Trono de cristal

Trono de cristal


Capítulo 3

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Capítulo 3

Los ojos del príncipe la miraron divertidos ante su desparpajo, pero se demoraron en su cuerpo un instante más de la cuenta. Celaena podría haberle clavado las uñas en la cara por su descaro, pero que se hubiera molestado en mirarla a pesar de su aspecto… Lentamente, una sonrisa asomó a su rostro.

El príncipe cruzó sus largas piernas.

—Dejadnos a solas —ordenó a los guardias—. Chaol, quedaos donde estáis.

Celaena dio un paso al frente mientras los guardias abandonaban la estancia y cerraban la puerta. Chaol permaneció impasible. ¿De verdad pensaba que sería capaz de contenerla si intentaba escapar? La muchacha irguió la espalda. ¿Qué tramaban y por qué se comportaban de un modo tan irresponsable?

El príncipe se echó a reír.

—¿No te parece imprudente mostrarte tan descarada conmigo cuando es tu libertad lo que está en juego?

De entre todas las cosas que Dorian podía haber dicho, aquella era la que menos se esperaba.

—¿Mi libertad?

Al mencionar la palabra, vio una tierra cubierta de pinos y nieve, acantilados bañados por el sol y mares bordeados de espuma, una tierra donde la luz se fundía con el verde aterciopelado de promontorios y hondonadas…, una tierra que ya había olvidado.

—Sí, tu libertad. Así que te recomiendo, señorita Sardothien, que controles tu arrogancia si no quieres que te devuelva a las minas —el príncipe descruzó las piernas—. Aunque quizá tu actitud nos resulte útil. No voy a fingir que el imperio de mi padre se construyó sobre las bases de la confianza y el entendimiento. Pero eso ya lo sabes —Celaena cerró los puños a la espera de que el príncipe reanudase el discurso. La mirada de Dorian se encontró con la de ella, sagaz, penetrante—. A mi padre se le ha metido en la cabeza que necesita una campeona.

Celaena tardó unos maravillosos segundos en comprenderlo.

Luego echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada.

—¿Vuestro padre quiere que yo sea su campeona? ¡No me digáis que se las ha arreglado para eliminar a todos los nobles de ahí fuera! Debe de quedar al menos un caballero cortés, un señor de corazón y valor inquebrantables.

—Cuidado con lo que dices —la advirtió Chaol.

—Y ¿qué pasa con vos? —le preguntó la chica al capitán arqueando las cejas. Aquello sí que tenía gracia. ¡Ella…, la campeona del rey!—. ¿Acaso nuestro rey bien amado os considera algo torpe?

El capitán se llevó una mano a la espada.

—Si te callases, podrías escuchar lo que ha venido a decirte su alteza.

Celaena miró al príncipe.

—Y ¿bien?

Dorian se arrellanó en el trono.

—Mi padre necesita un poco de ayuda con el imperio. Alguien que lo ayude a abordar los casos más complicados.

—O sea, que necesita un criado que le haga el trabajo sucio.

—En resumidas cuentas, sí —contestó el príncipe—. Su campeona mantendría callados a sus adversarios.

—Callados como una tumba —apuntó ella con dulzura.

Dorian esbozó una sonrisa, pero no mudó de expresión.

—Sí.

Trabajar para el rey de Adarlan como su leal servidora. Celaena levantó la barbilla. Aquello suponía matar por él, ser un colmillo en la boca de la bestia que ya había destruido media Erilea…

—Y ¿si acepto?

—Después de seis años de servicio, te concederá la libertad.

—¡Seis años!

Sin embargo, la mera mención de la palabra «libertad» la hizo volver a estremecerse.

—Si no aceptas —dijo Dorian adelantándose a la siguiente pregunta—, te quedarás en Endovier.

Su mirada color azul zafiro se endureció y Celaena tragó saliva. Solo le había faltado añadir: «Hasta que mueras».

Seis años convertida en la daga más letal del rey… o acabar sus días en Endovier.

—Ahora bien, hay una pega —añadió el príncipe. Celaena permaneció impasible mientras él jugueteaba con uno de sus anillos—. Mi padre no te está ofreciendo el puesto a ti. De momento. Solo quiere divertirse un poco. Va a celebrar una competición para elegir al campeón. Ha invitado a veintitrés miembros de su consejo para que cada uno patrocine a un aspirante al título. Mientras dure el concurso, los participantes serán entrenados en el castillo de cristal. Si ganases tú —añadió medio sonriendo—, serías oficialmente la Asesina de Adarlan.

Ella no le devolvió la sonrisa.

—Y ¿quiénes exactamente serán mis rivales?

Al advertir la expresión de la chica, la alegría del príncipe se esfumó.

—Ladrones, asesinos y guerreros de toda Erilea —Celaena abrió la boca para hablar, pero él se adelantó—: Si ganas y demuestras que eres hábil y digna de confianza, mi padre ha jurado concederte la libertad. Además, mientras seas su campeona, recibirás un sueldo considerable.

Celaena apenas había oído las últimas palabras. ¡Una competición! ¡Contra un elenco de muertos de hambre procedentes de quién sabe dónde! ¡Y asesinos!

—¿Qué otros asesinos? —Quiso saber.

—No los conozco. Ninguno es tan famoso como tú. Y eso me recuerda… que no competirás con el nombre de Celaena Sardothien.

—¿Cómo que no?

—Competirás bajo un alias. Imagino que no te has enterado de lo que sucedió después de que se celebrara tu juicio.

—No es fácil estar al tanto de las noticias cuando trabajas día y noche en una mina.

Dorian soltó una carcajada y negó con la cabeza.

—Nadie sabe que Celaena Sardothien es una chica joven. Todos piensan que eres mucho mayor.

—¿Qué? —volvió a preguntar ella, ruborizada—. ¿Cómo es posible?

Debería estar orgullosa de haber engañado a todo el mundo y sin embargo…

—Mantuviste tu identidad en secreto durante todo el tiempo que estuviste en activo. Tras el juicio, mi padre pensó que sería más… sensato no informar a Erilea de quién eras en realidad. Y quiere que siga siendo así. ¿Qué dirían nuestros enemigos si se enterasen de que una chiquilla nos tenía a su merced?

—¿De modo que me estoy matando a trabajar en este agujero por un nombre y un título que ni siquiera me pertenecen? Y ¿quién piensa la gente que es la Asesina de Adarlan?

—No lo sé y tampoco me importa mucho. Lo que sí sé es que en su día fuiste la mejor, y que la gente aún baja la voz cuando pronuncia tu nombre —se quedó mirándola fijamente—. Si estás dispuesta a luchar por mí, a ser mi campeona durante los meses que durará la competición, me encargaré de que mi padre te libere dentro de cinco años.

Aunque el príncipe intentaba disimularlo, Celaena advirtió que estaba tenso. Quería que aceptase. Necesitaba que aceptase tan desesperadamente que estaba dispuesto a negociar. A Celaena le brillaron los ojos.

—¿Cómo que «en su día fui la mejor»?

—Llevas un año en Endovier. Tal vez hayas perdido facultades.

—A mis facultades no les pasa nada, muchas gracias —contestó Celaena, y empezó a hurgarse las uñas rotas. Luchó contra las arcadas al ver la mugre que acumulaban. ¿Cuándo se había lavado las manos por última vez?

—Eso está por ver —dijo Dorian—. Conocerás todos los detalles sobre el torneo cuando lleguemos a Rifthold.

—Dejando a un lado lo mucho que os vais a divertir vosotros los nobles intercambiando apuestas, la competición me parece innecesaria. ¿Por qué no me contratáis y en paz?

—Ya te he dicho que debes demostrar que eres digna del título.

Celaena se llevó una mano a la cadera y el tintineo de las cadenas resonó en toda la sala.

—Bueno, creo que el hecho de ser la Asesina de Adarlan es prueba más que suficiente.

—Sí —contestó Chaol con un destello en sus ojos de color bronce—. Eso prueba que eres una criminal y que no deberíamos confiarte un asunto privado del rey.

—Juro solemnemen…

—Dudo mucho que el rey confíe en la palabra de la Asesina de Adarlan.

—Claro, pero no entiendo por qué tengo que someterme al entrenamiento y a la competición. Es normal que esté un poco… desentrenada, pero… ¿qué se puede esperar de una persona que lleva tanto tiempo en este lugar entre picos y rocas?

Miró a Chaol con rencor.

Dorian frunció el ceño.

—Entonces, ¿no vas a aceptar la oferta?

—Pues claro que la voy a aceptar —replicó ella. El roce de las manillas contra la piel de las muñecas le arrancaba lágrimas—. Seré vuestra absurda campeona, pero solo si aceptáis liberarme dentro de tres años en vez de cinco.

—Cuatro.

—Está bien —repuso Celaena—. Trato hecho. Tal vez esté cambiando una forma de esclavitud por otra, pero no soy ninguna necia.

Iba a recuperar la libertad. Libertad. Comenzó a sentir el aire fresco del mundo exterior, la brisa que soplaba desde las montañas y la empujaba. Viviría en el campo, lejos de Rifthold, la capital que un día fue su reino.

—Esperemos que tengas razón —repuso Dorian—. Y esperemos que estés a la altura de tu reputación. Tengo intención de ganar, y no me complacerá que me dejes en ridículo.

—Y ¿si pierdo?

El brillo desapareció de los ojos del príncipe cuando contestó:

—Volverás aquí para cumplir el resto de tu condena.

Las hermosas visiones de la muchacha se convirtieron en nubecillas de polvo, como si hubiera cerrado un libro de golpe.

—Antes me tiro por cualquier ventana. Un año en este lugar me ha destrozado. Imaginad lo que sucederá si regreso. Al segundo año estaré muerta —echó la cabeza hacia atrás—. Vuestra oferta me parece justa.

—Ya lo creo que es justa —dijo Dorian, y le hizo un gesto con la mano a Chaol—. Llevadla a sus aposentos para que se dé un baño —añadió, y luego se quedó mirándola fijamente—. Partimos hacia Rifthold por la mañana. No me decepciones, Sardothien.

Todo aquello era absurdo, por supuesto. No le costaría nada eclipsar, dejar en evidencia y después eliminar a sus competidores. No sonrió, pues sabía que de hacerlo estaría cediendo el paso a una esperanza que llevaba mucho tiempo evitando. Aun así, tenía ganas de coger al príncipe y ponerse a bailar. Intentó pensar en alguna pieza musical, en una melodía alegre, pero solo consiguió recordar un verso de los tristes lamentos que entonaban los esclavos de Eyllwe mientras trabajaban, profundos y lentos como miel que cae de un tarro: «Y volver por fin a casa…».

Apenas se dio cuenta de que el capitán Westfall la guiaba al exterior de la habitación, ni tampoco de que recorrían pasillo tras pasillo.

Claro que iría, a Rifthold y a cualquier parte; cruzaría incluso las puertas del Wyrd y entraría en el mismísimo infierno si eso la ayudaba a conseguir la libertad.

«Al fin y al cabo, por algo te llaman la Asesina de Adarlan».

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