Trono de cristal

Trono de cristal


Capítulo 15

Página 18 de 60

Capítulo 15

Aunque nunca lo reconocería, Celaena no sabía qué esperar de su primera prueba. Después de todo el entrenamiento de los últimos cinco días y del cambio de unas armas y técnicas a otras, tenía todo el cuerpo dolorido. Eso era algo que tampoco reconocería nunca, aunque le resultase casi imposible ocultar el dolor punzante que sentía en brazos y piernas. Cuando Celaena y Chaol entraron en la gigantesca sala de entrenamiento por la mañana, la asesina miró a sus competidores y recordó que no era la única que no tenía ni idea de lo que les esperaba. Una enorme cortina negra cubría la mitad de la sala e impedía ver lo que había en la otra mitad. Lo que hubiese al otro lado de la cortina —reflexionó Celaena— iba a decidir la suerte de uno de ellos.

El barullo habitual había dado paso a un silencio salpicado de susurros…, y más que relacionarse entre sí, los competidores preferían quedarse junto a sus entrenadores. Celaena se quedó pegada a Chaol, nada extraordinario. Lo que sí era extraordinario eran los patrocinadores, que, desde lo alto de la entreplanta, miraban lo que sucedía en el suelo de cuadros blancos y negros. A Celaena se le hizo un nudo en la garganta al cruzarse su mirada con la del príncipe heredero. Aparte del envío de sus libros, no lo había visto ni había tenido noticias suyas desde el encuentro con el rey. Dorian le dedicó una sonrisa y sus ojos color azul zafiro brillaron al sol de la mañana. Ella le respondió esbozando una sonrisa y rápidamente miró a otra parte.

Brullo estaba junto a la cortina con una mano llena de cicatrices apoyada en la empuñadura de su espada. Celaena estudió la escena. De pronto, alguien apareció a su lado. Ella supo quién era antes incluso de que abriese la boca para hablar.

—Un poco teatral, ¿no crees?

Miró a Nox de soslayo. Chaol se puso en tensión a su lado y Celaena advirtió que el capitán estaba mirando al ladrón con atención, preguntándose si Nox y ella estarían ideando algún plan para fugarse que incluyese la muerte de todos los miembros de la familia real.

—Después de cinco días de entrenamiento sin sentido, me alegro de que esto se ponga emocionante —contestó Celaena en voz baja, consciente de que muy poca gente hablaba en el salón.

Nox se rio entre dientes.

—¿Tú qué crees que es?

Ella se encogió de hombros sin dejar de mirar la cortina. Cada vez llegaban más competidores, y el reloj no tardaría en dar las nueve, la hora a la que debía comenzar la prueba. Aunque hubiese sabido lo que había detrás de la cortina, no lo habría ayudado.

—Espero que sea una manada de lobos a los que tenemos que vencer con las manos desnudas —lo miró de frente y esbozó una sonrisa—. ¿A que sería divertido?

Chaol carraspeó sutilmente. No era momento para hablar. Celaena se metió las manos en los bolsillos de los pantalones negros.

—Buena suerte —le dijo a Nox antes de echar a andar a grandes zancadas hacia la cortina con Chaol siguiéndola de cerca. Cuando se hubieron alejado un poco, le preguntó al capitán entre dientes—: ¿No tenéis ni idea de lo que hay detrás de esa cortina?

Chaol negó con la cabeza.

Celaena se ajustó el grueso cinturón de cuero a la altura de las caderas. Era la clase de cinturón adecuado para soportar el peso de varias armas. Su ligereza solo le recordaba todo lo que había perdido… y todo lo que podía ganar. La muerte del Comeojos el día anterior había sido una suerte en un aspecto: ahora había un hombre menos contra el que competir.

Miró a Dorian. Desde donde se encontraba en la entreplanta, seguramente él sí podía ver lo que había al otro lado de la cortina. ¿Por qué no la ayudaba a hacer trampa? Dirigió su atención a los otros patrocinadores —nobles vestidos con ropas refinadas— y rechinó los dientes al ver a Perrington. Este sonrió al ver a Cain, que estaba estirando sus musculosos brazos. ¿Le habría dicho ya lo que había al otro lado de la cortina?

Brullo carraspeó.

—¡Atentos! —gritó. Todos los competidores intentaron aparentar tranquilidad mientras él avanzaba hasta el centro de la cortina—. Ha llegado el momento de la primera prueba —sonrió de oreja a oreja, como si lo que ocultaba la cortina fuese a suponer un tormento para ellos—. Tal como ordenó su majestad, hoy resultará eliminado uno de vosotros. Uno de vosotros no será considerado digno.

«¡Vamos, dilo de una vez!», pensó Celaena mientras apretaba los dientes.

Como si le hubiese leído el pensamiento, Brullo chasqueó los dedos y un guardia que estaba junto a la pared tiró de la cortina. Centímetro a centímetro, se fue descorriendo hasta que…

Celaena reprimió una carcajada. ¿Tiro con arco? ¿Era una competición de tiro con arco?

—Las reglas son sencillas —dijo Brullo. Tras él había cinco dianas repartidas por toda la sala—. Podéis disparar cinco veces, una por diana. El que tenga peor puntería se va a su casa.

Algunos competidores se pusieron a murmurar, pero Celaena tuvo que concentrarse para evitar sonreír de oreja a oreja. Desafortunadamente, Cain no se molestó en ocultar su sonrisa triunfal. ¿Por qué no podía haber sido él el campeón al que habían encontrado muerto?

—Lo haréis uno por uno —dijo Brullo, y tras ellos aparecieron un par de soldados empujando un carrito lleno de arcos y aljabas cargadas de flechas—. Poneos en fila ante la mesa para decidir en qué orden participaréis. Doy por comenzada la prueba.

Celaena esperaba que todos acudirían corriendo a la larga mesa donde habían depositado todos aquellos arcos y flechas idénticos, pero al parecer ninguno de los otros veintidós competidores tenía demasiada prisa por volver a casa. Celaena hizo el ademán de unirse a la fila que estaba comenzando a formarse, pero Chaol la agarró del hombro.

—No te luzcas —la advirtió.

Celaena sonrió con dulzura y le apartó los dedos.

—Lo intentaré —susurró, y se unió a la fila.

Darles flechas era un enorme acto de fe, aun cuando tuviesen las puntas romas. Una punta poco afilada no impediría que una flecha atravesase el cuello de Perrington… o de Dorian, de haberlo querido.

Aunque el pensamiento fuese entretenido, Celaena siguió prestando atención a los competidores. Con veintidós campeones y cinco disparos por cabeza, la prueba se alargó muchísimo tiempo. Gracias a que Chaol la había retenido, ahora ocupaba uno de los últimos lugares de la fila; no el último, pero casi: tras ella solo había tres competidores. Estaba tan atrás que tuvo que ver a todos someterse a la prueba antes que ella, incluido Cain.

Los otros competidores lo hicieron bastante bien. Los enormes objetivos circulares estaban compuestos de cinco anillos de colores: el interior era amarillo, con un puntito negro para señalar el centro de la diana. Las dianas eran más pequeñas cuanto más atrás estaban colocadas; como la sala era tan larga, la última diana estaba a casi sesenta y cinco metros de distancia.

Celaena pasó los dedos por la suave curva de su arco de madera de tejo. El tiro con arco era una de las primeras destrezas que le había enseñado Arobynn, algo básico en el entrenamiento de cualquier asesino a sueldo. Dos de los asesinos lo demostraron con disparos fáciles y diestros. Aunque no alcanzaron el centro de la diana y sus lanzamientos se fueron haciendo más descuidados cuanto más lejano era el objetivo, quienesquiera que hubiesen sido sus maestros sabían lo que les estaban enseñando.

Pelor, el asesino desgarbado, aún no era lo bastante fuerte para manejar un arco y apenas logró acertar ningún disparo. Al acabar, los ojos le brillaban con resentimiento. Los campeones se rieron por lo bajo, y Cain fue quien más fuerte rio.

Brullo tenía el semblante serio.

—¿Es que nadie te ha enseñado a usar un arco, muchacho?

Pelor levantó la cabeza, fulminó al maestro de armas con la mirada y le habló con un descaro sorprendente.

—Se me dan mejor los venenos.

—¡Venenos! —Brullo levantó las manos—. El rey quiere un campeón… ¡y tú no serías capaz de acertarle a una vaca en un prado!

El maestro de armas le ordenó que se retirase con un gesto de la mano. Los otros campeones volvieron a reírse y a Celaena le dieron ganas de sonreír con ellos. Pero Pelor respiró hondo, se estremeció, relajó los hombros y se reunió con el resto de los competidores que ya habían terminado. Si al final acababa eliminado, ¿adónde se lo llevarían? ¿A la cárcel… o a algún otro lugar de mala muerte? Celaena no pudo evitar compadecerse del muchacho. Sus disparos tampoco habían sido tan malos.

Fue Nox quien más la sorprendió, con tres blancos en las dianas más cercanas y las dos últimas flechas clavadas en el límite del anillo interior. A lo mejor debería plantearse una alianza con él. Por cómo lo miraban los otros competidores mientras se retiraba a la parte de atrás de la sala, Celaena supo que estaban pensando lo mismo que ella.

Tumba, el repugnante asesino a sueldo, lo hizo bien. Cuatro flechas en el centro de la diana y el último disparo en el borde del anillo interior. Pero entonces Cain acudió a la línea blanca pintada en la parte de atrás de la sala, tensó el arco con la mano donde brillaba su anillo negro y disparó.

Y otra vez, y otra, y otra más, en solo unos segundos.

Y cuando el sonido de su último disparo dejó de retumbar en la sala, de pronto sumida en el silencio, a Celaena le dio un vuelco el estómago. Cinco dianas.

El único consuelo de la muchacha era que ninguna había alcanzado el puntito negro, el centro absoluto, aunque una se había acercado bastante.

La fila comenzó a avanzar rápidamente. Celaena no podía pensar en otra cosa que no fuese Cain… y Perrington aplaudiendo a Cain, y Brullo dándole una palmada en la espalda a Cain, y todo el mundo prestándole atención y alabando a Cain, no por ser una montaña de músculos, sino porque se lo merecía de verdad.

De repente, Celaena se vio de pie ante la línea blanca, enfrentada a la enorme longitud de la sala. Algunos hombres se rieron, aunque en voz baja, y ella mantuvo la cabeza bien alta mientras echaba la mano por encima del hombro para coger una flecha y la colocaba en el arco.

Unos días antes habían practicado el tiro con arco y ella había obtenido excelentes resultados… o todo lo excelentes que había podido sin llamar la atención. Además, había matado a hombres a más distancia que la más lejana de las dianas. De disparos limpios que les habían atravesado el cuello.

Intentó tragar saliva, pero tenía la boca seca.

«Soy Celaena Sardothien, la Asesina de Adarlan. Si estos hombres supiesen quién soy, dejarían de reírse. Soy Celaena Sardothien. Voy a ganar. No tendré miedo».

Tensó el arco y los músculos doloridos del brazo se resintieron del esfuerzo. Bloqueó el ruido, el movimiento y cualquier otra cosa que no fuese el sonido de su respiración mientras se concentraba en la primera diana. Respiró hondo y, mientras soltaba el aire, dejó volar la flecha.

Diana.

Se le deshizo el nudo del estómago y resopló por la nariz. La flecha no se había clavado en el centro absoluto de la diana, pero es que tampoco lo había intentado.

Algunos de los hombres dejaron de reírse, pero no les hizo caso. Puso otra flecha en el arco y disparó a la segunda diana. Había apuntado al borde del anillo interior, y lo alcanzó con una precisión brutal. Podría haber hecho un círculo entero de flechas si hubiese querido. Y si hubiera tenido suficientes flechas.

En la tercera diana volvió a acertar: había apuntado al borde, pero se clavó más cerca del centro. Hizo lo mismo con la cuarta diana, pero apuntó al otro lado del centro. La flecha se clavó en el lugar preciso adonde había apuntado.

Al sacar su última flecha, oyó reírse a uno de los competidores, un mercenario pelirrojo llamado Renault. Apretó tanto el arco que la madera crujió y se dispuso a lanzar su última flecha.

La diana era poco más que un borrón de color, tan lejana que el centro era un grano de arena en la enormidad de la sala. No podía ver el puntito del centro…, aquel puntito que nadie había alcanzado todavía, ni siquiera Cain. El brazo de Celaena tembló del esfuerzo cuando tensó la cuerda un poco más y disparó.

La flecha se clavó en el centro absoluto y borró de la vista el puntito negro. Todos dejaron de reírse.

Nadie le dijo nada cuando se alejó de la fila y dejó el arco en el carrito. Chaol frunció el ceño —estaba claro que no había pasado inadvertida—, pero Dorian sonrió. Celaena suspiró y se unió a los contendientes que esperaban el final de la competición, pero sin acercarse a ninguno.

Cuando Brullo comparó la puntería de los competidores, no fue el joven Pelor quien resultó eliminado, sino uno de los soldados del ejército. Pero aunque Celaena no había perdido ni por asomo, no podía soportar de ninguna manera la sensación de que en realidad no había ganado nada en absoluto.

Ir a la siguiente página

Report Page