Trono de cristal

Trono de cristal


Capítulo 6

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Capítulo 6

Pasaron las dos semanas siguientes viajando a través del continente. Las noches se fueron haciendo más frías; los días, más cortos. Una lluvia helada los acompañó durante cuatro días, a lo largo de los cuales Celaena pasó tanto frío que empezó a considerar seriamente la idea de arrojarse por un barranco y, con suerte, arrastrar a Chaol consigo.

Todo estaba empapado y medio congelado. Aunque Celaena podía soportar el pelo mojado, el calzado húmedo le parecía un martirio. Apenas notaba los dedos de los pies. Todas las noches se los envolvía en la primera tela seca que encontraba. Tenía la sensación de que estaba empezando a pudrirse, y con cada ráfaga de viento gélido se preguntaba en qué momento se le caería la piel. No obstante, como suele pasar en otoño, la lluvia cesó de repente y un cielo despejado y brillante volvió a extenderse sobre ellos.

Celaena dormitaba a lomos de su yegua cuando el príncipe heredero abandonó la formación y, con su negro pelo rebotando al ritmo del caballo, trotó hacia ellos. La capa roja de Dorian se elevaba y caía como una ola carmesí. Sobre la camisa blanca y lisa lucía un refinado jubón azul cobalto ribeteado de oro. Celaena estuvo a punto de soltar un bufido, pero debía reconocer que estaba muy guapo con sus botas marrones altas hasta la rodilla. Y el cinturón de cuero le sentaba de muy bien…, aunque el cuchillo de caza era algo recargado, con tantas joyas. Dorian se detuvo junto a Chaol.

—Venid —ordenó al capitán, y señaló con un gesto la escarpada colina cubierta de hierba que la compañía comenzaba a remontar.

—¿Adónde? —preguntó Chaol, e hizo tintinear la cadena para que el príncipe reparara en ella. Adondequiera que fuese el capitán de la guardia, tendría que llevar a Celaena consigo.

—A contemplar la vista —aclaró Dorian—. Traed a esa con vos.

Celaena se enfureció. «¡A esa!». ¡Ni que fuera una pieza de equipaje!

Chaol se separó de la formación y dio un buen tirón a la cadena. La muchacha agarró las riendas y partieron al galope, con el penetrante olor de las crines metido en las fosas nasales. Subieron rápidamente la empinada colina. El caballo avanzaba a trompicones, y Celaena intentó no alterarse cuando resbaló de lado en la silla. Si se caía, se moriría de vergüenza. Pero entonces el sol del atardecer surgió entre los árboles, a sus espaldas, y Celaena se quedó sin aliento cuando una torre apareció ante ella, luego tres, y luego otras seis más, como agujas que hendieran el cielo.

En lo alto de la colina, Celaena se quedó mirando la obra suprema de Adarlan: el castillo de cristal de Rifthold.

Era gigantesco, una ciudad vertical de torres, puentes, cámaras y torreones resplandecientes y cristalinos, salones de baile abovedados y pasillos largos e interminables. Lo habían erigido sobre el castillo de piedra original y su construcción había requerido la riqueza de todo un reino.

Recordó la primera vez que lo vio, hacía ocho años, frío e inmóvil, congelado como la tierra que pisaba el rechoncho poni de su infancia. Ya entonces el castillo le había parecido una obra de mal gusto, un desperdicio de recursos y talento, con aquellas torres como garras que quisieran arañar el cielo. Recordó la capa azul claro que tanto le gustaba, el peso de sus rizos, el roce de sus medias contra la silla, la mancha de barro en sus zapatos de terciopelo rojo que tanto la preocupaba, y aquel hombre en el que no paraba de pensar…, el hombre al que había matado tres días antes.

—Una torre más y el castillo entero se vendrá abajo —comentó el príncipe heredero, que se había detenido al otro lado de Chaol. El ruido de la comitiva que los seguía llegó hasta ellos—. Aún nos quedan unas cuantas leguas por delante y preferiría recorrer estas montañas a la luz del día. Esta noche acamparemos aquí.

—Me pregunto qué opinará de ella vuestro padre —dijo Chaol.

—Oh, le parecerá bien… hasta que abra la boca. Luego comenzarán los rugidos y los bramidos y me arrepentiré de haber malgastado estos dos meses intentando encontrarla. Pero… bueno, creo que mi padre tiene asuntos más importantes de los que preocuparse.

Dicho eso, el príncipe se alejó.

Celaena no podía apartar los ojos del castillo. Se sentía muy pequeña, incluso desde tan lejos. Había olvidado hasta qué punto la inmensa construcción empequeñecía cuanto se encontraba a su alrededor.

Los soldados se desplegaron, encendieron hogueras y levantaron tiendas.

—A juzgar por tu expresión, cualquiera diría que te espera la horca y no la libertad —se extrañó el capitán.

Celaena se enrollaba y desenrollaba del dedo una correa de la rienda de cuero.

—Es raro volver a ver esto.

—¿La ciudad?

—La ciudad, el castillo, los arrabales, el río —la sombra del castillo se cernía sobre la ciudad como una bestia descomunal—. Aún no sé lo que pasó.

—¿Te refieres a cuando te capturaron?

La chica asintió con la cabeza.

—Aunque afirmáis que os mueve el ideal de crear un mundo perfecto bajo el dominio de un imperio, vuestros gobernantes y políticos se destrozan sin ningún miramiento. De modo que, en cierto sentido, también son asesinos.

—¿Crees que uno de los tuyos te traicionó?

—Todo el mundo sabía que yo recibía los mejores encargos y que podía exigir cualquier suma a cambio —escudriñó las serpenteantes calles de la ciudad y los meandros del río, que brillaban con luz trémula—. Sin mí, habría una vacante de la que podrían aprovecharse. Tal vez fuera uno, tal vez, muchos.

—No puedes esperar encontrar honor entre semejante compañía.

—No he dicho que lo hiciese. No me fiaba de casi nadie y sabía que muchos me odiaban.

Celaena tenía sus sospechas, claro. Y aunque sospechaba de alguien en particular, aún no estaba preparada para enfrentarse a la verdad. Quizá no lo estuviera nunca.

—Tu paso por Endovier debe de haber sido horrible —musitó Chaol.

Sus palabras no escondían burla ni mezquindad. ¿Podía considerarlo compasión?

—Sí —contestó ella despacio—. Así fue —él la miró como pidiéndole que continuara. Bueno, ¿qué le importaba a ella contárselo?—. Cuando llegué, me cortaron el pelo, me entregaron harapos por toda vestimenta y me plantaron un pico en las manos, como si supiese qué debía hacer con él. Me encadenaron a los demás y soporté los latigazos igual que todos. Pero los capataces habían recibido órdenes de tratarme con un cuidado especial, así que se tomaban la libertad de frotarme las heridas con sal (la misma sal que yo extraía de las minas) y me azotaban tan a menudo que algunos de los cortes nunca se cerraban. Si las heridas no se me infectaron, fue gracias a la amabilidad de unos cuantos prisioneros de Eyllwe. Todas las noches, alguno de ellos se quedaba despierto hasta altas horas de la madrugada para limpiarme la espalda.

Chaol no contestó. Se limitó a mirarla un instante antes de desmontar. ¿Había sido una estúpida por contarle algo tan personal? Aquel día, Chaol no volvió a hablarle, salvo para darle órdenes.

Celaena se despertó sobresaltada. Se llevó una mano al cuello y notó un sudor frío que le caía por la espalda y se le acumulaba en el hueco entre la boca y la barbilla. Ya había tenido aquella pesadilla otras veces. En el sueño, yacía en una de las fosas comunes de Endovier. Cuando intentaba quitarse de encima una maraña de extremidades en estado de descomposición, caía sobre un montón de cadáveres de unas veinte capas. Nadie se había dado cuenta de que estaba gritando cuando la enterraban viva.

Presa de las náuseas, Celaena se abrazó las rodillas. Respiró —tomó aire y lo soltó, una y otra vez— y por fin ladeó la cabeza apoyando el pómulo contra sus puntiagudas rótulas. El castillo iluminado despuntaba sobre la ciudad dormida como un monte hecho de hielo y vapor. Tenía un tinte verdoso y parecía latir.

Al día siguiente a esas horas, estaría encerrada entre aquellas paredes, pero de momento todo era paz y tranquilidad, como la calma que precede a la tormenta.

Se imaginó que el mundo entero dormía, encantado por la luz verde mar del castillo. El tiempo iba y venía, las montañas se alzaban y caían, las enredaderas reptaban por la ciudad adormilada y la ocultaban bajo capas de espinas y hojas. Celaena era la única que estaba despierta.

Se envolvió con la capa. Tenía intención de ganar. Vencería, serviría al rey y luego desaparecería en la nada, y no volvería a pensar en castillos, reyes o asesinos. Celaena no deseaba volver a reinar en aquella ciudad. La magia había muerto, el pueblo de las hadas había sido desterrado o ejecutado, y ya nunca volvería a tener nada que ver con el auge y la caída de ningún reino.

No estaba predestinada a hacer nada. Ya no.

Con una mano apoyada en la espada, Dorian Havilliard contempló a la asesina desde el otro extremo del campamento. Despedía un aire triste, allí sentada tan quieta, con las piernas contra el pecho y la luz de la luna bañándole el pelo en plata. Con el fulgor del castillo reflejado en los ojos, su expresión no conservaba el menor vestigio de descaro o arrogancia.

Le parecía hermosa, aunque algo rara y resentida. Su belleza guardaba relación con el modo en el que se le iluminaban los ojos cuando descubría algo bello en el paisaje. Dorian no lograba entenderlo.

Imperturbable, Celaena miraba el castillo, una silueta recortada contra el fulgor de la hoguera que ardía junto al río Avery. Las nubes se agrupaban en lo alto y Celaena levantó la cabeza. Por un claro en aquella masa nubosa asomó un cúmulo de estrellas. Dorian pensó, sin poder evitarlo, que la estaban contemplando a ella.

No, debía recordar que solo era una asesina que tenía la suerte de tener una cara bonita y una mente rápida. Se lavaba las manos con sangre y era tan capaz de rebanarte el pescuezo como de ofrecerte una palabra amable. Y era su campeona. Estaba allí para luchar por él… y para conseguir la libertad. Nada más. Se tumbó sin apartar la mano del pomo de la espada y se durmió.

Pese a todo, la imagen lo persiguió en sueños durante toda la noche: una muchacha hermosa que miraba el firmamento y un grupo de estrellas que le devolvía la mirada.

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