Trono de cristal
Capítulo 7
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Capítulo 7

Los heraldos anunciaron la llegada de la comitiva cuando la compañía atravesó las imponentes murallas de alabastro de Rifthold. Banderas rojas con guivernos de oro bordados ondeaban al viento sobre la capital. No circulaban vehículos por las adoquinadas calles y Celaena, desencadenada, vestida, maquillada y compartiendo montura con Chaol, frunció el ceño cuando el hedor de la ciudad penetró en su nariz.
Por debajo del olor a especias y caballos se percibía un tufo a basura, sangre y leche agria. En el fondo flotaba también un efluvio de las aguas saladas del Avery, tan diferente de la sal de Endovier. Por el curso del río llegaban buques de guerra procedentes de todos los océanos de Erilea, barcos mercantes abarrotados de mercancías y esclavos, y barcos de pesca con pescado viscoso y putrefacto que la gente se las arreglaba para comerse. Desde barbudos vendedores ambulantes hasta criadas cargadas de sombrereras, todos se paraban al paso de los portaestandartes, que avanzaban orgullosos al trote mientras Dorian Havilliard saludaba con la mano a su pueblo.
Ellos seguían al príncipe heredero, que, al igual que Chaol, iba envuelto en una capa roja que se había prendido a la parte izquierda del pecho con un broche con el sello real. Dorian llevaba una corona dorada sobre el pelo bien peinado, y Celaena tuvo que reconocer que parecía un auténtico soberano.
Un grupo de muchachas acudió a recibirlo y lo saludó con la mano. Dorian les guiñó un ojo y sonrió. Celaena no pudo evitar fijarse en las miradas irritadas de aquellas mismas mujeres cuando la descubrían en el séquito del príncipe. Sabía que allí sentada sobre un purasangre parecía una dama de alta alcurnia que fuera escoltada al castillo. Celaena les sonrió, se echó la trenza hacia atrás y pestañeó en dirección a la espalda del príncipe.
Notó un pinchazo en el brazo.
—¿Qué pasa? —le susurró al capitán de la guardia, que la había pellizcado.
—Estás haciendo el ridículo —respondió él entre dientes, sin dejar de sonreír a la multitud.
Celaena imitó el gesto del capitán.
—Ellas sí que son ridículas.
—Cállate y compórtate con normalidad —repuso él.
La asesina notaba el aliento del capitán en el cuello.
—Debería saltar del caballo y echar a correr —amenazó Celaena mientras saludaba con la mano a un joven, que se quedó boquiabierto al ver que una dama de la corte reparaba en él—. Desaparecería en un instante.
—Sí —contestó Chaol—. Desaparecerías con tres flechas clavadas en la espalda.
—Qué conversación tan agradable.
Entraron en el distrito comercial, donde la gente se amontonaba entre los árboles que flanqueaban las anchas avenidas de piedra blanca. Las fachadas de cristal apenas se veían por detrás del gentío, pero a Celaena le entró un hambre voraz al pasar por delante de una tienda tras otra. En todos los escaparates había vestidos y sayas expuestos, que se alzaban orgullosos por detrás de filas de relucientes joyas y sombreros de ala ancha amontonados cual ramos de flores. Por encima de todo se levantaba el castillo de cristal, tan alto que tuvo que echar la cabeza hacia atrás para ver las torres más elevadas. ¿Por qué habían elegido un camino tan largo y poco práctico? ¿De verdad les gustaba desfilar?
Celaena tragó saliva. De repente, se acabaron los edificios y unas velas desplegadas como alas de mariposa los saludaron cuando torcieron por la avenida que discurría en paralelo al río Avery. A lo largo del muelle había barcos atracados, un desorden de maromas y redes y marineros que se gritaban los unos a los otros, demasiado atareados para reparar en el desfile real. Al oír el restallido de un látigo, la muchacha se volvió a mirar rápidamente.
Unos esclavos bajaban tambaleándose por la plancha de un barco mercante. Representaban una mezcla de países conquistados y todos tenían esa cara huesuda y fiera que ella había visto tantas veces antes. Casi todos eran prisioneros de guerra, rebeldes que habían sobrevivido a las carnicerías y a las filas interminables de soldados que componían los ejércitos de Adarlan. Probablemente algunos habían sido capturados o estaban acusados de practicar la magia, pero otros eran personas normales que se encontraban en el lugar equivocado en el momento más inoportuno. Celaena reparó entonces en que había innumerables esclavos encadenados trabajando en los muelles, levantando cargas y sudando, sosteniendo sombrillas y sirviendo agua, con la mirada fija en el suelo o en el cielo, nunca al frente.
Quiso saltar del caballo y correr hasta ellos, o simplemente gritar que no formaba parte de la corte del príncipe, que ella no era responsable de que los hubiesen llevado allí, encadenados, famélicos y destrozados, que ella también había trabajado y sufrido con ellos, con sus familiares y amigos. En definitiva, que ella no era como aquellos monstruos que arrasaban con todo. Que ella hizo algo, casi dos años atrás, cuando liberó a cerca de doscientos esclavos del Señor de los Piratas. Ni siquiera aquello era suficiente.
De pronto se sintió ajena a la ciudad. La gente seguía saludando y haciendo reverencias, ovacionándolos y lanzando flores y otras tonterías ante sus caballos. A ella le costaba respirar.
Antes de lo que le habría gustado, frente a ella apareció el portón de hierro y cristal del castillo, se abrieron las puertas enrejadas y apareció una docena de guardias que flanqueaban el camino de adoquines que recorría el arco de entrada. Tenían las lanzas en alto, escudos rectangulares y ojos oscuros por debajo de unos cascos de bronce. Todos llevaban capas rojas. Sus armaduras, aunque deslustradas, estaban muy bien fabricadas a partir de cobre y cuero.
Al otro lado del arco ascendía un camino junto al que se alineaban árboles dorados y plateados. De entre los setos que bordeaban el sendero asomaban unas farolas de cristal. Los ruidos de la ciudad se desvanecieron cuando pasaron por debajo de otro arco, aquel hecho de cristal resplandeciente, y de pronto el castillo se irguió imponente ante ellos.
Chaol suspiró al desmontar en el patio abierto. Unas manos bajaron a Celaena de la silla y la depositaron sobre sus temblorosas piernas. El cristal relucía por todas partes, y una mano la agarró con fuerza del hombro. Unos mozos de cuadra se llevaron su caballo rápidamente, en silencio.
Chaol la obligó a acercarse de un tirón y la cogió con fuerza por la capa cuando se acercó el príncipe heredero.
—Seiscientas habitaciones, dependencias para el servicio y para el ejército, tres jardines, una reserva natural y establos a cada lado —dijo Dorian contemplando su hogar—. ¿Quién podría necesitar tanto espacio?
Celaena logró esbozar una sonrisa, algo perpleja ante su repentino encanto.
—No sé cómo podéis dormir por la noche cuando solo una pared de cristal os separa de la muerte.
La muchacha miró hacia arriba, pero enseguida bajó la mirada hacia el suelo. No le daban miedo las alturas, pero pensar que estaría tan arriba protegida tan solo por un muro de cristal le provocaba vértigo.
—Entonces, eres como yo —replicó Dorian, y se echó a reír—. Da gracias a los dioses de que te haya dado unos aposentos en el castillo de piedra. No me gustaría que estuvieses incómoda.
Celaena pensó que fruncirle el ceño no era la decisión más sensata, así que miró hacia las enormes puertas del castillo. Estaban hechas de cristal rojo translúcido y se abrían ante ella como la boca de un gigante. Pudo ver que el interior estaba hecho de piedra, y fantaseó con la idea de que habían dejado caer el castillo de cristal sobre el edificio original. Qué idea tan ridícula: un castillo hecho de cristal.
—Bueno —dijo Dorian—. Has engordado un poco y ahora tu piel tiene algo de color. Bienvenida a mi hogar, Celaena Sardothien.
Saludó con la cabeza a unos cuantos nobles que pasaban, que hincaron la rodilla en el suelo e hicieron una reverencia.
—La competición comienza mañana. El capitán Westfall te enseñará tus aposentos.
Celaena echó los hombros hacia atrás y buscó a sus competidores, pero no los vio por ninguna parte.
El príncipe volvió a asentir con la cabeza al ver a otro grupo de cortesanas que susurraban entre sí, y no miró ni a la asesina ni al capitán de la guardia cuando volvió a hablar.
—Tengo que reunirme con mi padre —dijo paseando la mirada por el cuerpo de una dama especialmente hermosa. Le guiñó un ojo y ella se tapó la cara con un abanico de encaje y siguió andando. Dorian le hizo un gesto con la cabeza a Chaol—. Os veré esta noche.
Sin decirle una palabra a Celaena, subió a grandes zancadas los escalones que llevaban al palacio con su capa roja ondeando al viento.

El príncipe heredero cumplió su palabra. Sus dependencias estaban en un ala del castillo de piedra y eran mucho más grandes de lo que jamás hubiera imaginado. Estaban compuestos de un dormitorio con un cuarto de baño y un vestidor anexos, un pequeño comedor y un salón de música y de juegos. Cada sala contaba con muebles en tonos rojos y dorados, y su dormitorio también estaba decorado con un enorme tapiz que cubría toda una pared, además de sofás y sillas con grandes cojines dispuestos con mucho gusto. Su balcón daba a una fuente de uno de los jardines, y fuera cual fuese, era precioso. Le daba igual que hubiera guardias apostados debajo. Cuando Chaol la dejó sola, Celaena no esperó a oír cómo se cerraba la puerta para encerrarse en el dormitorio. Entre murmullos de admiración mientras Chaol le enseñaba rápidamente sus aposentos, había contado las ventanas —doce—, las salidas —una— y los guardias apostados al otro lado de la puerta, de las ventanas y del balcón —nueve—. Todos iban armados con una espada, un cuchillo y una ballesta, y aunque habían mantenido la posición de firmes mientras el capitán pasaba por delante, ella sabía que una ballesta no era precisamente un arma ligera como para sostenerla durante horas y horas.
Celaena se acercó a hurtadillas hasta la ventana del dormitorio, se pegó a la pared de mármol y miró hacia abajo. Obviamente, los guardias se habían colgado las ballestas a la espalda. Tardarían unos segundos muy valiosos en coger las armas y cargarlas…, unos segundos que ella podría aprovechar para robarles las espadas, cortarles el cuello y desaparecer en los jardines. Sonrió y se plantó ante la ventana para examinar el jardín. El extremo más alejado desembocaba en un coto de caza. Conocía el castillo lo suficiente como para saber que estaba en la parte sur, y que si atravesaba el coto de caza, llegaría a una muralla de piedra, al otro lado de la cual discurría el río Avery.
Celaena abrió y cerró las puertas del armario, del aparador y del tocador. Como era de esperar, allí no había arma alguna, ni siquiera un atizador, pero cogió unos cuantos alfileres para el pelo tallados en hueso que habían quedado olvidados en el fondo de un cajón del aparador y un trozo de cordel que encontró en un costurero de su enorme vestidor. No había ninguna aguja. Se arrodilló en el alfombrado suelo del vestidor —completamente desprovisto de ropa— y, sin perder de vista la puerta que había a sus espaldas, rompió las cabezas de los alfileres y los ató todos juntos con el cordel. Cuando hubo terminado, levantó el objeto y frunció el ceño.
No era un cuchillo precisamente, pero así, todas juntas, las puntas de los alfileres podrían hacer algo de daño. Acercó un dedo a las puntas y compuso un gesto de dolor cuando una púa de hueso le atravesó la piel. Sí, si se lo clavaba a un guardia en el cuello, desde luego que iba a lastimarlo. Y lo dejaría fuera de combate el tiempo necesario para robarle el arma.
Celaena volvió a entrar en el dormitorio bostezando y se quedó de pie junto al colchón para esconder el arma improvisada en uno de los pliegues del dosel que cubría parcialmente la cama. Una vez que la hubo escondido, echó otro vistazo al dormitorio. Había algo raro con respecto a las dimensiones; algo relativo a la altura de las paredes, pero no estaba segura. Fuera como fuese, el dosel ofrecía muchos escondrijos. ¿Qué otra cosa podía coger sin que se dieran cuenta? Chaol seguramente habría ordenado que revisasen la habitación antes de su llegada. Celaena se acercó a la puerta del dormitorio para escuchar alguna señal de actividad en el exterior. Cuando tuvo la certeza de que no había nadie más en sus aposentos, entró en la sala y la cruzó hasta llegar al salón de juegos. Contempló los tacos de billar que había en la pared de enfrente y las bolas de intensos colores dispuestas en la mesa de fieltro verde y sonrió. Chaol no era ni de lejos tan listo como se creía.
Al final, decidió no tocar el equipo de billar, aunque solo fuera porque despertaría sospechas si desaparecía todo, pero sería fácil conseguir un palo si necesitaba escapar, o usar las pesadas bolas para dejar inconscientes a los guardias. Agotada, regresó al dormitorio y por fin se tendió en la enorme cama. El colchón era tan mullido que se hundió unos cuantos dedos, y lo bastante ancho para que en él durmiesen tres personas sin enterarse de la presencia de las demás. Celaena se aovilló de costado, incapaz de mantener los ojos abiertos.
Durmió durante una hora, hasta que una criada anunció la llegada del sastre que la vestiría con un atuendo apropiado para la corte. Y así transcurrió otra hora, mientras le tomaban medidas, sujetaban la tela con alfileres y le hacían sentarse para enseñarle diferentes telas y colores. No le gustó casi ninguna. Unas cuantas le llamaron la atención, pero cuando intentó explicar qué estilos en concreto la favorecían, recibió por única respuesta un desdeñoso movimiento de la mano y un fruncimiento de labios. Celaena se planteó seriamente clavarle al sastre en un ojo uno de sus alfileres de cabeza de perla.
Se bañó, pues se sentía casi tan sucia como en Endovier, y dio las gracias a las amables criadas que la atendieron. Muchas de las heridas estaban curadas o se habían reducido a unas finas líneas blancas, aunque el dolor de la espalda seguía siendo intenso. Después de casi dos horas de cuidados —durante las cuales le cortaron el pelo, dieron forma a sus uñas y le limaron los callos de pies y manos—, Celaena sonrió al mirarse al espejo del vestidor.
Solo en la capital podían unas criadas hacer un trabajo tan bueno. Estaba espectacular. Absolutamente espectacular. Llevaba un vestido de organza y largas mangas blancas adornadas con un motivo de rayas y lunares morados. El corpiño de color añil estaba ribeteado en oro, y de los hombros le colgaba una capa blanca. El pelo, parcialmente recogido y enrollado con una cinta fucsia, le caía en gruesas ondas. Pero su sonrisa desapareció cuando recordó por qué, exactamente, estaba allí.
Así que la campeona del rey. Ya. Más bien parecía el perrito faldero del rey.
—Preciosa —dijo una voz de mujer mayor.
Celaena se giró y, con ella, todas aquellas engorrosas capas de tela que llevaba encima. El corsé —aquella cosa estúpida— le apretaba tanto las costillas que casi no podía respirar. Por eso prefería las sayas y los pantalones.
La recién llegada era una mujer corpulenta, embutida en el vestido de color cobalto y melocotón que la señalaba como una de las doncellas de la casa real. Aunque tenía algunas arrugas, sus mejillas gozaban de un saludable color rojo. Hizo una reverencia.
—Philippa Spindlehead —dijo la mujer al incorporarse—. Soy vuestra doncella personal. Vos debéis de ser…
—Celaena Sardothien —contestó ella monótonamente.
Philippa abrió unos ojos como platos.
—No se lo digáis a nadie, señorita —susurró—. Yo soy la única que lo sabe. Y los guardias, supongo.
—Entonces, ¿a qué atribuye la gente tanta escolta? —preguntó la chica.
Philippa se acercó sin hacer caso del ceño fruncido de Celaena, ajustó los pliegues del vestido de la asesina y los ahuecó en los lugares necesarios.
—Oh, también hay guardias apostados ante los aposentos de los otros… campeones. Si no, la gente pensaría que sois otra amiga del príncipe.
—¿Otra?
Philippa sonrió, pero no apartó la vista del vestido.
—Su alteza tiene un corazón muy grande.
Celaena no estaba sorprendida.
—¿Es un rompecorazones?
—No me corresponde hablar de su alteza. Y vos también deberíais tener cuidado con lo que decís.
—Haré lo que me venga en gana.
Miró atentamente el semblante de la criada. ¿Por qué habían puesto a su servicio a una mujer tan débil? Podría dejarla fuera de combate en un abrir y cerrar de ojos.
—Entonces, antes o después volveréis a las minas, tesoro —Philippa se llevó una mano a la cadera—. Oh, no frunzáis el ceño, que echáis a perder vuestra cara.
Estiró el brazo para pellizcarle la mejilla a Celaena, pero esta se apartó.
—¿Estás loca? ¡Soy una asesina, no una cortesana idiota!
Philippa chasqueó la lengua.
—Para mí seguís siendo una mujer, y mientras estéis a mi cargo, os comportaréis como tal. ¡Si no, que el Wyrd me asista!
Celaena la miró de hito en hito.
—Eres una descarada. Espero que no te comportes así con todas las damas de la corte —dijo lentamente.
—Bueno, no es casual que me hayan encomendado vuestro cuidado.
—Comprendes lo que implica mi oficio, ¿verdad?
—No es por faltaros al respeto, pero esas galas valen mucho más que mi cabeza rodando por el suelo.
Perpleja, Celaena enseñó los dientes superiores mientras la criada se daba media vuelta para salir de la habitación.
—Y no pongáis esa cara —dijo Philippa por encima del hombro—. Se os arruga esa naricilla tan linda que tenéis.
Celaena se quedó boquiabierta mientras la criada se alejaba arrastrando los pies.

El príncipe heredero de Adarlan miraba a su padre sin pestañear, a la espera de que se decidiese a hablar. Sentado en su trono de cristal, el rey de Adarlan le devolvió la mirada. A veces, Dorian se olvidaba de lo poco que se parecía a su padre: era su hermano pequeño, Hollin, quien se asemejaba al rey, con su frente ancha, su cara redonda y sus ojos de lince. Pero Dorian, alto, fuerte y elegante, no guardaba ningún parecido con él. Para colmo, estaba la cuestión del color de los ojos. Ni siquiera su madre tenía los ojos de un azul zafiro. Nadie sabía de dónde habían salido.
—¿Ha llegado ya? —preguntó su padre.
Hablaba en un tono severo que recordaba al repiqueteo de los escudos al entrechocar y al zumbido de las flechas. Probablemente aquel era el saludo más amable que le iba a dispensar.
—No debería suponer ningún problema ni amenaza mientras esté aquí —dijo Dorian con toda la calma que pudo.
Elegir a Sardothien había sido una apuesta contra la tolerancia de su padre. Estaba a punto de averiguar si había valido la pena.
—Piensas como todos los necios a los que ha asesinado —Dorian se irguió con ademán ofendido, pero el rey siguió hablando—: No le debe lealtad a nadie salvo a sí misma, y no vacilará en atravesarte el corazón con un cuchillo.
—Y por eso será muy capaz de ganar vuestro torneo —su padre no respondió y Dorian continuó con el corazón en un puño—. De hecho, la competición podría resultar innecesaria.
—Lo dices porque temes perder dinero.
Si su padre supiese que no se había arriesgado a buscar un campeón solo por el oro, sino también para salir de allí…, para alejarse de él mientras pudiese…
Dorian hizo acopio de todo su valor al disponerse a pronunciar las palabras que llevaba todo el viaje ensayando, desde que habían salido de Endovier.
—Os garantizo que será capaz de cumplir con su deber. No hay necesidad de entrenarla. En cambio, si gana y se corre la voz de cuál es su identidad, nos enfrentaremos a un escándalo. Ya os lo he dicho: me parece una estupidez celebrar esa competición.
—Si no tienes cuidado con lo que dices, haré que te use a ti para sus entrenamientos.
—Y entonces, ¿qué? ¿Será Hollin quien ocupe el trono?
—No lo dudes, Dorian —lo desafió su padre—. Aunque pienses que esa… muchacha puede ganar, olvidas que el duque Perrington patrocina a Cain. Habrías hecho mejor en elegir a un campeón como él, forjado a sangre y hierro en el campo de batalla. Un auténtico campeón.
Dorian se metió las manos en los bolsillos.
—Y el título ¿no os parece un poco ridículo, teniendo en cuenta que nuestros «campeones» no son más que criminales?
Su padre se levantó del trono y señaló el mapa pintado en una de las paredes de la cámara del consejo.
—Soy el conquistador de este continente y pronto dominaré toda Erilea. No me cuestiones.
Dorian, al darse cuenta de lo cerca que había estado de cruzar la línea que separaba la impertinencia de la rebelión —una línea que siempre había tenido muchísimo cuidado de no traspasar—, se disculpó entre dientes.
—Estamos en guerra con Wendlyn —prosiguió su padre—. Tengo enemigos por todas partes. ¿Quién mejor para hacer el trabajo sucio que alguien eternamente agradecido porque le concedí no solo una segunda oportunidad, sino también grandes riquezas y la potestad de actuar en mi nombre? —El rey sonrió cuando Dorian no contestó. El príncipe intentó no estremecerse mientras su padre lo escrutaba—. Perrington dice que en este viaje te has portado bien.
—Con Perrington de guardián, no podía hacer otra cosa.
—No pienso tolerar que ninguna campesina llame a la puerta gritando que le has roto el corazón —Dorian se ruborizó, pero no bajó la mirada—. He trabajado con demasiado ahínco y durante demasiado tiempo para fundar mi imperio como para que me compliques los planes con herederos ilegítimos. Cásate con una mujer como es debido y pierde el tiempo como mejor te parezca después de darme un par de nietos. Cuando seas rey, comprenderás que todo tiene consecuencias.
—Cuando sea rey, no pretenderé controlar Terrasen basándome en unos derechos de herencia que no se sostienen.
Chaol le había advertido que tuviese cuidado con lo que le decía a su padre, pero cuando el rey le hablaba así, como si fuese un bobo consentido…
—Aunque les ofrecieses el autogobierno, esos rebeldes clavarían tu cabeza en una pica frente a las puertas de Orynth.
—Con suerte, quizá junto a las de todos mis herederos ilegítimos.
El rey recibió el comentario con una sonrisa venenosa.
—Qué hijo tan elocuente tengo —se lamentó, y los dos se quedaron mirándose sin mediar palabra hasta que Dorian volvió a hablar.
—Quizá deberíais tomaros nuestras dificultades para superar las defensas navales de Wendlyn como una señal de que deberíais dejar de jugar a ser un dios.
—¿Jugar? —El rey sonrió y sus torcidos y amarillos dientes destellaron a la luz del fuego—. No estoy jugando. Y esto no es un juego —Dorian se puso en tensión—. Aunque parezca agradable, sigue siendo una bruja. Mantén las distancias, ¿entendido?
—¿Con quién, con la asesina?
—Es peligrosa, hijo mío, aunque seas tú quien la patrocina. Solo quiere una cosa…, y no pienses que no va a utilizarte para conseguirla. Si la cortejas, las consecuencias no serán agradables. Ni por su parte ni por la mía.
—Y si me rebajase a relacionarme con ella, ¿qué haríais, padre? ¿Me condenaríais también a las minas?
El padre lo golpeó sin que Dorian tuviera tiempo de protegerse. El dorso de la mano del rey se estampó con fuerza contra la mejilla del príncipe, que trastabilló pero recuperó el equilibrio. El golpe le escoció tanto que se olvidó de contener las lágrimas.
—Seas o no seas mi hijo —gruñó el rey—, sigo siendo tu rey. Vas a obedecerme, Dorian Havilliard, o pagarás por ello. Ya estoy harto de que me cuestiones.
El príncipe heredero de Adarlan sabía que quedarse solo serviría para que se metiese en más líos, así que hizo una reverencia en silencio y se despidió de su padre, con los ojos encendidos por una ira que a duras penas conseguía controlar.