Trono de cristal

Trono de cristal


Capítulo 12

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Capítulo 12

Cuando Celaena estaba a punto de abalanzarse sobre el capitán con sus cuchillos, alguien golpeó el suelo con una lanza y pidió silencio en la sala. La asesina miró hacia el lugar de donde venía la voz y vio a un hombre bajo y fornido y con poco pelo plantado bajo la entreplanta.

—Guardad silencio. ¡Ya! —repitió el hombre. Celaena miró a Chaol; este asintió con la cabeza, le quitó los cuchillos y se unieron a los otros veintitrés competidores, que rodearon a aquel hombre—. Soy Theodus Brullo, maestro de armas y juez de esta competición. Por supuesto, nuestro rey será el juez definitivo, pero yo seré quien decida cada día si sois dignos de ser su campeón.

Le dio una palmadita a la empuñadura de su espada y Celaena tuvo que admirar el hermoso pomo de oro entrelazado.

—Hace treinta años que soy maestro de armas aquí, y entonces ya llevaba viviendo veinticinco años en este castillo. He entrenado a muchos señores y caballeros… y a muchos aspirantes a campeón de Adarlan. Os va a resultar muy difícil impresionarme.

Junto a Celaena, Chaol estaba con los hombros hacia atrás. La asesina pensó que quizá Brullo hubiese entrenado al capitán. A juzgar por lo fácil que le había resultado a Chaol estar a su altura, si lo había entrenado Brullo, el maestro de armas debía de hacer honor a su título. Ella sabía mejor que nadie que no había que subestimar a un rival solo por su aspecto.

—El rey ya os ha contado todo lo que tenéis que saber sobre esta competición —dijo Brullo con las manos a la espalda—. Pero he pensado que debíais de estar deseando saber más los unos de los otros —señaló a Cain con un dedo regordete—. Tú. ¿Cómo te llamas, a qué te dedicas y de dónde eres? Y sé sincero. Sé que ninguno de vosotros es panadero ni fabricante de candelas.

Cain volvió a mostrar su insufrible sonrisa.

—Cain, soldado del ejército del rey. Soy de las montañas Colmillo Blanco.

Claro, faltaría más. Había oído contar historias sobre la brutalidad de los habitantes de esa región montañosa, y había visto a unos cuantos tan de cerca como para apreciar la ferocidad en su mirada. Muchos se habían rebelado contra Adarlan… y la mayoría había muerto. ¿Qué dirían de él los otros moradores de las montañas si pudieran verlo ahora? Celaena apretó los dientes. ¿Qué dirían los habitantes de Terrasen si pudieran verla a ella ahora?

Sin embargo, a Brullo no le importaba nada de aquello y ni siquiera asintió con la cabeza antes de señalar al hombre que estaba a la derecha de Cain. A Celaena le cayó bien inmediatamente.

—Y ¿tú?

Era un hombre alto y delgado, de pelo rubio que empezaba a ralear; se quedó mirando al círculo de competidores y sonrió con desdén.

—Xavier Forul. Maestro ladrón de Melisande.

¡Maestro ladrón! ¿Aquel hombre? Claro que quizá su delgadez lo ayudase a colarse en las casas. Quizá no fuese un farol.

Uno tras otro, los veintiún competidores que quedaban se fueron presentando. Había seis avezados soldados más, todos ellos expulsados del ejército por un comportamiento cuestionable que debía de ser realmente cuestionable, ya que el ejército de Adarlan se distinguía por su crueldad. Luego había tres ladrones más, incluido Nox Owen, el moreno de los ojos grises, del que Celaena había oído hablar de pasada y que llevaba toda la mañana dedicándole encantadoras sonrisas. Los tres mercenarios parecían dispuestos a hervir a alguien vivo, y luego estaban los dos asesinos aherrojados.

Tal como sugería su nombre, Bill Chastain, el Comeojos, se comía los ojos de sus víctimas. Parecía sorprendentemente normal: tenía el pelo castaño desvaído, la piel bronceada y una altura media, aunque a Celaena le costaba no quedarse mirando su boca llena de cicatrices. El otro asesino era Ned Clement, que durante tres años se había hecho llamar Guadaña por el arma que había usado para torturar y desmembrar sacerdotisas. Lo sorprendente era que no hubiesen ejecutado a ninguno de aquellos dos hombres, aunque por su piel bronceada, Celaena supuso que se habrían pasado los años transcurridos desde su captura trabajando como esclavos bajo el sol en Calaculla, el campo de trabajos forzados del sur, equiparable a Endovier.

Luego estaban los dos hombres callados y llenos de cicatrices que parecían compinches de algún caudillo de una tierra lejana, y por último, los cinco asesinos a sueldo.

A Celaena se le olvidaron inmediatamente los nombres de los primeros cuatro: un muchacho altanero y desgarbado; una bestia de hombre; un alfeñique desdeñoso; y un imbécil quejicoso de nariz aguileña que manifestó querencia por los cuchillos. Ni siquiera estaban en el gremio de asesinos…, aunque Arobynn Hamel tampoco les hubiese dejado entrar. Para llegar a ser miembro se exigían años de entrenamiento y un historial más que impresionante. Aunque aquellos cuatro pudiesen ser asesinos expertos, les faltaba el refinamiento que Arobynn exigía a sus seguidores. No podía perderlos de vista, pero al menos no eran los asesinos silenciosos de las dunas azotadas por el viento del desierto Rojo. Esos sí que serían dignos de ella y la harían sudar un poco. Un verano sofocante, Celaena se había pasado tres meses entrenando con ellos, y aún le dolían los músculos solo de recordar sus extenuantes ejercicios.

El último asesino, que se hacía llamar Tumba, le llamó la atención. Era delgado y bajito, con esa clase de cara malvada que hace que la gente aparte los ojos rápidamente. Había entrado en la sala con grilletes, y solo se los habían quitado después de que sus cinco guardias le lanzasen una mirada de advertencia. Aun así, se quedaron cerca de él sin quitarle ojo. Cuando se presentó, Tumba ofreció una sonrisa empalagosa con la que enseñó sus dientes marrones. A Celaena le asqueó aún más que Tumba la recorriese con la mirada. Un asesino como él nunca se contentaba únicamente con matar. No si su víctima era una mujer. Celaena se propuso no apartar la mirada ante aquellos ojos hambrientos.

—¿Y tú?

La pregunta de Brullo la sacó de sus cavilaciones.

—Lillian Gordaina —contestó, con la cabeza bien alta—. Ladrona de joyas de Bellhaven.

Algunos de los hombres se rieron de ella. Celaena apretó los dientes. Habrían dejado de reírse de haber sabido su auténtico nombre…, de haber sabido que aquella «ladrona de joyas» podía despellejarlos vivos sin necesidad de un cuchillo.

—Bien —dijo Brullo haciendo un gesto con la mano—. Tenéis cinco minutos para dejar las armas y recobrar el aliento. Luego daréis una vuelta corriendo para ver si estáis en forma. Aquellos de vosotros que no podáis correr la distancia estipulada, volved a casa o a la cárcel en la que os pudríais cuando os encontraron vuestros patrocinadores. Vuestra primera prueba será dentro de cinco días; si no la hemos puesto antes, es porque somos compasivos.

Y así, todos diseminados, los campeones se pusieron a comentar entre susurros con sus entrenadores qué competidor les parecía la mayor amenaza. Cain o Tumba, probablemente. Desde luego, no una ladrona de joyas de Bellhaven. Chaol se quedó a su lado viendo cómo se alejaban los campeones a grandes zancadas. Celaena no se había pasado ocho años forjándose una reputación y un año matándose a trabajar en Endovier para que la despreciasen de aquel modo.

—Como tenga que volver a decir que soy una ladrona de joyas…

Chaol arqueó las cejas.

—¿Qué es lo que harás exactamente?

—¿Sabéis lo insultante que es hacerse pasar por una ladrona de tres al cuarto de una pequeña ciudad de Fenharrow?

El capitán se quedó mirándola en silencio durante unos segundos.

—¿Tan arrogante eres? —Celaena enrojeció de ira, pero el capitán siguió hablando—: Ha sido una estupidez entrenar contigo ahora. Reconozco que no sospechaba que fueras tan buena. Afortunadamente, nadie se ha dado cuenta. ¿Quieres saber por qué, Lillian? —Se acercó a ella y bajó la voz—. Porque eres una muchacha guapa. Porque eres una ladrona de joyas de tres al cuarto de una pequeña ciudad de Fenharrow. Mira a tu alrededor —Chaol dio media vuelta para mirar a los otros campeones—. ¿Hay alguien mirándote? ¿Hay alguien evaluándote? No, porque piensan que no eres competencia para ellos. Porque no te interpones entre ellos y la libertad o las riquezas que persiguen.

—¡Exacto! ¡Es insultante!

—Es inteligente. Y vas a intentar no llamar la atención durante todo el torneo. No vas a destacar, ni vas a derrotar de manera aplastante a esos ladrones, soldados y asesinos desconocidos. Vas a quedarte en un término medio y nadie se va a fijar en ti, porque no vas a suponer una amenaza, porque pensarán que ya te eliminarán antes o después, y que deberían concentrarse en deshacerse de otros campeones más altos, fuertes y rápidos, como Cain. Pero los sobrevivirás a todos —prosiguió Chaol—. Y cuando se despierten el día del duelo final y descubran que la rival eres tú y que has derrotado a todos los demás, sus miradas harán que todos sus insultos y su falta de atención hayan valido la pena —le tendió la mano para conducirla al exterior—. ¿Qué tienes que decir al respecto, Lillian Gordaina?

—Que puedo cuidarme yo solita —contestó quitándole importancia mientras le daba la mano—. Pero he de reconocer que sois muy inteligente, capitán. Tan inteligente que podría regalaros una de las joyas que pienso robarle esta noche a la reina.

Chaol se echó a reír y salieron dando grandes zancadas al exterior, donde les esperaba la carrera.

Le ardían los pulmones y las piernas le pesaban como el plomo, pero siguió corriendo y mantuvo su posición entre el grupo de campeones. Brullo, Chaol y los otros entrenadores —además de tres docenas de guardias armados— los siguieron a caballo por la reserva natural. A algunos de los campeones, como Tumba, Ned y Bill, les habían puesto unos grillos más largos. Celaena supuso que era un privilegio que Chaol no la hubiese aherrojado a ella también. Para su sorpresa, Cain lideraba el grupo e iba casi diez metros por delante de los demás. ¿Cómo podía ser tan rápido?

El sonido de hojas aplastadas y de respiración fatigosa llenaba el cálido aire otoñal. Celaena mantenía la mirada fija en el pelo moreno, brillante y húmedo del competidor que tenía delante. Primero un paso y luego otro, tomar aire y soltar aire. Respirar…, tenía que acordarse de seguir respirando.

Por delante de ella, Cain giró en un recodo en dirección al norte, de vuelta al castillo. Los demás lo siguieron como una bandada de pájaros. Primero un paso y luego otro, sin aflojar el ritmo. Que todos mirasen a Cain, que conspirasen contra él. Celaena no necesitaba ganar la carrera para demostrar que era mejor… ¡Era mejor sin necesidad de que tuviese que refrendarlo el rey! Se saltó una respiración y le temblaron las rodillas, pero se mantuvo firme. La carrera terminaría pronto. Pronto.

No se había atrevido a mirar atrás para ver si alguno se había caído, pero intuía que Chaol la miraba fijamente y le recordaba que tenía que mantenerse en un término medio. Al menos confiaba en ella hasta ese punto.

Se acabaron los árboles y apareció el campo que había entre la reserva natural y los establos. El final del camino. La cabeza comenzaba a darle vueltas y habría maldecido el flato que le atenazaba el costado si le hubiese quedado aliento para hacerlo. Tenía que mantenerse en un término medio. Tenía que seguir en el medio.

Cain superó los árboles y levantó los brazos por encima de la cabeza en señal de victoria. Corrió unos pasos más, aflojando la marcha para enfriarse, y su entrenador lo aclamó. La única respuesta de Celaena fue seguir moviendo los pies. Solo faltaban unos cuantos metros. La luz del campo abierto se hacía cada vez más intensa a medida que se acercaba. Vio unas partículas luminosas flotando ante sus ojos y ofuscándola. Tenía que quedar en un término medio. Varios años de entrenamiento con Arobynn Hamel le habían enseñado los peligros de rendirse antes de tiempo.

Superó los árboles y el campo abierto la rodeó en una explosión de espacio, hierba y cielo azul. Los hombres que tenía delante aflojaron el paso hasta detenerse. Era lo único que podía hacer para evitar caer de rodillas, pero hizo que sus piernas fuesen más y más lentas hasta que sus pies ya solo caminaban y se obligó a tomar aire una y otra vez mientras seguía nublándosele la vista.

—Bien —dijo Brullo frenando a su caballo y comprobando quién había llegado ya—. Bebed agua. Tenemos que seguir entrenando.

A través de las manchas que le nublaban la vista, Celaena vio que Chaol frenaba a su caballo. Sus pies echaron a andar solos hacia él, pero pasaron de largo en dirección al bosque, de nuevo.

—¿Adónde vas? —preguntó el capitán.

—Se me ha caído el anillo ahí atrás —mintió haciendo todo lo posible por parecer atolondrada—. Dadme un minuto para encontrarlo.

Sin esperar su aprobación, se internó en el bosque entre las risas y las burlas de los campeones que la habían oído. Por el ruido que se acercaba, supo que había otro campeón a punto de salir. Se ocultó entre los arbustos y trastabilló cuando el mundo se oscureció y se volvió más ligero. Apenas se había arrodillado cuando vomitó.

Le dio una arcada tras otra hasta que no le quedó nada en el cuerpo. El campeón rezagado pasó junto a ella. Con las piernas temblorosas, se agarró a un árbol cercano y se puso en pie. Vio al capitán Westfall al otro lado del camino, mirándola con los labios fruncidos.

Se limpió la boca con el dorso de la muñeca y no le dijo nada al capitán cuando salió del bosque.

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