Trono de cristal
Capítulo 17
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Capítulo 17

A Dorian Havilliard le pesaban los párpados e intentó no repantigarse en el trono. La música y la cháchara flotaban en el ambiente y lo invitaban a dormirse. ¿Por qué insistía su madre en que asistiese a las reuniones sociales de la corte? Si hasta la visita semanal ya era demasiado para él… Aunque era mejor que tener que examinar el cadáver del Comeojos, que Chaol había pasado los últimos días investigando. Ya se preocuparía de eso más tarde… si es que se convertía en un problema. Aunque lo dudaba, si Chaol se estaba ocupando personalmente del asunto. Seguramente solo había sido una reyerta de borrachos.
También estaba el tema del campeón que había intentado escapar esa misma tarde. Dorian temblaba solo de pensar cómo debía de haber sido presenciarlo… y el lío con el que debería lidiar Chaol, desde el soldado herido hasta el patrocinador que había perdido a su campeón, sin olvidar al hombre muerto. ¿Qué se le habría pasado por la cabeza a su padre para decidir celebrar aquella competición?
Dorian miró a su madre, sentada en un trono junto al suyo. Ella no sabía nada sobre el asunto; seguramente le habría horrorizado saber qué clase de criminales estaban viviendo bajo su techo. Su madre aún era hermosa, aunque tenía la cara un poco arrugada y agrietada por los polvos de tocador, y su pelo caoba tenía unos cuantos mechones grises. Aquel día estaba envuelta en varas y más varas de terciopelo verde, pañuelos vaporosos y chales dorados; y sobre su corona reposaba un velo brillante que a Dorian le daba la impresión de que su madre llevaba una tienda de campaña sobre la cabeza.
Ante ellos, los miembros de la nobleza se paseaban pavoneándose, chismorreando, conspirando y coqueteando. Una orquesta tocaba minués en un rincón y los criados se deslizaban entre los nobles realizando su propio baile mientras rellenaban y retiraban platos, copas y cubiertos de plata.
Dorian se sentía como un adorno. Por supuesto, llevaba un conjunto elegido por su madre que le había hecho llegar esa misma mañana: un chaleco de terciopelo verde azulado con unas ridículas mangas blancas infladas que salían de los hombros a rayas azules y blancas. Los pantalones, afortunadamente, eran de un color gris claro, aunque sus botas de ante marrones parecían demasiado nuevas para su orgullo masculino.
—Dorian, querido, estás enfurruñado —el príncipe heredero se disculpó con la reina Georgina con una sonrisa—. He recibido una carta de Hollin. Manda recuerdos.
—¿Decía algo interesante?
—Solo que detesta la escuela y que desea volver a casa.
—Eso lo dice en todas sus cartas.
La reina de Adarlan dejó escapar un suspiro.
—Si tu padre no me lo impidiese, me lo traería de vuelta a casa.
—Está mejor en la escuela.
Tratándose de Hollin, cuanto más lejos estuviese, mejor.
Georgina miró a su hijo.
—Tú te portabas mejor. Nunca desobedecías a tus tutores. Ay, mi pobre Hollin. Cuando yo muera, cuidarás de él, ¿verdad?
—¿Cuándo mueras? Madre, pero si solo tienes…
—Sé la edad que tengo —contestó, e hizo un gesto desdeñoso con una mano llena de anillos—. Por eso mismo debes casarte. Y pronto.
—¿Casarme? —Dorian hizo rechinar los dientes—. Casarme ¿con quién?
—Dorian, eres el príncipe heredero. Y ya tienes diecinueve años. ¿Deseas convertirte en rey y morir sin heredero para que Hollin pueda ocupar el trono? —Dorian no contestó—. Me lo figuraba —unos instantes después, añadió—: Hay muchas jóvenes que podrían ser buenas esposas. Aunque sería preferible que fuese una princesa.
—Ya no quedan princesas —contestó él con brusquedad.
—Salvo la princesa Nehemia —la reina se echó a reír y puso una mano sobre la mano de su hijo—. Oh, tranquilo. Nunca te obligaría a casarte con ella. Me sorprende que tu padre le permita seguir ostentando el título. Esa muchacha impetuosa y altanera… ¿Sabes que se ha negado a ponerse el vestido que le he enviado?
—Estoy seguro de que la princesa tendrá sus razones —dijo Dorian con recelo, asqueado por los prejuicios que su madre no se atrevía a expresar con palabras—. Solo he hablado con ella una vez, pero me pareció… alegre.
—Entonces, quizá deberías casarte con ella.
Su madre volvió a reírse antes de que él pudiese contestar.
Dorian sonrió débilmente. Aún no se explicaba por qué su padre había accedido a la petición del rey de Eyllwe de que su hija visitase la corte para familiarizarse con las costumbres de Adarlan. Como embajadora, Nehemia no era precisamente la mejor elección. Dorian había oído rumores de su apoyo a los rebeldes de Eyllwe… y de sus intentos de clausurar el campo de trabajos forzados de Calaculla. A Dorian no le extrañaba, y menos después de haber visto el horror que representaba Endovier, y lo destructivo que había resultado en el cuerpo de Celaena Sardothien. Pero su padre nunca hacía nada sin motivo…, y por las pocas palabras que había intercambiado con Nehemia, no podía evitar preguntarse si ella también tendría sus propias razones para haber acudido a Rifthold.
—Qué pena que Lady Kaltain tenga un acuerdo con el duque Perrington —prosiguió su madre—. Es una muchacha preciosa… y muy educada. Quizá tenga una hermana.
Dorian se cruzó de brazos y se tragó su repulsión. Kaltain estaba en la otra punta del salón y el príncipe heredero era consciente de que la muchacha lo devoraba con los ojos. Se removió en el asiento; le dolía la rabadilla de llevar tanto rato sentado.
—Y ¿qué me dices de Elise? —preguntó la reina señalando a una muchacha rubia que llevaba un vestido azul lavanda—. Es muy guapa. Y muy juguetona.
«Si lo sabré yo».
—Elise me aburre —contestó el príncipe.
—¡Ay, Dorian! —La reina se llevó una mano al pecho—. No pensarás decirme que quieres casarte por amor, ¿verdad? El amor no garantiza un matrimonio satisfactorio.
Estaba aburrido. Aburrido de aquellas mujeres, aburrido de aquellos caballeros que se hacían pasar por compañeros, aburrido de todo.
Había confiado en que su viaje a Endovier acabase con aquel aburrimiento y que se alegraría de volver a casa, pero había encontrado que en casa todo era igual. Las mismas damas seguían mirándolo suplicantes, las mismas criadas seguían guiñándole un ojo, los mismos miembros del consejo seguían pasándole notas por debajo de la puerta con posibles leyes. Y su padre…, su padre siempre seguiría pensando en sus conquistas… y no pararía hasta que en todos los continentes ondease la bandera de Adarlan. Hasta apostar por aquellos supuestos campeones se había vuelto horriblemente aburrido. Estaba claro que en última instancia Cain y Celaena mediarían sus fuerzas. Hasta entonces…, bueno, los demás campeones no se merecían que perdiese el tiempo con ellos.
—Ya estás otra vez enfurruñado. ¿Estás molesto por algo, querido? ¿Has tenido noticias de Rosamund? Mi pobre niño…, ¡cómo te rompió el corazón! —La reina negó con la cabeza—. Aunque de eso ya ha pasado más de un año…
El príncipe no respondió. No quería pensar en Rosamund… ni en el zafio marido por el que lo había dejado.
Algunos nobles se pusieron a bailar pasando los unos entre los otros. Muchos tenían su misma edad, pero él sentía que existía un abismo entre ellos. No se sentía mayor, ni más sabio, pero sentía… sentía…
Sentía que había algo en su interior que no encajaba en aquella alegría, en su voluntario desconocimiento del mundo que había más allá del castillo. Era algo que no tenía nada que ver con su título. Había disfrutado de su compañía a comienzos de su adolescencia, pero pronto había resultado obvio que él siempre estaría un paso por delante. Lo peor de todo era que ellos no parecían darse cuenta de que era diferente… o de que se sentía diferente. De no haber sido por Chaol, se habría sentido inmensamente solo.
—Bueno —dijo su madre chasqueando los dedos, que parecían de marfil, para llamar a una de sus criadas—. Estoy segura de que tu padre te mantiene ocupado, pero cuando encuentres un rato libre para pensar en mí y en el futuro de tu reino, échale un vistazo a esto.
La criada de su madre hizo una reverencia y le entregó un trozo de papel doblado y con el sello rojo de su madre. Dorian lo abrió y se le hizo un nudo en el estómago al ver la larga lista de nombres. Todas eran damas de sangre noble y todas estaban en edad de casarse.
—¿Qué es esto? —preguntó resistiendo la tentación de romper el papel.
Su madre sonrió con encanto.
—Una lista de novias potenciales. Cualquiera sería apropiada para casarse con el príncipe. Y todas, según me han dicho, son muy capaces de darte herederos.
Dorian se metió la lista de nombres en el bolsillo del chaleco. Su inquietud no cesó.
—Me lo pensaré —dijo, y antes de que su madre pudiese responderle, se marchó del podio entoldado. Inmediatamente, cinco muchachas se congregaron a su alrededor y le preguntaron si quería bailar, si estaba bien, si pensaba asistir al baile de Samhuinn. Sus palabras daban vueltas en la cabeza del príncipe, y este las miró inexpresivamente. Ni siquiera sabía cómo se llamaban.
Miró por encima de sus cabezas adornadas con joyas para encontrar el camino hacia la puerta. Si se quedaba allí demasiado tiempo, iba a ahogarse. Con una educada despedida, el príncipe heredero se alejó del tintineo del salón. La lista de novias potenciales le quemaba la piel a través de la ropa.
Dorian se metió las manos en los bolsillos y echó a andar por los corredores del castillo. Las perreras estaban vacías: los perros estaban en la pista. Le hubiese gustado examinar a una de las perras preñadas, aunque sabía que era imposible predecir cuántos cachorros tendría. Esperaba que los cachorros fuesen de raza, pero la madre tenía tendencia a escaparse de la perrera. Era la más rápida de todos sus perros, pero Dorian nunca había podido domarla del todo.
No sabía adónde ir; simplemente necesitaba andar.
Dorian se soltó el último botón del chaleco. Se quedó parado ante una puerta abierta, de donde salía un metálico ruido de espadas. Estaba ante la sala de entrenamiento de los campeones, y aunque se suponía que el entrenamiento ya había terminado, allí…
Allí estaba ella.
Su pelo dorado brilló al librarse de tres guardias. Su espada era poco más que una extensión de acero de su mano. No tropezó con los guardias al esquivarlos y girar a su alrededor.
Alguien aplaudió a la izquierda y las cuatro figuras dejaron de luchar, jadeantes. Dorian vio que la asesina sonreía de oreja a oreja al mirar a la persona que había aplaudido. El lustre del sudor le iluminaba los pómulos y sus azules ojos brillaban. Sí, era preciosa, pero…
La princesa Nehemia se acercó a ella aplaudiendo. No llevaba su vestido blanco habitual, sino una túnica oscura y unos pantalones sueltos, y en una mano llevaba un garrote de madera con adornos grabados.
La princesa agarró a la asesina por el hombro y le dijo algo que la hizo reír. Dorian miró a su alrededor. ¿Dónde estaban Chaol o Brullo? ¿Qué hacía la Asesina de Adarlan allí con la princesa de Eyllwe? ¡Y con una espada! Aquello era intolerable, sobre todo después del intento de huida de uno de los campeones.
Dorian se acercó y le sonrió a la princesa mientras hacía una reverencia. Nehemia solo se dignó asentir levemente con la cabeza. No le sorprendió. Dorian tomó la mano de Celaena. Olía a sudor y a metal, pero la besó de todos modos mientras levantaba la vista para mirarla a la cara.
—Lady Lillian —murmuró con los labios pegados a su piel.
—Alteza —contestó ella intentando soltar la mano. Pero Dorian tenía su callosa palma bien agarrada.
—¿Puedo hablar con vos? —preguntó el príncipe, y se la llevó antes de que pudiese dar su consentimiento. Cuando se apartaron lo suficiente, él le preguntó—: ¿Dónde está Chaol?
Celaena se cruzó de brazos.
—¿Os parece modo de hablarle a vuestra querida campeona?
Dorian frunció el ceño.
—¿Dónde está?
—No lo sé. Pero si tuviera que intentar adivinarlo, me jugaría algo a que está examinando el cadáver maltrecho del Comeojos, o deshaciéndose del cadáver de Sven. Además, Brullo ha dicho que podía quedarme aquí cuanto quisiese. Mañana tengo otra prueba, no sé si lo sabéis.
Pues claro que lo sabía.
—¿Qué hace aquí la princesa Nehemia?
—Ha preguntado por mí. Cuando Philippa le ha dicho que estaba aquí, ha insistido en reunirse conmigo. Al parecer, una mujer no puede ir mucho más lejos sin una espada en la mano —contestó, y se mordió el labio.
—No recuerdo que antes fueses tan habladora.
—Quizá si os hubieseis tomado el tiempo de hablar conmigo, lo habríais descubierto antes.
El príncipe resopló, pero mordió el anzuelo, así lo maldijesen los dioses.
—Y ¿cuándo querías que hablase contigo?
—No sé si os acordáis, pero hicimos el viaje juntos desde Endovier. Además, llevo aquí varias semanas.
—Te envié los libros que me pediste.
—¿Acaso me preguntasteis si los había leído?
¿Es que aquella mujer había olvidado con quién estaba hablando?
—He hablado contigo una vez desde que llegamos.
Celaena se encogió de hombros e hizo ademán de darse media vuelta. Irritado, pero ligeramente curioso, él la agarró del brazo. Sus ojos color turquesa brillaron cuando se quedó mirando la mano del príncipe, y a este se le aceleró el corazón cuando ella lo miró a los ojos. Sí, aunque estuviese sudorosa, era hermosa.
—¿No me tenéis miedo? —Celaena dirigió una mirada al cinto del príncipe, del que colgaba la espada—. ¿O es que sois tan diestro en el manejo de la espada como el capitán Westfall?
Dorian se acercó a ella y la agarró aún con más fuerza.
—Soy mejor —le susurró al oído.
Celaena se sonrojó y comenzó a parpadear.
—Bueno… —repuso ella, pero había pasado el momento. Había ganado él. Celaena se cruzó de brazos—. Muy gracioso, alteza.
Él hizo una profunda reverencia.
—Hago lo que puedo. Pero la princesa Nehemia no puede estar aquí contigo.
—Y ¿por qué no? ¿Es que pensáis que voy a matarla? ¿Por qué iba a matar a la única persona del castillo que no es una idiota parlanchina? —Lo miró dándole a entender que él formaba parte de aquella mayoría—. Por no hablar de que sus guardias me matarían antes de que pudiese levantar una mano.
—No puede ser, y punto. Ha venido a aprender nuestras costumbres, no a entrenarse.
—Es una princesa. Puede hacer lo que le plazca.
—Y supongo que tú vas a enseñarle a manejar las armas.
Celaena ladeó la cabeza.
—Quizá sí que me tenéis un poco de miedo.
—La acompañaré de vuelta a sus aposentos.
Ella le hizo un gesto para dejarlo pasar.
—Que el Wyrd os asista.
El príncipe se pasó una mano por el negro pelo y se acercó a la princesa, que los esperaba con una mano apoyada en la cadera.
—Alteza —dijo Dorian haciéndole un gesto a la guardia personal de la princesa para que se uniese a ellos—, me temo que tengo que acompañaros de vuelta a vuestros aposentos.
La princesa miró por encima del hombro arqueando una ceja. Para consternación de Dorian, Celaena se puso a hablarle en eyllwe a la princesa, que dio un golpe en el suelo con el garrote y le dijo algo a Dorian entre dientes. La habilidad del príncipe heredero con el eyllwe era algo irregular en el mejor de los casos, y la princesa hablaba demasiado rápido para entenderla. Afortunadamente, la asesina se lo tradujo.
—Dice que podéis volver a vuestros cojines y vuestros bailes y dejarnos en paz —dijo Celaena.
Dorian intentó seguir aparentando seriedad.
—Dile que es inaceptable que se ponga a entrenar con armas.
Celaena dijo algo, pero la princesa hizo un gesto desdeñoso con la mano y pasó a su lado dando zancadas en dirección a la zona de entrenamiento.
—¿Qué le has dicho? —preguntó Dorian.
—Que os ofrecíais voluntario para ser su primera pareja —contestó—. Y ¿bien? No querréis ofender a la princesa, ¿verdad?
—No pienso entrenar con la princesa.
—¿Preferís entrenar conmigo?
—Quizá si fuese una clase privada en vuestros aposentos… —contestó con mucha labia—. Esta noche.
—Os estaré esperando —dijo Celaena, y se enroscó un mechón de pelo en un dedo.
La princesa hizo girar el garrote con tanta fuerza y precisión que Dorian tuvo que tragar saliva. Decidió que no le apetecía recibir una paliza, así que echó a andar hacia el armero y eligió dos espadas de madera.
—¿Qué os parece si vemos las técnicas más básicas del manejo de la espada? —le preguntó a Nehemia.
Respiró aliviado cuando la princesa asintió, le entregó el garrote a uno de sus guardias y cogió la espada de madera que él le ofrecía. ¡De ningún modo iba Celaena a dejarlo en ridículo!
—Tenéis que colocaros así —le dijo a la princesa adoptando una postura defensiva.