Trono de cristal
Capítulo 2
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Capítulo 2

—Alteza —dijo el capitán de la guardia.
Tras hacer la reverencia de rigor, se incorporó y, retirándose la capucha, dejó a la vista un pelo castaño muy corto. Al parecer, se había presentado encapuchado con el objeto de intimidarla y evitar así que tratase de escapar durante el paseo. ¡Como si bastara un truco de tres al cuarto para someterla! A pesar de su irritación, Celaena se quedó pasmada al ver la cara de su escolta. Era muy joven. No tendría más de veinte años.
No le pareció demasiado guapo, pero se sintió cautivada, sin poder evitarlo, por sus facciones duras y por la claridad de sus ojos marrones. La muchacha ladeó la cabeza, demasiado consciente del mal aspecto que ella misma ofrecía.
—¿Es ella? —preguntó el príncipe heredero de Adarlan, y Celaena volvió la cabeza justo a tiempo de ver asentir al capitán.
Los dos hombres se quedaron mirándola, como esperando a que hiciese una reverencia. Al ver que no se movía, Chaol se revolvió inquieto y el príncipe miró brevemente a su capitán antes de levantar la barbilla un poco más.
¡Ni en sueños le haría una reverencia! Si iban a ahorcarla, no pensaba dedicar los últimos minutos de su vida a arrastrarse ante nadie.
Unos pasos atronadores resonaron a su espalda y alguien la agarró del cuello. Celaena solo alcanzó a ver unas mejillas rubicundas y un bigote rojizo antes de que la empujasen al frío suelo de mármol. Notó un terrible dolor en la cara y una luz la cegó. Se le resintieron también los brazos, pero las esposas le impedían estirarlos. Aunque intentó evitarlo, los ojos se le llenaron de lágrimas.
—Así es como tienes que saludar a tu futuro rey —le espetó el hombre de rostro congestionado.
Celaena bufó y enseñó los dientes mientras intentaba torcer la cabeza para mirar a aquel hijo de perra que la había obligado a arrodillarse. Era casi tan grande como el capataz que tenía asignado en las minas e iba vestido con ropas de tonos rojizos y anaranjados que no desentonaban con su escaso pelo. Los negros ojos del hombre brillaron cuando le apretó el cuello con más fuerza. Si hubiera podido mover el brazo derecho solo una pizca, Celaena le habría hecho perder el equilibrio y le habría robado la espada. Los grilletes se le clavaban en el estómago y una rabia incontenible le congestionaba la cara.
Al cabo de un momento que a Celaena se le hizo eterno, el príncipe heredero habló:
—No entiendo por qué tenéis que obligar a alguien a que haga una reverencia cuando el propósito del gesto es mostrar lealtad y respeto.
Sus palabras delataban un glorioso aburrimiento.
Celaena intentó mirar al príncipe de reojo, pero apenas alcanzó a ver unas botas de piel negra sobre el suelo blanco.
—Salta a la vista que vos me respetáis, duque Perrington, pero me parece innecesario que os empeñéis en obligar a Celaena Sardothien a compartir vuestro sentimiento. Ambos sabemos de sobra que no siente aprecio alguno por mi familia, así que quizá vuestra intención sea humillarla —se quedó callado, y la muchacha habría jurado que la miraba a ella—. Pero creo que ya ha tenido más que suficiente —volvió a guardar silencio unos segundos y luego preguntó—: ¿No tenéis una reunión con el tesorero de Endovier? No me gustaría que llegaseis tarde, sobre todo cuando habéis venido adrede para reuniros con él.
El torturador de Celaena comprendió que estaban invitándolo a marcharse. Lanzó un gruñido y la soltó. Ella separó la mejilla del mármol, pero se quedó tendida en el suelo hasta que el duque se puso en pie y abandonó el salón. Si lograba escapar, quizá persiguiera al tal Perrington para devolverle el caluroso recibimiento que él le había dispensado.
Cuando se levantó, a Celaena le molestó descubrir la marca de mugre que su piel había dejado en aquel suelo inmaculado y advertir que el ruido metálico de sus grilletes rompía el silencio de la sala. Sin embargo, había sido entrenada para ser asesina desde los ocho años, desde el día en el que el Rey de los Asesinos la encontró medio muerta a la orilla de un río helado y la llevó a su fortaleza. No pensaba sentirse humillada por cualquier cosa, y menos por aparecer hecha un asco ante un rey. Hizo acopio del orgullo que le quedaba, se echó la larga trenza hacia atrás y levantó la cabeza. Su mirada y la del príncipe se cruzaron.
Dorian Havilliard le dedicó una sonrisa. Fue una sonrisa refinada, que apestaba a encanto cortesano. Repantigado en el trono, tenía la barbilla apoyada en una mano y su corona de oro brillaba iluminada por la tenue luz. Llevaba un jubón negro en el que el guiverno real bordado en tonos dorados ocupaba casi la totalidad de la pechera. Su capa roja caía con gracia envolviéndolos a su trono y a él.
Algo en sus ojos, sorprendentemente azules —del color de las aguas de los países del sur—, la desarmó. Sus ojos y el contraste de estos con un pelo negro como el carbón. Era increíblemente guapo y no debía de tener más de veinte años.
«Se supone que los príncipes no tienen que ser atractivos. ¡Son criaturas quejicosas, estúpidas y repugnantes! Pero este…, este… Qué injusto por su parte pertenecer a la realeza y ser guapo al mismo tiempo».
Celaena se revolvió en el sitio cuando el príncipe, con el ceño fruncido, la escudriñó a su vez.
—¿No os había pedido que la bañasen? —preguntó el príncipe al capitán Westfall, que dio un paso al frente.
Por un momento, Celaena había olvidado que había otros presentes en la sala. Bajó la vista hacia los harapos que la envolvían, hacia su piel mugrienta, y sin poder evitarlo sintió una punzada de vergüenza. ¡Cómo le dolía verse en aquel estado, con lo hermosa que había sido!
A simple vista, se podía llegar a pensar que los ojos de Celaena eran azules o grises, quizás incluso verdes, según el color de su atuendo. Pero si uno se fijaba atentamente, el brillante anillo dorado que rodeaba sus pupilas contradecía aquella primera impresión. No obstante, la melena dorada era sin duda su rasgo más sobresaliente, un pelo que aún conservaba parte de su antiguo esplendor. En resumidas cuentas, Celaena Sardothien estaba bendecida con algunos atributos exquisitos que realzaban el conjunto de sus facciones, por lo demás bastante corrientes. Además, en su adolescencia más temprana había descubierto que con ayuda de los afeites podía hacer que el conjunto de su fisionomía estuviese a la altura de sus rasgos más destacables.
Pero allí estaba, ante Dorian Havilliard, como poco más que una rata de cloaca. Se ruborizó aún más al oír la respuesta del capitán Westfall.
—No quería haceros esperar.
El príncipe heredero negó con la cabeza cuando Chaol se acercó a ella.
—Dejad el baño para más tarde. Intuyo su potencial —el príncipe se incorporó sin separar los ojos de Celaena—. Creo que nunca hemos tenido el placer de que nos presenten, pero como probablemente ya sabrás, soy Dorian Havilliard, el príncipe heredero de Adarlan; quizás a estas alturas sea ya el príncipe heredero de casi toda Erilea.
Celaena hizo caso omiso del estallido de emociones en conflicto que le provocaba aquel nombre.
—Y tú eres Celaena Sardothien, la mayor asesina de Adarlan. Quizá la mayor asesina de toda Erilea —se quedó mirando el cuerpo en tensión de la muchacha y luego enarcó unas cejas bien cuidadas—. No me esperaba que fueras tan joven —apoyó los codos en los muslos—. He oído algunas historias fascinantes sobre ti. ¿Qué te parece Endovier tras la vida de excesos que llevabas en Rifthold?
«Cerdo engreído».
—No podría estar más contenta —canturreó a la vez que se clavaba las uñas rotas en las palmas de las manos.
—Después de un año aquí parece que sigues más o menos viva. ¿Cómo lo has logrado, cuando la esperanza de vida en estas minas apenas supera un mes?
—Es todo un misterio, no me cabe duda.
Obsequió al príncipe con una caída de ojos y se recolocó las manillas como si fuesen guantes de encaje.
El príncipe heredero se dirigió a su capitán.
—Menuda deslenguada, ¿eh? Y no habla como un miembro de la plebe.
—¡Eso espero! —exclamó Celaena.
—Alteza —le espetó Chaol Westfall.
—¿Cómo? —preguntó Celaena.
—Debes dirigirte a él como «alteza».
Celaena le dedicó una sonrisa burlona y luego devolvió la atención al príncipe.
Para su sorpresa, Dorian Havilliard se echó a reír.
—Sabes que eres una esclava, ¿verdad? ¿Acaso no has aprendido nada en todo el tiempo que llevas cumpliendo condena?
Si Celaena no hubiese estado encadenada, se habría cruzado de brazos.
—Aparte del manejo del pico, no veo qué más se puede aprender trabajando en una mina.
—Y ¿nunca has intentado escapar?
Una sonrisa lenta y amarga asomó al rostro de Celaena.
—Una vez.
El príncipe arqueó las cejas y miró al capitán Westfall.
—No se me comunicó.
Por encima del hombro, Celaena echó una ojeada a Chaol, que miró al príncipe con expresión de arrepentimiento.
—El capataz jefe me ha informado esta tarde de que hubo un incidente. Tres meses…
—Cuatro meses —lo interrumpió ella.
—Cuatro meses —prosiguió Chaol— después de su llegada, Sardothien intentó huir.
Celaena se quedó esperando el resto de la historia, pero el capitán la dio por concluida.
—¡Y eso no es lo mejor! —añadió ella entonces.
—Ah, pero ¿hay algo mejor? —preguntó el príncipe heredero con una expresión entre molesta y divertida.
Chaol la fulminó con la mirada antes de volver a hablar.
—No hay modo humano de escapar de Endovier. Vuestro padre se aseguró de que todos y cada uno de los centinelas fuesen capaces de abatir a una ardilla a doscientos pasos de distancia. Cualquier intento de fuga equivale a un suicidio.
—Pero tú sigues viva —le dijo el príncipe.
La sonrisa de Celaena se desvaneció ante el dolor de los recuerdos.
—Sí.
—¿Qué pasó? —preguntó Dorian.
La mirada de la muchacha se volvió fría y dura.
—Que renuncié.
—¿Esa es la forma que tienes de explicar lo sucedido? —le espetó el capitán Westfall—. Mató al capataz de su grupo y a veintitrés centinelas antes de que la detuviesen. Estaba a un paso de la muralla cuando los guardias la dejaron inconsciente de un golpe.
—¿Y? —preguntó Dorian.
Celaena sintió que le hervía la sangre.
—¿Cómo que «y»? ¿Sabéis a qué distancia está la muralla de las minas? —El príncipe la miró perplejo. Ella cerró los ojos y suspiró exageradamente—. Desde mi pozo, estaba a ciento diez metros. Hice que alguien lo midiera.
—¿Y? —repitió Dorian.
—Capitán Westfall, ¿qué distancia suelen recorrer los esclavos que intentan escapar de las minas?
—Un metro —murmuró el otro—. Los centinelas de Endovier son capaces de abatir de un disparo a un hombre antes de que lleve recorridos dos codos.
No era un silencio la reacción que ella esperaba provocar en el príncipe heredero.
—Sabías que era un suicidio —replicó él por fin, sin la menor traza de humor.
Quizás había sido mala idea sacar la muralla a colación.
—Sí —dijo.
—Pero no te mataron.
—Vuestro padre ordenó que me mantuviesen con vida el mayor tiempo posible… para que soportase ese sufrimiento que tanto abunda en Endovier —la recorrió un escalofrío que no tenía nada que ver con la temperatura de la sala—. En realidad nunca tuve intención de escapar.
Celaena hubiera querido golpear al príncipe para borrar de su cara aquella expresión compasiva.
—¿Tienes muchas cicatrices? —preguntó él.
La chica se encogió de hombros. Esbozando una sonrisa tranquilizadora, el príncipe descendió de la tarima.
—Date media vuelta, quiero verte la espalda.
Celaena puso cara de pocos amigos, pero obedeció. Dorian echó a andar hacia ella y Chaol se acercó un poco más.
—No logro distinguirlas con tanta suciedad —dijo el príncipe mientras examinaba la piel de la muchacha. Ella se dejaba hacer enfurruñada, y aún se irritó más cuando le oyó exclamar—: ¡Y qué hedor tan terrible!
—Cuando se te niega el acceso a los baños y a los perfumes, no es fácil oler tan bien como vos, alteza.
El príncipe heredero hizo un gesto desdeñoso y prosiguió su examen. Chaol y todos los guardias presentes los seguían con la mirada sin separar las manos de las empuñaduras de sus espadas. Y hacían bien. Celaena habría podido rodear la cabeza de Dorian con los brazos y aplastarle la tráquea con las esposas en menos de un segundo. La muchacha pensó que el ataque habría valido la pena solo por verle la cara a Chaol. Pero el príncipe seguía observándola, totalmente ajeno al peligro que corría. Se sentía casi insultada por su actitud.
—Por lo que veo —anunció Dorian—, hay tres grandes cicatrices… y quizás alguna otra más pequeña. No es tan horrible como esperaba, pero… bueno, supongo que las vestiduras las ocultarán.
—¿Vestiduras?
Celaena tenía al príncipe tan cerca que podía apreciar el exquisito bordado de su jubón y oler el aroma que despedía, no a perfume, sino a hierro y a caballos.
Dorian sonrió.
—¡Qué ojos tan increíbles tienes! ¡Y qué enfadada estás!
El hecho de tener al príncipe heredero de Adarlan, hijo del hombre que la había condenado a una muerte lenta y dolorosa, a su merced ponía a prueba su autocontrol, como si estuviese bailando al borde de un precipicio.
—Exijo saber… —comenzó a decir, pero el capitán de la guardia tiró de ella con una fuerza brutal antes de que pudiera acercarse al príncipe—. ¡No pensaba matarlo, bufón!
—Cuidado con lo que dices, no sea que vuelva a arrojarte a las minas —dijo el capitán con sus marrones ojos clavados en ella.
—Dudo mucho que os atrevieseis.
—Y ¿se puede saber por qué? —replicó Chaol.
Dorian regresó al trono a grandes zancadas y se sentó. Su mirada azul zafiro brillaba más que nunca.
Celaena paseó la mirada de uno a otro y a continuación se irguió.
—Porque queréis algo de mí, algo que deseáis fervientemente. Si no, no habríais acudido hasta aquí en persona. No soy tonta, aunque cometí la estupidez de dejar que me capturasen. Salta a la vista que estáis aquí en cumplimiento de una especie de misión secreta. ¿Por qué si no ibais a abandonar la capital y aventuraros a acudir a un lugar tan alejado? Me estáis poniendo a prueba para averiguar si estoy en buenas condiciones físicas, y también si estoy cuerda. Sé que no estoy loca y que sigo en posesión de mis facultades, a pesar de lo que el incidente de la muralla pudiera sugerir. Por eso exijo que me digáis por qué habéis venido hasta aquí y qué necesitáis de mí, si es que mi destino no es la horca.
Los dos hombres se miraron. Dorian unió las yemas de los dedos de ambas manos.
—He venido a hacerte una proposición.
Celaena se quedó sin aliento. Jamás, ni en el más descabellado de sus sueños, hubiese imaginado que tendría ocasión de hablar con Dorian Havilliard. Podía matarlo fácilmente, arrancarle aquella sonrisa de la cara… Podía destrozar al rey igual que él la había destrozado a ella…
Pero quizás aquella proposición la ayudase a escapar. Si la llevaban al otro lado de la muralla, lo conseguiría. Correría como alma que lleva el diablo, desaparecería en las montañas y viviría sola entre la vegetación, en plena naturaleza, con una alfombra de hojas de pino a sus pies y un manto de estrellas en el firmamento. Era posible. Le bastaría con alcanzar el otro lado de la muralla. La otra vez había estado tan cerca…
—Soy toda oídos —se limitó a decir.