Trono de cristal

Trono de cristal


Capítulo 14

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Capítulo 14

Durante los siguientes cuatro días, Celaena se despertó antes del amanecer para entrenar en su habitación, usando cualquier cosa para ejercitarse: sillas, la puerta… e incluso los tacos y la mesa de billar. Las bolas servían como estupendas herramientas para mantener el equilibrio. Al amanecer, Chaol solía presentarse a desayunar. Después corrían por la reserva natural y él procuraba ir al ritmo de la asesina. El otoño ya había entrado del todo y el viento olía a hojas crujientes y a nieve. Chaol nunca decía nada cuando ella se inclinaba hacia delante, apoyaba las manos en las rodillas y vomitaba el desayuno, ni tampoco hacía ningún comentario sobre el hecho de que cada día que pasaba ella pudiese ir más lejos sin pararse a tomar aliento.

Cuando acababan de correr, entrenaban en una sala privada lejos de las miradas de sus competidores. Hasta que ella se desplomaba y gritaba que estaba a punto de morir de hambre y cansancio. En los entrenamientos, los cuchillos seguían siendo los favoritos de Celaena, aunque el garrote de madera también se convirtió en un arma muy apreciada; obviamente, tenía que ver con el hecho de que con él podía golpear al capitán libremente sin cortarle un brazo. Desde su primer encuentro con la princesa Nehemia, no había vuelto a verla ni a oír hablar de ella…, ni siquiera de boca de las criadas.

Chaol siempre acudía a comer y, después, se reunían con los demás campeones para pasarse unas horas más entrenando bajo la atenta mirada de Brullo. Casi todo el entrenamiento tenía como objetivo asegurarse de que en efecto eran capaces de usar aquellas armas. Obviamente, Celaena se lo pasaba con la cabeza gacha, esforzándose para que Brullo no la criticase, pero no tanto como para que la alabase igual que hacía con Cain.

Cain… ¡Cómo lo detestaba! Brullo prácticamente lo idolatraba, y los otros campeones lo saludaban con un gesto de la cabeza para mostrarle respeto. Nadie se molestaba en comentar la buena forma en la que se encontraba ella. ¿Así es como se habían sentido los otros asesinos en la fortaleza de los asesinos todos aquellos años en los que había acaparado la atención de Arobynn Hamel? Era difícil concentrarse cuando Cain estaba cerca, provocándola y burlándose de ella, esperando a que cometiese algún error. Con suerte, no la distraería en la primera prueba eliminatoria. Brullo no les había dado ninguna pista sobre lo que se pondría a prueba, y Chaol tampoco tenía ni idea.

El día previo a la primera prueba, Celaena supo que algo iba mal mucho antes de llegar a la sala de entrenamiento. Chaol no se había presentado a desayunar, sino que había enviado a sus guardias para que la llevasen a la sala de entrenamiento para entrenar ella sola. Tampoco se presentó a comer, y para cuando la acompañaron a la sala común, rebosaba preguntas.

Sin Chaol a su lado, Celaena se quedó junto a una columna y vio cómo entraban en fila los otros competidores, flanqueados por los guardias y sus entrenadores. Brullo aún no había llegado, y eso también le extrañó. Además, había demasiados guardias en la sala de entrenamiento.

—¿A qué crees que viene todo esto? —le preguntó Nox Owen, el joven ladrón de Perranth. Después de haber demostrado sus dotes durante el entrenamiento, muchos de los otros competidores le habían pedido su opinión, pero él había preferido no compartirla con nadie.

—El capitán Westfall no me ha entrenado esta mañana —dijo Celaena. ¿Qué tenía de malo reconocerlo?

Nox le ofreció la mano.

—Nox Owen.

—Sé quién eres —dijo Celaena, pero le estrechó la mano de todos modos.

El apretón de Nox fue firme; tenía la mano llena de callos y cicatrices. Estaba claro que había participado en más de un combate.

—Bien. Me he sentido un poco invisible con ese patán enorme luciéndose estos últimos días —señaló con la barbilla a Cain, que estaba examinando sus bíceps en tensión. En uno de sus dedos brillaba un gran anillo de piedra negra e iridiscente. Resultaba curioso que lo llevase para entrenar. Nox añadió—: ¿Has visto a Verin? Cualquiera diría que está a punto de vomitar.

Señaló al ladrón bocazas al que Celaena quería dejar inconsciente de una paliza. Habitualmente, Verin estaba cerca de Cain, provocando a los demás campeones. Pero aquel día estaba solo junto a la ventana, con la cara pálida y los ojos abiertos como platos.

—Le he oído hablar con Cain —dijo una tímida voz junto a ellos. Se giraron y vieron a Pelor, el más joven de los asesinos. Celaena se había pasado medio día observándolo… y aunque ella solo fingía ser mediocre, verdaderamente a él no le vendría mal un poco de entrenamiento.

«Menudo asesino. Aún no le ha cambiado la voz. ¿Cómo habrá acabado aquí?».

—Y ¿qué ha dicho?

Nox se metió las manos en los bolsillos. Su ropa no estaba tan raída como la de los otros competidores; el simple hecho de que Celaena hubiese oído su nombre significaba que debía de haber sido un buen ladrón en Perranth.

La pecosa cara de Pelor palideció un poco.

—A Bill Chastain…, el Comeojos…, lo han encontrado muerto esta mañana.

¿Un campeón, muerto? Y, para colmo, un famoso asesino.

—¿Cómo? —preguntó Celaena.

Pelor tragó saliva.

—Verin ha dicho que no era agradable. Como si alguien lo hubiese abierto en canal. Pasó junto al cadáver cuando venía hacia aquí.

Nox maldijo entre dientes y Celaena se quedó mirando a los otros campeones. Se había hecho el silencio entre ellos, y había varios grupos susurrando en corro. La historia de Verin estaba corriendo como la pólvora.

—Dice que el cadáver de Chastain estaba hecho jirones —añadió Pelor.

Un escalofrío le recorrió la espalda, pero negó con la cabeza. En ese momento entró un guardia y les dijo que Brullo había dado la orden de que les permitiesen disponer libremente de la sala de entrenamiento para practicar como quisiesen. Como necesitaba distraerse para conjurar la imagen que se estaba formando en su cabeza, Celaena no se molestó en despedirse de Nox y de Pelor y se dirigió a grandes zancadas al armero, de donde cogió un cinturón lleno de cuchillos arrojadizos.

Eligió un lugar junto a las dianas del tiro con arco. Nox se unió a ella unos segundos después y comenzó a lanzar sus cuchillos contra la diana. Alcanzó el segundo anillo, pero no logró acercarse más al centro. Su habilidad con los cuchillos no era tan buena como su dominio del arco.

Celaena sacó un cuchillo del cinturón. ¿Quién podía haber matado a uno de los campeones de aquel modo tan brutal? Además, si el cadáver estaba en el pasillo, ¿cómo podía haber escapado el culpable? El castillo era un hormiguero de guardias. Había muerto un campeón tan solo un día antes de la primera prueba; ¿se repetiría la historia?

La asesina se concentró en el pequeño punto negro del centro de la diana. Estabilizó su respiración, levantó el brazo y dejó libre la muñeca. El ruido que hacían los otros campeones se fue apagando. La negrura del centro de la diana la atraía y, al soltar el aire, lanzó el cuchillo.

En su camino brilló como una estrella fugaz hecha de acero. Al acertar en el blanco, Celaena sonrió torvamente.

A su lado, Nox maldijo con viveza cuando su cuchillo alcanzó el tercer anillo. La sonrisa de Celaena se ensanchó, a pesar del cadáver hecho trizas que yacía en alguna parte del castillo.

La muchacha sacó otro cuchillo, pero se quedó parada cuando Verin la llamó desde el cuadrilátero donde entrenaba con Cain.

—Los trucos de circo no sirven de mucho cuando eres el campeón del rey —Celaena desvió la mirada hacia él, pero siguió apuntando al blanco, sin moverse—. Estarías mejor tumbada de espaldas, aprendiendo trucos útiles para una mujer. De hecho, esta noche puedo enseñarte algunos, si quieres —se echó a reír y Cain lo secundó.

Celaena agarró la empuñadura del cuchillo con tanta fuerza que se hizo daño.

—No les hagas caso —murmuró Nox. Lanzó un cuchillo más y volvió a fallar el centro de la diana—. No sabrían por dónde empezar con una mujer ni aunque una se pasease desnuda por su dormitorio.

Celaena lanzó el cuchillo y la hoja hizo un ruido metálico al clavarse junto a la que ya había incrustado en el centro de la diana.

Nox arqueó sus oscuras cejas, lo cual no hizo sino resaltar sus ojos grises. No podía tener más de veinticinco años.

—Tienes una puntería impresionante.

—¿Para ser una chica? —respondió ella.

—No —contestó él, y lanzó otro cuchillo—. Se mire por donde se mire.

Su cuchillo volvió a fallar. Se acercó a la diana, arrancó los seis cuchillos y los metió en sus vainas antes de volver a la línea de lanzamiento. Celaena carraspeó.

—Estás mal colocado —dijo la asesina en voz baja para que no la oyesen los otros campeones—. Y la posición de la muñeca es incorrecta.

Nox bajó el brazo y ella adoptó la postura correcta.

—Con las piernas así —añadió. Nox se quedó mirándola durante unos segundos y puso las piernas en una posición similar—. Flexiona ligeramente las rodillas. Echa los hombros hacia atrás y relaja la muñeca. Lanza el cuchillo cuando hayas expulsado el aire.

Celaena le hizo una demostración y el cuchillo se clavó en el centro de la diana.

—Enséñamelo otra vez —pidió Nox agradecido.

Celaena volvió a hacerlo y alcanzó de nuevo el centro de la diana. Luego lanzó otro cuchillo con la mano izquierda y reprimió un grito triunfal cuando la hoja se hundió en el mango de otro cuchillo.

Nox se concentró en el blanco mientras levantaba el brazo.

—Acabas de humillarme —dijo riéndose entre dientes mientras levantaba el cuchillo todavía más.

—Deja la muñeca más suelta —contestó ella—. Es la clave para hacer un buen lanzamiento.

Nox obedeció, soltó aire lentamente y lanzó el cuchillo. No se clavó en el centro de la diana, pero sí dentro del anillo interior.

—He mejorado un poco —dijo levantando las cejas.

—Solo un poco —contestó ella, y se mantuvo firme mientras él recogía los cuchillos de ambos de las dos dianas y le devolvía los suyos. Celaena los envainó en su cinturón—. Eres de Perranth, ¿no? —preguntó.

Aunque nunca había estado en Perranth, la segunda ciudad más grande de Terrasen, la sola mención de su país aún le hacía sentir miedo y culpabilidad. Habían pasado diez años desde el asesinato de la familia real, diez años desde que el rey de Adarlan había invadido el país con su ejército, diez años desde que Terrasen había sido condenado en silencio y entre cabezas gachas. No debería haberlo mencionado; de hecho, no sabía por qué lo había mencionado.

Controló sus rasgos para que demostrasen un educado interés mientras Nox asentía con la cabeza.

—Es la primera vez que salgo de Perranth. Tú dijiste que eras de Bellhaven, ¿no?

—Mi padre es mercader —mintió Celaena.

—Y ¿qué opina de una hija que se gana la vida robando joyas?

Celaena esbozó una sonrisa y lanzó un cuchillo contra la diana.

—Está claro que no va a invitarme a su casa durante una temporada.

—Ah, al menos estás en buenas manos. Tienes el mejor entrenador de todos. Os he visto a los dos corriendo al amanecer. Yo al mío tengo que suplicarle que deje la botella y me permita entrenar fuera de estas sesiones —señaló con la cabeza a su entrenador, que estaba sentado contra la pared con la capucha de la capa tapándole los ojos—. Ya está otra vez durmiendo.

—A veces, el capitán de la guardia es insoportable —contestó ella lanzando otro cuchillo—. Pero tienes razón: es el mejor.

Nox se quedó callado un momento.

—La próxima vez que nos hagan formar parejas para el entrenamiento, búscame, ¿quieres? —dijo por fin.

—¿Por qué? —La asesina fue a coger otro cuchillo, pero se dio cuenta de que había vuelto a usarlos todos.

Nox lanzó otro cuchillo y esta vez alcanzó el centro de la diana.

—Porque me juego algo a que vas a ganar esta competición.

Celaena sonrió ligeramente.

—Confiemos en que no te eliminen en la prueba de mañana —contestó la asesina. Examinó la sala de entrenamiento en busca de alguna señal del desafío que les esperaba al día siguiente, pero no vio nada extraordinario. Los otros competidores (menos Cain y Verin) guardaban silencio, y muchos se habían quedado pálidos como la nieve—. Y confiemos en que ninguno de los dos acabe como el Comeojos —añadió, y lo decía muy en serio.

—¿Es que nunca haces otra cosa aparte de leer? —preguntó Chaol.

Celaena dio un respingo en su silla del balcón cuando el capitán se sentó a su lado. El último sol de la tarde le calentaba la cara y la última brisa templada del otoño le alborotaba el pelo suelto.

La muchacha le sacó la lengua.

—Y vos, ¿no deberíais estar investigando el asesinato del Comeojos?

Después de la comida, el oficial nunca acudía a sus aposentos.

A Chaol se le empañó la mirada.

—Eso no es asunto tuyo. Y no intentes sonsacarme información —añadió cuando la asesina abrió la boca. Señaló el libro que Celaena tenía en el regazo—. En la comida he visto que estás leyendo El viento y la lluvia y se me ha olvidado preguntarte qué opinas.

¿De verdad había ido a hablar de un libro cuando esa misma mañana habían encontrado el cadáver de un campeón?

—Es un poco denso —reconoció, y levantó el volumen marrón que tenía en el regazo. Como el capitán no contestó, ella preguntó—: ¿A qué habéis venido?

—He tenido un día muy ajetreado.

Celaena se masajeó la rodilla, que tenía dolorida.

—¿Por culpa del asesinato de Bill?

—Porque el príncipe me ha arrastrado a una reunión del consejo que ha durado tres horas —contestó; le temblaba un músculo de la mandíbula.

—Pensaba que su alteza real era amigo vuestro.

—Y lo es.

—¿Desde cuándo sois amigos?

El capitán se quedó callado y Celaena comprendió que Chaol se estaba planteando cómo podría usar ella esa información en su contra, sopesando el riesgo de contarle la verdad. Celaena estaba a punto de interpelarlo abruptamente cuando el capitán contestó:

—Desde que éramos jóvenes. Éramos los únicos muchachos de nuestra edad que vivían en el castillo…, al menos de un nivel social alto. Recibíamos clases juntos, jugábamos juntos y entrenábamos juntos. Pero cuando yo tenía trece años, mi padre trasladó a la familia a nuestra casa de Anielle.

—¿La ciudad del Lago de Plata?

Tenía sentido que la familia de Chaol gobernase Anielle. Los ciudadanos de Anielle eran guerreros desde que nacían y habían sido los guardianes contra las hordas de salvajes de las montañas Colmillo Blanco durante generaciones. Afortunadamente, durante los últimos años las cosas habían sido mucho más fáciles para los guerreros de Anielle; los hombres de las montañas Colmillo Blanco habían sido uno de los primeros pueblos conquistados por los ejércitos de Adarlan, y sus rebeldes rara vez acababan como esclavos. Celaena había oído historias según las cuales los hombres de las montañas preferían matar a sus mujeres e hijos, y luego a sí mismos, antes que ser apresados por los soldados de Adarlan. La idea de Chaol enfrentándose a cientos de ellos —hombres como Cain— le hizo sentir náuseas.

—Sí —contestó Chaol jugueteando con el largo cuchillo de caza que llevaba colgado al costado—. Debía pasar a formar parte del Consejo Real, como mi padre, y él quería que pasase un tiempo entre mi pueblo y aprendiese… lo que sea que aprenden los miembros del Consejo. Mi padre decía que con el ejército del rey allí, podríamos dejar de luchar contra los hombres de las montañas para concentrarnos en la política —sus ojos dorados parecían distantes—. Pero echaba de menos Rifthold.

—Y ¿os escapasteis?

Celaena se maravilló de que el capitán estuviese contándole tantas cosas por iniciativa propia. ¿Acaso no se había negado a contarle nada sobre sí mismo mientras viajaban hasta allí desde Endovier?

—¿Escaparme? —Chaol se echó a reír—. No. Dorian convenció al capitán de la guardia para que me aceptase como su aprendiz, con ayuda de Brullo. Mi padre se negó, así que abdiqué de mi título de Lord de Anielle en mi hermano y me marché al día siguiente —el silencio del capitán dio a entender lo que él no era capaz de decir: que su padre no se había opuesto. Y ¿su madre? Chaol respiró hondo, soltó el aire y preguntó—: Y ¿tú?

Celaena se cruzó de brazos.

—Pensaba que no queríais saber nada de mí.

El capitán esbozó una sonrisa mientras veía cómo el cielo se derretía en una mancha de color naranja.

—¿Qué opinan tus padres de que su hija sea la Asesina de Adarlan?

—Mis padres están muertos. Murieron cuando yo tenía ocho años.

—Entonces…

El corazón le retumbó en el pecho.

—Nací en Terrasen, luego me convertí en una asesina a sueldo, luego fui a Endovier y ahora estoy aquí. Nada más.

Se hizo el silencio.

—¿Dónde te hiciste la cicatriz de la mano derecha?

A Celaena no le hizo falta mirar la irregular línea que le cruzaba el dorso de la mano a la altura de la muñeca. Flexionó los dedos.

—Cuando tenía doce años, Arobynn Hamel decidió que con la mano izquierda no era tan hábil en el manejo de la espada, así que me dio a elegir: o me rompía él la mano derecha o lo hacía yo misma —el recuerdo fantasma de un dolor cegador le atenazó la mano—. Aquella noche puse la mano contra el marco de una puerta y la cerré con fuerza. Me abrí la mano y me rompí dos huesos. Tardó varios meses en curarse…, unos meses durante los cuales solo pude usar la mano izquierda —sonrió con malicia—. Seguro que Brullo nunca os hizo algo así.

—No —contestó Chaol en voz baja—. No, en absoluto —carraspeó y se puso en pie—. Mañana se celebra la primera prueba. ¿Estás lista?

—Por supuesto —mintió ella.

El capitán se quedó de pie durante unos segundos, contemplándola.

—Nos veremos mañana a primera hora —dijo, y se fue.

En el silencio que siguió a su marcha, Celaena se quedó pensando en la historia del capitán y en los caminos que los habían hecho tan diferentes pero tan parecidos. Se abrazó las rodillas y un viento frío hizo mecerse los volantes de su vestido.

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