Trono de cristal
Capítulo 18
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Capítulo 18

Celaena sonrió al ver cómo el príncipe heredero de Adarlan le enseñaba a la princesa de Eyllwe las técnicas más básicas del combate con espada. Casi resultaba encantador, aunque algo arrogante. No estaba nada mal para alguien de su posición. La hacía sentir incómoda la facilidad con la que había logrado que se sonrojase. De hecho, era tan atractivo que le costaba no pensar en lo atractivo que era, y volvió a preguntarse por qué no estaría casado.
Le apetecía besarlo.
Tragó saliva. No era la primera vez que besaba a alguien, por supuesto. Sam la había besado, y con la suficiente frecuencia como para que no le resultase algo desconocido. Pero había pasado más de un año desde la pérdida del asesino a sueldo con el que se había criado. Y aunque la idea de besar a cualquier otro le había provocado arcadas en el pasado, cuando veía a Dorian…
La princesa Nehemia arremetió contra Dorian y lo golpeó en la muñeca con la espada. Celaena reprimió una carcajada. El príncipe hizo una mueca y se frotó la articulación dolorida, pero sonrió cuando la princesa comenzó a regodearse.
«¡Maldito sea por ser tan guapo!».
Celaena se apoyó contra la pared. Habría disfrutado de la lección si alguien no la hubiese agarrado del brazo con tanta fuerza que le hizo daño.
—¿Qué es esto?
Chaol la apartó de la pared y la miró cara a cara.
—Qué es ¿qué?
—¿Qué está haciendo Dorian con ella?
Celaena se encogió de hombros.
—¿Entrenar?
—Y ¿por qué están entrenando?
—Porque él se ha ofrecido voluntario para enseñarle a luchar.
Chaol la apartó de un empujón y se acercó a la pareja. Los dos se quedaron parados y Dorian siguió a Chaol hasta un rincón. Hablaron deprisa y acaloradamente y Chaol volvió junto a Celaena.
—Los guardias te llevarán a tus aposentos.
—¿Cómo? —Recordó su conversación en el balcón y frunció el ceño. Se había acabado aquello de intercambiar historias—. ¡La prueba es mañana y necesito entrenar!
—Creo que ya has entrenado suficiente por hoy. Ya casi es la hora de cenar. El entrenamiento con Brullo acabó hace dos horas. Descansa, o mañana no servirás para nada. Y no, no sé cuál va a ser la prueba, así que no te molestes en preguntar.
—¡Es absurdo! —gritó Celaena, y un pellizco de Chaol le hizo bajar la voz. La princesa Nehemia la miró preocupada, pero la asesina le hizo un gesto con la mano para que reanudase el entrenamiento con el príncipe heredero—. No pienso hacer nada, idiota insoportable.
—¿De verdad estás tan ciega como para no ver por qué no podemos permitirlo?
—No podéis… ¡porque me tenéis miedo!
—No te hagas ilusiones.
—¿Pensáis que quiero volver a Endovier? —le preguntó entre dientes—. ¿Pensáis que no sé que si huyo, me perseguiréis durante el resto de mi vida? ¿Pensáis que no sé por qué vomito cuando vos y yo corremos por la mañana? Mi cuerpo está hecho una ruina. ¡Necesito pasar estas horas de más aquí, y no deberíais castigarme por eso!
—No voy a fingir que sé cómo funciona la mente de una criminal.
Celaena levantó los brazos, desesperada.
—¿Sabéis qué? Llegué a sentirme culpable. Solo un poco. Y ahora acabo de recordar por qué no debería haberme sentido así. No soporto pasarme el tiempo sentada, encerrada en mi habitación, aburridísima. No soporto tantos guardias ni tantas tonterías; no soporto que me digáis que tengo que contenerme cuando Brullo alaba a Cain y yo estoy allí, aburrida e inadvertida en medio de todos. No soporto que me digan lo que no puedo hacer. Y sobre todo… ¡no os soporto a vos!
El capitán dio unos golpecitos en el suelo con el pie.
—¿Has terminado?
En la cara de Chaol no había ni rastro de amabilidad. Celaena chasqueó la lengua al marcharse, con ganas de romperle los dientes de un puñetazo y hacérselos tragar.