Trono de cristal

Trono de cristal


Capítulo 9

Página 12 de 60

Capítulo 9

Sonriendo, Celaena miraba su reflejo en el espejo de palisandro.

Se pasó una mano por el vestido. Un encaje blanco como espuma de mar brotaba del pronunciado escote y se fundía en la zona del pecho con el océano de seda verde pastel que constituía el vestido. Una faja roja en forma de pico invertido le cubría la cintura para separar el corpiño de la explosión de faldas y enaguas de la parte inferior. El corpiño lucía una preciosa pedrería en color verde pálido de formas onduladas y caprichosas, y a lo largo de las varillas se extendía un brocado color hueso. Encajada en el corpiño, Celaena había escondido la pequeña daga casera, que se le clavaba en el pecho sin piedad. Levantó las manos para tocarse el pelo ondulado y recogido.

No tenía planeado qué haría una vez vestida. Seguramente tendría que cambiarse antes de que comenzase la competición, pero…

Oyó un frufrú en el umbral. Celaena levantó la vista hacia el reflejo y vio entrar a Philippa. La asesina intentó no lucirse ante ella… y fracasó estrepitosamente.

—Qué pena que seáis quien sois —dijo Philippa dándole la vuelta a Celaena para verla de frente—. No me sorprendería que lograseis enredar a algún caballero para que se casara con vos. Tal vez a su alteza en persona, si fueseis lo bastante encantadora.

Arregló los pliegues verdes del vestido de Celaena antes de arrodillarse para cepillar los zapatos rojo rubí de la asesina.

—Bueno, eso insinúan los rumores. He oído decir a una muchacha que el príncipe heredero me ha traído aquí para cortejarme. Pensaba que toda la corte estaba al tanto de esa estúpida competición.

Philippa se incorporó.

—Sean cuales sean los rumores, todo quedará olvidado dentro de una semana. Esperad y veréis. Dadle tiempo para encontrar a otra mujer que le guste y desapareceréis de los cuchicheos de la corte.

Celaena se irguió mientras Philippa le recogía un tirabuzón suelto.

—Oh, no pretendía ofenderos, tesoro —siguió diciendo—. Al príncipe heredero siempre se lo asocia con damas hermosas. Deberíais estar orgullosa por ser lo suficientemente atractiva como para que os consideren su amante.

—Preferiría que nadie pensara eso de mí.

—Mejor eso a que os vean como una asesina, digo yo.

Celaena miró a Philippa y se echó a reír.

La doncella negó con la cabeza.

—Estáis mucho más guapa cuando sonreís. Más niña, incluso. Ese frunce que lleváis siempre en la frente no os sienta nada bien.

—Sí, quizá tengas razón —reconoció Celaena, e hizo ademán de sentarse en la otomana color malva.

—¡Eh! —exclamó Philippa. Celaena se quedó paralizada a mitad del movimiento y volvió a levantarse—. Vais a arrugar la tela.

—Pero con estos zapatos me duelen los pies —frunció el ceño lastimosamente—. No pretenderás que me quede de pie todo el día… ¿También para comer?

—Solo hasta que alguien me diga lo preciosa que estáis.

—Nadie sabe que eres mi doncella.

—Oh, saben que me han asignado el cuidado de la amante que el príncipe ha traído a Rifthold.

Celaena se mordió el labio. ¿Era bueno que nadie supiese quién era en realidad? ¿Qué pensarían sus competidores? Quizás hubiese sido preferible ponerse una saya y unas calzas.

Celaena quiso apartarse un rizo que le hacía cosquillas en la mejilla, pero Philippa le dio un manotazo.

—Vais a estropearos el peinado.

Antes de que ella pudiera responder, la puerta de sus aposentos se abrió de golpe. A continuación, Celaena oyó un gruñido y unos pasos que ya le resultaban familiares. A través del espejo vio a Chaol en el umbral, jadeando. Philippa hizo una reverencia.

—Tú —dijo, pero se quedó callado cuando Celaena se dio la vuelta. Arrugó la frente al mismo tiempo que recorría su cuerpo con la mirada. Ladeó la cabeza y abrió la boca como para decir algo, pero se limitó a negar con la cabeza y a fruncir el ceño—. Al piso de arriba. Ahora.

Celaena hizo una reverencia y lo miró con las pestañas entrecerradas.

—Y ¿adónde vamos, si sois tan amable de contármelo?

—Oh, a mí no me vengas con sonrisitas.

La agarró del brazo y la sacó de la habitación.

—¡Capitán Westfall! —lo reprendió Philippa—. La muchacha va a tropezarse con el vestido. Al menos dejad que se sujete las faldas.

En efecto, Celaena se tropezó con el vestido y los zapatos le provocaban un terrible dolor de talones, pero el capitán hizo caso omiso de sus objeciones y la arrastró hasta el pasillo. Celaena saludó a los guardias apostados ante su puerta, y sonrió radiante cuando estos intercambiaron miradas de aprobación. El capitán le apretó el brazo con tanta fuerza que le dolió.

—¡Deprisa! —dijo—. No podemos llegar tarde.

—¡Quizá si me hubieseis avisado con más antelación, me habría vestido antes y ahora no tendríais que llevarme a rastras!

Le costaba respirar con el corsé aplastándole las costillas. Mientras subían a toda prisa una larga escalera, se llevó una mano al pelo para asegurarse de que no se le había deshecho el peinado.

—Me he despistado. Has tenido suerte de estar vestida, aunque preferiría que llevases algo menos… recargado para ver al rey.

—¿El rey?

Celaena dio gracias por no haber comido todavía.

—Sí, el rey. ¿Acaso pensabas que no lo verías? El príncipe heredero te dijo que el torneo empezaría hoy. Esta reunión marcará el comienzo oficial, pero el trabajo de verdad empieza mañana.

De repente, los brazos se le volvieron más pesados y se olvidó de sus pies doloridos y sus costillas aplastadas. En el jardín, el extraño y retorcido reloj de la torre comenzó a tocar las horas. Llegaron a lo alto de la escalera y echaron a andar rápidamente por un largo pasillo. Celaena no podía respirar.

Mareada, miró por las ventanas que jalonaban las paredes del corredor. El suelo estaba muy abajo… Muy, muy abajo. Estaban en el edificio de cristal. Celaena no quería estar allí. No podía estar en el castillo de cristal.

—¿Por qué no me habéis avisado antes?

—Porque acaba de decidirlo. Estaba previsto que os viera a todos por la noche. Esperemos que los demás campeones lleguen más tarde que nosotros.

Celaena estaba a punto de desmayarse. ¡El rey, nada menos!

—Cuando entres —le dijo Chaol por encima del hombro—, párate donde me pare yo. Haz una reverencia. Una gran reverencia. Cuando te levantes, mantén la cabeza bien alta y la espalda erguida. No mires al rey a los ojos, no contestes nada sin añadir «majestad» y en ningún caso, bajo ninguna circunstancia, respondas con descaro. Si no lo complaces, ordenará que te ahorquen.

Celaena tenía un dolor de cabeza terrible que se concentraba alrededor de la sien izquierda. Todo era frágil y complicado. Aquellas personas tenían tanto poder… Chaol se detuvo antes de doblar una esquina.

—Estás pálida.

Le costaba enfocar la cara del capitán mientras inspiraba y espiraba, inspiraba y espiraba. Detestaba los corsés. Detestaba al rey. Detestaba los castillos de cristal.

Los días siguientes a su captura y condena habían sido como un sueño febril, pero podía recordar su juicio a la perfección: las paredes de madera oscura, la suavidad de la silla en la que se había sentado, lo mucho que le dolía la mano desde su captura y el terrible silencio que se había apoderado de su cuerpo y de su alma. Había mirado al rey, una sola vez. Había sido más que suficiente para nublarle la visión, para desear cualquier castigo que la alejase de él, incluso una muerte rápida. Su deseo había sido tan intenso que apenas había oído la sentencia cuando el rey la pronunció. ¿Adónde la enviaban?

—Celaena.

La chica parpadeó. Le ardían las mejillas. La expresión de Chaol se suavizó.

—No es más que un hombre. Eso sí, un hombre al que deberías tratar con el respeto que exige su rango —echó a andar de nuevo, aunque más despacio—. Esta reunión solo es para recordaros a ti y a los demás campeones por qué estáis aquí, lo que tenéis que hacer y lo que podéis ganar. No es un juicio. Hoy nadie te va a poner a prueba.

Entraron en un largo pasillo y la asesina vio a cuatro guardias apostados ante las enormes puertas de cristal del otro extremo.

—Celaena —añadió el capitán, y se detuvo a unos metros de los guardias. Sus ojos castaños eran intensos, profundos.

—¿Sí? —preguntó ella. Su pulso había vuelto a la normalidad.

—Hoy estás muy guapa —se limitó a decirle antes de que se abrieran las puertas y echaran a andar.

Celaena levantó la barbilla mientras entraban al atestado salón.

Ir a la siguiente página

Report Page