Trono de cristal

Trono de cristal


Capítulo 13

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Capítulo 13

Ya era la hora de comer cuando Brullo les dio el resto del día libre, y decir que Celaena tenía hambre, sería quedarse muy corto. Estaba en mitad de la comida, engullendo carne y pan, cuando se abrió la puerta del comedor.

—¿Qué hacéis aquí? —preguntó sin dejar de comer.

—¿Qué? —dijo el capitán de la guardia tomando asiento a la mesa. Se había cambiado de ropa y se había dado un baño. Agarró una fuente de salmón y la colocó sobre su propio plato. Celaena puso cara de indignación y arrugó la nariz—. ¿No te gusta el salmón?

—No soporto el pescado. Prefiero morirme a tener que comérmelo.

—Sorprendente —contestó Chaol tomando un bocado.

—¿Por qué?

—Porque hueles a pescado —Celaena abrió la boca y dejó a la vista la bola de pan y carne de vaca que estaba masticando. El capitán negó con la cabeza—. Aunque luches bien, tus modales son desastrosos.

Celaena esperó a que mencionase el tema de los vómitos, pero él se quedó callado.

—Puedo comportarme y hablar como una dama si me place.

—Pues te recomiendo que empieces a hacerlo —hizo una pausa y preguntó—: ¿Estás disfrutando de tu libertad provisional?

—¿Es un comentario sarcástico o una pregunta sincera?

El capitán tomó un bocado de salmón.

—Lo que prefieras.

Por la ventana se veía el cielo de la tarde, ligeramente pálido pero hermoso.

—En general, estoy disfrutando. Sobre todo ahora que tengo libros para leer cada vez que me encerráis aquí. No creo que lo entiendas.

—Al contrario. Quizá no tenga tanto tiempo para leer como Dorian y tú, pero eso no quiere decir que no me gusten los libros.

Celaena mordió una manzana. Estaba ácida y tenía un dulce regusto a miel.

—Ah, ¿sí? Y ¿qué libros os gustan?

Chaol nombró unos cuantos y ella se limitó a parpadear.

—No son una mala elección…, en general. ¿Qué más? —preguntó, y así se les pasó una hora volando, sin parar de hablar. De pronto, el reloj dio la una y el capitán se levantó.

—Tienes la tarde libre para hacer lo que quieras.

—¿Adónde vais?

—A descansar las piernas y los pulmones.

—Espero que leáis algo de calidad antes de que volvamos a vernos.

El capitán olisqueó el aire al salir de la habitación.

—Y yo espero que te bañes antes de que volvamos a vernos.

Celaena suspiró y llamó a las criadas para que le preparasen un baño. Le apetecía pasarse la tarde leyendo en el balcón.

Al día siguiente, al amanecer, se abrió la puerta del dormitorio de Celaena y la habitación resonó con un curioso modo de andar que le resultaba familiar. Chaol Westfall se quedó parado al ver a la asesina balanceándose de la viga de la puerta del dormitorio y levantándose una y otra vez para tocar la barra de madera con la barbilla. Su camiseta interior estaba empapada en sudor, que le corría por la pálida piel. Ya llevaba casi una hora haciendo ejercicio. Le temblaron los brazos al levantarse de nuevo.

Aunque podía fingir que estaba en mitad del pelotón con respecto a los otros competidores, no había motivo para entrenar en consecuencia, por más que cada repetición hacía que su cuerpo le gritase basta. No estaba tan desentrenada. Después de todo, el pico que había usado en las minas era pesado. Desde luego, no tenía nada que ver con la paliza que le habían dado sus competidores en la carrera del día anterior. Ella ya les llevaba ventaja; solo necesitaba estar un poco más en forma.

Sin dejar de hacer ejercicio, le dedicó una sonrisa al capitán y jadeó a través de los dientes apretados. Para su sorpresa, el oficial le devolvió la sonrisa.

Por la tarde se desencadenó una violenta tormenta, y Chaol permitió que Celaena pasease por el castillo con él una vez terminada la sesión de entrenamiento diario con el resto de los campeones. Aunque el capitán habló poco, a ella le gustó salir de sus aposentos y ponerse uno de sus nuevos atuendos, un precioso vestido de seda lila con unos símbolos de encaje de color rosa pálido y puntilla con adorno de cuentas perladas. Pero en un momento del paseo doblaron una esquina y estuvieron a punto de chocarse contra Kaltain Rompier. La asesina habría puesto mala cara, pero se olvidó de Kaltain en cuanto vio a su acompañante. Era una mujer de Eyllwe.

Era deslumbrante, alta y delgada, y sus rasgos eran suaves y estaban perfectamente formados. Su holgado vestido blanco contrastaba con su cremosa piel bronceada, y un torques chapado en oro le cubría buena parte del pecho y el cuello. Alrededor de las muñecas brillaban brazaletes de oro y marfil, calzaba sandalias y llevaba unas ajorcas a juego en los tobillos. En lo alto de la cabeza llevaba un fino aro del que colgaban oro y joyas. La acompañaban dos guardias armados hasta los dientes con un amplio surtido de dagas curvas y espadas de Eyllwe. Ambos se quedaron mirando atentamente a Chaol y a Celaena, planteándose si suponían una amenaza.

La muchacha de Eyllwe era una princesa.

—¡Capitán Westfall! —dijo Kaltain, e hizo una reverencia. Junto a ella, un hombre bajito vestido con el atuendo rojo y negro de los miembros del consejo también hizo una reverencia.

La princesa de Eyllwe se quedó inmóvil, con sus ojos marrones llenos de recelo mientras contemplaba a Celaena y su acompañante. Celaena le dedicó una ligera sonrisa; la princesa se acercó un poco a ella, ante el nerviosismo de los guardias. La muchacha se movía con garbo.

Kaltain le hizo un gesto que apenas logró ocultar su desagrado.

—Os presento a su alteza real la princesa Nehemia Ytger de Eyllwe.

Chaol hizo una profunda reverencia. La princesa asintió con la cabeza, bajando apenas la barbilla. Celaena conocía aquel nombre: en Endovier a menudo había oído a los esclavos de Eyllwe presumir de la belleza y el valor de Nehemia. Nehemia, la Luz de Eyllwe, que los salvaría de la difícil situación en la que se encontraban. Nehemia, que algún día podría suponer una amenaza para el dominio del rey de Adarlan en su país cuando subiese al trono. Nehemia, susurraban, que pasaba información y víveres a escondidas a los grupos de rebeldes que se escondían en Eyllwe. ¿Qué estaría haciendo allí?

—Y Lady Lillian —añadió Kaltain.

Celaena se agachó todo lo que pudo para hacer una reverencia sin caerse.

—Bienvenida a Rifthold, alteza —dijo en lengua eyllwe.

La princesa Nehemia esbozó una sonrisa y los demás se quedaron boquiabiertos. El miembro del consejo sonrió de oreja a oreja mientras se secaba el sudor de la frente. ¿Por qué no le habrían concedido a Nehemia la compañía del príncipe heredero, o al menos de Perrington? ¿Por qué tenía la princesa una guía como Kaltain Rompier?

—Gracias —contestó la princesa en voz baja.

—Supongo que habréis tenido un largo viaje —prosiguió Celaena en eyllwe—. ¿Habéis llegado hoy, alteza?

Los guardias de Nehemia se miraron el uno al otro y Nehemia arqueó las cejas ligeramente. No había muchos norteños que hablasen su idioma.

—Sí, y la reina me ha asignado a esta —contestó Nehemia señalando a Kaltain con la cabeza— para enseñarme el lugar junto con ese gusano sudoroso.

La princesa entornó los ojos al mirar al miembro del consejo, que se retorcía las manos con nerviosismo y se daba toquecitos en la frente con un pañuelo. Quizás él sí que estaba al tanto de la clase de amenaza que representaba Nehemia. En ese caso, ¿por qué la habían invitado al castillo?

Celaena se pasó la lengua por los dientes mientras intentaba no reírse.

—Parece un poco nervioso —dijo, pero tuvo que cambiar de tema para no echarse a reír—. ¿Qué os parece el castillo?

—Es lo más estúpido que he visto en mi vida —contestó Nehemia escrutando el techo como si pudiera ver la parte de cristal a través de la piedra—. Preferiría entrar en un castillo de arena.

Chaol las miró a las dos, incrédulo.

—Me temo que no he entendido una sola palabra de lo que habéis dicho —las interrumpió Kaltain.

Celaena intentó no poner los ojos en blanco. Se le había olvidado que aquella mujer seguía allí.

—Nosotras —dijo la princesa intentando encontrar la palabra en el idioma común— estábamos hablando con el tiempo.

Del tiempo —la corrigió Kaltain.

—Tened cuidado con lo que decís —le espetó Celaena sin pensárselo.

Kaltain miró a Celaena malhumorada.

—Si está aquí para aprender nuestras costumbres, debería corregirla para que no haga el ridículo.

¿Estaba allí para aprender sus costumbres o para otra cosa completamente distinta? Los rostros de la princesa y de sus guardias no se alteraron.

—Alteza —dijo Chaol dando un paso al frente en un sutil movimiento para interponerse entre Nehemia y Celaena—, ¿estáis visitando el castillo?

Nehemia rumió aquellas palabras y miró a Celaena con las cejas arqueadas… como si estuviese esperando una traducción. Celaena esbozó una sonrisa. No le extrañaba que el miembro del consejo estuviese sudando tan abundantemente: Nehemia era una fuerza que había que tener en cuenta. La asesina tradujo la pregunta de Chaol con facilidad.

—Si consideráis que esta estructura demencial es un castillo… —contestó Nehemia.

—Dice que sí —dijo Celaena volviéndose hacia Chaol.

—No sabía que podían usarse tantas palabras para decir algo tan simple —contestó Kaltain con falsa dulzura. Celaena se clavó las uñas en las palmas de las manos.

«Voy a arrancarte el pelo».

Chaol dio otro paso hacia Nehemia para evitar que Celaena pudiese acceder a Kaltain. Qué hombre tan listo.

—Alteza, soy el capitán de la guardia real —dijo llevándose una mano al pecho—. Por favor, permitidme que os acompañe.

Celaena volvió a traducirlo y la princesa asintió con la cabeza.

—Libraos de ella —le dijo rotundamente a Celaena señalando con la mano a Kaltain—. No me gusta su mal genio.

—Podéis retiraros —le comunicó Celaena a Kaltain, y sonrió con generosidad—. La princesa se ha cansado de vuestra compañía.

Kaltain dio un respingo.

—Pero la reina…

—Si ese es el deseo de su alteza, habrá que concedérselo —la interrumpió Chaol.

Aunque sus rasgos eran una máscara protocolaria, Celaena habría jurado que había visto fugazmente un brillo de diversión en los ojos del capitán. Le hubiese dado un abrazo. La asesina no se molestó en despedirse de Kaltain; la princesa y el miembro del consejo se unieron a ellos, echaron a andar por el pasillo y dejaron atrás a la mujer echando humo.

—¿Todas vuestras mujeres de la realeza son así? —le preguntó la princesa a Celaena en eyllwe.

—¿Cómo Kaltain? Por desgracia, alteza.

Nehemia se quedó mirando a la asesina. Celaena se dio cuenta de que estaba analizando su ropa, su manera de andar, sus poses…, todo lo que Celaena ya había analizado en la princesa.

—Pero vos… no sois como ellas. ¿Cómo es que habláis tan bien la lengua eyllwe?

—Pues… —Celaena se inventó algo rápidamente— la estudié durante varios años.

—Usáis la entonación de los campesinos. ¿En vuestros libros la enseñan así?

—Conocí a una mujer de Eyllwe que me lo enseñó.

—¿Alguna esclava vuestra? —preguntó en un tono más cortante, y Chaol no pudo evitar mirarlas.

—No —se apresuró a contestar Celaena—. No creo que haya que tener esclavos.

Se le revolvió el estómago al pensar en todos los esclavos a los que había dejado en Endovier, toda aquella gente condenada a sufrir hasta la muerte. Que ella hubiese abandonado Endovier no significaba que Endovier hubiese dejado de existir.

—Entonces sois muy diferente de vuestras compañeras de corte —dijo Nehemia en voz baja.

Celaena solo fue capaz de asentir con la cabeza. Acto seguido, centraron su atención en el salón que se abría ante el grupo. Los adelantaron unas criadas, que abrieron los ojos como platos al ver a la princesa y a sus guardias. Tras unos momentos de silencio, Celaena enderezó la espalda.

—¿Qué hacéis en Rifthold, si me permitís la pregunta? —Inmediatamente añadió—: Alteza.

—No os molestéis en llamarme así —la princesa se puso a juguetear con uno de las pulseras de oro que llevaba en la muñeca—. He venido a petición de mi padre, el rey de Eyllwe, para aprender vuestro idioma y vuestras costumbres para así servir mejor a Eyllwe y a mi pueblo.

Por lo que había oído de Nehemia, Celaena pensó que debía de haber algo más, pero sonrió educadamente.

—¿Cuánto tiempo os quedaréis en Rifthold? —preguntó.

—Hasta que mi padre me pida que regrese —dejó de juguetear con las pulseras y frunció el ceño al ver la lluvia que azotaba las ventanas—. Con suerte, solo me quedaré hasta la primavera. A menos que mi padre decida que un hombre de Adarlan podría hacer de mí una buena consorte. En ese caso, me quedaría hasta que ese asunto se solucionase.

Al ver la irritación en los ojos de la princesa, Celaena sintió una pizca de compasión por el hombre al que eligiese su padre.

La asaltó un pensamiento que le hizo ladear la cabeza.

—¿Con quién os casaríais? ¿Con el príncipe Dorian?

Aquella pregunta era indiscreta y algo impertinente. Se arrepintió nada más hacerla. Pero Nehemia se limitó a hacer un gesto de desdén.

—¿Ese muchacho guapo? Me sonreía demasiado…, y deberíais haber visto cómo les guiñaba un ojo a las otras mujeres de la corte. Quiero un marido que caliente mi cama, y solo la mía —miró a la asesina de soslayo y volvió a examinarla de la cabeza a los pies. Celaena se percató de que la mirada de la princesa se entretenía en las cicatrices de las manos—. ¿De dónde sois vos, Lillian?

Disimuladamente, Celaena escondió las manos en los pliegues del vestido.

—De Bellhaven…, una ciudad de Fenharrow. Es un puerto pesquero. Huele muy mal.

No mentía. Cada una de las veces que había visitado Bellhaven en una misión, el hedor a pescado le había producido náuseas al acercarse demasiado a los muelles.

La princesa se echó a reír.

—Rifthold huele muy mal. Hay demasiada gente. Al menos en Banjali el sol lo quema todo. Y el palacio del río de mi padre huele a flor de loto.

Chaol carraspeó; obviamente, estaba harto de que lo excluyeran de la conversación. Celaena le sonrió.

—No estéis tan apesadumbrado —dijo en la lengua común—. Tenemos que ocuparnos de la princesa.

—Deja de regodearte —contestó frunciendo el ceño. Se llevó una mano a la empuñadura de la espada y los guardias de Nehemia se acercaron a él. Aunque Chaol fuese el capitán de la guardia, a Celaena no le cabía duda de que los guardias de Nehemia lo matarían si se convertía en una amenaza—. Vamos a llevarla al consejo del rey. Voy a hablar con ellos, a ver por qué han permitido que Kaltain le hiciese de guía.

—¿Os gusta la caza? —preguntó Nehemia en eyllwe.

—¿A mí? —La princesa asintió—. Pues… eh… no —dijo Celaena, y añadió volviendo a la lengua eyllwe—: Prefiero la lectura.

Nehemia miró hacia una ventana azotada por la lluvia.

—Hace cinco años, cuando Adarlan nos invadió, quemaron casi todos nuestros libros. No les importó que los libros fuesen de magia —bajó la voz al pronunciar la última palabra, aunque ni Chaol ni el miembro del consejo podían entenderlas— o de historia. Quemaron bibliotecas enteras, además de museos y universidades…

Celaena sintió en el pecho un dolor que le resultaba familiar y asintió con la cabeza.

—Eyllwe no fue el único país donde sucedió eso.

Percibió un brillo frío y amargo en los ojos de Nehemia.

—Ahora, casi todos los libros que recibimos son de Adarlan… Libros escritos en un idioma que apenas entiendo. Eso es algo de lo que tengo que aprender mientras esté aquí. ¡Cuántas cosas! —Dio un golpe en el suelo con el pie y sus joyas tintinearon—. ¡Además, no soporto estos zapatos! ¡Y este espantoso vestido! ¡Me da igual que esté hecho de seda de Eyllwe y que esté representando a mi reino, pero es que me pica desde que me lo puse! —exclamó, y se quedó mirando el vestido de Celaena, lleno de detalles—. ¿Cómo soportáis llevar esa cosa enorme?

Celaena jugueteó con los volantes de su vestido.

—Para ser sincera, me rompe las costillas.

—Bueno, al menos no soy la única que sufre —respondió Nehemia.

Chaol se paró ante una puerta e informó a los seis centinelas apostados ante ella de que debían vigilar a las mujeres y a los guardias de la princesa.

—¿Qué hace? —preguntó Nehemia.

—Devolveros al consejo y asegurarse de que Kaltain no vuelve a haceros de guía.

La princesa dejó caer los hombros ligeramente.

—Solo llevo un día aquí y ya quiero irme —reconoció.

Resopló y se volvió hacia la ventana, como si desde allí alcanzase a ver Eyllwe. De pronto, le agarró la mano a Celaena y se la apretó. Sorprendentemente, tenía los dedos encallecidos… en todos los puntos donde podría reposar la empuñadura de una espada o de una daga. Los ojos de Celaena se cruzaron con los de la princesa y esta soltó la mano de la asesina.

«Quizá los rumores sobre su asociación con los rebeldes de Eyllwe fueran ciertos…».

—¿Me haréis compañía mientras esté aquí, Lady Lillian?

Celaena parpadeó al oír aquella súplica. No pudo evitar sentirse honrada.

—Por supuesto. Cuando esté disponible, con mucho gusto me ocuparé de vos.

—Ya tengo criadas que se ocupan de mí. Lo que quiero es alguien con quien hablar.

Celaena no pudo reprimir una sonrisa de oreja a oreja. Chaol volvió a salir al pasillo y le hizo una reverencia a la princesa.

—A los miembros del consejo les gustaría hablar con vos —tradujo Celaena.

Nehemia dejó escapar un gruñido en voz baja, pero le dio las gracias a Chaol antes de dirigirse a Celaena.

—Me alegro de que nos hayamos conocido, Lady Lillian —dijo Nehemia con un brillo en los ojos—. La paz sea con vos.

—Y con vos —murmuró la asesina mientras la veía marcharse.

Nunca había tenido muchas amigas, y las que había tenido a menudo la habían decepcionado. A veces, con devastadoras consecuencias, como había aprendido aquel verano con los asesinos silenciosos del desierto Rojo. Después de aquello, había jurado que no volvería a confiar en otras muchachas, y menos en las que tenían poder y objetivos propios. Muchachas que harían cualquier cosa con tal de conseguir lo que querían.

Cuando la puerta se cerró tras la cola del vestido color marfil de la princesa de Eyllwe, Celaena se preguntó si no se habría equivocado.

Chaol Westfall miraba comer a la asesina mientras sus ojos pasaban a toda prisa de un plato a otro. Al entrar en sus aposentos se había quitado el vestido inmediatamente y ahora estaba sentada con una bata de color rosa y verde jade que le quedaba muy bien.

—Hoy estáis muy callado —dijo con la boca llena de comida. ¿Es que no pensaba parar de comer? Comía más que cualquier otra persona a la que él conociese…, incluidos sus guardias. En todas las comidas repetía de cada plato—. ¿La princesa Nehemia os ha dejado embelesado? —preguntó, sin que las palabras pudiesen distinguirse demasiado del ruido que hacía al masticar.

—¿Esa muchacha testaruda?

Celaena entornó los ojos y el capitán se arrepintió inmediatamente del comentario. Le esperaba un buen sermón, y no estaba de humor para que lo tratasen con paternalismo. Tenía cosas más importantes en la cabeza. Antes de partir aquella mañana, el rey no se había llevado a ninguno de los guardias que el capitán le había sugerido que lo acompañasen en su viaje, y se había negado a decir adónde iba y a aceptar su ofrecimiento para acompañarlo.

Por no hablar del hecho de que unos cuantos de los perros del rey habían desaparecido y alguien había encontrado sus restos medio comidos en el ala norte del palacio. Aquello sí que era inquietante; ¿quién podía ser capaz de hacer algo tan truculento?

—¿Qué tienen de malo las muchachas testarudas? —preguntó Celaena—. Aparte del hecho de que no son tontainas con la cabeza hueca capaces solo de abrir la boca para dar órdenes y chismorrear.

—Simplemente, prefiero a cierto tipo de mujer.

Por fortuna, había dado la respuesta correcta.

—Y ¿qué tipo de mujer es esa? —preguntó ella haciéndole una caída de ojos.

—Desde luego, no una asesina arrogante.

Celaena hizo un mohín.

—Imaginaos que no fuese una asesina. ¿Os gustaría entonces?

—No.

—¿Preferiríais a Lady Kaltain?

—No seas estúpida.

Era fácil ser desagradable, pero también empezaba a ser demasiado fácil ser amable.

El capitán tomó un bocado de pan. Celaena se quedó mirándolo con la cabeza ladeada. Chaol pensaba que a veces ella lo miraba igual que mira un gato a un ratón; se preguntaba cuánto tardaría en abalanzarse sobre él.

Celaena se encogió de hombros y le dio un mordisco a una manzana. La muchacha seguía siendo un poco infantil, y el capitán no podía soportar sus contradicciones.

—Me estáis mirando fijamente, capitán.

Chaol estuvo a punto de disculparse, pero evitó hacerlo en el último momento. Era una asesina altanera, vulgar y absolutamente impertinente. Deseó que los meses pasaran volando, que la nombrasen campeona y que, una vez hubiesen transcurrido sus años de servidumbre, se marchase. El capitán no había dormido bien desde que la habían sacado de Endovier.

—Tienes comida entre los dientes —dijo él.

Celaena se la sacó con una uña afilada y se volvió para mirar por la ventana. La lluvia resbalaba por los cristales. ¿Estaba mirando la lluvia o alguna cosa más allá?

El capitán bebió de su copa. A pesar de su arrogancia, la asesina era lista, relativamente amable y un tanto encantadora. Pero ¿dónde estaba aquella oscuridad que se revolvía en su interior? ¿Por qué no hacía acto de presencia para que él pudiese meterla en la mazmorra y cancelar aquella ridícula competición? En el interior de la asesina se ocultaba algo intenso y mortífero, y a él no le gustaba.

Estaría listo: cuando llegase la hora, estaría al acecho. Lo único que lo preocupaba era cuál de los dos sobreviviría.

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