Trono de cristal
Capítulo 19
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Capítulo 19

Sentada en una silla junto a la chimenea del gran salón, Kaltain miró al duque Perrington mientras este conversaba con la reina Georgina en lo alto del estrado. Había sido una pena que Dorian se fuese tan apresuradamente una hora antes; ni siquiera había tenido ocasión de hablar con él. Algo especialmente irritante, ya que se había pasado buena parte de la mañana vistiéndose para la ocasión: llevaba el pelo moreno recogido en un moño y su piel brillaba con tonos dorados gracias a los sutiles polvos relucientes que se había aplicado en la cara. Aunque los ribetes de su vestido rosa y amarillo le aplastaban las costillas, y las perlas y diamantes que llevaba al cuello estaban a punto de estrangularla, mantenía la cabeza bien alta. Dorian se había marchado, pero la aparición de Perrington había sido una inesperada sorpresa. El duque rara vez hacía acto de presencia en las audiencias de la reina; debía de tratarse de algo importante.
Kaltain se levantó de la silla junto al fuego cuando el duque le hizo una reverencia a la reina y echó a andar a grandes zancadas hacia las puertas. Kaltain se interpuso en su camino y él se detuvo al verla; sus ojos brillaron con un ansia que a ella le hizo querer morirse de vergüenza ajena. El duque hizo una profunda reverencia.
—Señora.
—Excelencia —contestó Kaltain, y sonrió para obligarse a tragarse toda aquella repulsión que sentía.
—Espero que estéis bien —dijo el duque ofreciéndole el brazo para acompañarla fuera del salón.
Ella volvió a sonreír y lo aceptó. Aunque Perrington era bastante grueso, su brazo resultaba musculoso al tacto.
—Muy bien, gracias. Y ¿vos? Tengo la impresión de que hace días que no os veo ¡Qué sorpresa tan agradable que hayáis venido a esta audiencia!
Perrington sonrió con sus amarillentos dientes.
—Yo también os he echado de menos, señora.
Kaltain intentó no estremecerse cuando los peludos y carnosos dedos del duque acariciaron su inmaculada piel, y en lugar de eso agachó la cabeza delicadamente.
—Espero que su majestad goce de buena salud. ¿Vuestra conversación con ella ha sido agradable?
Oh, qué difícil resultaba husmear en aquellos asuntos, sobre todo teniendo en cuenta que si ella estaba allí, era gracias a él. Haberlo conocido la primavera anterior había sido un golpe de suerte. Y convencerlo para que la invitase a la corte —insinuando lo que podría aguardarle una vez estuviese ella lejos de casa de su padre y sin carabina— no había sido tan difícil. Pero no estaba allí solamente para disfrutar de los placeres de la corte. No, estaba harta de ser una dama menor, a la espera de casarse con el mejor postor, cansada de asuntos políticos sin importancia y de necios a los que resultaba fácil manipular.
—Su majestad está bien —dijo Perrington mientras acompañaba a Kaltain a sus aposentos.
A ella se le hizo un nudo en el estómago. Aunque él no había ocultado en ningún momento que la deseaba, no la había forzado a acostarse con él… todavía. Pero con un hombre como Perrington, que siempre conseguía lo que quería…, no tenía demasiado tiempo para encontrar el modo de evitar cumplir la sutil promesa que le había hecho meses antes.
—Pero con un hijo en edad de casarse, está muy ocupada —añadió el duque.
Kaltain mantuvo el rostro inexpresivo. Tranquilo. Sereno.
—¿Podemos esperar alguna noticia de un compromiso en un futuro próximo?
Aquella era otra pregunta peligrosa.
—Eso espero —gruñó el duque. Se le oscureció el rostro por debajo del pelo rojizo. La cicatriz que le cruzaba la mejilla destacaba en toda su crudeza—. Su majestad ya tiene una lista de muchachas que podrían ser apropiadas…
El duque se quedó callado al recordar con quién estaba hablando, y Kaltain le hizo una caída de ojos.
—Oh, lo siento mucho —susurró ella—. No tenía intención de husmear en los asuntos de la casa real.
Kaltain le dio un golpecito en el brazo y se le aceleró el corazón. ¿A Dorian le habían dado una lista de posibles novias? ¿Quién estaba en aquella lista? ¿Cómo podía ella…? No, ya pensaría en eso más tarde. De momento, tenía que averiguar quién se interponía entre ella y la corona.
—No tenéis que disculparos —dijo el duque sin que dejasen de brillarle los ojos—. Venid… Contadme qué habéis estado haciendo estos últimos días.
—Poca cosa. Aunque he conocido a una muchacha muy interesante —dijo como de pasada mientras bajaban una escalera jalonada de ventanas en la sección de cristal del castillo—. Una amiga de Dorian. Lady Lillian, la llamó él.
El duque se puso rígido.
—¿La habéis conocido?
—Oh, sí… Es muy simpática —mintió fácilmente—. Hoy, cuando he hablado con ella, me ha dicho que le gusta mucho al príncipe heredero. Por su bien, espero que su nombre esté en la lista de la reina.
Aunque deseaba obtener más información sobre Lillian, no se esperaba aquello.
—¿Lady Lillian? Por supuesto que no está en la lista.
—Pobrecilla. Sospecho que eso le va a romper el corazón. Sé que no debo inmiscuirme —prosiguió mientras el duque se iba poniendo cada vez más colorado y furioso—, pero no hace ni una hora que Dorian ha dicho que…
—¿El qué?
Kaltain se estremeció por el arranque de ira del duque —aunque no fuese ella, sino Lillian, el objeto de esa ira— y por el arma con la que había tenido la buena suerte de tropezarse.
—Que está muy unido a ella. Y que posiblemente esté enamorado de ella.
—Eso es absurdo.
—¡Es verdad! —contestó ella negando con la cabeza—. Qué trágico es todo.
—Ridículo es lo que es —el duque se quedó parado al final del pasillo que daba a la habitación de Kaltain. Su ira hizo que se le desatase la lengua—. Ridículo, descabellado e imposible.
—¿Imposible?
—Algún día os explicaré por qué —un reloj dio la hora y Perrington se volvió hacia el lugar de donde había partido el sonido—. Tengo una reunión del consejo —el duque se acercó a ella lo suficiente para susurrarle al oído y Kaltain notó su aliento cálido y húmedo en la piel—. Quizá podríamos vernos esta noche.
Le acarició el costado con una mano y se marchó. La muchacha vio cómo se iba y, cuando desapareció, dejó escapar un suspiro tembloroso. Pero si gracias a él podía acercarse a Dorian…
Tenía que averiguar quiénes eran sus competidoras, pero antes tenía que encontrar el modo de librar al príncipe de las garras de Lillian. Estuviese o no en la lista, era una amenaza.
Y si el duque la odiaba tanto como parecía, cuando llegase la hora, Kaltain podría tener poderosos aliados para asegurarse de que Lillian dejaba en paz a Dorian.

Dorian y Chaol no hablaron mucho de camino a la cena en el gran salón. La princesa Nehemia estaba a salvo en sus aposentos, rodeada de sus guardias. Enseguida habían convenido en que, aunque era una locura permitir que Celaena entrenase con la princesa, la ausencia de Chaol era inexcusable, por mucho que tuviese que investigar la muerte del campeón.
—Parece que os lleváis muy bien con Sardothien —dijo Chaol con frialdad.
—Conque estamos celosos… —lo provocó Dorian.
—Estoy más preocupado por vuestra seguridad. Aunque sea guapa y os impresione con su inteligencia, sigue siendo una asesina a sueldo, Dorian.
—Habláis como mi padre.
—Es cuestión de sentido común. No os acerquéis a ella, sea o no vuestra campeona.
—No me deis órdenes.
—Solo lo hago por vuestra seguridad.
—¿Por qué iba a matarme? Creo que le gusta que la mimen. Si no ha intentado escapar ni matar a nadie, ¿por qué iba a hacerlo ahora? —Le dio una palmadita a su amigo en el hombro—. Os preocupáis demasiado.
—Es mi deber preocuparme.
—Pues tendréis el pelo gris antes de cumplir los veinticinco, y Sardothien no se enamorará de vos.
—Pero ¿qué tonterías decís?
—Bueno, si intenta escapar, cosa que no hará, os romperá el corazón. Os veréis obligado a arrojarla a las mazmorras, perseguirla o matarla.
—Dorian, a mí no me gusta.
Consciente de la irritación cada vez mayor de su amigo, Dorian cambió de tema.
—¿Qué me decís de ese campeón muerto, el Comeojos? ¿Tenéis idea de quién lo mató, o por qué?
A Chaol se le oscureció la mirada.
—Lo he examinado una y otra vez durante los últimos días. El cadáver estaba completamente destrozado —el color abandonó las mejillas de Chaol—. Le sacaron las tripas y se las llevaron. Hasta el cerebro ha… desaparecido. Le he enviado un mensaje a vuestro padre, pero mientras tanto seguiré investigando.
—Me juego algo a que no fue más que una reyerta de borrachos —dijo Dorian, aunque él se había visto implicado en multitud de reyertas y nunca había visto a nadie que fuese por ahí robando tripas. En la mente de Dorian prendió una chispa de miedo—. Mi padre probablemente se alegrará al saber que el Comeojos está muerto y enterrado.
—Eso espero.
Dorian sonrió y pasó un brazo por encima de los hombros del capitán.
—Con vos encargado de la investigación, estoy seguro de que todo estará resuelto mañana —dijo mientras conducía a su amigo al comedor.