaena lo dejó tranquilo un momento para que ordenara sus pensamientos—. Lo siento —se disculpó tras retirarse las manos de la cara e incorporarse. Ella asintió. No quería presionarlo—. ¿Cómo te encuentras en realidad?
Su voz aún dejaba entrever miedo.
—Fatal —reconoció ella—. Y me parece que mi aspecto es igual de malo.
Él esbozó una leve sonrisa. Se notaba que trataba de ahuyentar aquel sentimiento que tanto lo agobiaba, fuera cual fuese.
—Estás más encantadora que nunca —Dorian miró la cama—. ¿Te importa si me tumbo? Estoy agotado.
Ella no puso objeciones mientras él se quitaba las botas y se desabrochaba la chaqueta. Con un gruñido, se tendió al lado de Celaena y le posó la mano en el vientre. La joven lo vio cerrar los ojos y soltar el aire por la nariz. Cierta apariencia de normalidad había vuelto a su semblante.
—¿Cómo está Chaol? —preguntó ella con inseguridad.
No había olvidado el chorro de sangre, ni la mirada fija y horrorizada del capitán.
Dorian abrió un ojo.
—Lo superará. Se ha tomado un par de días libres. Creo que los necesita —a Celaena le dio un vuelco el corazón—. No te sientas culpable —prosiguió él. Se puso de lado y la miró a la cara—. Hizo lo que creyó correcto.
—Sí, pero…
—No —insistió Dorian—. Chaol sabía lo que hacía —acarició la mejilla de la muchacha con un dedo. Dorian tenía la piel helada, pero ella contuvo el estremecimiento—. Lo siento —volvió a decir él, y apartó el dedo—. Siento no haberte salvado.
—Pero ¿qué estáis diciendo? ¿Es eso lo que os tiene tan angustiado?
—Siento no haber detenido a Cain en cuanto vi que algo andaba mal. Kaltain vertió veneno en tu vino, y debería haberlo previsto. Debería haber encontrado un modo de evitarlo. Y cuando me di cuenta de que tenías alucinaciones…, siento no haber hecho nada por ayudarte.
Una piel verdosa y unos colmillos amarillentos asomaron al pensamiento de Celaena, y ella apretó el puño a pesar del dolor.
—No deberíais sentirlo —contestó. No quería hablar de los horrores que había visto, ni de la traición de Kaltain, ni tampoco de lo que Nehemia le había revelado—. Hicisteis lo que todo el mundo habría…, lo que había que hacer. No interferir. En caso contrario, me habrían descalificado.
—Tendría que haber partido a Cain en dos en el instante en el que te puso la mano encima. En cambio, me quedé allí mirando, mientras Chaol se acercaba al círculo. Debería haber sido yo quien hubiese matado a Cain.
Los demonios se desvanecieron y una sonrisa ocupó su lugar.
—Empezáis a hablar como un asesino a sueldo, amigo mío.
—Quizás he pasado demasiado tiempo contigo.
Celaena apoyó la cabeza en el mullido espacio que se abría entre el hombro y el pecho de Dorian. La invadió un agradable calor. Aunque tenía el cuerpo casi paralizado por el dolor, se acurrucó contra el príncipe y posó la mano en su estómago. Notaba su aliento cálido en la cabeza, y Celaena sonrió cuando él la rodeó con el brazo. Se quedaron un rato en silencio.
—Dorian —empezó a decir ella. El príncipe le pellizcó la nariz—. Ay —se quejó con una mueca.
Aunque tenía la cara llena de cardenales, Cain, milagrosamente, no le había provocado ningún daño permanente, aunque el corte de la pierna le dejaría otra cicatriz.
—¿Sí? —preguntó Dorian, y apoyó la barbilla en la cabeza de ella.
Celaena se quedó escuchando los regulares latidos del corazón del príncipe.
—Cuando acudisteis a Endovier a buscarme, ¿de verdad pensabais que ganaría?
—Por supuesto. ¿Por qué si no me iba a aventurar tan lejos en tu busca?
Celaena soltó un bufido, pero Dorian le levantó la barbilla con suavidad. Algo en los ojos del príncipe le resultaba familiar, como un recuerdo olvidado hacía mucho tiempo.
—Supe que ganarías desde el momento en el que te vi —le susurró, y a Celaena se le encogió el corazón al comprender los vínculos que los unían—. Aunque reconozco que no me esperaba todo esto. Y… por muy frívola y retorcida que haya sido toda esta idea de la competición, me alegro de que se haya celebrado, porque de no ser así nunca habrías entrado en mi vida. Por mucho tiempo que viva, jamás dejaré de dar las gracias por eso.
—¿Pretendes hacerme llorar o solo estás haciendo el tonto?
Dorian se inclinó y la besó. Celaena sintió un fuerte dolor en la mandíbula.

Sentado en su trono de cristal, el rey de Adarlan acariciaba la empuñadura de Nothung. Perrington estaba arrodillado ante él, esperando. Que esperase.
Aunque la asesina se había proclamado campeona, el monarca aún no le había enviado el contrato. Era íntima tanto de su hijo como de la princesa Nehemia. ¿No sería demasiado arriesgado contratarla? Por otra parte, el capitán de la guardia confiaba en ella lo suficiente como para haberle salvado la vida. Adoptó una expresión inflexible. No castigaría a Chaol Westfall, aunque solo fuera para evitar que Dorian se pusiera hecho un basilisco. Ojalá Dorian estuviera más interesado en el combate y menos en los libros…
No obstante, su hijo llevaba un hombre en su interior; un hombre que con la preparación adecuada podía convertirse en un guerrero. Quizás unos cuantos meses en el campo de batalla le sentaran bien. Un casco y una espada hacían maravillas en el temperamento de un joven. Y vista la demostración de poder y fuerza de voluntad que había hecho en el salón del trono… Bien conducido, llegaría a ser un gran general.
Por lo que respectaba a la asesina…, en cuanto se hubiera recuperado de las heridas, ¿quién mejor que ella para cumplir sus órdenes? Además, no tenía a nadie en quien depositar su confianza. Muerto Cain, Celaena Sardothien era su mejor y única opción.
El rey dibujó un signo en el reposabrazos de su trono de cristal. Estaba muy versado en marcas del Wyrd, pero jamás había visto una como la de la asesina. Ya descubriría qué era. Y si implicaba algún tipo de mal augurio o profecía, ahorcaría a la chica antes de la caída del sol. Había estado a punto de ordenar su ejecución cuando la había visto retorcerse de acá para allá bajo los efectos del veneno. Justo entonces los había sentido; los gestos furiosos de los muertos… Alguien había interferido y la había salvado. Como si aquellas criaturas la hubiesen protegido y atacado al mismo tiempo…
Quizás el destino no quería que ordenara su muerte. No hasta que descubriese el significado de aquella marca. De momento, sin embargo, tenía cosas más importantes de las que preocuparse.
—Vuestra forma de manipular a Kaltain ha sido muy interesante —dijo el rey por fin. Perrington seguía arrodillado—. ¿Habéis empleado vuestro poder con ella?
—No, dejé de usarlo hace poco, tal como vos me sugeristeis —respondió el duque mientras hacía girar el anillo negro en su gordezuelo dedo—. Además, empezaba a estar muy afectada; agotada y pálida. Incluso mencionaba a menudo las migrañas.
La traición de Lady Kaltain era inquietante, pero de haberle revelado Perrington su plan para poner en evidencia el carácter de la dama —aunque se propusiera demostrar la facilidad con que se avenía a sus maquinaciones y hasta dónde era capaz de llegar— se habría opuesto. Aquel espectáculo solo había servido para provocar incómodas preguntas.
—Vuestra manera de experimentar con ella ha sido muy inteligente. Se ha convertido en una valiosa aliada y sigue sin sospechar que se encuentra bajo vuestra influencia. Presiento que este poder nos va a ser de gran ayuda —confió el rey mientras miraba su propio anillo negro—. Cain nos brindó la prueba de cómo se puede transformar a una persona en el plano físico y Kaltain nos ha mostrado cómo es posible influir en los pensamientos y las emociones. Me gustaría poner el poder a prueba en unas cuantas personas más, a ver hasta dónde puede llegar.
—Una parte de mí lamenta que Kaltain haya resultado ser tan susceptible —rezongó Perrington—. Es cierto que quería utilizarme para llegar a vuestro hijo, pero no deseo que el poder la convierta en un segundo Cain. A pesar de mí mismo, no me hace gracia la idea de que pase mucho tiempo pudriéndose en esas mazmorras.
—No sufráis por ella, amigo mío. No se quedará en las mazmorras para siempre. Cuando el escándalo se haya olvidado y la asesina haya empezado a trabajar para mí, le haremos a Kaltain una oferta que no podrá rechazar. No obstante, si pensáis que no es de confianza, habrá que buscar un modo de controlarla.
—Veamos primero cómo la transforman las mazmorras —propuso Perrington a toda prisa.
—Claro, claro. Solo era una sugerencia.
Se quedaron en silencio. El duque se levantó.
—Duque —dijo el monarca en un tono que resonó por toda el salón. En el hogar en forma de fauces, el fuego chisporroteó y una luz verde se proyectó en las sombras de la estancia—, nos aguarda mucho trabajo en Erilea. Preparaos. Y dejad de proclamar a los cuatro vientos vuestro plan de retener a la princesa de Eyllwe; estáis llamando mucho la atención.
El duque se limitó a asentir. Con una reverencia, salió a paso vivo del salón.