Trono de cristal
Capítulo 4
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Capítulo 4

Cuando Celaena se dejó caer por fin en la cama tras la reunión del salón del trono, no logró conciliar el sueño pese al cansancio que aplastaba cada palmo de su cuerpo. Unas rudas criadas la habían bañado sin ningún miramiento. Le escocían las heridas de la espalda y se sentía como si le hubieran lijado la cara hasta llegar al hueso. Se dio media vuelta para tumbarse de lado y así aliviar el dolor que sentía en la espalda vendada. Pasó una mano por el colchón y parpadeó al darse cuenta de cuánto había echado de menos aquella libertad de movimientos. Antes de que se metiese en la bañera, Chaol le había quitado los grilletes. Celaena había permanecido atenta a cada detalle: la vibración de la llave al girar en la cerradura de las manillas, el ruido de los grilletes al soltarse y caer al suelo. Todavía tenía la sensación de que unas esposas fantasmas le tensaban la piel de las muñecas. Miró al techo, movió las articulaciones, que seguían en carne viva, y dejó escapar un suspiro de satisfacción.
Estar allí, tumbada sobre un colchón, le producía una sensación extraña: la caricia de la seda en la piel, la presión de la almohada contra la mejilla. También había olvidado el sabor de cualquier alimento que no fueran gachas de avena rancias y pan duro, e incluso la increíble sensación de tener el cuerpo limpio y la ropa recién lavada. Todo aquello le resultaba ajeno.
Aunque la cena no había resultado tan maravillosa. Aparte de que el pollo asado había dejado bastante que desear, después de unos cuantos bocados tuvo que precipitarse al excusado para depositar el contenido de su estómago. Quería comer hasta hartarse, llevarse la mano a la barriga hinchada, lamentar su glotonería y jurarse que jamás volvería a probar bocado. En Rifthold le darían bien de comer, o eso esperaba. Y, lo que era aún más importante, su estómago volvería a funcionar con normalidad.
Estaba escuálida. Se le marcaban las costillas a través del camisón y donde debería haber carne solo se veían huesos. ¡Y sus pechos! Antes llenos y bien formados, ahora no eran mayores que cuando estaba en medio de su adolescencia. Se le hizo un nudo en la garganta y se apresuró a tragar saliva. Aquel colchón tan mullido la estaba asfixiando, de modo que volvió a cambiar de postura para tumbarse de espaldas, a pesar del dolor que le provocaba el roce.
Cuando se miró en el espejo del baño, sus facciones no le habían causado mejor impresión. Estaba demacrada: tenía los pómulos afilados, la mandíbula muy marcada y los ojos hundidos, no excesivamente pero sí de un modo inquietante. Trató de respirar a un ritmo más regular y se dedicó a saborear la esperanza. Se hincharía a comer. Y haría ejercicio. Volvería a estar en forma. Por fin, imaginando que disfrutaba de suntuosos banquetes y que recuperaba su antigua gloria, logró conciliar el sueño.

Cuando Chaol acudió a buscarla a la mañana siguiente, se la encontró durmiendo en el suelo, envuelta en una manta.
—Sardothien —la llamó. Ella murmuró algo y enterró la cara aún más en la almohada—. ¿Qué haces durmiendo en el suelo?
Celaena abrió un ojo. Por supuesto, el capitán se abstuvo de mencionar cuán distinta estaba ahora que le habían quitado toda aquella mugre.
Cuando se puso en pie, no se molestó en taparse con la manta. Los metros de tela a los que denominaban camisón ya tapaban bastante.
—La cama era muy incómoda —empezó a decir, pero se olvidó del capitán en cuanto vio la luz del sol.
Unos rayos frescos, puros, cálidos. Si lograba la libertad, pensaba pasarse días y días disfrutando de la luz del sol, hasta ahogar en ella la interminable oscuridad de las minas. Los rayos se colaban a través de las pesadas cortinas y se derramaban por toda la habitación en haces gruesos. Celaena estiró un brazo con cautela.
Tenía la mano pálida, casi esquelética, pero algo en ella —más allá de las magulladuras, los cortes y las cicatrices— la hacía aparecer hermosa y nueva bajo aquella luz matutina.
Corrió hacia la ventana y estuvo a punto de arrancar las cortinas al abrirlas de un tirón para poder contemplar las montañas grises y el desolado paisaje de Endovier. Los guardias apostados bajo la ventana no alzaron la vista y Celaena se quedó mirando boquiabierta el cielo azul grisáceo y las nubes que se desplazaban perezosas hacia el horizonte.
«No tengo miedo». Por primera vez en mucho tiempo le pareció que aquellas palabras adquirían sentido.
Separó los labios y sonrió. El capitán arqueó una ceja, pero no dijo nada.
Estaba contenta —radiante, en realidad—, y su humor mejoró aún más cuando las criadas le recogieron la trenza en un moño y la vistieron con una saya de montar sorprendentemente refinada que disimulaba su patética delgadez. Le encantaba la ropa —adoraba notar el roce de la seda, el terciopelo, el satén y la gasa en la piel— y le fascinaba la gracia de las costuras y la intrincada perfección de una superficie repujada. Cuando ganase aquella ridícula competición, cuando fuese libre… podría comprarse toda la ropa que quisiera.
Se echó a reír cuando Chaol, harto de esperar a que dejase de mirarse en el espejo, la sacó a rastras de la habitación. Al ver aquel cielo matutino le entraron ganas de bailar y saltar por los pasillos que conducían al patio principal. Sin embargo, su alegría se disipó cuando vio los montículos de roca color hueso que se erguían en la otra punta del complejo y las pequeñas figuras que entraban y salían de los muchos agujeros semejantes a bocas excavados en las montañas.
La jornada de trabajo ya había comenzado, un trabajo que proseguiría cuando ella partiese y los dejase a todos abandonados a su miserable suerte. Con un nudo en el estómago, Celaena evitó mirar a los prisioneros e intentó seguir el paso del capitán, que la conducía hacia una caravana de caballos situada junto a la imponente muralla.
Se oyeron unos ladridos y tres perros negros salieron corriendo del centro de la caravana para saludarlos. Los tres eran delgados como flechas y sin duda procedían del criadero del príncipe heredero. Celaena apoyó una rodilla en el suelo y sus heridas vendadas protestaron cuando posó las manos en la cabeza de los animales para acariciarles el suave pelo. Le lamieron los dedos y la cara mientras azotaban el suelo con unas colas semejantes a látigos.
Unas botas negras se detuvieron ante ella. Los perros se calmaron de inmediato y se sentaron. Celaena levantó la vista y su mirada se cruzó con los ojos azul zafiro del príncipe heredero de Adarlan, que la observaba con una leve sonrisa en los labios.
—Qué raro que se hayan fijado en ti —comentó a la vez que rascaba a uno de los perros por detrás de las orejas—. ¿Les has dado algo de comer?
Celaena negó con la cabeza mientras el capitán se situaba tras ella, tan cerca que sus rodillas rozaron los pliegues de su capa de terciopelo verde hoja. La muchacha calculó que necesitaría dos movimientos para desarmarlo.
—¿Te gustan los perros? —preguntó el príncipe. Ella asintió. ¿Por qué hacía tanto calor a una hora tan temprana?—. ¿Voy a tener el placer de oír tu voz, o estás decidida a guardar silencio durante todo el viaje?
—Me temo que vuestras preguntas no merecen una respuesta verbal.
Dorian le hizo una exagerada reverencia.
—¡Disculpadme pues, Milady! ¡Qué terrible debe de ser rebajarse a contestar! La próxima vez, intentaré discurrir preguntas más estimulantes.
Dicho esto, giró sobre sus talones y se alejó seguido de los perros.
Celaena frunció el ceño. Y aún se enfurruñó más cuando descubrió que el capitán de la guardia sonreía mientras avanzaban hacia la compañía de soldados que los aguardaba en mitad del barullo de los preparativos. Sin embargo, el irresistible impulso de estrellar a alguno de sus acompañantes contra una pared desapareció cuando le ofrecieron una yegua torda como montura.
Montó, y al instante se sintió más cerca del cielo, que se extendía infinito sobre su cabeza y se alejaba en dirección a reinos de los que jamás había oído hablar. Celaena se agarró al pomo de la silla. Por increíble que fuera, se marchaba de Endovier. Todos aquellos meses sin esperanza, todas aquellas noches gélidas… habían quedado atrás. Respiró hondo. Sabía —lo sabía, sin más— que si lo intentaba con todas sus fuerzas, podría salir volando de su silla. Lo supo… hasta que sintió el frío del hierro contra la piel de los brazos.
Era Chaol, que le ceñía las manillas a los vendajes de las muñecas. Una larga cadena la unía al caballo del capitán y desaparecía bajo las alforjas. Chaol montaba un purasangre negro y Celaena consideró la idea de saltar de su caballo y usar la cadena para colgarlo del árbol más cercano.
Era una compañía bastante numerosa, veinte hombres en total. Detrás de los dos guardias que portaban la bandera imperial cabalgaban el príncipe y el duque Perrington. A continuación marchaba un grupo de seis guardias reales, tan sosos como las gachas de avena, pero bien entrenados para proteger al príncipe… de ella. Celaena golpeó las cadenas contra la silla y miró a Chaol, que no reaccionó.
El sol estaba cada vez más alto. Tras inspeccionar por última vez las provisiones, el grupo partió. Como casi todos los esclavos trabajaban en las minas y solo unos cuantos lo hacían en los destartalados galpones de refinado, el gigantesco patio estaba casi desierto. La muralla se alzaba imponente ante ellos y el corazón de Celaena latía con fuerza. La última vez que había estado tan cerca de la muralla…
Sonó el restallido de un látigo seguido de un grito. Celaena miró por encima del hombro, más allá de los guardias y del carromato de las provisiones, en dirección al patio prácticamente vacío. Ninguno de aquellos esclavos abandonaría jamás aquel lugar…, ni siquiera cuando muriesen. Todas las semanas excavaban nuevas fosas comunes detrás de los galpones de refinado. Y todas las semanas, las tumbas se llenaban.
De pronto fue muy consciente de las tres largas cicatrices que le surcaban la espalda. Aunque consiguiese la libertad…, aunque lograse vivir en paz en el campo…, esas cicatrices siempre le recordarían lo que había padecido. Y que aunque ella fuese libre, otros no lo eran.
Celaena miró al frente y desechó esos pensamientos mientras cruzaban el paso que atravesaba la muralla. En el interior, el aire estaba cargado, hediondo y húmedo. Los cascos de los caballos retumbaban como truenos.
Se abrieron los portones de hierro, y la chica atisbó el infame nombre de la mina antes de que se dividiese en dos y le cediese el paso. Unos segundos después, las puertas se cerraron tras ellos con un chirrido. Estaba fuera.
Movió las manos y descubrió que el tramo de cadena que la unía al capitán se balanceaba y tintineaba. Estaba enganchada a su silla, que a su vez estaba cinchada al caballo; cuando hiciesen un alto, podría, disimuladamente, azuzar a su yegua para que arrancase la silla del capitán, que caería al suelo, y entonces ella…
Notó que el capitán Westfall la estaba mirando con el ceño fruncido y una mueca en los labios. Ella se encogió de hombros y dejó caer la cadena.
A medida que transcurría la mañana, el cielo adquiría un tono azul brillante y las nubes desaparecían del firmamento. Avanzaron por el camino del bosque y rápidamente pasaron los páramos montañosos de Endovier hasta llegar a un paraje más alegre.
Mediada la mañana, alcanzaron el bosque de Oakwald, que circundaba Endovier y servía como línea divisoria entre los reinos «civilizados» del este y las tierras inexploradas del oeste. Aún circulaban leyendas sobre los peligrosos y desconocidos pueblos que habitaban aquel territorio, los crueles y sanguinarios descendientes del desaparecido Reino Embrujado. Celaena había conocido a una muchacha procedente de aquella tierra maldita, y, aunque efectivamente había resultado ser cruel y sanguinaria, seguía siendo un ser humano. Y había sangrado como la persona que era.
Después de varias horas en silencio, Celaena se dirigió a Chaol.
—Se rumorea que cuando haya finalizado la campaña del rey contra Wendlyn, empezará a colonizar el oeste —comentó en tono indiferente, aunque esperaba obtener una respuesta. Cuanto más supiese de la situación actual del rey y de sus maniobras, tanto mejor. El capitán la miró de arriba abajo, frunció el ceño y desvió la vista—. Estoy de acuerdo —añadió ella, y dejó escapar un profundo suspiro—. Tampoco a mí me preocupa la suerte que corran esas llanuras anchas y vacías y esas miserables regiones montañosas.
El oficial apretó los dientes.
—¿Hasta cuándo pensáis ignorarme?
El capitán Westfall arqueó las cejas.
—No sabía que estuviese ignorándote.
Celaena hizo un mohín para controlar su irritación. No pensaba darle aquella satisfacción.
—¿Cuántos años tenéis?
—Veintidós.
Celaena le hizo una caída de ojos y observó atentamente su reacción.
—¡Qué joven! —ronroneó—. Habéis ascendido muy deprisa.
Él asintió.
—Y ¿cuántos años tienes tú?
—Dieciocho —contestó ella, pero el capitán guardó silencio—. Ya lo sé. Es impresionante que haya llegado tan lejos a una edad tan temprana.
—El crimen no es ninguna hazaña, Sardothien.
—Ya, pero llegar a ser la asesina más famosa del mundo sí lo es —el capitán no contestó—. Podríais preguntarme cómo me las he ingeniado.
—¿Para hacer qué? —replicó él con sequedad.
—Para hacerme famosa y cultivar mi talento en tan poco tiempo.
—No quiero saberlo.
Esa no era la respuesta que Celaena esperaba oír.
—No sois muy amable —le espetó ella entre dientes. Si quería sacarlo de quicio, tendría que esforzarse mucho más.
—Eres una criminal. Yo soy capitán de la guardia real. No estoy obligado a demostrarte ninguna amabilidad ni a darte conversación. Da gracias de que no te hayamos encerrado en el carromato.
—Sí, bueno, me juego algo a que sois bastante arisco aunque os hagáis el simpático con los demás —como él seguía sin responder, Celaena no pudo evitar sentirse un poco tonta. Transcurrieron unos instantes—. ¿El príncipe heredero y vos sois buenos amigos?
—Mi vida personal no es de tu incumbencia.
La muchacha chasqueó la lengua.
—¿Sois de alta alcurnia?
—Lo suficientemente alta —repuso él, y levantó la barbilla de manera casi imperceptible.
—¿Duque?
—No.
—¿Lord? —Al no obtener respuesta, Celaena esbozó una sonrisa—. Lord Chaol Westfall —se abanicó con una mano—. ¡Las damas de la corte deben de derretirse por vos!
—No me llames así. El título de lord no me pertenece —replicó el capitán en voz baja.
—¿Tenéis un hermano mayor?
—No.
—Entonces, ¿por qué no ostentáis el título? —Otra vez silencio. Celaena sabía que se estaba entrometiendo, pero no podía evitarlo—. ¿Debido a un escándalo? ¿Os han privado de vuestro derecho de nacimiento? ¿En qué clase de intriga estáis implicado?
El capitán apretó los labios con tanta fuerza que palidecieron.
Celaena se inclinó hacia él.
—¿Creéis que…?
—¿Voy a tener que amordazarte o vas a ser capaz de guardar silencio sin mi ayuda?
Westfall se quedó mirando al frente, con semblante inexpresivo, hacia el príncipe heredero. Celaena contuvo la risa ante la mueca que él esbozó cuando ella empezó a hablar de nuevo.
—¿Estáis casado?
—No.
Celaena levantó la barbilla.
—Yo tampoco estoy casada —Westfall resopló enfadado—. ¿Cuántos años teníais cuando os convertisteis en capitán de la guardia?
Él apretó con fuerza las riendas de su caballo.
—Veinte.
El grupo se detuvo en un claro y los soldados desmontaron. Celaena se quedó mirando a Chaol mientras este pasaba una pierna por encima del caballo.
—¿Por qué hemos parado?
Chaol desenganchó la cadena de su silla, tiró de ella con fuerza y le indicó con un gesto que debía desmontar.
—Para comer —respondió.