Trono de cristal
Capítulo 8
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Capítulo 8

Celaena avanzaba por un pasillo de mármol y su vestido flotaba tras ella describiendo una ola morada y blanca. Chaol andaba a su lado a grandes zancadas, con una mano en el pomo con forma de águila de su espada.
—¿Hay algo interesante al final de este pasillo?
—¿Qué otra cosa quieres ver? Ya hemos visto los tres jardines, los salones de baile, las habitaciones de interés histórico y las mejores vistas desde el castillo de piedra. Si no quieres entrar en el castillo de cristal, no hay nada más que ver.
Ella se cruzó de brazos. Había logrado convencerlo para que le enseñase el castillo alegando un aburrimiento mortal… cuando, de hecho, había aprovechado cada momento para imaginar una docena de maneras de huir de su habitación. El castillo era muy antiguo y gran parte de los pasillos y escaleras no llevaba a ninguna parte; para huir tendría que trazar un plan. Pero dado que el torneo empezaría al día siguiente, no tenía otra cosa que hacer. Y ¿qué mejor manera de prepararse para un potencial desastre?
—No entiendo por qué te niegas a entrar en el edificio de cristal —prosiguió el capitán—. Por dentro, es exactamente igual al resto: ni siquiera sabrías que estás allí a menos que alguien te lo dijese o mirases por la ventana.
—Solo un idiota se pasearía por una casa hecha de cristal.
—Es tan resistente como el acero y la piedra.
—Sí, hasta que entre alguien muy pesado y lo rompa.
—Eso es imposible.
La idea de pisar suelos de cristal la hacía sentir intranquila.
—¿No hay alguna casa de fieras o alguna biblioteca que podamos visitar? —Estaban pasando junto a unas puertas cerradas. Oyeron el sonido de una voz cantarina y el suave rasgueo de un arpa—. ¿Qué hay ahí dentro?
—Son las dependencias de la reina.
Chaol la agarró del brazo y tiró de ella para que siguiera adelante.
—¿La reina Georgina?
¿No se daba cuenta el capitán de la información que le estaba proporcionando? Quizá pensaba sinceramente que no representaba una amenaza. Celaena frunció el ceño a escondidas de Chaol.
—Sí, la reina Georgina Havilliard.
—¿El joven príncipe está en casa?
—¿Hollin? Está en la escuela.
—Y ¿es tan guapo como su hermano mayor?
Celaena sonrió y Chaol se puso tenso.
Todo el mundo sabía que el príncipe de diez años era horrible y malcriado por dentro y por fuera, y ella recordaba el escándalo que había estallado unos meses antes de su captura. Al descubrir que sus gachas estaban quemadas, Hollin Havilliard le había dado tal paliza a una de las criadas que no hubo posibilidad de esconder el incidente. Se había sobornado a la familia de la mujer y al príncipe lo habían enviado a una escuela en las montañas. Por supuesto, todo el mundo lo sabía. La reina Georgina se había negado a alternar con la corte durante todo un mes.
—Con el tiempo, Hollin se comportará como corresponde a su linaje —rezongó Chaol.
Celaena siguió avanzando con un paso saltarín mientras dejaban atrás las dependencias de la reina. Se quedaron callados durante unos instantes antes de que sonase una explosión allí cerca, y luego otra.
—¿Qué es ese ruido tan espantoso? —preguntó Celaena.
El capitán la hizo pasar por unas puertas de cristal y señaló hacia arriba al acceder a un jardín.
—El reloj de la torre —contestó Chaol, cuyos ojos color bronce brillaron divertidos mientras el reloj ponía fin a su grito de guerra. Celaena nunca había oído unas campanas parecidas.
En el jardín se erguía una torre hecha de piedra negra como el carbón. En cada una de las cuatro caras del reloj había encaramadas dos gárgolas con las alas abiertas como para alzar el vuelo, que rugían en silencio a los que pasaban por debajo.
—Qué cosa tan horrible —susurró ella. Los números parecían pinturas de guerra en la blanca cara del reloj, y las manecillas, espadas que cortaran la superficie nacarada.
—Cuando era pequeño, no me atrevía a acercarme —reconoció Chaol.
—Uno esperaría ver algo así frente a las puertas del Wyrd…, no en un jardín. ¿Es muy antigua?
—El rey ordenó construirla en la época del nacimiento de Dorian.
—¿Este rey? —Chaol asintió con la cabeza—. Y ¿por qué iba a construir algo tan retorcido?
—Venga —dijo él antes de dar media vuelta sin responder a su pregunta—. Vámonos.
Celaena aún se quedó mirando el reloj durante unos instantes. Una gárgola la apuntaba con una gruesa garra. Habría podido jurar que las fauces se le habían abierto. Cuando se decidió a seguir a Chaol, se fijó en una losa en el camino empedrado.
—¿Qué es esto?
El capitán se detuvo.
—Qué es ¿qué?
Ella señaló un signo grabado en la pizarra. Era un círculo con una línea vertical que lo cruzaba por el centro y que se extendía más allá de la circunferencia. Los dos extremos de la línea acababan en forma de gancho, uno apuntando hacia abajo y el otro hacia arriba.
—¿Qué es esta señal en el camino?
Chaol rodeó la marca hasta llegar a su lado.
—No tengo ni idea.
Celaena volvió a mirar la gárgola.
—Está señalándolo. ¿Qué significa el símbolo?
—Significa que me estás haciendo perder el tiempo —contestó el capitán—. Probablemente sea una especie de reloj de sol decorativo.
—¿Hay otras marcas?
—Estoy seguro de que si las buscases, las encontrarías.
Celaena consintió al fin en abandonar el jardín y lo siguió por los pasillos de mármol del castillo. Por más que lo intentara y por más que se alejase, no podía quitarse de encima la sensación de que aquellos ojos saltones seguían clavados en ella.
Pasaron ante las dependencias de la cocina, un barullo de gritos, nubes de harina y fogones. Luego enfilaron un largo pasillo, vacío y silencioso salvo por el ruido de sus pasos. Celaena se detuvo de repente.
—¿Qué… es eso? —preguntó señalando unas puertas de madera de roble de seis metros de altura y abriendo los ojos como platos al ver los dragones que asomaban de la pared de piedra, a ambos lados de la entrada. Dragones de cuatro patas, no los sanguinarios guivernos bípedos que aparecían en el escudo real.
—La biblioteca.
Aquellas dos palabras brillaron como un rayo en la oscuridad.
—La… —Celaena miró los tiradores de hierro en forma de garra—. ¿Podemos… podemos entrar?
El capitán de la guardia abrió las puertas a regañadientes. Los músculos de su espalda se tensaron al empujar con fuerza la gastada madera de roble. Comparado con el pasillo, iluminado por el sol, el espacio que se extendía ante ellos parecía increíblemente oscuro, pero al entrar vio candelabros, además de suelos de mármol blanco y negro, enormes mesas de madera de caoba con sillas de terciopelo rojo, un fuego que ardía apaciblemente, entreplantas, puentes, escaleras, barandillas y libros…, libros, libros y más libros.
Acababa de entrar en una ciudad construida enteramente de piel y papel. Celaena se llevó una mano al corazón. Al infierno las formas de escapar.
—Jamás había visto… ¿Cuántos volúmenes hay aquí?
Chaol se encogió de hombros.
—La última vez que alguien se molestó en contarlos, había un millón. Pero de eso hace doscientos años. Yo diría que hay más, sobre todo si creemos las leyendas que hablan de una segunda biblioteca oculta bajo tierra, en catacumbas y túneles.
—¿Más de un millón? ¿Un millón de libros? —El corazón de la muchacha dio un brinco y en su rostro se esbozó una sonrisa—. ¡Moriría y no habría leído ni la mitad!
—¿Te gusta leer?
Celaena arqueó una ceja.
—¿A vos no?
Sin esperar respuesta, se internó en la biblioteca barriendo el suelo con la cola del vestido. Se acercó a una estantería y miró los títulos. No reconoció ninguno.
Sonriendo, se puso a dar vueltas y a desplazarse por el piso principal, pasando una mano por los lomos polvorientos.
—No sabía que los asesinos fueran aficionados a la lectura —se extrañó Chaol.
Si Celaena hubiese muerto en ese preciso momento, lo habría hecho en la felicidad más absoluta.
—Dijiste que eras de Terrasen —prosiguió el capitán—. ¿Alguna vez has visitado la Gran Biblioteca de Orynth? Dicen que es el doble de grande que esta… y que albergaba todo el conocimiento del mundo.
Ella apartó la vista de la pila de libros que estaba examinando.
—Sí —reconoció—. Cuando era más joven. Aunque no me dejaban explorarla. Los maestros eruditos temían que pudiera estropear algún códice valioso.
No había vuelto a la Gran Biblioteca desde entonces… y se preguntó cuántas obras de valor incalculable habría ordenado destruir el rey de Adarlan cuando prohibió la magia. Por el tono de Chaol al decir «albergaba» con un deje de tristeza, Celaena supuso que la mayoría de aquellas obras se había perdido. Aunque en parte abrigaba la esperanza de que los maestros eruditos hubiesen logrado poner a salvo muchos de aquellos valiosos libros…, y que cuando asesinaron a la familia real y el rey de Adarlan invadió el reino, aquellos viejos estirados hubiesen tenido el sentido común de esconder dos mil años de pensamiento y aprendizaje.
De repente, un vacío se abrió en su interior. Necesitaba cambiar de tema.
—¿Por qué no hay ninguno de los vuestros aquí? —preguntó Celaena.
—Los guardias no sirven de nada en una biblioteca.
¡Qué equivocado estaba! Las bibliotecas estaban llenas de ideas, quizá las armas más peligrosas y poderosas de todas.
—Me refería a los nobles —contestó ella.
El capitán se apoyó en una mesa con la mano sobre la espada. Al menos uno de los dos recordaba que estaban solos en la biblioteca.
—Me temo que la lectura está algo anticuada.
—Sí, bueno…, pues más podré leer yo.
—¿Leer? Estos libros pertenecen al rey.
—Es una biblioteca, ¿no?
—Es propiedad del rey, y tú no perteneces a la nobleza. Necesitas permiso del soberano o del príncipe.
—Dudo mucho que ninguno de los dos fuese a echar en falta unos cuantos libros.
Chaol suspiró.
—Es tarde. Tengo hambre.
—¿Y? —preguntó ella.
El capitán gruñó y prácticamente la sacó a rastras de la biblioteca.
Tras una cena en solitario durante la cual consideró todas las rutas de escape posibles y cómo hacerse con más armas, Celaena anduvo de un lado a otro por sus aposentos. ¿Dónde se alojaban los otros contendientes? ¿Tenían acceso a los libros, si así lo querían?
Celaena se dejó caer sobre una silla. Estaba cansada, pero apenas se había puesto el sol. En lugar de leer, quizá podría tocar el pianoforte, pero… bueno, hacía tiempo que no lo tocaba y no estaba segura de poder soportar el sonido de su torpe y forzada interpretación. Repasó con el dedo un motivo fucsia de la seda de su vestido. Tantos libros y nadie para leerlos.
Se le ocurrió una idea e, incorporándose de un salto, se sentó al escritorio y cogió un trozo de pergamino. Si al capitán Westfall le importaba tanto el protocolo, lo iba a tener de sobra. Mojó la pluma de cristal en un tintero y la acercó al papel.
¡Qué raro se le hacía sostener una pluma! Trazó las letras en el aire. Era imposible que se le hubiese olvidado escribir. Sus dedos se movieron con torpeza cuando la pluma tocó el papel, pero escribió su nombre cuidadosamente y luego el abecedario, tres veces. Las letras eran irregulares, pero podía hacerlo. Sacó otro trozo de papel y comenzó a escribir.
Alteza:
Me ha llamado la atención que vuestra biblioteca no sea en realidad una biblioteca, sino una colección personal para vuestro disfrute exclusivo y el de vuestro estimado padre. Como buena parte del millón de libros que alberga parece en buen estado aunque infrautilizada, os ruego que me concedáis permiso para tomar prestados unos cuantos y que así reciban la atención que merecen. Ya que se me priva de compañía y entretenimiento, este gesto de bondad es lo mínimo que una persona tan importante como vos puede hacer por alguien tan humilde, desgraciada y sinvergüenza como yo.
Vuestra humilde servidora,
Celaena Sardothien
Celaena sonrió de oreja a oreja al releer su nota y se la entregó a la criada más guapa que pudo encontrar con instrucciones muy concretas de que se la entregara de inmediato al príncipe heredero. Cuando la mujer regresó media hora después cargada de libros, Celaena se echó a reír y cogió la nota que coronaba aquella pila de tomos encuadernados en piel.
Mi estimada Asesina:
Adjunto siete libros de mi biblioteca personal que he leído hace poco y he disfrutado inmensamente. Eres, cómo no, libre de leer todos los libros que quieras de la biblioteca del castillo, pero te ordeno que leas estos primero para que podamos comentarlos. Te prometo que no son aburridos, pues no soy de los que soportan páginas y más páginas de disparates y palabrería, aunque quizá tú disfrutes con las obras de autores particularmente pagados de sí mismos.
Afectuosamente,
Dorian Havilliard
Celaena volvió a reírse, cogió los libros de brazos de la mujer y le agradeció las molestias. Entró en el dormitorio, cerró la puerta de un puntapié, se dejó caer en la cama y extendió los libros sobre la superficie roja. No conocía ninguno de los títulos, aunque uno de los autores le resultaba familiar. Eligió el libro que le pareció más interesante, se tumbó de espaldas y comenzó a leer.

Celaena se despertó a la mañana siguiente con el dichoso retumbar del reloj de la torre. Medio dormida, contó las campanadas. Las doce del mediodía. Se incorporó en la cama. ¿Dónde estaba Chaol? Y, lo que era aún más importante, ¿qué pasaba con el torneo? ¿No se suponía que empezaba ese mismo día?
Se levantó de la cama y recorrió sus aposentos medio esperando encontrarlo sentado en una silla con una mano en el pomo de la espada. No estaba allí. Asomó la cabeza al pasillo, pero los cuatro guardias hicieron ademán de sacar las armas. Salió al balcón y las ballestas de otros cinco guardias la apuntaron desde abajo. Celaena puso los brazos en jarras y se limitó a contemplar el paisaje de aquel día otoñal.
Los árboles del jardín tenían colores dorados y marrones, y la mitad de las hojas ya yacían secas en el suelo. Sin embargo, hacía tanto calor como en pleno estío. Celaena se apoyó en la barandilla y saludó a los guardias que la apuntaban con las ballestas. A lo lejos, atisbó las velas de los barcos, los carros y la gente que trajinaba por las calles de Rifthold. Los tejados verdes de la ciudad relucían como esmeraldas al sol.
Volvió a mirar a los cinco hombres que hacían guardia bajo el balcón. Ellos le devolvieron la mirada y, cuando bajaron lentamente las ballestas, Celaena sonrió. Podría dejarlos inconscientes con unos cuantos libros pesados.
Se oyó un revuelo en el jardín y los guardias buscaron con la mirada su procedencia. Por detrás de un seto, aparecieron tres mujeres enfrascadas en una conversación.
Casi todas las charlas que Celaena había alcanzado a oír el día anterior habían sido extremadamente aburridas, y no esperaba gran cosa de las mujeres que se acercaban. Todas llevaban bonitos vestidos, pero la del centro —la del pelo negro— lucía el más exquisito. Su falda roja era del tamaño de una tienda de campaña, y llevaba el corpiño tan ajustado que Celaena se preguntó si su cintura mediría más de cincuenta centímetros. Las otras mujeres eran rubias y vestían de color azul claro. Celaena dedujo por las vestimentas a juego que eran damas de compañía. Cuando se detuvieron en la fuente cercana, la asesina se apartó de la barandilla.
Desde donde estaba al fondo del balcón, Celaena vio que la mujer de rojo se alisaba con la mano la parte delantera de la falda.
—Tendría que haberme puesto el vestido blanco —dijo en voz lo bastante alta como para que la oyera todo Rifthold—. A Dorian le gusta el blanco —se alisó un pliegue del vestido—. Pero apostaría a que todas van de blanco.
—¿Deseáis cambiaros, Milady? —preguntó una de las rubias.
—No —replicó la otra de malos modos—. Al vestido no le pasa nada. Por más viejo y deslucido que esté.
—Pero… —empezó a decir la otra rubia, aunque se interrumpió al ver que su señora miraba a otro lado.
Celaena se acercó de nuevo a la barandilla y echó un vistazo. Difícilmente podía considerarse que el vestido era viejo.
—Dorian no tardará en pedirme una audiencia privada —Celaena se asomó para ver mejor. Pendientes de las tres muchachas, los guardias parecían tan interesados como ella, aunque por otras razones—. Me preocupa que el galanteo de Perrington interfiera, pero adoro a ese hombre por haberme invitado a Rifthold. ¡Si mi madre levantase la cabeza! —Hizo una pausa y añadió—: Me pregunto quién será.
—¿Vuestra madre, Milady?
—La muchacha a la que el príncipe ha traído a Rifthold. He oído decir que recorrió toda Erilea para encontrarla, y que entró en la ciudad montada en el caballo del capitán de la guardia. No sé nada más sobre ella, ni siquiera su nombre.
Las dos mujeres se quedaron algo rezagadas e intercambiaron miradas de exasperación por detrás de su señora. Celaena dedujo que habían tenido aquella conversación en muchas otras ocasiones.
—No tengo de qué preocuparme —musitó la mujer—. La ramera del príncipe no será bien recibida.
¿La ramera?
Las muchachas del servicio se pararon bajo el balcón y dejaron caer las pestañas ante los guardias.
—Necesito mi pipa —murmuró la dama frotándose las sienes—. Sé que me va a doler la cabeza —Celaena arqueó las cejas—. De cualquier modo —prosiguió la mujer alejándose a buen paso—, tendré que estar atenta. Puede que hasta tenga que…
¡CRAS!
Las mujeres gritaron, los guardias se dieron la vuelta con las ballestas en ristre y Celaena puso los ojos en blanco mientras se apartaba de la barandilla y se refugiaba entre las sombras del interior. La maceta no había dado en el blanco. En esta ocasión.
La mujer maldijo de un modo tan pintoresco que Celaena se tapó la boca con la mano para no echarse a reír. Las criadas se pusieron a susurrar mientras retiraban el barro del vestido y de los zapatos de ante de la mujer.
—¡Callaos! —exclamó la dama entre dientes. Los guardias, con una actitud muy prudente, permanecieron impasibles—. ¡Callaos y vámonos!
Las mujeres se alejaron a toda prisa mientras la ramera del príncipe entraba corriendo en sus aposentos y llamaba a sus doncellas para que la vistiesen con el mejor vestido que pudiesen encontrar.