Trono de cristal

Trono de cristal


Capítulo 10

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Capítulo 10

El suelo fue lo primero que vio. De mármol rojo, con sus vetas blancas iluminadas por el sol, que se desvaneció despacio cuando las puertas de cristal opaco se cerraron con un chirrido. Por todas partes había colgadas arañas y antorchas. Celaena paseaba la vista de lado a lado del abarrotado salón. No había ventanas, solo una pared de cristal con vistas a ninguna parte salvo el cielo. No había escapatoria, únicamente la puerta que ahora quedaba a su espalda.

A su izquierda, un hogar ocupaba casi toda la pared, y mientras Chaol la conducía al centro de la sala, Celaena hizo esfuerzos para no mirarlo fijamente. Era monstruoso, una boca rugiente con grandes colmillos en cuyo interior ardía un fuego violento. Las llamas tenían un matiz verdoso que le provocó escalofríos.

El capitán se paró en el espacio vacío que había frente al trono y Celaena se detuvo con él. Chaol no parecía haber reparado en aquel ambiente amenazador o, si lo había hecho, lo disimulaba mejor que ella. Celaena miró al frente y se fijó en la multitud que llenaba la sala. Incómoda, sabedora de que había muchos ojos mirándola, Celaena hizo una profunda reverencia acompañada del frufrú de su vestido.

Le flaquearon las piernas cuando Chaol le puso una mano en la espalda para indicarle que tenía que levantarse. La condujo al centro de la sala, donde aguardaba Dorian Havilliard. La ausencia de suciedad y de cansancio acumulado después de tres semanas de duro viaje había hecho maravillas en su suave rostro. Llevaba una chaqueta roja y dorada, el pelo negro peinado y brillante. Una expresión de sorpresa le recorrió la cara cuando la descubrió ataviada de un modo tan exquisito, pero la cambió por una sonrisa sardónica cuando volvió la vista hacia su padre. Celaena le habría devuelto la sonrisa de no haber estado tan pendiente del temblor de sus manos.

—Ahora que habéis llegado todos, quizá podamos empezar —dijo el rey por fin.

No era la primera vez que oía aquella áspera y profunda voz. Hacía que los huesos de Celaena crujiesen y se astillasen, que su melena perdiese el esplendor y que sintiera el pasmoso frío de un invierno que habían dejado atrás hacía meses. Sus ojos solo se atrevieron a aventurarse hasta el pecho del rey. Era ancho, no del todo musculoso, y parecía apretado bajo la saya negra y roja. Llevaba una capa de pieles blancas prendida a los hombros y una espada envainada colgada del costado. En lo alto de la empuñadura había un guiverno con la boca abierta, como si gritase. Ninguno de los que se ponían ante aquella hoja vivía para ver un día más. Celaena conocía aquella espada.

Se llamaba Nothung.

—Todos vosotros habéis sido traídos hasta aquí desde diferentes lugares de Erilea con el propósito de servir a vuestro país.

No resultaba muy difícil distinguir a la nobleza de los contendientes. Viejos y arrugados, todos aquellos nobles llevaban ropas refinadas y espadas decorativas. Junto a cada uno de ellos se alzaba un hombre —unos, altos y esbeltos; otros, musculosos; otros, normales—, pero todos rodeados por al menos tres guardias.

Veintitrés hombres se interponían entre ella y la libertad. La mayoría eran inmensos y Celaena tuvo que mirarlos dos veces, pero al escrutar sus caras —muchas llenas de cicatrices, picadas de viruela o simplemente horribles— no vio ninguna chispa en el fondo de sus ojos, ni una pizca de inteligencia. Los habían elegido por sus músculos, no por sus cerebros. Tres de ellos estaban encadenados. ¿Tan peligrosos eran?

Unos cuantos le devolvieron la mirada y ella se las sostuvo, preguntándose si la identificaban como una competidora o como una dama de la corte. Casi ningún contendiente se fijó mucho en ella. Celaena apretó los dientes. Aquel vestido había sido un error. ¿Por qué Chaol no la había informado de la reunión el día anterior?

Un joven moreno moderadamente guapo se quedó mirándola, aunque ella intentó aparentar indiferencia mientras sus ojos grises la sometían a escrutinio. Era delgado y alto, pero no desgarbado, y tenía la cabeza ladeada hacia ella. Celaena lo miró con más detenimiento, desde la manera de balancear su peso hacia la izquierda hasta el rasgo en el que más se fijaba cuando evaluaba a los otros competidores.

Junto al duque Perrington había un hombre gigantesco que parecía hecho de músculos y acero y que se esforzaba en enseñarlos con su armadura sin mangas. Los brazos de aquel hombre parecían capaces de aplastarle el cráneo a un caballo. No es que fuese feo… De hecho, su rostro bronceado resultaba bastante agradable, pero había algo repugnante en su porte y en sus ojos negros cuando los movió y sus miradas se cruzaron. Sus enormes y blancos dientes brillaron.

—Todos vais a competir por el título de campeón del rey… —siguió hablando el soberano—, mi espada y mi mano derecha en un mundo plagado de enemigos.

En el interior de Celaena saltó una chispa de vergüenza. ¿Qué era un «campeón», sino el eufemismo para denominar a un asesino? ¿De verdad podría soportar trabajar para él? Tragó saliva. Debía hacerlo, no tenía elección.

—Durante las próximas trece semanas todos viviréis y competiréis en mi casa. Entrenaréis a diario y se os pondrá a prueba una vez a la semana…, una prueba durante la cual uno de vosotros quedará eliminado —Celaena hizo cálculos. Eran veinticuatro… y solo había trece semanas. Como si hubiese intuido su pregunta, el rey añadió—: Las pruebas no serán fáciles, como tampoco lo será vuestro entrenamiento. Algunos podríais morir en el proceso. Iremos añadiendo pruebas eliminatorias adicionales según lo creamos conveniente. Y si os quedáis rezagados, fracasáis o me contrariáis, se os enviará de vuelta al agujero negro del que habéis salido.

»La semana después de Yulemas, los cuatro campeones que queden se enfrentarán entre sí en un duelo por el título. Hasta entonces, aunque mi corte está al tanto de que se está celebrando una especie de competición entre mis amigos íntimos y mis consejeros —englobó a toda la sala con un gesto de su mano llena de cicatrices—, mantendréis vuestros asuntos en privado. Cualquier fechoría por vuestra parte y os empalaré frente a las puertas del castillo.

Sin querer, la asesina miró al rey a la cara y vio que este tenía los ojos puestos en ella. El monarca sonrió. A Celaena le dio un vuelco el corazón.

Asesino.

Debería estar colgando de la horca. Había matado a muchos más que ella: gente indefensa que no merecía morir. Había destruido culturas enteras, conocimientos valiosísimos y muchas cosas buenas. Su pueblo debería sublevarse. Erilea debería sublevarse… igual que se habían atrevido a hacer aquellos pocos rebeldes. Celaena intentó no apartar la mirada. No podía dar marcha atrás.

—¿Entendido? —preguntó el rey con la mirada todavía puesta en ella.

Asintió con fuerza con la cabeza. Solo tenía hasta Yulemas para vencerlos a todos. Una prueba por semana…, quizá más. ¿Qué clase de pruebas?

—¡Hablad! —bramó el rey dirigiéndose a toda la sala, y Celaena intentó no estremecerse—. ¿Acaso no estáis agradecidos por esta oportunidad? ¿No merezco que me deis las gracias y me juréis lealtad?

Celaena agachó la cabeza y se quedó mirando a los pies del rey.

—Gracias, majestad. Os lo agradezco mucho —murmuró, y el sonido de su voz se mezcló con las palabras de los otros campeones.

El rey apoyó la mano en la empuñadura de Nothung.

—Creo que nos esperan trece semanas interesantes —Celaena notó que el rey seguía mirándola fijamente, y apretó los dientes—. Demostrad que sois dignos de confianza, convertíos en mi campeón y la riqueza y la gloria serán vuestras para siempre.

Solo trece semanas para ganar su libertad.

—La próxima semana tengo que partir a resolver ciertos asuntos y no regresaré hasta Yulemas, pero no penséis que no podré dar la orden de ejecutar a cualquiera de vosotros si me llegan noticias de algún problema o accidente.

Los campeones asintieron de nuevo.

—Si hemos terminado, me temo que debo marcharme —lo interrumpió Dorian desde detrás de ella, y Celaena levantó la cabeza bruscamente al oír su voz… y comprender su impertinencia al interrumpir a su padre.

Dorian le hizo una reverencia al rey y saludó con la cabeza a los consejeros, que se habían quedado mudos. El rey despidió a su hijo con un gesto de la mano sin molestarse en mirarlo. Dorian le guiñó un ojo a Chaol antes de abandonar la sala.

—Si no hay preguntas… —les dijo el rey a los campeones y a sus patrocinadores en un tono que daba a entender que hacer preguntas solo les garantizaría un viaje a la horca—, os doy permiso para retiraros. No olvidéis que estáis aquí para honrarme a mí… y a mi imperio. Marchaos todos.

Celaena y Chaol permanecieron callados mientras avanzaban por el pasillo, alejándose rápidamente de la caterva de contendientes y sus patrocinadores, que se habían quedado hablando entre sí… y evaluándose los unos a los otros. A cada paso que se alejaba del rey la embargaba una sensación cálida y tranquilizadora. Cuando doblaron una esquina, Chaol suspiró profundamente y le quitó la mano de la espalda.

—Bueno, has logrado mantener la boca cerrada… por una vez —dijo el capitán.

—¡Y qué convincente ha estado asintiendo y haciendo reverencias! —exclamó con alegría una voz.

Era Dorian, que estaba apoyado contra una pared.

—¿Qué hacéis aquí? —preguntó Chaol.

Dorian se apartó del muro.

—Pues esperaros, por supuesto.

—Pero si vamos a cenar juntos esta noche —repuso Chaol.

—Le estaba hablando a mi campeona —replicó Dorian con un guiño pícaro.

Celaena recordó cómo había sonreído a una dama de la corte el día de su llegada y mantuvo la vista al frente. El príncipe heredero se colocó a salvo junto a Chaol mientras seguían caminando.

—Te pido disculpas por la brusquedad de mi padre.

Ella siguió mirando al frente, a los criados que se inclinaban al paso de Dorian. El príncipe no les hacía ni caso.

—¡Por el Wyrd! —exclamó, y se echó a reír—. ¡Te ha entrenado bien! —Le dio un codazo a Chaol—. Por el modo en que los dos me ignoráis descaradamente, se diría que la muchacha es vuestra hermana. Aunque no os parecéis en nada. No hay muchas tan guapas como para hacerse pasar por vuestra hermana.

Celaena sonrió sin poder evitarlo. Tanto el príncipe como ella se habían criado bajo el control de unos padres estrictos e implacables… Bueno, en su caso, simplemente una figura paterna. Arobynn nunca había sustituido al padre al que ella había perdido; es más, ni siquiera lo había intentado. Pero al menos Arobynn tenía una excusa para ser tiránico y amoroso a partes iguales. ¿Por qué al rey de Adarlan no parecía importarle que su hijo hiciera su santa voluntad?

—¡Por fin! —dijo Dorian—. Una reacción. Gracias a los dioses que he logrado hacerle gracia —miró atrás para asegurarse de que no había nadie más y bajó la voz—. No creo que Chaol te haya contado nuestro plan antes de la reunión. Es arriesgado para todos nosotros.

—¿Qué plan? —preguntó Celaena.

Repasó con el dedo las cuentas del vestido, que brillaron a la luz vespertina.

—El de tu identidad. Deberías mantenerla en secreto. Tus competidores podrían saber un par de cosas sobre la Asesina de Adarlan y utilizarlas en tu contra.

Le parecía bien, aunque hubiesen tardado varias semanas en ponerla al corriente.

—Y ¿quién soy exactamente, si no soy una asesina despiadada?

—Para todo el mundo del castillo —dijo Dorian—, tu nombre es Lillian Gordaina. Tu madre murió y tu padre es un rico mercader de Bellhaven. Eres la única heredera de su fortuna. Sin embargo, tienes un oscuro secreto: te pasas las noches robando joyas. Te conocí este verano, después de que intentases robarme mientras estaba de vacaciones en Bellhaven, y reparé en tu potencial. Pero tu padre descubrió tus correrías nocturnas y te sacó del lujo de la ciudad para llevarte a un pueblo cerca de Endovier. Cuando mi padre decidió celebrar esta competición, viajé para buscarte y te traje hasta aquí para que fueras mi campeona. Puedes rellenar los huecos de la historia tú misma.

Celaena enarcó las cejas.

—¿De verdad? ¿Una ladrona de joyas?

Chaol resopló.

—Es una historia encantadora, ¿no crees? —contestó Dorian. Como Celaena no respondía, le preguntó—: ¿Mi hogar es de tu agrado?

—Está muy bien, gracias —contestó la muchacha sin comprometerse.

—¿Muy bien? A lo mejor debería trasladar a mi campeona a unos aposentos aún más grandes.

—Si no es mucha molestia…

Dorian se echó a reír.

—Me alegra descubrir que el encuentro con tus competidores no ha puesto fin a tu arrogancia. ¿Qué te ha parecido Cain?

Celaena sabía a quién se refería.

—Quizá deberíais alimentarme con lo mismo que le da Perrington a él —Dorian se quedó mirándola fijamente y Celaena puso los ojos en blanco—. Los hombres de su tamaño no suelen ser muy rápidos ni muy ágiles. Podría tumbarme de un puñetazo, probablemente, pero antes tendría que ser lo bastante rápido para atraparme.

Echó una rápida mirada a Chaol, retándolo a que le llevase la contraria, pero Dorian se adelantó.

—Bien. Eso pensaba. Y ¿los demás? ¿Algún rival en potencia? Algunos de los campeones tienen una reputación de lo más truculenta.

—Todos los demás me han parecido lamentables —mintió ella.

El príncipe sonrió abiertamente.

—Me apuesto algo a que no esperan que vaya a derrotarlos una hermosa dama.

Todo aquello no era más que un juego para él, ¿verdad? Antes de que Celaena pudiera preguntárselo, alguien se interpuso en su camino.

—¡Alteza! ¡Qué sorpresa!

La voz era aguda pero suave y premeditada. Era la mujer del jardín. Se había cambiado de ropa; lucía un vestido blanco y dorado que a Celaena le encantó. Estaba injustamente apabullante.

Y Celaena se habría jugado una fortuna a que aquel encuentro había sido de todo menos casual. Probablemente la mujer llevase un rato esperando.

—Lady Kaltain —dijo Dorian lacónicamente, con los músculos en tensión.

—Estaba con vuestra madre, alteza —contestó Kaltain dándole la espalda a Celaena. A la asesina podría haberle importado aquel desaire de haber tenido algún interés en los asuntos cortesanos—. Su majestad desea veros, alteza. Por supuesto, he informado a su majestad de que su alteza estaba en una reunión y no se le podía…

—Lady Kaltain —la interrumpió Dorian—. Me temo que no os he presentado a mi amiga —Celaena hubiese jurado que aquello irritó a la mujer—. Permitidme que os presente a Lady Lillian Gordaina. Lady Lillian, os presento a Lady Kaltain Rompier.

Celaena hizo una reverencia y reprimió las ganas de echar a andar. Como tuviera que aguantar muchas tonterías de la corte, casi prefería volver a Endovier. Kaltain también hizo una reverencia y las rayas doradas de su vestido brillaron a la luz del sol.

—Lady Lillian es de Bellhaven. Llegó ayer.

La mujer se quedó mirando a Celaena por debajo de unas cejas oscuras y bien perfiladas.

—¿Cuánto tiempo vais a quedaros entre nosotros?

—Solo unos años —contestó Dorian, y suspiró.

—¡«Solo»! ¡Caramba, alteza, qué chistoso! ¡Eso es mucho tiempo!

Celaena se quedó mirando la estrechísima cintura de Kaltain. ¿De verdad era tan delgada o su figura era obra de un corsé que apenas la dejaba respirar?

Vio que los dos hombres intercambiaban una mirada: de exasperación, de irritación, de condescendencia.

—Lady Lillian y el capitán Westfall están muy unidos —dijo Dorian con dramatismo. Para deleite de Celaena, Chaol se ruborizó—. Os aseguro que a ellos se les hará muy corto.

—Y ¿a vos, alteza? —preguntó Kaltain tímidamente. En su voz se podía reconocer un matiz ansioso.

El lado travieso de la asesina culebreó en su interior, pero fue Dorian quien respondió:

—Supongo —dijo arrastrando las palabras y volviendo sus brillantes ojos azules a Celaena— que también será difícil para Lady Lillian y para mí. Quizá más difícil incluso.

Kaltain centró su atención en Celaena.

—¿Dónde habéis encontrado ese vestido? —susurró—. Es extraordinario.

—Yo ordené que se lo hiciesen —dijo Dorian como si tal cosa, mientras se toqueteaba las uñas. La asesina y el príncipe se miraron, y los ojos azules de ambos reflejaron la misma intención. Al menos tenían un enemigo común—. Le sienta de maravilla, ¿no es cierto?

Kaltain frunció los labios durante un segundo, pero enseguida sonrió de oreja a oreja.

—Es sencillamente una preciosidad. Aunque ese verde tan claro no favorece a las mujeres de tez pálida.

—La palidez de Lady Lillian era un motivo de orgullo para su padre. La convierte en alguien fuera de lo común —Dorian miró a Chaol, que intentaba, sin conseguirlo, disimular su perplejidad—. ¿No estáis de acuerdo, capitán Westfall?

—¿En qué? —preguntó Chaol.

—¡En que nuestra Lady Lillian es alguien fuera de lo común!

—¡Qué vergüenza, alteza! —lo reprendió Celaena, que ocultó su regocijo con una risita nerviosa—. Yo palidezco en comparación con los refinados rasgos de Lady Kaltain.

Kaltain negó con la cabeza, pero miró a Dorian mientras hablaba.

—Sois demasiado amable.

Dorian giró sobre sus talones.

—Bueno, ya nos hemos entretenido más de la cuenta. Debo acudir a la llamada de mi madre.

Le hizo una reverencia a Kaltain y luego otra a Chaol. Finalmente, se volvió hacia Celaena, que lo miró con las cejas arqueadas cuando el príncipe cogió su mano y se la llevó a los labios. Su boca era suave y el beso le provocó una oleada de calor en el brazo que acabó por estallar en sus mejillas. Celaena resistió la tentación de dar un paso atrás. O de darle una bofetada.

—Hasta la próxima, Lady Lillian —se despidió Dorian con una sonrisa adorable.

A Celaena le habría encantado verle la cara a Kaltain, pero tuvo que agacharse para hacer una reverencia.

—Nosotros también tenemos que irnos —dijo Chaol mientras el príncipe se alejaba a grandes zancadas, silbando y con las manos en los bolsillos—. ¿Queréis que os acompañemos a alguna parte? —preguntó.

La oferta no era sincera.

—No —replicó Kaltain rotundamente. Se había quitado la careta—. Tengo que reunirme con su excelencia el duque Perrington. Espero que volvamos a vernos, Lady Lillian —se despidió con una mirada digna del mejor asesino—. Vos y yo tenemos que ser amigas.

—Por supuesto —respondió Celaena.

Kaltain pasó a su lado y las faldas de su vestido flotaron a su alrededor. Ellos siguieron andando y no intercambiaron palabra hasta que los pasos de Lady Kaltain se perdieron a lo lejos.

—Te has divertido, ¿verdad? —gruñó Chaol.

—Enormemente —Celaena le dio una palmadita en el brazo y se agarró a él—. Ahora debéis fingir que os gusto. Si no, lo estropearéis todo.

—Parece ser que el príncipe heredero y tú compartís el mismo sentido del humor.

—Quizás acabemos siendo amigos íntimos y os excluyamos a vos de la relación.

—Dorian tiende a relacionarse con damas de más posición y belleza —Celaena se volvió bruscamente para mirarlo. Chaol sonrió—. Qué presumida eres.

Ella lo fulminó con la mirada.

—Odio a esa clase de mujeres. Están tan desesperadas por llamar la atención de los hombres que con gusto traicionarían y perjudicarían a sus compañeras de sexo. ¡Y luego decimos que los hombres son incapaces de pensar con el cerebro! Por lo menos, los hombres hablan claramente.

—Dicen que su padre es tan rico como un rey —comentó Chaol—. Supongo que por eso Perrington se ha encaprichado de ella. Llegó en una litera más grande que la mayoría de las cabañas de los campesinos. La trajeron hasta aquí desde donde vivía, a una distancia de casi trescientos kilómetros.

—Qué despilfarro.

—Lo siento por sus criados.

—¡Y yo lo siento por su padre! —exclamó Celaena.

Se echaron a reír y el capitán levantó un poco más el brazo al que ella iba agarrada. Cuando llegaron a los aposentos de la muchacha, ella saludó con un gesto de la cabeza a los guardias apostados junto a la puerta y miró a Chaol.

—¿Queréis cenar? Estoy muerta de hambre.

Chaol miró a los guardias y se le borró la sonrisa.

—Tengo cosas que hacer. Debo preparar una compañía de soldados para que acompañe al rey en su viaje.

Celaena abrió la puerta, pero lo miró a él. El pequeño lunar que Chaol tenía en la mejilla se elevó cuando se le dibujó una sonrisa en la cara.

—¿Qué? —preguntó Celaena. Un aroma delicioso surgió de sus dependencias, y su estómago protestó.

Chaol negó con la cabeza.

—Asesina de Adarlan —soltó una risa y echó a andar por el pasillo—. Deberías descansar —gritó por encima del hombro—. El torneo comienza mañana. Y aunque seas tan fantástica como dices, vas a necesitar dormir todo lo que puedas.

Celaena puso los ojos en blanco y cerró dando un portazo, pero se pasó toda la cena sonriendo de oreja a oreja.

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